⚜️1⚜️ Volviendo a Kimston.

4708 Words
Bajó la luna llena se confesarán su amor y no habrá reino o persona que los aleje a ninguno de los dos. Un niño con cabellos de oro nacerá, pues el príncipe prometido llegará haciendo que la profecía de la serpiente negra se haga realidad. Solo de esa forma se sabrá cuál es el traidor que ronda entre todos y el culpable de tal maldición. El príncipe prometido, la profecía y la maldición. Kenisthon, capital de Kimston. Era el inicio del verano. Razón por la cual, las ruedas de la carreta iban elevando polvo. Magbeth iba acostada mientras miraba el cielo oscuro. Apenas amanecería. Su cabeza estaba sobre el cuerpo de su venado llamado Cojito, mientras lo usaba como almohada. La carretera de tierra negra, sin piedras ocasionaba que su cuerpo no rebotara tanto por el andar del vehículo que la transportaba. Ya que es totalmente lisa y hace que el viaje sea más cómodo. Magbeth vivía junto a su abuela materna y su pequeño hermano; en una casa al otro lado del reino de Kimston. Pero el tiempo se les acabó. Magbeth apenas acaba de cumplir su Vigésimo cumpleaños y aún no ha encontrado un esposo. Ya una señorita con su edad es muy poco probable que encuentre algún buen hombre que quiera pedir su mano. Pero con su honor que aún mantiene intacto puede que cambien las cosas. En el lugar donde vivían era completamente aislado y no se ve ningún hombre por esos lados. Las únicas veces que ella los veía y que también era vista por ellos. Era cuando venía de visita a la casa de su madre y salía a la ciudad a caminar con su amiga Lisa. La idea de casarse con un hombre no le agrada mucho, pero debe hacerlo ya que no siempre dependerá de sus padre y también debe tener hijos fuertes para que acompañen en su vejez. —¿Crees que hayan gallinas en casa? —preguntó su hermano mirando al frente con una expresión tediosa. Duncan iba sentado en la orilla de la carreta, mientras miraba el camino de tierra. Magbeth desde su lugar lo miró —No lo sé. Seguramente aún hay —Magbeth continuó mirando hacia el cielo, ya impaciente por llegar. —¿Padre? —exclamó Duncan. —Dime, Duncan —habló su padre desde su asiento mientras sujeta las riendas del caballo color blanco. —¿Hay gallinas en casa, Padre? —volvió a preguntar. —Se enfermaron y murieron… —soltó Jon Jobs en un tono tristón. Él señor Jon es un humilde y pequeño granjero que vive a las afueras del reino. Lo único que tiene su padre para sobrevivir son tres ovejas las cuales ordeña y vende la leche y Amanda Jobs. Su esposa. Es panadera ella hace delicioso panes para vender y de allí ambos obtienen sus ingresos. Desde hace dos años ambos se fueron a ese lugar para tratar de tener dinero y alimentar a sus hijos. —¡Oh, vaya! —expresó Duncan con asombro. Magbeth de inmediato se incorporó apoyando sus manos de la madera y tomó asiento, ahora mirando la gigante fortaleza, hecho de piedra con muchas torres altas. El castillo de Kimston, un lugar que ha Magbeth siempre le había parecido algo misterioso, tenebrosos y frío. —Debe tener millones de fantasmas —comentó ella mirando. En ese momento su venado se levantó y se acercó a ella para después frotarse contra su hombro —. Hola… —lo miró Magbeth con una suave sonrisa en sus labios y con su mano acaricio su pelaje suave en el área del lomo de Cojito —. No falta mucho. Él señor Jon cruzó por un camino recto que conduce a la casa que con sudor y la ayuda de su esposa levantaron. La carreta se detuvo en frente de la casa hecha de piedra y techo de paja. Fuera de esta se encuentra Amanda, la mamá de Duncan y Magbeth . Una mujer flacucha de cabello rubio y rostro perfilado, que aunque dio a luz dos hijos aún se mantiene en forma. Duncan bajó de la carreta y hecho a correr en dirección a los brazos de su señora madre quien lo recibió con un fuerte abrazo. Magbeth bajo tranquilamente para luego acomodar y sacudir su vestido color blanco que llega hasta el suelo, con las mangas largas hasta sus muñecas y corte bote en su cuello. Su venado Cojito de un salto bajo de la carreta para caminar detrás de su dueña que va en dirección a los brazos de su madre. —¡Madre! —Magbeth la saludó de inmediato con un cálido y fuerte abrazo. Sintiendo ese calor maternal que le da su madre —. Te extrañé mucho —ella la abrazo con más fuerza. Magbeth siempre ha sido muy apegada a su madre y aunque no vivían juntas siempre tenía la esperanza de cada vez que llegará el invierno verla y estar con ella, pero ahora eso cambio. Estaría con ella durante un largo tiempo. —También te extrañé, hija mía —Amanda se alejó de su hija para después sujetarla de la mano y admirarla por completo —. Que hermosas te has vuelto, Magbeth —su madre sonrió de pura alegría al verla. Habían pasado alrededor de dos años que no veía a su madre. Ahora ella había cambiado un poco más. Se había vuelto más alta y esbelta. Su cabello color dorado y liso cae hasta su cintura. Sus ojos azules claros y avispados son como el mismísimo tono del cielo en verano. Magbeth se veía reflejada en su madre era idéntica a ella. En cambio Duncan se parecía un poco más a su padre. Aunque tiene tan solo seis años de edad sus facciones varoniles apostaban más a las de su señor padre. La única diferencia era el cabello dorado que heredó de su madre. —Que bueno que te hice unos vestidos, estos ya te quedan algo ajustados —comentó su señora madre con una cálida sonrisa en sus labios —. Y cortos. Magbeth soltó una risa. —Cojito está más grande —la mujer miró al ciervo que está de pie al lado de su dueña. —Y más cojo —replicó Magbeth con una sonrisa graciosa en sus labios. Amanda se echó a reír —Vamos. Entremos —ordenó su señora madre entrando a la humilde casa de piedra —. Deben desayunar, apenas está comenzando la mañana. La casa era algo pequeña y solo contaba con una sala que contiene dos asientos hechos con piel de oveja. Una pequeña mesa de madera de cuatro puestos, y tan solo una habitación que cuenta dos camas. A Magbeth siempre le pareció una casa acogedora y en invierno el frío no era tan fuerte. —Pondré la mesa —avisó ella acercándose a la pequeña cocina y agarró cuatro tacitas pequeñas y hondas hechas de arcilla. Se acercó a la mesa y las dejo sobre esta. Después fue por la jarra que ya contiene la leche de cabra y al llegar a la mesa la dejó en medio para tomar asiento al frente de su padre quien conversaban algo con su pequeño hermano. —Mañana debes ir conmigo a vender la leche. Quiero que aprendas para cuando no esté lo hagas tú sola —le informó su señor padre mirándolo detenidamente con sus ojos negros. —Por supuesto, padre —dijo ella moviendo su cabeza de arriba abajo. —¿Yo puedo ir? —preguntó Duncan de inmediato. —Claro que debes ir. También debes aprender —dijo su madre quien dejó sobre la mesa un plato de arcilla con diez panes largos y con un delicado tono dorado sobre ellos. Magbeth aspiró el suave olor de los panes recién hechos y calientes frente a ella, provocándole más hambre. Estaba consiente que su madre hacia los mejores panes del reino. Suaves, con un buen tono, un buen sabor y olor. —Y también debe aprender a cabalgar —comentó Magbeth para su hermano, mientras agarra un pan para pegarle un mordisco de una vez. —Aún está pequeño para montar un caballo —intervino su madre —. Pero… solo debes aprender. Magbeth miró a su pequeño hermano mientras aplasta con sus dientes un pedazo de pan —Falta poco, Dun. El desayuno con su pequeña familia fue muy agradable. Magbeth extrañaba tanto estos momentos que antes solo vivía en los fríos invierno. Pero el deber los llama y tenía que ayudar a su padre a subir las jarras llenas de leche de cabra para ir a venderlas. Junto a su padre se fue camino al pequeño corral en dónde se encontraban las tres jarras grandes llenas de leche que su madre echo luego de ordeñarlas. Subieron las dos jarras la carreta. Luego fue por Cojito y lo dejó dentro de la casa ya que es peligroso dejarlo deambular por el bosque, siempre hay personas casando y ya su ciervo está algo grande y muy gordo. Su señora madre salió junto con 10 panes en envueltos en trapos blancos y tomó asiento en la orilla de la carretera, luego subió ella y siguió el pequeño Duncan en medio de ambas mujeres. Su padre al ver que ya estaban sobre esta echo andar el cabello. Por el camino solo observaba el paisaje lleno de árboles altos y frondosos, tanto que oscurecían el lugar, había mucha hierba, se escuchan los cantos de los pájaros y se veían volar mariposas de diferentes colores. —¿Cuáles crees que sean las flores que una reina merece? —inquirí mirando el camino de tierra. —Bueno hay variedades. —¿Cuáles te gustarían a ti? Su madre miró al frente algo pensativa —Las rosas. Magbeth sonrió ampliamente —Son tus favoritas. Su madre esbozo una sonrisa dulce —Son hermosas y delicadas como una mujer. —¿Hay rosas aquí? —preguntó Magbeth. —No. Pero la única que tiene rosas solo para ella es la abuela de Rey Devon. —Es la abuela del Rey. Puede tener de todo. Sus vestidos de seda, túnicas hechas de lana, capaz con bordados brillantes —comentó Magbeth para su madre imaginando esos lindos trajes. Nunca la había visto y mucho menos al Rey. Según escuchó ella. Él Rey había perdido a sus padres y su abuela siempre anda con él, ya que es como su madre, al igual que el príncipe Caden su hermano menor. Son cosas que sabe por su amiga Lisa y según ella es muy guapo y codiciado por muchas mujeres tantos nobles como comunes. El camino no duró al menos unas dos horas y luego ya se encontraban dentro del reino. Se pueden ver personas caminando de aquí para allá y puestos de todo tipo de cosas. Vegetales, frutas. De todo. Él señor Jon se detuvo al lado de un mercader que vendía manzanas grandes y rojas. Su madre se fue junto con Duncan a comparar una cosas y Magbeth junto a su padre iniciaron la venta. Ya en la ciudad conocían a Jon y cuando lo veían llegar, los clientes poco a poco se acercaban con sus jarras pequeñas para que les vendiera leche. Magbeth recostada de la carretera recibía todo el dinero tanto de la leche como el de los panes de su madre que se terminaron rápido. Ya habían pasado varias horas y la hora del almuerzo se aproximaba. Las mercancía era poca ya solo cuanta con cinco cabras. —Ahora debemos volver a casa ¿Dónde estará tú madre? —preguntó Jon. —Toca esperar, padre. —No hay que dejar tanto tiempo sola la casa siempre hay ladrones, Magbeth . En ese momento un carraspeo varonil los interrumpió Magbeth y su padre dirigieron sus miradas hasta un hombre alto con traje de seda color n***o, botas de cuero. Su cabello es de un tono n***o y se asoman diminutas canas. Se ve muy impecable y también adinerado. —Buenos días, Mi lady —saludó con sus ojos verdes puestos sobre Magbeth . Magbeth con disimulo acomodó su postura —Buenos días, Mi Lord. —Me gustaría saber, su nombre. Magbeth miró a su padre con algo de nerviosismo y volvió a mirar aquel hombre apuesto que aparenta al menos unos treinta y cuatro años. —Magbeth Jobs, Mi Lord —se presento Magbeth con educación. —Es un placer para mí verle y conocerle, hermosa Magbeth . Él hombre estiró su mano con elegancia hasta ella y Magbeth hizo lo mismo para él hombre, que de inmediato sujetó su delicada mano para acercarse y depositarle sobre su mano un corto beso. —Sir Donald Van roy, Mi Lady —le dedicó una mirada llena de mucha atención a Magbeth . —Es un placer, Ser Donald —Magbeth le sonrió con simpatía. Él hombre soltó la mano de Magbeth y miró a su señor padre. —¿Es su hija? —Así es, mi señor —asintió su padre que tenía una pequeña sonrisa en su rostro. Ser Donald volvió a mirar a Magbeth —Es la mujer más linda que he visto en esta reino —habló aquel hombre que solo veía a Magbeth como si se perdiera en el azul de sus lindos ojos. Su padre solo se limitó a sonreír apretando el sombrero de paja entre sus manos. Cualquier padre sonreía así, al ver el buen partido que había para su hija. Incluso las personas que estaban a su alrededor observaban con admiración, aquel hombre con finas prendas puestas que solo se acercó para conocer a Magbeth . —Me gustaría dar un paseo pero tristemente voy camino a Rembil —comentó mirando a Magbeth . —Puede venir cuando quiera, mi señor —habló Jon —, Magbeth estaría encantada de dar un paseo con usted. Ser Donald sonrió con suavidad —Para mi sería un placer, si así lo desea la señorita. —Por supuesto que si, Ser Donald —Magbeth trató de sonreí lo más dulce posible. Pero la verdad era que Magbeth no sintió ninguna atracción por aquel hombre. Que aunque se veía que era noble ella no le tomaba importancia a eso. Le gustaría casarse por lo menos con un hombre al cual ella le pareciera atractivo, deseable desde el primer momento en que lo vea. Pero así era esto. Si realmente quería casarse con un hombre que fuera adinerado, no importaba ni su edad, no si físico. Simplemente una buena posición y un futuro para sus hijos. Además la hija de un campesino del reino no todos los días llamaba la atención de un hombre rico. —Mi Lady. Le prometo que volveré —dijo con mucha seguridad en su tono de voz. —Lo esperaré, Mi Lord —ella sonrió aún más he hice una inclinación suave con su cabeza. Ser Donald se despidió de Magbeth y su padre quien casi saltaba en una pata por lo que había ocurrido. De camino a casa su padre y su madre hablan solo sobre ese tema y ella solo estaba sumergida en sus pensamientos. Preguntándose ¿Qué haría si aquel hombre realmente venia por ella? Porque no solo iba venir a dar un paseo sino probablemente para a pedir su mano. ⚜️⚜️ Al llegar a la casa entre su madre y ella comenzaron a preparar el almuerzo ese día. Duncan y su padre están en el pequeño granero con las cabras, tristemente no había gallinas para comer huevos ya que se habían muerto. A la hora del almuerzo comieron tranquilamente mientras conversaban sobre muchas cosas. —Magbeth debes ir a rio por agua —le comentó su madre mientras cocía —. Ve antes de que caiga la noche. El río queda algo lejos. Magbeth dejo de leer el libro que se encontraba leyendo para después levantarse y agarrar su capa de lana color n***o. Luego fue hasta el pequeño rincón en dónde se encontraba el arco de su padre y el de ella. Su abuelo la enseño desde muy pequeña a usar el arco y la flecha. El decía que una mujer debe saber cómo defenderse y si anda sola por el bosque mucho más, ya que siempre por esos sitio se la pasan cazadores tanto buenos como malos. Ladrones que podrían hacerle daño. Por último acomodó el cinturoncito alrededor de su muslo y dejo allí la pequeña daga que también siempre lleva con ella. —Iré caminando —le avisó Magbeth a su madre. —Ten cuidado. Magbeth se preparó con el armes en dónde va su arco y cinco flechas, después agarró una jarra grande. Junto con Cojito salió camino al bosque. El ciervo camina a su lado tranquilamente y ella solo tararea la melodía de una canción que le enseño su abuela. Su abuela le había enseñado muchas cosas. Era una anciana que tenía mucho conocimiento. Para los hijos de dos campesinos era difícil saber leer y escribir, pero su abuela por un tiempo perteneció a la servidumbre del Castillo de Kimston hasta que la suplantaron por sirvientes más jóvenes. Pero en ese lugar de trabajo aprendió el arte de la escritura y lectura. La Reina Brissila la trataba muy bien y luego la quiso como una de sus damas de compañía. Allí ella supo más sobre cómo educar. Pero pronto el Rey Marcus murió por una enfermedad y ella quedó a cargo de sus dos hijos herederos Alfred el mayor y Albert el menor. Mientras los niños iban creciendo ella iba envejeciendo y de la nada se quedó ciega. Decidió dejar sus labores en el castillo ya que podía ser muy peligro. Mientras Magbeth caminaba se escuchaba un silencio tranquilo en el inmenso bosque y de pronto el retumbar de un trueno se escuchó en el lugar. —Creo que lloverá —comentó ella para su ciervo, está vez colocándose la capucha de su túnica —. Hubiera sabido no hubiese venido, solo dejaría la jarra ahora y se llenaría con el agua de lluvia. Luego de mucho rato caminando y comiendo Bayas por el camino, pudo ver el gigantesco rio de Kimston fluyendo, era una agua limpia. Magbeth se acercó a la orilla para mirar el agua frente a ella. Cojito se comenzó alejar nada más que percibiendo la pequeñas bayas. Magbeth agarró agua un su jarra luego se giró para comenzar caminar pero cuando fue a guindar la pequeña bolsita en su hombro pudo ver como una flecha paso a centímetros del cuerpo de Cojito. Dejo la jarra en el suelo y se acercó de inmediato. Ya su mascota se encontraba corriendo lejos de ella. Magbeth sacó su arco y una flecha con rapidez para después acomodarla en el arco y lanzarla en la misma dirección de dónde salió la que quería matar al ciervo. Magbeth no veía muy bien, no se veía nadie pero de pronto vio como a lo lejos un hombre bajo de un árbol y se a comenzó acercar. Magbeth aún enojada y asustada cayendo en cuenta que fue el hombre que intento cazar a su ciervo, volvió a sacar otra flecha y volvió a tirar en dirección a él. Sólo se pudo escuchar quejido y grito lleno de mucho dolor que soltó aquel hombre al ver la flecha atravesar su mano. —¡¿Qué te sucede!? —gritó ella —. ¡Es mi ciervo! De pronto vio que cuatro hombres a cabello llegaron con tanta rapidez que no le dio chance de salir corriendo. Ahora se encuentra rodeada. Ella sacó otra flecha y los apunto. Al mismo tiempo que ellos desvainaron sus espadas y también lo hicieron. Ahora solo veía las puntas filosas y brillosas de las espadas apuntarla. —Baja eso, salvaje —murmuró uno de los hombres, quien aún manteniendo la espada señalando a Magbeth, bajó de su caballo. Magbeth de inmediato se asustó. ¿Son caballeros? Usan armaduras color plata y capas negras con el logo del águila dorada. De inmediato Magbeth se percató que eran guardias reales. —Baja el arco, sino quieres que te dé una paliza. Perra estúpida —él hombre alto con cabello rubio y ojos negros la miró con rabia. Magbeth se mantuvo en silencio completamente aterrada, nada más que dando vueltas sin saber a cual de los cuatro hombres apuntar. Está vez apareció él hombre al que Magbeth le lanzó la flecha. Detrás de él viene otro sobre un caballo, este es pelirrojo y trae con él otro caballo sin jinete. El pelinegro traía en su mano la flecha que Magbeth le lanzó, junto con su guante de curo color n***o y su mano ahora descubierta, simplemente liberando gruesas gotas de sangre roja. Él hombre castaño dio un paso —¡¿Cómo te atreviste a hacer tal cosa a su Ma.. —él hombre herido lo interrumpió al levantar su mano sana para callarlo de inmediato. —¡Ese ciervo era mío! —dijo él un tono brusco y frunciendo sus labios mirando a Magbeth con interés —. Debería quitarte el arco y devolverte la flecha, mugrienta. Magbeth lo miró más de cerca. Es alto cabello n***o, facciones pronunciadas, rostro perfilado, tez blanca. Sus ojos eran de un verde extra claro, con hombros anchos y brazos con músculos que quedan muy bien con su cuerpo flaco. Es completamente atractivo. Debe tener unos veinticinco años de edad. La verdad es el hombre más guapo que Magbeth haya visto en su vida. Se ve que no es de clase baja. Anda envuelto en cuero de pies a cabeza. Usa unas botas que llegan más abajo de sus rodillas, un pantalón ceñido y una chaqueta cerrada, manga larga. Alrededor de su cintura tiene atado unos cinturones que sostienen la funda en dónde está su espada. Con una empuñadura de oro puro. —¡Por supuesto que no! Es mío, yo lo críe y tú lo quisiste matar —Magbeth lo apunto nuevamente mirándolo con despreció y una fina línea en sus labios. —¡¿Cómo te atreves?! —habló el castaño indignado para después desenvainar su espada. Pero cuando la fue a sacar por completo el hombre pelinegra volvió hablar. —Tranquilo déjamelo a mí —le ordenó. Él hombre se mantuvo con el entrecejo fruncido y volvió enfundar su espada. Él pelinegra sonrió con burla mirando a Magbeth —¿Es tú mascota? —elevó sus cejas mirándola. —¡Si! —Magbeth frunció sus labios. Asintió lentamente —Baja la capucha, quiero ver quién me trató de matar —ordenó aquel hombre con una voz fuerte y seria. Magbeth lo miró por un momento ¿Quién es él para ordenarme cosas? —No —elevó aún más el arco está vez hasta su cabeza. —¡Hazlo, ya, maldita sea! —habló fuerte. —Solo cortémosle el cuello. Es una simple campesina. No vale ni un centavo —dijo él castaño en un tono de burla y diversión. Magbeth no tuvo de otra. No tenía a dónde correr estaba rodeada. Así que le tocó revelar su rostro aunque sabía que eso sería un problema, porque esos hombres al verla nuevamente la iban a reconocer. Magbeth bajo él arco para después bajar su capucha ahora revelando su rostro y su cabello dorado. Volvió a apuntar al pelinegro. Todos se quedaron en silencio nada más que mirándola, hasta el hombre herido la miró con atención. —Una chica que sabe apuntar bien —dijo sujetando sus caderas y luego hizo una mueca de dolor — . ¡¿Viste lo que me hiciste?! —exclamó indignado mirándola con atención y mostrando su mano herida —. ¡Puedo morir por esto! —grito el pelinegro que la mover la mano soltó un quejido. —Si, y no me importa —dijo Magbeth sin tomarle importancia. Él pelinegro miró a otro lado abriendo su boca sintiéndose insultado por las respuestas de esa chica hacia él. —¿Sabes que? —dijo el hombre mirándola nuevamente —. Vete de aquí antes que te lancé al río para que te coman los caimanes, Campesina —dijo con desagrado —, y espero no volver a verte más. Ella se quedó en silencio. —Váyanse ustedes primero. —No, ¿porque habría de hacerlo? Estas son mis tierras y yo puedo dormir aquí si me da la gana —replicó. —Que se yo si al darme la vuelta me clavan una espada o lanzan una flecha —bajó él arco acomodando su postura y elevando su mentón. Él pelinegro entrecerró los ojos observando a Magbeth . —No lo haremos —dijo con firmeza. —¿Y como se yo que lo que dices es cierto? Mejor váyanse ustedes. —¡No! —Entonces nos quedaremos a dormir todos aquí —habló con seriedad. —Niña, te están perdonando la vida. Vete —habló él castaño con su gruesa voz. Magbeth lo ignoró solo lo miraba con atención al hombre de ojos verdes que también lo hacía. —Tengo muchas cosas que hacer, Campesina, estúpida. Soy un hombre muy ocupado y mi mano necesita ser curada de inmediato —dijo el pelinegro con voz molesta —. Vete antes de que me arrepienta y yo mismo te corte la cabeza —replicó con desprecio. Él estiró aún más el arco —Al parecer es alguien muy importante ¿Quién eres? —preguntó Magbeth con curiosidad. —¡Por supuesto que es alguien importante! —habló él castaño. —Mira, mi mano. Esta sangrando mucho —dijo él hombre mostrando su mano. Magbeth bajo la mirada hasta la mano del hombre y después lo volvió a mirar. —Hagamos algo —dijo —. Yo me alejaré y al mismo tiempo lo hará usted con sus guardias. Él hombre extraño se quedó en silencio simplemente mirándola con mucha atención y una expresión seria. Se giró y montó su caballo blanco muy hermoso y se ve que está muy bien cuidado. —Váyanse. Seguiré luego de ustedes —les ordenó el hombre pelinegro, quien se acomodo sobre la silla de su corcel. Los cuatro guardias pusieron a galopar sus monturas, juntó al otro hombre pelirrojo se comenzaron alejar. Él pelinegro se sujetó las riendas de caballo y se comenzó acercar a Magbeth para después dar una vuelta alrededor de ella mientras lo observa. Magbeth pudo ver la ballesta hecha de hierro con incrustaciones de piedras preciosas colgando de un lado de la silla de su cabello blanco. —Espero no volver a toparme contigo —dijo el hombre pelinegro mirando a Magbeth con mucha atención —. Salvaje —agrego él pero aunque pareció arrogante y despreciable a Magbeth le pareció que su voz salió divertida. Él hombre extraño espoleando su montura desapareció frente a Magbeth . Ella bajo su arma lanzando un suspiro de alivio. La verdad si que estaba asustada, se dio la vuelta y echo a correr en dirección a su pequeño hogar, con la esperanza de que esos hombres no estuvieran sobre alguno de los árboles y le lanzaran una flecha. Magbeth se hacia la pregunta de a quien había herido y le pedía a Dios que aquel hombre se apiade de ella y no envié a sus guardias a buscarla. Por el camino mientras corría pude ver a su padre a lomos de su yegua. Magbeth se detuvo tratando de recuperar la respiración y levanto la mano hacia él. Su señor padre comenzó a galopar en su dirección y al llegar la pudo ver. —Sube —pidió su padre en un tono preocupado. Ella asintió y subió en la parte trasera de la yegua para luego agarrarse con fuerza de su padre quien espoleando su montura hizo que su cabello comenzara a correr en dirección a la casa. Aún le faltaba camino por recorre pero Magbeth lo que más pedía era que llegarán rápido a su casa. ¿Y si es un príncipe? Se pregunto ella. No de Kimston ya que él Rey Devon no tiene hijos. Puede ser el príncipe del Reino vecino y si era así ella estaría en graves problemas. Porque probablemente vendrían por ella.
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