Lo que más me gusta del negocio en el que estoy es la rutina. Me molesta muchísimo cuando surgen
cosas inesperadas, aunque sé que forman parte del trabajo. Las cosas pasan, pero aun así entran
dentro de mi rutina. Esos problemas son rutina. Sobornar a algunos policías, pagar a políticos, sacar
adelante proyectos, iniciar un nuevo negocio o comprar nuevas tierras. De eso va la vida, y soy
bueno en lo que hago.
No puedo evitar preguntarme si alguna vez he sido una persona divertida mientras estoy sentado en
mi oficina con mis guardaespaldas. Me pregunto si eso es lo que Summer busca: aventura y
diversión. Si es así, las está buscando en los lugares equivocados.
Mi teléfono reposa sobre el escritorio y lo miro cuando vibra, llevándolo a la oreja.
—¿Qué necesitas, Donato?— digo a modo de saludo.
Mi hermano no se anda con rodeos.
—Tenemos una reunión en breve. Te quiero allí. Papá estará presente, al igual que Giordano. Nos
reunimos con un amigo de la familia por un problema que tiene y que creo que tú puedes
solucionar—
—¿Cuál es el problema?
—Summer— dice Donato con naturalidad, y yo no vacilo al responder.
—¿Dónde y cuándo?
—Reunámonos en el bistró de la Quinta Avenida que tanto le gusta a papá. Organizaré una zona
privada para hablar—
No dudo de que vaciará el local entero para esto.
—Salgo ahora mismo—
Cuelgo y me levanto frente al espejo en la esquina de mi despacho. Me aliso el cabello hacia atrás y
tomo la chaqueta del traje del respaldo de la silla.
—Vamos al bistró de la Quinta— le digo a Stuart.
El guardaespaldas de dos metros asiente.
—Sí, señor—
Se va a preparar el coche y yo me giro hacia los jóvenes sentados frente a mi escritorio.
—Confío en que se encarguen del negocio mientras estoy en esta reunión. Si algo sale mal,
lárguense de la ciudad, porque no querrán conocer la alternativa—
—Sí, señor— responden al unísono mientras se levantan para salir.
Salgo de la oficina y bajo por las escaleras de acero. Estamos en la fábrica que usamos para enviar
gran parte de nuestra droga. Varias personas trabajan en las líneas, separando la mercancía de los
dobles fondos falsos que utilizamos. Soldados de la familia caminan entre ellos, vigilando para que
nadie se haga el listo y robe un alijo. Mantendremos esta fábrica una o dos semanas antes de
trasladarnos. No podemos permitir que la DEA nos tire la puerta abajo.
Cruzo por la pequeña puerta lateral hasta el Mercedes-Benz Clase A que espera con el motor en
marcha. Un vistazo rápido a la zona me confirma que es segura antes de subir al asiento trasero con
Stuart.
El coche se incorpora al tráfico y dejo que mi mente divague. No sé a qué juego está jugando
Donato, pero es una de las pocas personas que sabe de mi relación pasada con Summer. Dudo
que sepa cuánto me importaba en realidad.
Espero que nunca lo descubra.
Un hombre es débil cuando está cargado de emociones, y esa mujer me carga emocionalmente hasta
niveles absurdos.
No tardamos en llegar al bistró y dejo a Stuart fuera para vigilar la calle mientras yo entro.
Donato ya está allí con Tullio, mi padre, el antiguo cabeza de la familia. Giordano está de pie
junto a Donato; nunca fue de sentarse. Y entonces, para mi sorpresa, veo que Alex también
está sentado a la mesa.
Debí haberlo sabido.
Si alguien iba a intentar proteger a Summer, sería su padre. Ese hombre derribaría toda Nueva York
por ella, y algo más.
Asiento a modo de saludo.
—Caballeros— digo en voz baja—. Señor Daviod, es un placer verle—
—Igualmente, Renzo— dice Alex, sirviéndome una copa de vino tinto.
—Nos estabas contando lo que quieres, Alex— dice Donato, recostándose—. ¿Puedes
repetírselo a Renzo para que esté al día?
—Quiero que mi hija se case con la familia, con Renzo. Sin ánimo de ofender, Giordano, pero
quiero que esté a salvo, y tú eres…—
—¿Soy qué…?—
—Eres conocido por ser un hombre peligroso, con muchos enemigos— dice Alex con calma.
Miro fijamente a Alex. ¿Casarme con Summer? ¿Yo? No quiero ser yo quien le dé esa noticia.
Odia cómo su padre controla su vida, y esto la hará estallar como un cohete. Aunque no me
importaría… fortalecería los lazos entre nuestras familias, y estoy seguro de que podría mantenerla
a raya. Más o menos.
—¿Qué ofreces a cambio?
—Acceso a mis negocios y una dote considerable— dice Alex—. Una donación a la familia a
través de una organización sin ánimo de lucro. Algo que mantenga al fisco fuera de la transacción—
Me paso una mano por la barbilla.
—Ella es impredecible y difícil de controlar. Será mucho trabajo para mí. Trabajo para el que no
tengo precisamente tiempo—
Donato me lanza una mirada y yo asiento.
—Pero la decisión es de Donato. Si es lo que él quiere, cumpliré—
Donato asiente.
—Haré que redacten el contrato. Puedes decirle a tu hija que se casará pronto—
Alex se levanta y alzo una mano.
—Quizá pueda decírselo yo. Me conoce. No le gusta que controles su vida, Alex. Tal vez oírlo
de mí ayude un poco—
Alex asiente y juraría ver un destello de alivio en su rostro.
—Grazie, Renzo—
Se marcha y yo me pongo en pie.
—Tengo preparativos que hacer si voy a plantearle esto. ¿Me necesitas para algo más?
—¿Es así de simple?— me pregunta Tullio, alzando la vista—. ¿No tienes objeción a este
acuerdo?
—Es mi orden— dice Donato—. Es lo mejor para la familia—
Me abotono la chaqueta.
—La familia es lo primero. No te preocupes, padre, la trataré tan bien como tú tratas a mamá—
Tullio asiente y vuelve a su comida.
—Más te vale, o intervendré, seas o no el cabeza de la familia—
Asiento y me marcho, dedicándole a Giordano un gesto seco.
Marco el número de Summer cuando ya estoy en el coche y me sorprende que conteste.
—¿Renzo?
—Summer— digo con tono profesional—. Me alegra saber que ya has salido del hospital—
—Gracias. Mi padre dijo que fuiste tú quien me llevó— responde—. Te agradezco la ayuda—
—Compénsamelo. Deja que pase a recogerte para una cena ligera y temprana— digo—. Solo dime
dónde estás—
—Te veo en Jucy’s— suspira. Sabe que quiero algo—. Pero hagámoslo rápido. Quería salir con
unos amigos esta noche—
—Por supuesto, no llevará mucho— digo—. Te veo en media hora—
Cuelgo y me giro hacia Stuart.
—Jucy’s, deprisa. Quiero llegar antes que ella—
—Sí, señor—
Le da un toque al conductor.
—Jucy’s, en la Sun Avenue—
Me recuesto en el asiento, intentando pensar en la mejor manera de darle la noticia a Summer.
Cuando llegamos, decido que en realidad da igual cómo lo haga. Va a enfadarse muchísimo. Y eso
es una de las cosas que más me gustan de ella: su espíritu ardiente. Puede ser tremendamente
excitante.
Consigo una mesa en un reservado al fondo y doy una buena propina a la anfitriona para que
mantenga libres las mesas de alrededor. Pido vino para los dos, una botella cara.
—Renzo— dice Summer al llegar a la mesa.
Me levanto y beso ambas mejillas antes de ayudarla a sentarse.
—Te ves bastante bien para alguien a quien golpearon con una pistola—
—Gracias— responde, algo incómoda.
Hay un aroma persistente de perfume en el aire, su perfume. Lo reconozco como el que yo le
presenté. Ángel, de Thierry Mugler. Siempre le sentó bien. Se inquieta y noto cómo se mordisquea
las uñas. Me siento demasiado centrado en ella y, por un momento, olvido por qué estamos aquí. El
corazón me late con fuerza en el pecho.
—Summer— empiezo a decir, pero me recuesto cuando la camarera trae el vino—. ¿Qué te apetece
comer?
—Dos platos del día— digo rápidamente—, y pan de ajo— añado, recordando que era su favorito
aquí.
Summer asiente.
—Veo que sigues tomando decisiones por mí—
—Entonces no te va a gustar la siguiente que han tomado por ti— digo, intentando mantener mis
emociones a raya.
—¿De qué estás hablando?— entrecierra los ojos. Sí, se está enfadando rápido—. ¿Qué decisión?
—Se ha decidido, por tu padre y por mi hermano, que tú y yo vamos a casarnos—
Me mira fijamente durante un instante y veo algo cruzar por sus ojos, pero desaparece y es
reemplazado por la rabia.
—¿Qué?— sisea—. ¿Qué coño acabas de decir?
—Cálmate. No hay motivo para exagerar— digo, aunque sé que es inútil.
Golpea la mesa con ambas manos.
—Nadie puede decidir eso por mí—
—Ya está hecho. Ya sabes que cuando las familias toman una decisión, es definitiva— digo, dando
un sorbo al vino.
Uno de sus dedos sangra de tanto hurgarse la piel. Me fijo en la suave sombra de ojos rosa que se ha
puesto, pero luego vuelvo a mirar sus ojos ámbar y veo la furia que hierve en ellos.
—Es por tu propia protección— digo—. Te metiste en esto por juntarte con la gente equivocada. Te
hicieron daño. Tu padre quiere protegerte ahora, y eso es lo que vamos a hacer—
—¿Y si digo que no?— escupe.
—¿Alguna vez le has dicho que no a Don Donato? ¿Has oído alguna vez a alguien decirle que
no?— pregunto con curiosidad, intentando mantener la calma.
—No lo haré— se levanta y se termina el vino de un trago—. Vete al infierno—
Se marcha hecha una furia y siento algo agitarse en mi alma.