Invitación a un juego peligroso

2535 Words
Repaso en mi cabeza toda la información que Odette me entregó con respecto a su esposo. Repaso su nombre para no equivocarme al pronunciarlo. Visualizo su rostro en mi cabeza y todo lo que en esa carpeta con datos generales había. Lo demás, debo averiarlo por mi cuenta, porque no nada más debo ser la mujer que lo seduzca hasta llevarlo a la cama, sino que antes de que eso suceda, debo convertirme en una acosadora silenciosa para poder aparecer siempre casualmente en la vida del hombre que engañaré. Debo perseguirlo, saber los lugares que frecuenta, anotar las horas, las salidas y todo lo que me sirva a mi favor, porque resulta que ni la misma Odette Neumann, sabe del todo las andanzas de su propio esposo. «¿Cinco años de marítimo y no sabe que lugares frecuenta el hombre que duerme cada noche a su lado?». —Ya sabes lo que tienes que hacer, ¿verdad? —La voz del guardaespaldas llama mi atención y volteo a verlo—. No es tan difícil. Quisiera borrarle esa sonrisa de los labios. —No, para nada. Solo debo seducir a un hombre que parece que tiene complejo de Dios, llevarlo a la cama cuando se dé la ocasión y fotografiarlo como una paparazzi sin escrúpulo dispuesta a correr hacia tu señora para venderle la primicia. —Sonrío—. Demasiado fácil cuando lo estoy haciendo por una necesidad de vida o muerte y no por gusto, ¿verdad? —¿Cuándo se dé la ocasión? —Enarca la ceja, su manera de pregunta es molesta. —No puedo creer que de todo lo que te he dicho, eso es lo que te haya llamado la atención. —Y yo no puedo creer que después de todo lo que la señora Neumann te ha contado sobre su esposo, tú digas «cuando se dé la ocasión». —¿Y eso qué? —Lo miro confundida. Pero me estreso cuando me otorga una leve sonrisa. —Eso sucederá, ya lo verás. Además, tu belleza no fue lo único que hizo que la señora Neumann te escogiera para esto, Kasandra. —Ruedo mis ojos, no puedo creer que también elija llamarme así estando a solas—. Tu carácter, tu astucia y esa frialdad que emana de ti, fueron lo que sin duda la terminó de convencer. —Ah, y yo que pensé que se aprovechó de mi desespero y de la necesidad de curar a mi hermana —Mis palabras son ácidas, pero llenas de verdad. —En parte —que lo admita no me sorprende—, pero eso solo fue un plus. La razón por la cual la señora Neumann te eligió, va más allá de la lamentable situación que tu hermana está atravesando. —¿Por qué me dices eso? —Porque ese carácter que tienes y esa frialdad que demuestras a pesar de que todo se te viene encima, es lo que hará que no doblegues ante un hombre que se cree Dios. Trago grueso y me siento ahora nerviosa, pero nerviosa de verdad porque no sonríe, no me muestra esa mirada amable y hasta atractiva que tenía hace un momento. El guardaespaldas me mira impasible y ahora me pregunto en qué carajos me he metido al aceptar seducir a un hombre que de verdad parece tener poder en sus manos. No es un hombre cualquiera, al parecer. Pero yo no me dejaré, porque necesito el dinero, porque necesito que Odette me ayude a conseguir un donador para mi hermana a pesar de que no tengo esperanzas de eso. Por lo que el doctor ha dicho, es sumamente difícil, así que si no es eso, al menos el dinero me sirve. —¿Ya sabes lo que tienes que hacer? —Me sigue mirando impasible. Y yo salgo de mis pensamientos y asiento. —Llamar su atención, seguirlo a dondequiera que vaya, conocer los lugares que frecuenta para aparecer en ellos y seducirlo al mismo tiempo para que logren acusarlo de infiel —Parezco disco rayado, pero es que ya he repetido todo demasiadas veces en mi cabeza—. En resumen, volverme una completa acosadora. —Luces, como la clase de mujer que suele llevar a la cama, eso al menos te da ventaja. Ruedo mis ojos. —Eres un diamante en bruto, Kasia. —Enarco la ceja, pero él sigue con su máscara de hielo—. Si crees que no puedes siendo la delicada y refinada Kasandra Collins, hazlo siendo la Kasia Nowak que yo estuve conociendo en las sombras mientras te vigilaba. El corazón me salta, pero no le digo nada. Me bajo de la camioneta sin mirar atrás, aceptando la mano del hombre trajeado de la entrada que me recibe, dándome la bienvenida como si yo fuese una mujer de la alta sociedad. Por fuera lo parezco, pero por dentro sigo siendo la misma Kasia con un enorme don para soltar sin rodeos lo que piensa. El aire del restaurante me hace sentir como si estuviera en otra realidad paralela. El aroma me envuelve en cuanto cruzo las puertas de cristal, dejando atrás a los hombres de traje que me han dado la bienvenida de la misma forma que el primero. El corazón comienza a latirme con fuerza, pero me grito en la cabeza una y otra vez que debo calmarme. Respiro hondo y camino hacia la recepción con seguridad calculada, con cada paso sensual y elegante más que medido después de haber estado una semana entera ensayando con diferentes pares de tacones. Cada uno de mis gestos, perfectamente ensamblados en la nueva identidad que llevo puesta. Me detengo frente a la mujer detrás del mostrador de cristal. Es hermosa, lleva puesto un precioso y elegante vestido de satén que acentúa su figura. —Buenas noches, tengo una reservación en nombre de Kasandra Collins —digo con voz suave y elegante. —Buenas noches, bienvenida al Maison d’Or, señorita Collins —Me sonríe—. Por favor, sígame. Su mesa la está lista. La sigo sin vacilar, sin mirar a ambos lados, porque no debo parecer fascinada por el entorno ni distraerme con los preciosos destalles que me envuelven. Estoy aquí por un propósito, por un hombre. Por un juego que comienza oficialmente esta noche. Pasamos bajo un aro de luz dorada bastante alto, entrando al salón principal. No es aquí donde está mi mesa, sino arriba, donde está el área VIP y él. Odette me mostró fotografías, me explicó cómo se distribuye el enorme restaurante. Cuenta con cuatro áreas. El área común es esta que estoy atravesando con la mujer. El área VIP está hacia donde nos dirigimos, y a diferencia de esta, queda en la parte de arriba y cuenta con una preciosa vista de la ciudad gracias a las paredes de cristal que la rodean. Está el bar donde solo los comensales con membresía pueden ingresar y por último, uno más privado que desconoce, pero que sabe que su esposo suele reservar cuando sale con alguna mujer. La curiosidad me puede, así que me detengo un instante antes de entrar al ascensor, fingiendo ajustar mi bolso sobre mi hombro para poder mirar un poco el entorno. Hay una belleza discreta en todo esto, en la forma en que la opulencia no necesita gritar para imponerse. Me sorprende demasiado, pero no lo demuestro. Este no es mi mundo, pero debo hacer lo que sea para hacerles creer que sí. Retomo mi andar y entro al ascensor. Salgo para ser llevada a una mesa para dos, justo donde la vista de la ciudad se entiende frente a mí en luces titilantes. Siento un escalofrío en mi columna vertebral, pero no le presto atención. Me concentro en tomar asiento como Odette me enseñó y le muestro mi mejor sonrisa a la mujer, agradeciéndole por su atención. Ella me presenta al mesero que tomará mi orden mientras este abre una botella de vino para servirme una copa. Para cuando la recepcionista se va, tomo una bocanada de aire desviando la mirada a hacia la ciudad, acomodándome en mi asiento y cuando el mesero me ofrece la copa, que la tomo un movimiento delicado de mano, siento una extraña sensación en mi piel. Dirijo la mirada hacia las personas presentes y entonces lo veo. El corazón me da un vuelco porque dos ojos de un azul intenso están fijos en mí. Es una presencia pesada, una atención demasiado filosa para pasar desapercibida. «Concéntrate, Kasia». Le sonrío sutilmente, siendo Kasandra Collins. La heredera de hermosa apariencia, llena de elegancia y belleza. Soy quien rompe el contacto visual. Dirijo la mirada hacia mi copa, siendo consciente que me está observando. «¿Por qué me mira así?». —Señorita, ¿le gustaría ver el menú? —Claro —le respondo al mesonero en tono casual. Para cuando me lo entrega, ya sé lo que voy a ordenar. La misma Odette me mostró el menú y me explicó de que va cada platillo. Siendo considerada con mi poca experiencia al gusto culinario de la clase alta, se encargó de prepararme hasta para eso. De todo lo que leí, le pedí probar el plato más sencillo de todos. Una simple ensalada. O al menos eso me pareció, porque el ingrediente principal es el aguacate y aunque tiene ostras y una salsa extraña que no recuerdo el nombre, el aguacate reina. No voy a inventar en pedir algo que luego me haga poner cara de desagrado y mande al carajo la elegancia de Kasandra. El mesero se despide prometiéndome volver en pocos minutos con mi orden. Me siento con la espalda derecha, fingiendo que pertenezco a este mundo, que soy uno de ellos. Deslizo la mirada hacia la pared de cristal y sonrío de verdad al contemplar lo hermosa que se ve la ciudad. Nunca la había visto de esta manera, así que no me siento culpable por disfrutar la hermosa vista que Kasandra me permite experimentar. Le doy un trago al vino, como Odette me explicó. Sin apuros, corto, apenas mojándome los labios. Y conteniéndome para no arrugar la frente por el amargo sabor. Oigo en mi cabeza los martilleos de mi propio corazón y un impulso intenso de girar el cuello se apodera de mí. Deslizo la mirada de manera casual, como si estuviera mirando nada en concreto mientras disfruto del vino. Y ahí está. Su mirada es impasible. Es un golpe silencioso a mis nervios, que no se aparta, que no cede, pero que se clava en mí como una invitación a un juego peligroso. Finge ser parte de la conversación que está teniendo con los tres hombres que están sentados con él, pero su atención está puesta sobre mí. ...Oh, Kasia. Créeme que eres la clase de mujer que mi esposo se lleva a la cama... Sus palabras retumban en mi cabeza y más el corazón se me acelera. ...Si actúas rígida, insegura o incluso nerviosa, créeme que sabrá que algo tramas... Tengo que sonreír, fingir que no sé quién es, que no tengo interés en él, pero que me ha agradado cruzar nuestras miradas. Bajo su atenta mirada, me vuelvo a mojar los labios con el vino con una indiferencia calculada de quien no le interesa su presencia. «Sé que debo seducirlo, pero no puedo ser tan obvia, ¿no?». Además, en este juego, la primera regla es simple: nunca mostrar debilidad. Si le doy más atención de la que debería, sabrá que su mirada está causándome algo. Y aunque mi piel erizada lo demuestra y mi pulso me lo confirma, no le daré el placer de que lo note. Carajo, no soy ciega. El hombre está como quiere y me está mirando como si yo fuese su presa. Es obvio que mi cuerpo va a reaccionar ante él. «Necesito un momento». Me levanto de mi asiento con calma, sin prisa, pero con toda la intención de ir al tocador. Sé dónde queda, Odette me lo explicó. Sonrío cuando paso frente a una pareja, actúo relajada cuando la mirada de tres hombres se posan en mí al pasar por su mesa. Contengo el aliento cuando siento su maldita mirada sobre mí. Camino sin mirar atrás por el elegante corredor alfombrado hasta el final y cuando entro al tocador, que me aseguro que estoy sola, dejo salir el aire con mis manos sobre la orilla del frío mármol. —Tú puedes con esto, Kasia —me digo mirándome en el espejo. Respiro hondo, controlando el ritmo de mi corazón, dejando que la sensación me arraigue a la realidad. A mi trabajo, al papel que debo desempeñar. A pesar de que el espejo me devuelve una imagen que no es mía, me convenzo de que soy Kasandra, la mujer que debe existir esta noche, la que debe seducir y engañar. Abro la llave para mojar mis manos y así pasármelas un poco por la nuca para refrescarme. Hace frío, pero yo estoy sofocada por los nervios. No sé qué carajos me sucede, pero no debería sentirme de esta manera. Su mirada no debería haberme afectado tanto, pero sigue sobre mí a pesar de que estoy lejos de su presencia. ¿Se habrá dado cuenta de algo? ¿Habrá sospechado que su esposa me contrató para engañarlo? «Carajo, espero que no». El sonido de unos pasos me hace enderezar en mi lugar. Cuando giro mi cuello mostrando mi mejor sonrisa a quien sea la mujer que haya llegado al tocador, el corazón me salta un latido. «No se puede ser». Rhyszard Neumann está ante mí con su mirada oscura e intensa atravesándome. —Creo que se ha equivocado de tocador, señor. —Le muestro mi mejor sonrisa. —De hecho, no —su voz áspera, gruesa, demasiado varonil, me eriza los vellos de todo el cuerpo—. Yo no me equivoco, nunca lo hago. Sé muy bien a lo que he venido y lo que quiero. ...Mi esposo no pregunta, solo posee y toma lo que quiere, Kasia. No olvides eso cuando lo tengas al frente... «Mierda». —¿Y qué es exactamente lo que tú quieres? —Al carajo las normas de cortesía. Su risa baja, seductora, me estremece. Me quedo de piedra sin saber que decir al verlo acortar la distancia, como si siempre hubiera sido suya para tomar, como si mi espacio no existiera, como si cada respiro de esta noche le perteneciera. Su cuerpo se impone ante el mío cerca, demasiado cerca. El calor de su presencia me enciende y antes de que siquiera pueda pensar en una respuesta coherente, sus manos ya están tomándome. Una firme en mi cintura y la otra en la base de mi nuca. Es un acto de posesión disfrazado de deseo, una sentencia escrita antes de que mi mente pueda reaccionar. ...Y yo no puedo creer que después de todo lo que la señora Neumann te ha contado sobre su esposo, tú digas «cuando se dé la ocasión»... ...Eso sucederá, ya lo verás... «¿Dónde te has metido, Kasia?». —A ti. Yo te quiero a ti —murmura contra mis labios, en un roce peligroso que me detiene el corazón.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD