Me desperté como era mi costumbre a las cuatro de la mañana, al recordar que era domingo y la misa era a las ocho volví a sumergirme otra vez en las tibias cobijas. No volví a conciliar el sueño, me distraje de la mejor manera que tenía en estas últimas semanas… En Antonio. En la semana no nos pudimos ver mucho, me dijo que ocuparía las horas en el arreglo de nuestra casa, la cual había comprado a las afuera del pueblo. Las dos semanas siguientes a mi cumpleaños se habían convertido en un verdadero cuento de hadas, pasábamos más horas de la cuenta, me recogía en el colegio, me ayudaba con las tareas. —Era muy inteligente. En una de esas tardes hablamos de mi futuro. —No quiero que dejes de aprender. —habló, mientras jugaba con un mechón de mi cabello. —La escuela es para niñas de casa,

