⚜️ Prólogo ⚜️
La sangre traiciona.
Él Rey limpió cada espacio, cada látigo, cada golpe que su reina, recibió y sintió en carne propia. Fue secuestrada, violada y casi pierde al pequeño principe que lleva dentro de ella. La mujer a quien él realmente ama. La mujer que será la madre de su hijo.
Sus heridas fueron curadas por su propia mano. Lo hizo con suavidad, con toda la delicadeza y paciencia del mundo, mientras le escuchaba sollozar con dolor y el corazón roto. Ella estaba adolorida tanto por dentro como por fuera. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas blancas enrojecidas. Su hermoso rostro estaba golpeado y sus ojos azules que en algún momento llegaron a brillar más que el contrates del Sol contra el azul del mar. Ahora era un mar oscuro y sombrío.
—Me voy a vengar, Devon —susurró Magbeth con voz quebrada y llena de ira, mientras las lágrimas calientes, ocasionadas por el dolor; quemaban sus mejillas.
—No. Yo me encargaré —él comenzó a untar un líquido transparente por sus muslos con suavidad —. Sus cuellos van a sentir el filo de mi espada —las palabras de Devon salieron con completa ira —. Los dos, disfrutaremos viendo como se desangran frente a nosotros.
Magbeth volteó a mirar a su esposo. Su expresión ya no era de dolor, ahora su hermoso rostro se encontraba endurecido —. Déjame torturarlos. Quiero hacerlos sufrir, amor mío —ella aún liberando lágrimas elevó sus delicadas manos temblorosas y lo sujetó de sus mejillas, volteando el rostro de Devon con suavidad, obligándolo a mirarla —. Y lo que quede de ellos te lo dejaré a ti. Quiero que vean todos, que la reina de Kimston, así como es piadosa puede ser tan cruel como él mismo infierno.
⚜️⚜️
Apenas es la mitad del invierno. El reino de Kimston se encontraba en completo luto y se sentía la tristeza en al viento, las calles. Y aún más en ese gigantesco castillo.
Una mujer solitaria caminaba por el oscuro y peligroso lugar en donde habitaban personas andrajosas y de mal porte. Los que viven en esta parte de Kimston eran personas de muy baja categoría.
Me provoca arcadas pisar este asqueroso lugar.
Pensó ella, quién continúa caminando mientras con sus dos manos sujetaba ambos lados de la tela de su vestido de seda color verde oscuro. Tratando de que no le caiga ni una gota de ese lodo hediondo que pasa por las pequeñas grietas que hay en la calle de piedra.
Los habitantes husmeaban en sus balcones. Con la curiosidad de saber quién es la persona de capa negra con capucha que deambula por la calle. El pisar de los tacones hechos con un cuero muy fino se podían escuchar. Va aún ritmo lento, pero seguro. Con la intención de llegar rápido a ese encuentro.
De inmediato cruzó por un pequeño camino que da a una calle oscura en dónde se encuentra ubicado un bar de mala muerte. Donde todas las noches asisten hombres, con la intensión de beber mucho y tener sexo con las golfas de ese lugar.
La mujer con cuidado empujó la puerta y está al abrirse soltó un chillido llamando la atención de varios en el sitio, que se encuentra algo opaco. Hay velas sobre las mesa y solo se encuentra un pequeño candelabro guindando del techo pero no alumbra mucho el amplio y sucio bar. Se pueden escuchar las risas de los clientes y también de las prostitutas.
No pasaron muchos minutos cuando un hombre acuerpado, de hombros anchos, rostro redondo con una barba nada agradable, mal distribuida en su mentón y mejillas, tomó asiento en la silla libre de la mesa en dónde se encuentra la mujer.
—Muy bien, extraña —habló aquel hombre en un tono bajo pero firme y claro —. Ya hice lo que pediste. Ahora dame mi dinero —Exigió.
El verdugo, le decían. Un hombre de cabello n***o y largo hasta sus hombros. Es un asesino nato y con él que esa mujer hizo un trato peligroso.
—No cualquiera hace lo que yo hice. Así que dame mi dinero y me iré para siempre de este lugar —replicó.
La mujer agarró las dos pequeñas bolsitas que reposan en su regazo. Con su mano derecha, que va cubierta por un guante de cuero, levantó una de bolsas y la deslizó cuidadosamente sobre la mesa de madera.
—No debería pagarte. No hiciste lo que realmente te pedí —habló ella con rabia. Luego agarró la otra bolsa y también la dejo al lado de la otra.
—Aún si, vienes para que no te delate.
La mujer frunció sus labios —Espero no verte más en el reino. Han pasado varios días desde que ocurrió el asesinato y los guardias reales buscan al culpable hasta por debajo de las piedras —acotó con lentitud y mirándolo a sus ojos oscuros.
Él verdugo deslizo una sonrisa cínica. Mostrando sus dientes amarillentos y en mal estado.
—No hay nadie más culpable que tú y así huya lejos de aquí, no confío en ti. Si traicionaste al Rey, tú propia sangre. Que esperan de los demás —se levantó con suavidad y con sus gigantes manos agarró ambas bolsas. Escupiendo hacia un lado volvió hablar —. Serás maldita, mujer.