El apretón en mi mano me devuelve a la realidad. Pestañeo, sintiendo cómo las lágrimas salen de mis ojos rodando por mis mejillas. No sé qué decir. El nudo en mi garganta me lo impide. —Y por cierto, si papi Richard… tu ahora tío, te parece guapetón cuando lo veas, no te sientas culpable, porque si lo es el desgraciado —añade Glenda con un brillo travieso en los ojos, como si entendiera lo que estoy sintiendo y desea sacarme del hueco en el que me estaba sumergiendo—. Lo que se come la princesita, ¿verdad? —Levanta las cejas con coquetería. —¡Gigi! —Provecho, querida —sigue jodiéndola—. Dios bendiga tu pan de cada día. Me uno a la risa porque no lo puedo evitar. Todo esto me resulta tan loco y al mismo tiempo gratificante, a pesar de que me cuesta confiar o abrirme a ellas con la m

