El sol se colaba tímido entre las cortinas de lino blanco. En la habitación amplia y luminosa de la finca, el silencio no era pesado, sino sereno. Perla se despertó con el canto de los gallos y el aroma del café que alguien preparaba en la cocina. Vestía una bata de lino y caminó descalza hasta la terraza. Gabriel ya estaba allí, sin camisa, tomando café y contemplando el campo con los ojos perdidos, pero el rostro en paz. —Buenos días, dormilona —dijo sin mirarla, con una media sonrisa. —Buenos días... —respondió ella con voz ronca, aún entre sueños. Ese día no hubo tensiones, ni menciones al pasado. Fue un día de pequeñas cosas: preparar juntos el desayuno, caminar entre los establos, alimentar a los caballos, compartir recuerdos sobre sus infancias rotas. Gabriel le mostró la finca c

