—¿Está bien? —pregunta con el biberón en la mano sacudiéndolo.
—Sí, se quedó muy tranquilo —digo en un tono de voz suave.
—Al parecer usted también —dice con una media sonrisa pícara— ¿Quiere darle su leche?
—Bueno, si usted me lo permite —me pasó el biberón.
Me puse nervioso, porque era algo que jamás había hecho y no sabía tampoco como hacerlo. Ella pareció leerlo en mi expresión, se paró detrás de mí, rodeando mi brazo con el cual sostenía la cabeza del bebé y pasó el otro por encima de mi hombro. De manera que guio mi mano con el biberón hasta la boca del bebé, enseguida lo sostuvo con su pequeña boca y luego de acomodar mi mano a la altura exacta me soltó.
El resto del trabajo se hizo por si solo, el biberón se movía por si solo y la leche descendía a medida que él la iba tomando. Por alguna extraña razón, al verlo de esa manera sonreí, lo hice de una manera genuina y me sentí tan ligero como una pluma.
Desde que fue el parto y mi bebé nació muerto no lograba sonreír de manera genuina, me sentía encasillado en el trabajo, sin alma. Quizá lo que me faltaba era esto, alimentarla de alguna manera, para sentirme lleno, para sentirme vivo.
Cuando terminaba de darle la leche al pequeño, la puerta de entrada se abrió y por el estrecho pasillo se asomó un hombre, que claramente debía de ser su esposo. Lo supe por su expresión de molestia instantánea, no sé qué clase de padre sería, tal vez le molestaba el hecho de que estuviera con su bebé en brazos.
—Llegaste —dijo ella desganada, mirándolo de pies a cabeza.
—¿Quién es él? —preguntó restándole importancia a su comentario poco interesado.
Fue justo ahí cuando me di cuenta de que tal vez mi matrimonio no estaba tan jodido, que al parecer había matrimonios más infelices, más agotadores y que debía de sentirme afortunado por al menos poder llegar a dormir tranquilo cada noche.
—Es mi jefe —se cruzó de brazos analizando como se quitaba los abrigos.
—Fabuloso, viene tu jefe a casa y le debes dar la impresión de que vivimos tapados de mugre —dice en un tono denotante de sarcasmo— ¿Qué hay para comer?
Fue allí donde comenzó mi molestia, ni siquiera la trata como si fuera un ser humano, ¿Por qué no limpias? ¿Por qué no cocinas? Esas eran las palabras que quería utilizar, pero que no decía por estar yo presente.
—No hay comida, si quieres algo tendrás que cocinar tú, me llevó gran parte del día encargarme de conseguir las cosas necesarias para el bebé —se aproximó y lo tomó en brazos, ya que el biberón estaba vacío y ni siquiera me había dado cuenta.
—Por esa razón me hice la vasectomía, porque quería evitar que esto sucediera —se empezó a reír negando— No puedo creer que la vida sea tan perra y cochina, no puedo creer que alguien dejara a esa criatura a tu suerte para que justo tú la fueras a encontrar.
—¡Cierra tu maldita boca! —levantó el tono de su voz sosteniendo la cabeza del bebé contra su pecho.
Estaba en un lugar que no me correspondía estar, escuchando cosas que no me correspondía enterarme y no es como si tuviera grandes alternativas más que respirar profundo. Tomé todo mi carácter, porque en mi casa me educaron de una manera que, me hace estar agradecido, ya que gracias a eso soy el hombre que soy y eso me obliga a no permitir esto.
—Disculpe, señor, pero guarde silencio, hay un bebé en esta casa y no puede estar en un ambiente tenso, no es bueno para él —expreso.
Quisiera defenderla a ella también, pero en realidad estoy seguro de que es suficientemente capaz de defenderse y tampoco me corresponde. Es decir, ella fue quien se casó con ese hombre y si ya no lo quisiera no soportaría lo que está soportando de su parte, mucho menos un engaño como el que al parecer le hizo.
—Creo que usted no debería de entrometerse, esta no es su casa para darme órdenes —levantó una vez más el tono de su voz.
Ella se puso en medio de ambos, miró a su esposo con las mejillas rojas, no era vergüenza lo que llevaba, sino una rabia que, por supuesto, también sentiría si estuviera en sus zapatos. Le dio una bofetada que sonó en toda la habitación, el hombre se tomó la mejilla y con la quijada presionada tomó su abrigo saliendo disparado en dirección a la puerta de entrada.
—Discúlpeme, señor Mael, no tenía idea de que vendría, no pensaba que algo así podría suceder —se lamentó mirándome a los ojos.
El pequeño parecía no haberse enterado de nada, descansaba sobre su regazo y su mejilla sobre el mismo hacía que sus labios estuvieran abultados. No me importaba tener que haber pasado por esa situación, me preocupaba más que en otra ocasión se repitiera esa situación y que yo no estuviera en medio para impedir que se agravara todo.
—No se preocupe, ¿Tiene mi número? —le pregunto lo cual parece sorprenderle porque mueve sus labios vacilantes ante sus siguientes palabras.
—Lo tengo, es mi jefe, como no lo tendría —responde un poco apenada.
—No dude en llamarme si necesita de algo —me pongo de pie— Debo irme ahora, me dio mucho gusto visitarla y espero mañana regrese a trabajar.
—Estoy buscando quien cuide del bebé —dice con la mirada baja.
—¿No sabe que hay una zona de guardería en la empresa? Es para las madres solteras que trabajan allí, usted no es soltera, pero temporalmente —le digo encogiéndome de hombros.
—Sí, sabía, pero como usted dijo es para madres solteras —suelta un suspiro— Pensé que sería un inconveniente.
—Inconveniente sería que usted siga sin ir, no sé qué hacer sin una agenda bien organizada —sonrío y ella me imita.
—En todo caso, ¿Le molesta si le pregunto el nombre de su bebé? —pregunto curioso mirando al pequeño.
—Aún no escojo uno —me confiesa encogiéndose de hombros.
—Seth, ese sería el nombre de mi hijo —recuerdo con un nudo en la garganta y bajo la mirada— Puede utilizar ese si es de su agrado.
—Lamento su perdida, ¿No le gustaría conservarlo por si en algún momento deciden tener otro? —pregunta insegura y un tanto incómoda.
—Si fuera a tener otro hijo, no usaría ese nombre —me doy la vuelta para caminar cuando llega a mis oídos su voz.
—Déjeme preguntarle ¿Por qué razón?
—Por qué ya tengo un ángel en el cielo con ese nombre y no se repiten dos veces la misma persona —me limito a responder en un tono gélido.