Capítulo 3

1481 Words
_Déjenme operarlo, prometo que puedo. _No puedes, Miranda. Mírate. Robin la hizo entrar en razón, dando cuenta que estaba muy alterada como para poder ayudar en ese momento. La cabeza de la joven tenía mil pensamientos por segundo, mientras intentaba entender como todo se había ido de las manos con tanta rapidez que siquiera la dejó prepararse. Allí, en el fondo de la sala ambos observaban desde una esquina como sucedía la operación de urgencia, que no contaba con los recaudos necesarios de una operación debido al caos envolvente del momento y la urgencia necesaria. De fondo, los gritos de los médicos dando órdenes e indicaciones acompañados por los desconcertantes y preocupados gritos de los acompañantes de los pacientes. Todo el hospital era caótico y desordenado, muy diferente a como solían ser usualmente en una mañana. Miranda estaba en un estado de shock tan fuerte que no fue capaz de notar en el momento en el cuál Robin se fue de su lado para hablar con los médicos. No fue hasta que lo observó volver que se dio cuenta de esto. _Miranda, necesitamos irnos de aquí. No podemos seguir aquí. _Pero es mi marido, yo necesito... _Esperaremos a que termine la operación en la sala de espera, tranquila.-Intentó consolarle, sobando su hombro.-Te prepararé un café caliente. Ella, aún algo anonadada por toda la situación de estrés, se dejó guiar hasta la sala de espera mientras su compañero le preparaba una bebida caliente. Su mirada se perdía en la nada, mientras recordaba los momentos que había tenido junto a su pareja antes de partir hacia el hospital. Todo había parecido tan normal, cosa de todos los días. Jamás se hubiese imaginado que una tragedia como esa podría golpearla tan de cerca. La taza de cerámica blanca frente a ella la sacó de sus pensamientos. Dentro, se observaba un oscuro café n***o que humeaba un pequeño vapor, indicador de que estaba recién preparado. Robin se sentó frente a ella, con otra taza en su mano. La morena rodeó con sus largos dedos el brebaje, pero solo fue capaz de tomar dos sorbos antes de perderse nuevamente en su mente. Interrumpiendo el momento de soliloquio, ingresaron por la puerta y llamaron a Robin. Él instintivamente miró a su amiga, que parecía encontrarse demasiado sumergida en sus propios pensamientos para notar lo que ocurría en su alrededor. Por lo que, dejando la taza de café sobre la mesa, salió por la puerta principal para atender otra cirugía. Luego de unos cuántos minutos con su propia soledad, Miranda movió su mirada hacia el pasillo del hospital. Algunos heridos, otros entrando y saliendo de distintas salas, y los pertenecientes al personal de salud corriendo e intentando ayudar sin parar de un lado a otro. Sin embargo, de la sala de Ben no veía ninguna novedad. Desde allí se veía la puerta entreabierta del quirófano, pero nada. Nadie salía; ni tampoco entraba. Había algo en ella, quizás llamando a su frialdad como médica, que le hacía saber que existía una gran posibilidad de que las cosas se complicaran para Ben. Había ingresado a emergencias con hemorragias e inconsciente, dándose desde el principio un diagnóstico difícil. Tampoco sabía a ciencia cierta que tantos daños le habían provocado aquel siniestro, pero tener que entrar en una cirugía de urgencia no era, en definitiva, una buena señal. Miranda despertó de sus propios pensamientos no sino hasta que su compañero Robin volvió a ingresar en la sala de descanso, poniéndose en cuclillas frente a ella. Su rostro parecía indicar todo aquello que ella temía. _Escucha, Miranda. Tengo que decirte algo. _Sólo dímelo. Adelante.-Soltó ella con frialdad. Ella sabía. En el fondo, ya veía venir lo que pasaría bajo esa mirada de completa pena que le estaba otorgando su compañero. Sin embargo, nada la había preparado para escuchar aquello en un momento como ese. Robin bajó su cabeza en un pesado suspiro, mientras acercaba sus manos a la de su compañera para poder sostenerlas con fuerza. _Es sobre Ben. Su corazón no resistió la hemorragia y no hemos podido salvarlo. Miranda cerró sus ojos con fuerza, sintiéndose alejada de la realidad. Deseando que todo aquello que ocurría tan rápido a su alrededor simplemente fuera parte de un mal sueño. Sintió como su pecho se encogía ante la idea de la ausencia repentina de su esposo, lo cual para su mente parecía una idea inconcebible. Era como si a pesar de entender en parte lo que aquello significaba, aún no podía tener consciencia total de su ausencia. Dejándole unos momentos para asimilar la situación, su compañero se quedó en silencio unos minutos, para luego tomar aire y volver a hablar. _Hay...hay algo más de lo que debemos hablar. En silencio, la joven mujer levantó su mirada devastada hacia él. _Hay un chico en urgencias que aún está luchando por su vida. Necesita con urgencia un trasplante de corazón. Hemos encontrado que Ben y él tienen compatibilidad sanguínea para proceder, pero necesitamos de tu autorización como cónyuge para proceder. Casi sin dudarlo, ella asintió rápidamente ante la sorpresa de su compañero. _Adelante, hazlo. _¿Seguro que no quieres unos minutos para considerarlo? Ella sorbió su nariz, negando con su cabeza. _Estoy segura de que él lo hubiese querido así. Además, no me serviría de nada más que puro egoísmo mantener sus órganos si él ya se ha ido. Prefiero que se salve una vida al menos, incluso si no es la suya. En silencio, Robin movió su cabeza en un asentimiento. Lentamente se puso de pie, dirigiéndose hacia la puerta. No obstante, antes de que pudiera salir por esta fue detenido por el llamado de su compañera. _Robin.-Él rápidamente giró su cuerpo, observándola atentamente.-Sólo tengo una mínima condición. Déjame dirigir la cirugía. El joven médico se removió con duda, chasqueando su lengua en un desacuerdo. _Miranda, no creo que esa sea la mejor idea...necesitas ir a tu hogar y descansar. Si quieres, puedo acompañarte. Ella como respuesta por su parte le miró, mientras parecía haber absorbido lejos toda gota de emoción en su rostro y cuerpo. Con su semblante serio y sus ojos observándole intensamente, respondió. _No te lo estoy preguntando, Robin. _Miranda, sabes que esto no es... _Sabes que soy la mejor capacitada aquí para una cirugía como esa.Y si algo sale mal, asumiré completamente la responsabilidad por ello. _Estamos hablando de perder vidas, Miranda. Ella asintió fríamente. _Lo sé. Creéme que lo sé. Sin nada más que decir, y aún en desacuerdo, su compañero soltó un pesado bufido. _De acuerdo. Sólo déjame que lo hable con el supervisor. Mientras tanto, dirígete hacia recepción para firmar los papeles de permisión. Ella asintió y ambos tomaron caminos separados. No pasó mucho tiempo hasta que finalmente le dieron el lugar para ser parte de la cirugía de trasplante. Como nunca, Miranda poseía la cabeza fría, como si sus sentimientos hubiesen sido desplazados por la urgencia del asunto. Quería que todo saliera de manera correcta, porque tenía la pequeña idea de que al menos, podría mantener una parte de Ben aún viva. Incluso si ya no era Ben. Incluso si él ya no estaba presente, al menos de manera quizás éticamente incorrecta, podría mantener lo que quedaba de él. Luego de todo el procedimiento para poder esterilizarse tanto ella como todo su material necesario, entró en el quirófano. Allí, yacía ya adormecido un muchacho de seguramente no muchos años alejados de su edad. Tenía varias heridas superficiales y magullones en el rostro y el cuerpo, signos de su presencia durante aquel múltiple accidente automovilístico. Frente a su cuerpo sedado, tomó una profunda respiración y comenzó con el largo y cuidadoso procedimiento. El trasplante de corazón era una de las operaciones más complicadas de realizar debido a la facilidad con la que un solo movimiento en falso podía tirar todo abajo. El cuidado que se debía tener era milimétrico y el pulso cual neurocirujano para no herir ninguna arteria importante durante el proceso. Luego de varias horas de arduo procedimiento, llegó la hora de suturar su pecho mientras intentaban estabilizar su ritmo cardíaco para saber si su cuerpo había podido tomar correctamente el órgano donado. Todos en silencio observaban la máquina de las pulsaciones, que poco a poco, comenzó a regularse dando en ella un pulso normal. Miranda pareció respirar por primera vez desde que comenzó la operación, dejando salir el aire acumulado en sus pulmones con alivio. Todos en la sala vitorearon alegremente por el gran suceso logrado: una vida más había podido ser salvada. Miranda se quitó sus guantes de látex sintiendo el agotamiento físico y emocional recorrer su cuerpo, dejándola casi sin energías. Pero algo en ella parecía no encontrarse del todo angustiada por la pérdida de su esposo, la cuál seguía latente en su mente. Como si, de manera extraña aquella cirugía le hubiese otorgado, de cierta forma, una esperanza creciente dentro suyo.
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