—Hola —Intento sonreír con elegancia—. Me llamo Kasandra Collins, un placer.
Extiendo la mano manteniendo mi mejor porte, pero no dejo de sentirme extraña.
—Estás muy tensa —Me dice lo que ya sé, porque es justo así como me siento—. Mi esposo sabrá que estás ocultando algo.
Cierro los ojos oyendo su taconeo. Viene hacia mí nuevamente para darme otra clase exprés de cómo actuar una vez que esté ante su esposo.
«Necesito concentrarme, lo sé. Necesito estar relajada y no sentirme tan rígida, pero es que me cuesta».
Me cuesta, porque la chica que está frente al espejo no soy yo. Es decir, sí soy, pero no luzco como yo. Soy una chica totalmente diferente. Ni siquiera me veo como de veinticuatro años, parezco de casi treinta con esta ropa, con este cambio de look y todo este maquillaje de noche que me hace sentir cargada.
—Mi esposo tiene buen ojo para saber cuándo alguien quiere engañarlo, Kasandra —Posa sus manos en mis hombros, acercándose a mi como si fuésemos las mejores amigas.
Su aroma a perfume caro inunda mis fosas nasales y debo sonreír porque de verdad me agrada, pero no me agrada que se quede en silencio, mirándome a través del espejo que hay frente a las dos.
—Me llamo Kasia —le recuerdo, porque justo ahora no estoy en el papel de la chica de la alta sociedad que me impuso adoptar—. No necesitas llamarme por ese nombre cuando estemos a solas.
—Sé perfectamente cómo te llamas —me sonríe con una amabilidad que me pone nerviosa la mayor parte del tiempo—. Pero serás Kasandra Collins hasta que el trabajo esté hecho. Considéralo como un método para que te acostumbres a tu nueva identidad.
Asiento en silencio, con mis ojos fijos en los de ella.
Me guiña el ojo y me suelta los hombros. Se acerca a la mesa llena de maquillaje y objetos de salón que los estilistas usaron para transformarme.
Odette es sumamente hermosa, amable, pero a pesar de que no parece una mujer peligrosa, tiene un aura que me pone de punta los vellos de la nuca. A veces es muy misteriosa y otras veces muy encantadora.
Y como hoy, que a veces también es perfeccionista.
Cuando me citó esa mañana en ese café exclusivo y bastante alejado de la ciudad, pensé que sería solo para darme una foto del esposo, junto con su nombre y el lugar que más visita, para así yo llegar y hacer lo que se supone que quiere que haga.
Seducirlo, enamorarlo, hacer que cometa la infidelidad y capturarlo en fotos. Eso lo tengo claro.
Lo que no consideré, es que la señora me daría una nueva identidad, me transformaría por completo la apariencia además de mi vida y me diera el trabajo de prácticamente cazar a su marido porque resulta que el tipo es bien astuto y no se deja engañar por cualquiera.
Ahora, ya no soy Kasia Nowak. Soy Kasandra Collins, heredera de una familia petrolera inglesa que se ha mudado a Canadá, específicamente a Montreal, porque sus abuelos son originarios de aquí.
Pasé de vivir en una pequeña casa con muebles desgastados, piso de madera viejo y ventanas rotas, a vivir en este inmenso pent-house con una espectacular vista a la ciudad.
Pasé de no ser nadie a ser una heredera importante. Pasé de no tener nada, a tenerlo todo.
Aunque no me pertenece, se supone que soy la dueña de esto hasta que el trabajo esté hecho.
—Si actúas rígida, insegura o incluso nerviosa, créeme que sabrá que algo tramas... —Siento como empieza a peinar mi cabello. Una vez más.
«¿Cómo me pide que actúe con seguridad si estoy siendo plenamente consciente de que prácticamente estafaré con mis encantos a un hombre?».
—Y si se entera de tus intenciones, sabrás las mías y si eso ocurre… —Chasquea la lengua deteniéndose—. Yo no podré divorciarme y tú no podrás recibir el dinero para ayudar a tu hermana.
La sola mención me ocasiona un corrientazo en el pecho que se expande por todo mi cuerpo.
—Lo haré, ¿ok? —Veo a través del espejo como me enarca la ceja y dejo salir un suspiro bastante cansado—. Lo siento. Estoy tensa, lo sé… pero es que por mucho que me has enseñado durante toda esta semana lo que debo decir y como debo actuar, no me hallo a mí misma.
—El punto de una nueva identidad, es que no debes ser Kasia.
—Y lo comprendo perfectamente.
—Entonces, si lo comprendes, sabes muy bien lo que tienes que hacer cuando, casualmente, aparezca en tu campo de visión mi esposo.
—¿Y si no le agrado? —Me doy la vuelta para verla a la cara—. ¿Y si no soy el tipo de mujer con las que suele…? Bueno, ya sabes… Engañarte.
Trago grueso y me reprendo por haber soltado eso. Ninguna mujer desea oír las veces que su esposo la ha engañado a pesar de que esté loca por divorciarse. Si tiene el orgullo bastante alto, tiene un ego alto que seguramente su esposo dañó con sus actos.
—Oh, Kasia. Créeme que eres la clase de mujer que mi esposo se lleva a la cama —La amargura con que lo suelta me hace sentir peor—. Eres una chica joven, tienes una belleza cautivadora y…
Mi risa rompe el discurso adulador y Odette vuelve a alzar esa ceja mirándome en espera de una disculpa, pero no la tendrá.
—¿Una belleza cautivadora? —continúo riéndome, pero sin ganas—. Ya firmé el contrato que me has dado, no necesitas adularme porque no cambiaré de opinión, Odette.
—¿Tan poca autoestima tienes, Kasia?
—No, de hecho, si la tengo un poco alta. Así como tengo un poco de inteligencia y sé muy bien que mi “belleza cautivadora” al lado de las mujeres que tu esposo suele llevar a la cama, pende de un hilo, porque esto —me señalo la cara, todo el cuerpo—, no soy yo.
—¿Y crees que a mi esposo le importa quién eres debajo de ese vestido de diseñador, de ese collar de diamantes que escogiste tú misma, junto con ese maquillaje y color de cabello, Kasia? —Me muerdo la lengua para no darle réplica—. A mi esposo lo único que le importa es tener sexo y eso es lo que le darás.
—¿Entonces para que todo este show de la identidad falsa y este cambio de imagen si tu esposo lo único que le importa es meterla y sacarla?
Los ojos de Odette Neumann se abren con desmesura y yo vuelvo a darme un golpe mental por no poder controlar mi bendita lengua.
Me siento incómoda ahora, pero en cuanto ella avanza un paso hacia mí, me enderezo haciéndole frente, porque por mucho que haya firmado un papel que me ate a sus órdenes, no significa que me voy a dejar someter.
—No te confundas, Kasia. No soy tu enemiga, pero tampoco soy tu amiga —sus palabras son de doble filo—. Y sí, tienes razón. A mi esposo lo único que le importa es meterla y sacarla, pero no lo hace en cualquier hoyo. A pesar de ser un maldito mentiroso infiel, tiene gustos muy exigentes en cuanto a las mujeres. Eres el prototipo ideal, su fantasía hecha realidad, así que no me vengas con tus reclamos cuando aquí la que sabe lo que nos conviene soy yo. Tú solo debes hacer lo que te ordene para que todo salga de acorde al plan, ¿te quedó claro?
—Sí. —A regañadientes le respondo porque lo que quisiera decirle es totalmente diferente.
Odette me da una última mirada y luego se da la vuelta para tomar sus cosas. Y yo siento que vuelvo a respirar.
—Vamos, debemos irnos —oigo cómo taconea hacia la puerta—. Mi guardaespaldas te dejará en el restaurante. En el estacionamiento tendrás tu auto listo para cuando decidas largarte, y en tu bolso están las llaves junto con tu nueva identificación y la tarjeta negra. Ah, también tienes un móvil nuevo y ya me encargué de agendar mi número, el de tu hermana para que te comuniques con ella cuando quieras y… ¿Kasandra, estás bien?
No sabría que responder a eso, pero no negaré que me gusta lo que veo. Mi cuerpo se ve hermoso en este vestido rojo y el collar de diamantes que adorna mi cuello me tiene embelesada. Mi cabello no cambió demasiado, solo es más rubio, pero igual se ve hermoso, brilloso y largo, gracias a las extensiones que me aplicaron. El maquillaje es simplemente perfecto y me resulta increíble como es que el rojo en mis labios es el mismo rojo de mi vestido.
Me sigo mirando frente al espejo, asimilando lo que seré y haré al salir de aquí, El corazón me retumba con fuerza contra el pecho, siento un hormigueo en el estómago que no puedo controlar y las palmas me sudan.
«Carajo, estoy ansiosa».
—¡Kasia!
Me sobresalto, pestañeo saliendo de mi trance y me giro para darle cara.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —alcanzo el bolso de mano sobre la cama y avanzo para salir de la habitación—. Estoy lista para esto, Odette.