La finca estaba más viva que nunca. El sol bañaba los campos, las aves cantaban con libertad, y en el corazón de Perla comenzaba a germinar algo que no era amor aún, pero sí algo que se le parecía. Gabriel pasaba más tiempo con ella, sin invadir, pero sin alejarse. En una tarde cualquiera, cuando la brisa soplaba como susurro de confesión, él le pidió que lo acompañara al lago. Allí, lejos de todos, en un muelle de madera que crujía al paso, Perla se descalzó y sumergió los pies en el agua tibia. —¿Por qué no me odias? —preguntó Gabriel, sentándose a su lado. —Porque odiarte sería seguir atada a ti. Prefiero sanar. Él bajó la mirada, dolido, pero también agradecido. Había en ella una fuerza que lo derretía. —¿Puedo abrazarte? Perla dudó, pero luego asintió. Y ese abrazo... no fue pa

