--- --- Gabriel El latido del corazón de mi hijo sonó claro en la pantalla. Perla apretaba mi mano con fuerza, como si necesitara mi sangre para mantenerse en pie. —Está fuerte —dijo el doctor con voz tranquila—. Tiene ocho meses, pero ya está bien formado. Si todo sigue así, nacerá sano. Ella suspiró con los ojos cerrados. Yo solo podía mirar esa imagen en blanco y n***o como si fuese el mapa del universo. Mi hijo. Mi luz. Lo único limpio que tengo en un mundo de sangre. —¿Puedo caminar un rato? —preguntó Perla al médico. —Sí. Una caminata suave no le hará daño. Y así lo hicimos. Salimos de aquel hospital privado en Brooklyn como si fuésemos solo una pareja común. Sin hombres armados, sin códigos en los bolsillos. Solo ella, su panza, y yo cargando bolsas con baberos y osi

