La llamada

2707 Words
Mis piernas apenas responden y el miedo sigue atenazado en cada músculo de mi cuerpo, paralizándome en el umbral de la habitación mientras intento mantener mi respiración calmada, mientras trato de asimilar que mi hermana sigue aquí, conmigo, con vida. Me doy cuenta que su respiración se altera levemente y sus párpados se mueven. Me acerco por instinto al mismo tiempo que ella abre los ojos. Lo hace lento, se nota cansada, pero sigue viva. Eso es lo que me mantiene cuerda en este instante tan desesperante. —Kas… —Pronuncia mi nombre en un susurro quebrado, débil, pero yo lo escucho como si fuera un grito. Como si fuera la única cosa capaz de sacarme de esta agonía que siento—. Estoy bien… —Apenas y sonríe—. No me fui esta vez… Un sollozo se me escapa antes de que pueda contenerlo y aunque me cubra la boca, no logro absolutamente nada. Lloro por ella y por toda esta mierda que está se la está llevando cada día. Me acerco a ella y cuando llego, me inclino sobre la cama con mis manos temblorosas buscando las suyas. Están frías, se sienten frágiles a pesar de lo esperas que están. Comienzo a besarla con las lágrimas, nublándome los ojos y para cuando me enderezo un poco, me obligo a esbozar una sonrisa. —No te fuiste —Pésima réplica en son de chiste que se volvió costumbre entre las dos desde que todo empeoró—. Sigues aquí, sigues con Roy y conmigo… Ella intenta mover los labios, pero está cansada. Apenas logra un gesto, un intento de sonrisa. Pero es suficiente para mí. —Roy… —Está bien, tranquila —me apresuro a decirle—. Los Ruiz lo están cuidando. Los llamé y les dije que en el refrigerador, teníamos leche congelada. Nos propusimos crear un pequeño banco de leche para casos de emergencia. —Lo lamento… —La voz se le quiebra—. Estaba desesperada y yo… yo no pensé demasiado, Kas… un auto elegante pasó frente a la casa y prácticamente me lancé sobre él con Roy en mis manos y le rogué que me llevara a emergencias. Entré en colapso, sentía que me iba a morir y justo en ese entonces los Ruiz salieron a ver qué pasaba y el hombre del auto no dudó en brindarme el apoyo… El pitido en la máquina me indica que se está alterando, así que la arrullo para que se calme. Le ruego que lo haga. —Les entregué a Roy a la señora Ruiz y el hombre no dudó en subirme a su auto. Lo que no pensé es que... es que me fuera a traer a este lugar tan… —Eso no importa —La detengo, porque realmente no me interesa como es que llegó aquí—. Estás viva, estás estable y eso es lo único importante, ¿ok? —Pero los gastos… ¿Cómo vamos a pagar la cuenta de este lugar? Vuelvo a negar. El estómago se me revuelve por eso, pero me mantengo imperturbable ante ella. —Ya me encargué y no hay nada que pagar, Dorothy. Tranquila. —El pecho me arde, todo mi cuerpo me arde al recordar cómo fue que pagué—. Necesito que pienses en ti, ¿sí? Necesito que te enfoques en mejorar para volver con Roy, por favor... Asiente a duras penas, pero lo hace. Con manos temblorosas comienzo a limpiar las lágrimas en sus mejillas hasta que el sonido de unos pasos acercándose me obliga a girar. Me enderezo de inmediato al ver que es el médico quien se acerca a ambas. Llevo mis manos dentro de los bolsillos de mi chaqueta para poder apretar mis puños sin que ella note todas las emociones que amenazan con desbordarse dentro de mí. El médico se mantiene con su expresión seria y medida. Se muestra muy profesional, es el semblante de alguien que está acostumbrado a dar noticias que pueden cambiarlo todo. Pero yo no quiero oírlas. No quiero escuchar nada que confirme lo que mi corazón ha estado sintiendo desde los últimos meses y más fuerte durante esta semana. —¿Cómo se siente? —Se dirige a ella, no a mí—. Debe descansar y lo sabe. —Lo hará —digo sin dudarlo—. Mi hermana descansará, doctor. El hombre asiente, no es tan agradable, pero al menos hace su trabajo. Comienza a revisar a mi hermana, a igual sus parámetros en los monitores. E incluso le ordena a la enfermera suministrarle un medicamento que primera vez escucho. Para cuando se asegura que todo está estable con Dorothy, desliza sus ojos marrones hacia mí. —Señorita Nowak —su voz es tranquila y profesional—. Necesitamos hablar sobre el estado de su hermana. Trago saliva con dificultad. Mi cuerpo está congelado, pero asiento, preparándome para el golpe que viene. El doctor se acerca hasta el pie de la cama, revisa unos documentos en su carpeta antes de soltar la sentencia. —Su hermana presenta insuficiencia renal en etapa avanzada, tengo entendido que eso ya lo sabían, ¿no? «Avanzada». Eso es nuevo, pero me limito a asentir. Y él, por supuesto, a continuar. —Sus riñones han dejado de funcionar adecuadamente, y sin un tratamiento urgente, la situación se agravará rápidamente. Mis pulmones se paralizan por un instante. Siento el peso de cada palabra presionar mi pecho. Ni siquiera sé en qué momento saqué una de mis manos del bolsillo de la chaqueta y sostuve la de Dorothy. Solo sé que la siento temblar levemente. Volteo a verla, no dice nada, pero sus ojos están abiertos, expectantes, aterrados. —La hemos estabilizado por ahora —el médico continúa sin rodeos, así que le presto atención en silencio—, pero la única opción para garantizar su recuperación es un trasplante. Necesitamos encontrar un donante compatible cuanto antes. «Trasplante». La palabra rebota en mi cabeza, arrastrando consigo mil preguntas y un miedo paralizante, a pesar de que he estado plenamente consciente de esto desde hace un año. —¿Cuánto tiempo tenemos? —logro preguntar en tono frío. El médico exhala, evaluando su respuesta antes de hablar. —No mucho. Debemos actuar rápido. Mientras más pronto consigamos un órgano, mejores serán sus posibilidades de sobrevivir. «Sobrevivir». La cruda realidad cae sobre mí como un balde de agua fría llena con cubos de hielo. Mi hermana está al borde de algo que no quiero nombrar. Algo que podría arrancármela si no hago algo pronto. Me aprieto los labios, conteniendo la avalancha de emociones que amenaza con desbordarse. —Kas… Me giro hacia ella de inmediato. —Voy a solucionarlo —aseguro. Y ni siquiera sé cómo es que puedo asegurar algo como eso, pero con mi poca fe del carajo que aún permanece dentro de mí, lo hago. Lo aseguro, lo prometo. Incluso lo vuelvo a asegurar cuando el doctor me habla de una larga lista de espera, de que las probabilidades son pocas, pero que nos desea la mayor de la suerte. Pero a mí no me importa que sean pocas, porque yo haré lo que sea necesario. Lo que haga falta, incluso me someteré a pruebas para saber si soy compatible con ella, porque mi Dorothy va a vivir, cueste lo que me cueste. El doctor me sigue hablando, pero sus primeras palabras resuenan en mi cabeza como un eco brutal que se estrella contra mi mente como una sentencia definitiva, una de la cual no podemos escapar. —Ya sabiendo todo esto, señorita Nowak… es importante que deje que su hermana descanse lo más que pueda para que, cuando se le dé el alta médica, tenga mejor semblante. Me apresuro a asentir. —Solo deme cinco minutos y le prometo que saldré. El doctor sale de la habitación, dejándonos en un silencio bastante asfixiante. Sus palabras son un golpe certero que me deja sin aire. «Mi hermana necesita con urgencia ese trasplante, si no, morirá». —Kasia… —su dulce voz me saca de mi estado de trance. Volteo a verla. El miedo se enrosca en mi pecho, se aferra a mis huesos, me aprieta el cuello con una mano invisible que no me deja respirar. —Me niego a perderte… —digo en un hilo de voz. «No puedo perderla. Es todo lo que tengo». Mi cuerpo se siente ajeno mientras ella me sostiene la mano con fuerza, mientras me habla con calma, diciéndome que todo estará bien, que podremos con esto, prometiéndome que ella será tan fuerte como. Pero no puedo hablar, las palabras las tengo atoradas. —Mi Kasi… Aprieto los dientes con fuerza, viendo como sus ojos cansados me observan con un amor que debería de reconfortarme, pero solo hace que las lágrimas se desborden de mis ojos. Me reprendo por no ser fuerte, por quebrarme ante ella cuando realmente me necesita más firme que nunca. Me obligo a acercarme, me inclino y le dejo un beso en la frente, sintiendo la diferencia entre la calidez de mi piel y la frialdad de la suya. «Esto es tan injusto». —Yo me encargaré de todo, te lo prometo. —Sello mi promesa con otro beso—. Voy por Roy, pero regresaré. No te dejaremos sola estando aquí, ¿ok? Intenta asentir, pero lo hace débilmente. —Dile a Roy que mamá lo ama, por favor. Que siempre lo amará… La presión en mi pecho se intensifica, pero asiento conteniendo el llanto porque me niego a tomar esto como una despedida de su parte hacia su hijo. Le acaricio la mano, como si pudiera transferirle algo de mi fuerza en este simple gesto. Una leve sonrisa y me alejo de ella pidiéndole que cierre los ojos y duerma lo más que pueda, tratando de contener el dolor que amenaza con aplastarme. La veo cerrar sus ojos y eso me basta para acelerar mis pasos con la convicción de que cumpliré mi palabra. Haré cualquier cosa para salvarla y así no encuentre jamás un donador, me sacrificaré sin importarme las consecuencias solo para darle una mejor calidad de vida. La puerta de la habitación se cierra detrás de mí con un leve clic. No es un sonido fuerte, ni impactante, pero lo siento en cada fibra de mi cuerpo como si fuera otro golpe de realidad en mi vida. Avanzo a paso apresurado para salir de aquí cuanto antes. Necesito un respiro, necesito un momento. Todo para mí se siente irreal, como si caminara en una niebla espesa que no me deja ver con claridad a pesar de que las luces blancas sobre mi cabeza iluminan a la perfección el pasillo. El aire está cargado de murmullos, de conversación entre médicos y enfermeras, de llantos ahogados que provienen de otras habitaciones que solo aumentan la desesperación que arde dentro de mí. Sigo caminando, guiada por este impulso que tira de mi cuerpo con fuerza hacia la salida. Y cuando finalmente estoy en el solitario estacionamiento de este lugar con el aire de la noche golpeándome el rostro, me derrumbo. La presión en el pecho se vuelve una bola inmensa de emociones reprimidas llenas de puro miedo y rabia. Mis piernas me fallan y caigo de rodillas. El pavimento frío recibe mi cuerpo sin resistencia y el primer sollozo se me escapa antes de que pueda contenerlo. Es un sonido áspero, desgarrado, que se rompe en mi garganta como si llevara horas atrapado ahí. Horas. Días. Meses conteniéndolo. Me abrazo a mí misma en medio de un torrente de llanto incontrolable, sintiendo un dolor tan profundo en mi pecho que parece que fuera a explotar. «Mi Dorothy se me muero y yo… yo no sé si pueda salvarla». Me cubro la boca con manos temblorosas tratando de ahogar el llanto, tratando de controlarme pero es que me cuesta. «¿Qué puedo hacer?». Me siento impotente. Me siento atada de manos. Me siento una puta también. Esto no es solo un llanto más. Esto que estoy dejando salir es rabia pura. Tristeza de años acumulada y el maldito juicio que me abraza, porque la sensación de suciedad que tengo incrustada bajo mi piel, creo que jamás la podré arrancar. Pero no me arrepiento de lo que hice. Soy responsable de mis acciones y aunque no es algo que quise hacer y que no fui obligada a pesar de que en esta no tenía opción, me entregué a Mark y lo dejé hacerme, eso que su morbosa mente deseó desde el primer momento en que me miró. Dorothy necesitaba ser atendida de inmediato y por mi orgullo, ella no iba a pagar el precio. Pagué con mi cuerpo con tal de que ella esté bien y aunque se esté muriendo, lo haré mil veces con tal de que su periodo de vida se extienda lo más que se pueda. Es por eso por lo que me permito llorar en este instante, que me permito romperme de rodillas en este estacionamiento, porque lo que vendrá no será fácil y yo necesito tener un temple de acero. Lloro por todo lo que hemos vivido desde que éramos unas niñas, por lo que me obligué a hacer en esa oficina, por lo que aún nos falta por atravesar y por lo que haré. Con manos temblorosas saco del bolsillo de mi chaqueta el papel que esa mujer me entregó el sábado pasado. Lo he cargado conmigo porque algo dentro de mí me decía que al final terminaría aceptando su oferta. Ya tuve sexo con Mark. Seducir a un hombre para que lo puedan acusar de infidelidad no será tan difícil. Ya no me importa la moral. No me interesa lo que piensen de mí. Respiro hondo para calmarme con mis dedos temblando sobre la pantalla, incapaces de moverse, como si una parte de mi quisiera aferrarse a la última pizca de dignidad que aún me queda. ...Y como incentivo, te prometo ayudarte en buscar un donador para tu hermana... Sus palabras retumban en mi cabeza como si con eso me gritara que no tengo tiempo para el orgullo, para cuestionarme lo que está bien o mal. «Al carajo». Pulso el botón de llamar y alcanzo el móvil a mi oreja con un latido punzante en mi cabeza, en medio de una cuenta regresiva para cruzar una línea que nunca pensé que cruzaría en mi vida a pesar de lo miserable que ha sido. Mi corazón salta al oír su voz elegante y segura. —Soy Kasia. —digo seca, tajante—. Te llamo para decirte que acepto seducir a tu esposo a cambio de que me ayudes con mi hermana. Trago saliva. Respiro hondo en medio del silencio extraño que hay del otro lado de la línea. —Buena elección, Kasia. —Se oye empática, amable. Pero no lo es, porque a ella solo le interesa destruir a su esposo y yo solo seré su marioneta. —Ve por tu sobrino, cuídalo esta noche que mañana a primera hora estaré ante ti. Me quedo de piedra al darme cuenta que ella sabe lo que haré. Miro a todos lados con el corazón retumbando dentro de mi pecho. De repente, me siento observada, me siento perseguida. Me levanto del suelo, sintiéndome fría. —Seremos buenas amigas, Kasia —continúa, pero yo no dejo de buscarla en todo el estacionamiento—. Y para que veas que yo no seré tu enemiga, me haré cargo del cuidado de tu hermana y de tu sobrino mientras tú haces el trabajo. Ya sabes, para que puedas… concentrarte. —Me estás observando… —apenas logro decir. Y la risa baja del otro lado me eriza los vellos de la nuca. —Desde hace mucho tiempo, Kasia. Ya te lo dije, ¿no? —No respondo—. Aunque no lo parezca, no soy ni seré tu enemiga. Yo solo necesito pruebas y tú el dinero, es todo. Ahora, deja de buscarme y ve por tu sobrino. Descansa lo más que puedas y alístate que mañana te irás conmigo. La llamada se cuelga y yo quedo en medio del estacionamiento con el corazón martillándome con el triple de fuerza.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD