CAPITULO IV - DE VUELTA A CASA

4371 Words
- La misión es buscar sobrevivientes y provisiones en la vieja ciudad capital. Los informes indican que los zombis disminuyeron, así que deberíamos poder entrar y hacer nuestro trabajo sin ningún problema – explicaba el Teniente Blue. Yo lo escuchaba y quedé un poco anonadada, no podía creer que después de 13 años, iba a volver a casa, a mi primera casa. El lugar en el que todo comenzó para mí y mi familia. Por un lado sentía emoción, y por otro miedo. No sabía si quería o no esa misión. De todos modos no dependía de mí. La ciudad era muy grande, y nosotros éramos el mejor equipo. Esa noche las pesadillas fueron tan intensas y tan claras que sentía que todo volvía a suceder. Ahí estaba yo, con mi vestido de princesa lista para ir a la fiesta de cumpleaños de mi amiga. No se porque pero me gustaba vestirme de princesa, no era un disfraz para mi, así me vestía regularmente y no me importaba que todos me miraran raro, yo me sentía un princesa. Ridículo, ya sé, pero era una niña. Mamá estaba terminando de arreglarse, era tan hermosa, con sus cabellos rubios, su sonrisa radiante, yo creía que era una reina o una diosa. Soñaba con ser como ella cuando creciera. El padre de mamá, mi abuelo trabajaba en el gobierno, nunca supimos bien en que, así que yo pensaba que era un agente secreto o algo por el estilo. Siempre me decía que me parecía mucho a mi mamá, y a mi me encantaba. Vivía con nosotros, pero pasaba mucho tiempo fuera de casa. Ese mañana había viajado quien sabe adonde, como otras tantas veces. La fiesta estaba genial, payasos, inflables, un mago, golosinas a montones, niños corriendo, prácticamente un paraíso para una niña de 9 años. Todos los padres presentes estaban en un rincón, charlando, mamá cargaba a Tomy. Era una tarde-noche perfecta, estoy segura que ni una sola persona se imaginó que el infierno estaba a punto de alcanzarnos. A lo lejos se escuchaban sirenas de policía, bomberos, ambulancias, nada fuera de lo común para una ciudad; hasta que comenzaron los disparos, ya no tan lejos, y los gritos, más cerca aún. De repente el tiempo pareció detenerse y un policía cubierto de sangre irrumpió en el patio, gritando por ayuda de una manera espantosa, papá en un segundo estuvo a mi lado y me levantó. Los demás papás hicieron lo mismo con sus hijos, y algunos se acercaron a socorrer al policía, que yacía en el suelo, inmóvil ya. De repente abrió los ojos, y su mirada parecía la de un demonio, los tenía blancos, miró a uno de los invitados y todos supimos que algo estaba mal, pero era tarde, el policía se abalanzó sobre él y comenzó a morderlo, si a morderlo, yo no quería mirar, pero estaba hipnotizada, los demás intentaron quitarlo, golpeándolo, tirándolo, pero seguía levantándose, y mordiendo. Papá me llevó al auto y mamá nos siguió, todos corrían, el policía intentaba morderlos, era una locura. Papá tomo su arma y volvió al patio, nosotros lo esperamos en el coche y escuchamos el disparo. Parecía que el problema se había solucionado, cada quien retomó a su coche, y nosotros cargamos a un señor que había sido mordido para llevarlo al hospital. Iba sentado junto a mí en el asiento de atrás y se quejaba por el dolor inmenso que sentía, creo que hasta lloraba, parecía como si ácido le recorría el cuerpo, es lo que decía. Yo estaba tan asustada por el hombre al lado mío, que tardé en notar lo que sucedía en la calle: autos estrellados, sangre, gritos, gente corriendo, gente comiendo a otra gente… parecía una pesadilla. Al llegar, el hospital estaba colapsado; a los pacientes regulares se les sumaron las víctimas de mordidas. Juan, el hombre que vino con nosotros, se bajó, casi cayendo del coche, papá quiso acompañarlo, pero mi madre le dijo que nos llevara a casa que ella se haría cargo. Después de todo era doctora y tenia que asistir en el hospital. Yo no sabía que esa sería la última vez que la vería. Volvimos a casa, y unos oficiales del ejército esperaban por papá en la puerta. No pude escuchar que le decían, estaba muy atenta viendo a mi vecina correr desesperada con su esposo detrás de ella, intentando comerla, hasta que me vio, y cambió de planes. El señor Kent vino hacia mi, con esos ojos de demonio, sangre en la boca y gruñendo como si fuera un animal. Yo estaba, como siempre, congelada. El se acercaba a un paso lento, pero seguro, en unos segundos estaría frente mío. Cuando solo estaba a unos centímetros, una bala perforó su cabeza, y calló a mis pies. Papá me tomo de la mano, mientras cargaba a mi hermano y entramos a la casa. Hizo las maletas rápidamente y salimos de nuevo. No pude preguntar que pasaba, porque no entendía nada. Cuando pasamos por la puerta del hospital y vi que adentro era una c********a, supe que nunca más vería a mamá. Papá aceleró cuando vio eso, no paramos por nada ni por nadie, ni siquiera para ayudar a las personas heridas al lado del camino. Él solo quería sacarnos de ahí. Cuando desperté, estaba llorando, pasaron tantos años que había olvidado muchas cosas, y el sueño me hizo recordar todo de nuevo, como si hubiera sido ayer. Al llegar a la capital, todo estaba como lo recordé en mi sueño, pero más viejo. Los edificios y las casas estaban abandonados, la sangre se había secado, pero estaba por todos lados. Comenzamos a inspeccionar, si bien no se veía movimiento, sabíamos que en las sombras se ocultaban los come-hombres. Pasamos por mi escuela y decidimos separarnos. Yo pedí la zona residencial, quería volver a casa. Cuando llegué ví que no era la misma casa que dejé, el cuidado jardín de mi padre tenia los pastos tan crecidos que casi no se veía la casa. Había un coche estrellado contra el roble. Adentro nada mejoró, todo estaba tan sucio, las cosas de mi madre rotas como si alguien hubiera revuelto todo buscando algo. Subí a mi antigua habitación, estaba toda revuelta, pero no tan destruida, algunos de mis juguetes estaban sanos, me vinieron buenos recuerdos, y justo cuando estaba a punto de tomar a mi muñeca preferida, un zombi salió de mi armario. Mi antigua yo se hubiera paralizado, pero la nueva Cody deslizó su espada y decapitó al intruso. Es preferible no disparar para no atraer a más de esos malditos. Me pareció extraño que el zombi tuviera uniforme militar y que estuviera esperando en mi armario. Miré por la ventana y vi que el auto estrellado también era del ejército. Puse en un bolso mi muñeca, unas fotos de mis padres, el juguete preferido de Tomy y salí. Comencé a recorrer las calles mirando dentro de las casas con la lente que diseñó Simón, honestamente nunca esperé encontrar a nadie con vida allí, la ciudad estaba destrozada, nadie podría haber sobrevivido. Volví al centro de la ciudad, y en una veterinaria la lente detectó vida, me imaginé que seria una rata, pero parecía muy grande. Cuando estaba por ingresar, la imagen se movió rápidamente, y comencé a seguirla, edificio por edificio, hasta que se detuvo en la estación de policías. Entonces entré, adentro no llegaba el sol, así que seguramente habría zombis, por suerte mis reflejos estaban muy bien desarrollados. Me deshice de cinco c*******s vivientes hasta que llegué a la puerta que me comunicaría con el ser vivo que mostraba mi lector, estaba tan emocionada. Abrí la puerta y mi desilusión fue grande al ver que no había nadie allí. Todavía estaba consternada cuando un zombi me atacó, o intentó hacerlo, después vino otro, y otro. Parecía que todos los zombis de la estación estaban por entrar al cuarto, y era muy buena matándolos, pero no tanto, por mi estupidez estaba a punto de ser masticada por policías putrefactos. Cuando estaba considerando seriamente la opción de suicidarme, el suelo debajo de mi se abrió y caí unos metros, y dolió mucho, mire al techo esperando que cayeran los zombis pero no pasó. A mi lado había un hombre joven, mirándome y apuntándome con su arma, por lo menos no era un zombi, porque hasta donde yo sabía, los zombis no usaban armas. El hombre me apuntaba a la frente firmemente, yo sabía que un movimiento en falso y me perforaría el cráneo de un disparo, eso es lo que yo haría en su lugar. El tenía que asegurarse de que yo no iba a comérmelo. - No soy un zombi – dije, lo más calmada que podía dada la situación que acababa de vivir. - Voy a esperar unos minutos para estar seguro - respondió. Es que si me hubieran mordido arriba, unos minutos me llevaría transformarme, así que no podía cuestionarlo, estaba en todo su derecho. El problema era que los muchachos de arriba, los cuales si eran zombis, golpeaban muy fuerte la entrada al escondite, y en cualquier momento lograrían alcanzarnos. Teníamos que salir de ahí, ya. - De verdad no tenemos tiempo para esto – dije – si no salimos ahora, en unos minutos nos van a devorar. Si lo piensas bien, tienes mas posibilidades de dispararme a mi si me transformo y seguir huyendo que de acabar con todos ellos. Créeme, son muchos. El no bajó el arma, pero noté en su mirada que estaba considerando mi sugerencia. - Tienes razón, pero si me miras si quiera de una forma que no me gusta, te mato, no me importa que seas o no un zombi, no voy a arriesgarme, después de tantos años. - Me parece justo – le dije poniéndome de pie y buscando una salida. El tomó sus cosas y emprendió camino a través de un muro, un pasadizo secreto como se los conoce. Yo lo seguí. Estaba muy oscuro dentro, no veía ni mi mano, pero había agua en el piso, así que iba a poder identificar si alguien o algo mas caminaba cerca de nosotros. -Mi nombre es Cody – me presente para romper un poco el silencio, pero no obtuve ninguna respuesta. Caminamos durante un largo rato por el túnel, hasta que dimos con una escalera y la comenzamos a subir. A lo lejos se escuchó un estruendo, señal de que los zombis habían ingresado al escondite. - Me llamo Horacio, por cierto – me dijo sonriendo y continuó – vamos a salir en el interior de un edificio de la ciudad, según mis cálculos no tendrían que haber demasiados zombis, así que no estés asustada. Eso sí, en caso de que aparezcan le disparas a la cabeza – y me entregó un arma. Yo quedé alucinando cuando escuché su nombre, que pequeño era el mundo. - ¿Si sabes disparar, verdad? – me preguntó. Tomé el arma, le di una mirada de: por favor. - Sí sé, y bastante bien, para tu información soy parte de un equipo de rescate, del comando Estrella Roja, somos los mejores, el equipo alfa, así que tranquilo, estas con una profesional. - Está bien – dijo con una sonrisa de “si claro” – Llegamos, así que prepárate – y me guiñó un ojo. Salimos en lo que parecía ser un armario, lleno de telas de araña y polvo, muy abandonado. Lo cual era una buena señal. Al salir de ahí, no podía creer lo que mis ojos veían, me quede anonadada, algo común en mí por si no lo habían notado. Horacio notó que me había quedado y me tiró del brazo – Tenemos que salir de aquí ya – me dijo mientras me arrastraba por el pasillo del hospital. Y si, era el mismo hospital en el que había visto a mi madre la última vez. Estaba como lo recordaba, bueno casi, sin tener en cuenta las manchas de sangre y el desorden que había. Voy a reconocer que sentí en mi interior la esperanza de que ella estuviera bien, escondida como Horacio en algún rincón de la ciudad, y sentí un impulso idiota de buscarla, e hice algo bastante más que idiota. - ¡Mamá! – mi grito retumbó por todo el edificio. Nos detuvimos y mi compañero de escape me dio una mirada asesina. Estoy segura que deseó haberme matado cuando estuvimos abajo. En el instante que terminé de decirlo me di cuenta de lo que había hecho. Se escuchaban ruidos de cosas moviéndose en todas las habitaciones, pasos y por sobre todo gruñidos, muchos gruñidos. - ¿El mejor equipo de rescate no? – dijo Horacio en tono sarcástico – no me quiero imaginar lo malos que serán los demás. - Fue un impulso, lo siento mucho - y de verdad lo sentía mucho, sabía por mi experiencia, que hospitales y departamentos de policía eran los lugares con más zombis en las ciudades. - Tratemos de llegar a la salida, no podemos estar tan lejos – dije intentando parecer calmada. - Linda – me dijo, ahora había ira en su tono – estamos en el tercer piso, así que la salida esta un poco alejada. - Entonces quédate detrás mío, mientras llegamos a ella. - Si claro, tu vas a sacarnos de aquí – dijo mientras se alejaba. De verdad deseé que se lo comieran unos zombis, no me gustaba el tono con el que me hablaba, como si él fuera tan inteligente y yo tan estúpida. Mi grito no había sido la acción más inteligente del mundo, pero eso no me hacía una tonta, un error lo comete cualquiera. Corrimos hasta las escaleras, vi de reojo que una docena o más de zombis venían en nuestra búsqueda. En la escalera había otros, pero no tantos. Horacio los eliminó a todos en el primer tramo, en el segundo, aparecieron dos, que me tocó matar a mí. Llegamos a la planta baja del hospital sorprendentemente rápido. Claro, que la verdadera fiesta estaba en la recepción. Hay pocas cosas más asquerosas que un c*****r putrefacto, y una sala llena de c*******s putrefactos andantes es una de ellas. Había decenas de ellos entre nosotros y la salida, no iba a ser fácil, pero las había tenido peores. Me puse delante de Horacio, el quiso objetar, pero no había tiempo, los malditos caníbales venían hacia nosotros. Trabamos la puerta de las escaleras y comenzó el show. En situaciones como estas, las balas tienden a acabarse, por más buena puntería que uno tenga, así que siempre es bueno tener una alternativa, la mía era un par de espadas curvas, no muy largas, que llevaba en mi espalda. Y, modestia aparte, tengo que decir que era genial con ellas. Después de disparar mis últimas balas a unas enfermeras, me subí al mostrador de recepción y saqué a mis niñas, las deslicé por las cabezas de todos los zombis que se me cruzaban. Horacio hacia lo suyo con sus pistolas. El camino estaba casi despejado, pero yo no seria yo sin mi momento de total parálisis. Es que vi frente a mis ojos mi peor pesadilla, o una de ellas por lo menos. A unos metros de mi estaba una mujer-zombi, en avanzado estado de descomposición, con mordeduras por todo el cuerpo. Para cualquiera seria un zombi más, pero no para mí, pude notar debajo de toda la sangre y la mugre que el c*****r tenia el mismo vestido que llevaba mi madre el día que desapareció. Era ella, sin dudas. Quede en shock, hace unos años vi a mi padre convertido en zombi, y ahora mi madre, la cabeza me quería explotar, no podía ser verdad, tenia que haber algún error. Ella se acercaba a mi, y yo no tenia ganas de pelear, ni de resistirme, no podía soportar un golpe mas, era mejor terminar con mi existencia ahí mismo. Pero claro, al parecer yo no era el tipo de chica que obtenía lo que deseaba. Cuando estaba decidida a dejar que mi madre me masticara, una bala le perforó el cráneo. Mi “héroe”, Horacio, le había disparado. - Esa era la última – dijo, sintiéndose muy bien consigo mismo – salgamos de aquí antes que lleguen más. Y se dirigió a la salida. En ese momento era la última, porque en las escaleras había un montón de zombis desesperados por nuestra carne. Como ya había superado mi momento s*****a, decidí que tenía que irme. Afuera el sol estaba radiante, era mediodía de primavera, no había muertos-vivos en pie. - Gracias, por lo de… - dije sin mirarlo a los ojos. - No hay problema, ahora nos toca cuidarnos – me dijo sonriendo. Debo reconocer que no lo había notado hasta ese momento, pero era guapo, muy guapo en realidad. Alto, con cabellos castaños, ojos azules, una sonrisa que hacia que el cielo se vea más azul, y no estoy exagerando. Nos sentamos en la plaza a descansar y decidir que haríamos. - No vamos a llegar a la base antes del anochecer, y no puedo dejar que nos sigan, tenemos que esperar hasta mañana a primera hora. - Los túneles deben estar llenos de zombis ahora, así que ahí no podemos escondernos – dijo él. - Tenemos que encontrar un lugar donde ocultarnos, si esta alejado de la ciudad seria mejor. También necesitamos armas, y comida, y un baño – dije mirando el horizonte. - Como usted ordene, mi general – dijo riendo. - Solo decía, no te lo estaba ordenando - le respondí - y sería Teniente, no general. - Ya sé, era una broma, para ver si te levanta el animo, parece que te afectó mucho lo que paso en el hospital – lo miré desconcertada, como podía el saber que mi madre estaba ahí – quiero decir, que para ser m*****o de un equipo alfa de rescate te ves muy afectada por un grupo de zombis, pensé que alguien como tu lo tendría mas superado. - Nunca voy a poder superar esto – dije con una profunda tristeza. - Es verdad, todo esto parece una maldita pesadilla – dijo poniéndose de pie – Ya descansamos suficiente, vamos a buscar provisiones y un lugar para ocultarnos. Asentí con la cabeza y lo seguí. Fuimos a un mercado primero, luego a la tienda de armas, había zombis pero no muchos, fue un trámite acabarlos. Tomamos un coche y partimos por el camino que llevaba afuera de la ciudad, lo que sería la zona rural. - Por cierto, que bien que manejas las espadas, de verdad genial - dijo con su tono amigable. - Gracias, es una de mis mejores virtudes – le dije y le devolví una sonrisa. - ¿Así que tenía que alabarte para obtener una sonrisa? – dijo sin dejar de sonreír. Parecía que se sentía muy realizado por su día. - ¿Puedo preguntarte algo? – dije. - Lo que quieras. - ¿Cómo pudiste sobrevivir estos años? Se puso serio y respiró profundo – Cuando todo pasó, yo tenia 13 años, y ese día estaba con mis dos amigos, como siempre, en los túneles de la biblioteca que habíamos encontrado. Era nuestro lugar secreto, para fugarnos de clase, fumar, cosas de adolescentes.- lo dijo levantando las cejas y con una leve sonrisa de picardía – supongo que mientras estábamos ahí debajo el infierno se desató arriba y los zombis aparecieron. Recuerdo que después de unas horas volvimos a la biblioteca y estaba desolada y desordenada, como si un huracán hubiera pasado por ahí. No sabíamos que ocurría, hasta que sentimos un ruido detrás de unos estantes, nos acercamos y vimos a una joven devorando a la bibliotecaria, estaban cubiertas de sangre y parecía que ella misma había sido mordida en varias partes del cuerpo. Como te imaginarás la imagen nos horrorizó y pensamos que lo mejor que podíamos hacer era salir de ahí, ella no nos había notado. Casi salimos, pero Pablo, mi amigo, tropezó con algo, y ella nos notó. Se volteó a nosotros y vi sus ojos, nunca voy a olvidarlos, eran espantosos. Se puso de pie y comenzó a venir hacia nosotros, primero nos paralizamos pero vi que era muy lenta, entonces les grité a los chicos que corramos al túnel. Como comprobaste hoy, los gritos solo atraen más zombis, y así fue, más aparecieron, y de la calle venían otros también. Justo antes de entrar al túnel, uno mordió a Pablo, pero no se quedó con él, Matías y yo los salvamos, o eso pensamos. Corrimos por los túneles durante varios minutos, hasta que Pablo se cayó, parecía muerto por un segundo, y al segundo siguiente estaba intentando mordernos. Por suerte sus movimientos eran lentos y nos escapamos de él, pero nos seguía. Llegamos a una entrada y dimos en un cuarto, como un sótano, pero no sabíamos de donde. Trabamos la puerta y nos quedamos ahí. En ese momento me di cuenta que era muy probable que toda la gente que conocía estaba muerta, o peor. Pablo nos alcanzó, lo escuchamos durante días golpear la puerta, hasta que se detuvo. Pensamos que se había ido, y quisimos salir a buscar comida pero no fue así, él estaba en la puerta, esperando que salgamos. Un día pudimos acabarlo, con un palo en la cabeza, lo golpeamos varias veces y no se levanto más. Nos dimos cuenta que se morían de esa forma, y también de que las mordidas contagiaban. Recorriendo los túneles buscamos comida, armas y después de un tiempo salimos a la calle, siempre lejos de las sombras. Así pasamos varios años, ocultos, pero hace un tiempo Mati decidió que quería salir de la ciudad, buscar sobrevivientes y eso, y nunca más lo volví a ver. Y así fue como sobreviví, ¿Qué piensas, nada emocionante verdad? - Una historia con zombis en el medio siempre es emocionante, en mi opinión – le dije con un tono irónico. Aunque era verdad. - Tienes razón – dijo confiado. - ¿Qué te parece esa casa? – dijo señalando una que estaba adelante unos metros. - Bastante aislada y oculta, para ser una casa. - Esa será entonces - y giró el auto por el sendero que llevaba a ella. En el interior había más de lo mismo: sangre, mugre, desorden y los infaltables zombis, los dueños de casa tal vez. Hicimos la limpieza correspondiente y aseguramos el lugar lo más que pudimos. Por suerte el baño tenía agua, así que tomamos una ducha, no juntos claro, y nos dispusimos a cenar. La luz del día se estaba terminando, y un escalofrío me recorría la espalda. Por razones obvias no me gustaba la oscuridad. - Te diría que descansemos por turno, pero eso casi nunca funciona, así que nos hagamos compañía mutuamente mientras esperamos el amanecer. – Dijo Horacio. - Me parece una buena idea – le respondí – tenemos que buscar la forma de mantenernos despiertos. - Sé de una manera muy efectiva para pasar despiertos toda la noche – dijo con tono pícaro y me guiñó el ojo. - En tus sueños bobo – le dije sonriendo. - Tú te lo pierdes – dijo bromeando y los dos reímos un poco. Estábamos casi en la total oscuridad, solo alumbrados por la luz de la luna. - Y que te parece si ahora me cuentas tu historia de supervivencia al Apocalipsis – dijo. Y le conté todo, como pasó la primera y la segunda vez, como perdí primero a mi madre y luego a mi padre, y como me había convertido en soldado o algo por el estilo. El relato me llevó unas horas, y el escuchó atento, yo pensé que iba a caer dormido, pero estaba muy interesado. - Tres soles, interesante nombre – dijo cuando terminé – si hubiera sabido que la civilización encontró una forma de superar esto, seguramente hubiera intentado encontrar alguno de esos fuertes; yo estaba convencido que todo había terminado. - En algún momento todo va a terminar – le respondí con una profunda tristeza en mi voz. El me miró desconcertado. - ¿Por qué dices eso? ¿Acaso tienen una cura en mente? ¿Saben como detenerlo? Yo lo miré mas desconcertada todavía. - No es eso lo que quise decir. No hay curas ni nada que pueda detener lo que pasó. Lo que digo es que nosotros nos vamos a terminar, algún día, todos seremos zombis, o comida de zombis. Es el fin, no hay vuelta atrás. Su mirada se nubló y la inundó una profunda tristeza. - Yo no pienso eso, estoy seguro que hay una solución. Es decir alguien comenzó esta pesadilla, y seguramente él sabe como detenerla, solo debemos encontrarlo. - Hace años que estoy buscando una respuesta, una salida, y lo único que encontré es muerte y cosas peores, así que no tengas tantas esperanzas. Ellos son cada día más y nosotros nos estamos acabando. Es una cuestión de lógica. Nunca podremos matarlos a todos. - Salvo que encontremos la manera en que el virus, o lo que sea que afectó a la gente, se diseminó y lo usemos a la inversa, para destruirlos. - En serio que eres un iluso - le dije con tono de superada. - Prefiero ser un iluso y creer que afuera esta la forma de recuperar nuestro mundo, que andar pensando que solo es cuestión de tiempo para convertirme en zombi. Si yo pensara como tu, ya me habría matado, ¿sabes? – me dijo totalmente enojado. - No creas que no lo pienso todos los días – le respondí y nos quedamos en silencio unas horas más. El sol comenzó a salir y decidimos que era hora de partir. Conducir sin haber dormido en dos días no es una buena opción, pero dormir rodeados de zombis era peor. La base estaba a unas horas de viaje y un poco de café podía ayudarnos a llegar. El viaje transcurrió sin hablarnos, solo escuchábamos el CD que tenía el auto. Nos detuvimos en el bosque y bajamos, caminamos un rato y llegamos a la entrada de la base, estaba en casa.
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