Una vez dentro del centro comercial, Pauline puso más atención a la clase de construcción en la que se encontraban. Al parecer aquel edificio había sido una zona para departamentos, sin embargo, recientemente la estaban reformando para convertirla en un centro comercial.
Christopher siguió caminando hacia una tienda de artículos deportivos hasta que se percató de que Pauline no estaba a su lado, confundido, giró la vista hacia la entrada u la vio ahí parada estorbando el paso de las personas que estaban ingresando.
—¿Te vas a quedar ahí estorbando o vas a venir a comprar? —preguntó el pelirrojo mientras agitaba su mano frente a los ojos de la chica.
—Oh…ya voy —ella aceleró el pasó y cruzó frente a él, ignorándolo por completo.
—Espérame.
El chico estaba un poco molesto por el repentino cambio de actitud de Pauline. Él la había visto comportarse con un deje de altanería y perspicacia, y ahora se había convertido en una chica torpe y tonta; aquel repentino cambio no era para nada de su agrado.
—Christopher —llamó la chica en dirección a su acompañante.
—Chris —corrigió, pensando que tal vez tener un poco más de confianza entre ambos mejoraría las cosas.
—Mejor pelirrojo —sonrió con malicia. —¿Qué tal me queda esto? —preguntó Pauline sosteniendo un vestido lila frente a ella.
Aquel vestido le llegaba por debajo de la rodilla, era completamente recto y encima tenía un poco de encaje en el cuello y los puños de las mangas. Definitivamente era un diseño pasado de moda y en un tono inconveniente para ella.
—Eso no se te ve nada bien, creo que el vestido se vería más como el estilo de Serene. Tú deberías limitarte a utilizar pantalones y playeras —criticó Chris mientras abandonaba la tienda en la que Pauline había ingresado por culpa de ese ridículo vestido.
Pauline estaba indignada, no podía creer que, a pesar de estar con ella, Christopher seguía pensando en Serene. No estaba celosa, no había ningún motivo para estarlo, solamente estaba ofendida porque aquel chico no le prestara ni una pizca de atención y continuara comparándola con su mejor amiga.
Ella decidió no perseguirlo por el centro comercial, iría a las tiendas que se le antojaran y compraría aquellas cosas que a ella le gustaran. No necesitaba de los consejos de un pelirrojo estúpido. Eso era lo que ella pensaba hasta que, cargando todas sus bolsas con ropa, se dio cuenta de que en realidad solamente llevaba pantalones de mezclilla playeras y una que otra blusa más formal.
Pau caminó hacia el elevador y ahí encontró a Christopher cargando sólo dos bolsas con otras prendas.
—Tenías razón— murmuró Pauline parándose a un costado de su nuevo amigo.
Él tenía razón en el tipo de ropa que ella usaba comúnmente, él le había dicho con honestidad que aquel vestido no se le veía bien y ella solamente se había limitado a hacer oídos sordos y continuar con su camino como si hubiera llegado hasta ahí por su propia cuenta. Simplemente se había comportado como una niña pequeña solamente por un tonto vestido.
—¿Yo qué? —preguntó Christopher con perplejidad.
—Tenías razón sobre el vestido, se le vería mejor a Serene que a mí.
Ahí fue cuando Pauline se dio cuenta de que comprar cosas no siempre la ponía de buen humor, de hecho, ahora se sentía bastante ridícula cargando tantas bolsas con ropa que seguramente terminaría arrumbada hasta el fondo de su armario, al igual que otro tanto que ya de por sí se encontraba ahí.
Pauline comenzó a pensar que las comparas no era lo que la hacía feliz, se trató todo éste tiempo de la compañía de su mejor amiga, de poder compartir con ella un pasatiempo que ambas poseían. Ella no se percató del momento en el que comenzó a llorar, solamente lo supo por la humedad que sintió repentinamente sobre sus mejillas.
—¿Pauline? —preguntó Christopher una vez que ambos se encontraban dentro del elevador descendiendo hacia el estacionamiento donde estaba la motocicleta del chico.
El elevador abrió sus puertas y Pauline descendió limpiando su rostro de las lágrimas que no paraban de brotar.
—Ahora no quiero hablar con nadie, déjame sola.
—Pero debo llevarte a la escuela, estamos un poco lejos…
—Déjame en paz, deberías irte rápido.
Christopher la observó un poco confundido mientras montaba su transporte. No deseaba dejarla sola en ese estado, pero tampoco quería seguir incordiando ahora que se habían vuelto un poco más cercanos, así que la mejor opción en aquel momento era darle un poco de tiempo y espacio para que siguiera pensando en aquello que la hizo llorar tan repentinamente.
Pauline continuó andando sin rumbo fijo hasta que cayó en la cuenta de que estaba en una zona que no conocía muy bien, la ventaja de todo aquello era que podría ir explorando aquellas calles de París mientras se ubicaba para poder volver por su motocicleta que seguía aparcada en la escuela.
Se sintió un poco decaída al recordar a su mejor amia, sin duda alguna sería un año muy largo el que le esperaba.
Sus pasos poco apoco la llevaron hacia una calle conocida, era la avenida que siempre recorría en su motocicleta para llegar a la universidad. Continuó con el camino de pie hasta llegar a la entrada de la facultad de administración de la universidad, ahí estaría esperando su motocicleta.
En la entrada, junto a su transporte, se encontraba Christopher esperando por ella. Tal vez Pauline no había logrado reconocerlo ésta mañana cuando ambos habían peleado en el estacionamiento, pero él si lo había hecho, claramente podría recordar a la chica tan molesta con quien había discutido por un espacio en el estacionamiento.
Pauline se acercó sorprendida mientras buscaba las llaves de su motocicleta dentro del bolso en el que cargaba sus cosas de la universidad. Le parecía increíble que aquel chico haya estado esperando ahí todo éste tiempo hasta que ella regresó.
—¿Puedes hacerte a un lado?, necesito sacar de aquí la motocicleta —indicó con fastidio, no tenía ganas de confrontar al pelirrojo.
—Pensé que dijiste que habías llegado caminando a la escuela ésta mañana. Eres una mentirosa.
—Sí, lo que digas.
El desinterés era evidente para Christopher, pero no estaba dispuesto a dejar las cosas así, la chica le agradaba y él quería volverse un poco más cercano a ella. Ésta vez no estaba acercándose a Pauline solamente porque era amiga de Serene, lo estaría haciendo de igual forma si ellas dos no se conocieran.
—Deberías ser un poco más amable con las personas, sin importar si están utilizando tu lugar en el estacionamiento o no.
—Tú no eres mi padre, ¿por qué debería hacerte caso? Déjame en paz —sentenció subiéndose a la motocicleta y olvidando por completo el casco que Christopher estaba sosteniendo con sus manos.
Pauline al fin encendió el motor del vehículo y condujo en dirección a su hogar. No pensaba en quedarse ahí para discutir por una tontería con un chico que no entendía qué era lo que estaba sucediendo.
La motocicleta salió de la universidad mientras ella ponía toda su atención a la carretera, no quería tener un accidente solamente por ir distraída con pensamientos tontos y que no le dejaban nada bueno. Iba tan atenta al camino y a su entorno que de inmediato notó que Christopher la iba siguiendo.
Ella tuvo que tomar vías alternas e introducirse entre el tráfico de una gran avenida hasta que por fin creyó haberlo perdido en el camino, tomó un retorno en una calle de doble sentido y se dispuso a ir directo a casa. Fue en esa calle que encontró de frente a Christopher.
—Te olvidaste de tu casco —dijo el chico mientras le entregaba el pesado objeto a su dueña.
—Gracias —respondió ella algo avergonzada. —No tenías por qué seguirme solamente por el casco, pero lo agradezco.
—No fue nada. ¿Vives por aquí? —preguntó una vez que vio que ella ya no estaba tan molesta con él.
—Sí, un par de calles allá —señaló al frente, —en una puerta azul, esa es mi casa.
—Vamos, sirve que conozco la zona y de paso te llevo a comer.
—¿Iremos en tu motocicleta?
—Claro, sería exagerado llegar cada quien por su cuenta.
Ambos manejaron hasta llegar a la casa de Pauline solamente par que ella tuviera la oportunidad de guardar su motocicleta. Ella, muy a gusto, se colocó detrás de Christopher y lo volvió a tomar de la cintura, estaba lista para partir a su nuevo destino.
Pauline no tenía ni la menor idea del sitio al que él la iba a llevar, pero eso no le importaba, necesitaba de la compañía de un amigo y, a falta de Serene y Ferdinand, Christopher parecía ser la mejor opción.
Ambos estaban sumergidos en sus propios pensamientos hasta que Christopher detuvo su avance y entonces ella lo liberó de su fuerte agarre, no estaba dispuesta a volver a pasar la misma vergüenza que en la mañana, cuando lo siguió abrazando a pesar de haber llegado al centro comercial.
—Hemos llegado —anunció Christopher con alegría.
La chica esperaba un buen lugar para comer, un lindo restaurant donde ambos pudieran tomar y comer algo sin que nadie los molestara, pero no esperaba encontrarse en el “Athénéé de Alain Ducasse”, uno de los restaurantes más prestigiosos de París.
Entrar ahí vestidos como lo estaban era toda una experiencia. Ella había estado ahí con Serene solamente una vez, eso fue cuando terminaron la escuela media para festejar el gran evento, pero no esperó regresar acompañada de un chico y vestida tan informal.
—Oye, creo que deberíamos regresar otro día, cuando estemos mejor vestidos —sugirió Pauline mientras sujetaba el brazo de Christopher para evitar que él ingresara al establecimiento.
—No lo creo, hice hace un momento la reservación. Tenemos el tiempo contado —respondió el pelirrojo mientras colocaba su mano libre sobre la de Pauline, que aún permanecía aferrada a su brazo. —No te preocupes, no nos vemos mal.
Ambos ingresaron al restaurant con paso apresurado, él quería comer algo ya porque moría de hambre, y ella estaba muy nerviosa como para detenerse a admirar el gran espacio que conformaba el restaurant.
—¿Cómo fue que hiciste aquí una reservación si dices que no llevas mucho tiempo en la ciudad? —preguntó la chica en un momento de lucidez.
—Si buscas algún restaurante en París, en internet automáticamente te dirán que éste es el mejor.
—¿Y nunca consultaste los precios de los platillos?
—Eso no me importa, de todas formas, yo invito ésta vez.
—¿Es en serio?
—¿Crees que dejaría que tu pagues?, claro que no, yo fui quien hizo la reservación, por educación y cortesía creo que me tocará pagar la comida.
Pauline se quedó sin habla al escuchar su respuesta, no había salido con el ya clásico “las chicas nunca deben de pagar en una cita”, no, le había dicho que era solamente porque él había reservado y específicamente la había invitado. Tal vez otras personas no le darían mucha importancia al acto, pero para ello eso era muy significativo.
El maître los guio a sus respectivos lugares y ellos esperaron pacientemente hasta que el mesero llegó a ofrecer la carta. Ellos no estaban ahí para pedir un platillo muy elaborado, solamente querían comer algo que les pareciera delicioso.
Una vez en su cómodo asiento acolchado, Pauline se dispuso a ver a su alrededor antes de leer el menú; tenía que recordar toda la atmósfera de aquella memorable sorpresa para poder contárselo a Serene con lujo de detalles, tenía que atesorar esos recuerdos para tener cosas nuevas por contarle a su mejor amiga.
El candelero de cristal colgaba en medio del restaurant, ella se sintió aliviada de no estar sentada en medio porque le daría pavor saber que esa cosa podría caer sobre en ella en cualquier momento. Además de ese gran detalle, también pudo notar que en las esquinas del restaurant se ubicaban unos sillones semicirculares que parecían ser sitios perfectos para reuniones ejecutivas.
Ella giró la vista al otro costado y vio que estaba junto a la ventana, tenía una maravillosa vista directo al estacionamiento, por lo menos podría vigilar de ahí la motocicleta.
—¿Quieres que cerremos las cortinas? —preguntó Christopher, llamando la atención de Pauline.
—No, así está bien.
Dicho lo anterior ella levantó la vista para ver dónde comenzaban las enormes cortinas que pendían a los costados del ventanal. Eran unos enormes trozos de tela color vino que se veían bastante pesados a juzgar por el grueso cortinero que las sostenía.
—¿Ya sabes qué vas a pedir? —preguntó el pelirrojo llamando nuevamente la atención de Pauline.
—No, honestamente no tengo ni idea. Creo que mi apetito se ha ido después de que me puse a ver el sitio en el que nos encontramos —confesó un poco avergonzada por lo embobada que había estado durante el poco tiempo que llevaban ahí sentados.
—Pues mejor observa el menú, creo que el mesero ya viene hacia aquí susurró fingiendo leer la carta que tenía entre las manos.
Todo ahí sonaba delicioso, sin embargo, Pauline temía pedir algo que fuera de costo elevado y que significara un despilfarro para el bolsillo de Christopher. Hubiera resultado más sencillo ir a un puesto cualquiera a comer crêpes, no había nada más parisino y barato que eso.
El mesero se iba acercando lentamente y Pauline comenzó a entrar en crisis, no tenía ni la menor idea de qué pedir y Christopher estaba completamente sumergido en el menú como para preguntarle sobre algunas cosas que ella no comprendía qué eran.
—¿Puedo tomar ahora su orden? —preguntó amablemente el mesero mientras comenzaba a colocar los cubiertos sobre la mesa.
—Claro, un confit de pato, squash y una terrina de mango —ordenó Christopher entregándole el menú al mesero.
Él volteó a ver a la chica esperando que ella dijera su orden, sin embargo, Pauline no podía procesar ninguna clase de información. De lo que había solicitado Chris ella solamente había entendido las palabras “pato” y “mango”, eso no era ninguna buena señal de nada.
—¿Puede decirme lo que va a ordenar, señorita?
—Una ensalada de lechuga con frutos del bosque y una soda de manzana, por favor —alcanzó a pedir con un nudo en el estómago. Todo era más sencillo cuando Serene se encargaba de pedir la comida por ella, pues compartían gustos en alimentación.
—En un momento traeré su orden —el sujeto hizo una leve reverencia y se retiró de ahí, no sin antes entregar un par de servilletas de tela y colocar en el centro de la mesa un pequeño cesto natural con panecillos en su interior.
Pauline agachó la mirada y se quedó observando atentamente sus manos entrelazadas sobre su regazo, de la nada aquella imagen le pareció lo más interesante que había dentro del restaurant. La timidez y la vergüenza nuevamente comenzaban a tomar el control de su buen ánimo.
Mientras ella lidiaba con su repentina timidez, Christopher no podía despegar la mirada de su acompañante porque, simplemente, tenía curiosidad por los bruscos cambios de personalidad que sufría Pauline. La había visto entrar ahí llena de confianza y curiosidad, pero ahora no hacía nada más que agachar la mirada.
—¿Estás segura de que solamente quieres comer como un conejo? —preguntó Christopher sintiendo que debía ser él quien rompiera aquel silencio tan incómodo.
—Sí, de repente perdí el apetito —musitó alzando la vista para encontrarse con la curiosa mirada de Christopher.
La realidad era completamente diferente, ella simplemente no quería parecer una abusiva ahora que había comenzado una linda amistad con el pelirrojo. No veía la necesidad de ordenar algo costoso si de todas formas su estómago no parecía querer recibir una pizca de alimento en ese preciso momento.
—Muy bien.
A pesar de asentir él no cree en las palabras de Pauline porque sabía que ella no había comido nada desde que ambos partieron al centro comercial, ¿quién no tendría hambre después de pasar tanto tiempo fuera?
—¿Por qué me sigues observando?
—No creo que no tengas hambre Pauline. Llevamos más de cinco horas fuera, si no has desayunado como para hibernar, no veo el por qué… ¿es que estás a dieta? —preguntó sorprendido.
—No, en verdad no tengo hambre —sonrió forzadamente para convencer a Chris, pero logró todo lo contrario. —¿Cómo vas a pagar toda la comida?
Al fin había realizado la pregunta que le estaba carcomiendo por dentro, no quería hacerlo sentir mal debido a lo costoso de la comida, pero tampoco quería menospreciar su invitación. Era una sensación bastante conflictiva para ella.
—Oye Pauline, no soy alguien pobre, puedo permitirme ésta clase de gustos y otros más; sino ¿qué haría estudiando en una universidad como la tuya?, no creo que alguien que no tiene dinero pueda costear una colegiatura ahí.
—Bueno si, es sólo que no quiero aprovecharme…
—Y no te creo capaz de hacerlo. Ya te había dicho antes que yo te iba a invitar.
—Pero yo…
—Pero nada —interrumpió perdiendo la paciencia. —Ahora te vas a calmar y comeremos lo que hemos ordenado, si tienes hambre puedes sentirte libre de ordenar más cosas para comer.
No había pasado mucho tiempo desde que ellos dejaron de hablar, cuando el mesero se aproximó con el carrito de servicio para comenzar a colocar las cosas que ambos habían ordenado. Los platos desfilaron de un lado a otro hasta que todo fue entregado.
Pauline solamente observaba el enorme plato de ensalada que habían colocado frente a ella. Christopher tenía razón después de todo, parecía que con eso querían alimentar a toda una familia de conejos, eso definitivamente era demasiado para su estómago, era inevitable ver la reacción de sorpresa que se quedó grabada en el rostro de la chica.
—¿Por qué es tanta ensalada? —interrogó Christopher soltando una débil risa.
—No tengo ni idea, seguramente escucharon que no he comido en todo el día y se compadecieron de mi —se mofó la chica y entonces el pelirrojo soltó una carcajada que llamó la atención de algunos comensales.
Chris comenzó a probar un poco de su comida para no parecer un hambriento desesperado, era cierto que se estaba muriendo de hambre, pero no tenía por qué perder la compostura. Por el contrario, Pauline atacó de inmediato la lechuga escarola que abundaba en su platón.
A ella en verdad le desagradaba el sabor tan amargo de algunos tipos de lechuga, así que entre más rápido lo acabara, más pronto podría degustar los frutos secos y la lechuga tierna que habían revuelto con todo.
Después de un par más de bocados, Pauline estaba rendida, su estómago simplemente ya no tenía más espacio para el resto de ensalada que seguía esperando dentro del plato. Ahora que veía bien toda la escena, simplemente debió haber dicho que le trajeran lo mismo que a Christopher.
—Ya no puedo más —dijo Pauline empujando levemente el plato hacia adelante.
—No te preocupes, si no te ha gustado esa ensalada siempre puedes pedir aluna otra cosa.
—¡No!, no hace falta que hagas eso, es que ha sido suficiente comida por el momento. Creo que toda esta lechuga me servirá como alimento para los siguientes dos días.
Y era verdad, Pauline era la prueba viviente de que podía alimentarse a base de pura lechuga hasta el punto de que no entrara nada más en el estómago, pero estaba a punto de convertirse también en la prueba de que los alimentos pueden salir del estómago tan rápido como han entrado.
—Perdona un segundo —la chica alarmada al sentir una punzada proveniente de su estómago, —debo ir al tocador.
Sin nada de delicadeza corrió por el pasillo hasta donde estaba el baño de mujeres, se introdujo a uno de los cubículos y esperó a que su organismo repitiera aquella contracción estomacal para poder expulsar la lechuga dentro del inodoro.
La comida fue expulsada en una arcada y ella se desplomó de rodillas al suelo, sus piernas estaban débiles y escurrían las lágrimas por su rostro, el maquillaje estaba siendo enjuagado por las mismas mientras ella intentaba ponerse de pie.
Después de batallar contra los movimientos involuntarios de su estómago, se puso al fin de pie y salió para poder enjuagarse la boca. El reflejo que el enorme espejo le devolvió no fue lo que ella esperaba ver. Sus ojos estaban lacrimosos, el delineador se había escurrido hasta su barbilla y la máscara de sus pestañas estaba adherida a la parte de debajo de su ojo, parecía que tenía unas ojeras enormes.
Pauline giró para buscar su bolso, pero recordó que lo había dejado en su silla, así que, con toda la dignidad y valor que pudo reunir, caminó por el pasillo agachando la mirada hasta llegar a su lugar, tomó el bolso y regresó por el mismo camino en dirección al sanitario. Ella no tenía el valor suficiente como para ver la cara de asombro que puso Christopher en cuanto la vio llegar en tan mal estado.
Tuvo que retirar todo su maquillaje para poder volver a arreglarse como estaba antes de su pequeño incidente con la lechuga. No quería preocupar a su amigo, así que tuvo que darse mucha prisa antes de que él la fuera a buscar hasta el baño y la escena se convirtiera en todo un espectáculo para los demás clientes que se encontraban comiendo y pasando un momento agradable.
Cuando ella por fin salió y caminó hacia su lugar, supo que muchos ojos estaban puestos sobre ella, no le importó, ella siguió andando como si no se diera cuenta de lo que estaba pasando a su alrededor.
—¿Estás bien?, ¿quieres irte?, ¿te hice sentir mal? —preguntó Christopher en cuanto ella se sentó en su lugar.
—Sí, sí y no —respondió sonriente.
De inmediato él levantó la mano para solicitar la cuenta. El mesero que los había atendido con tanta amabilidad se dirigió a la mesa que ambos ocupaban y les entregó el ticket para que se dirigieran a la caja directo a pagar. Él sacó una tarjeta y se la dio a la señorita que estaba cobrando detrás de la caja registradora.
—¿Cuánto pagaste? —Preguntó Pauline al ver que él estaba revisando el ticket que le habían entregado.
—¿A caso te voy a cobrar?, obviamente no, entonces no es de tu incumbencia saber cuánto he pagado.
Acto seguido a sus palabras, tomó la nota de papel y la rompió para depositarla dentro de un bote de basura. Aquel acto hizo que Pauline comenzara a reír ante la mirada divertida de Christopher.
—¿Quieres dar una vuelta por los aparadores? —ofreció el chico al ver que las calles comenzaban a oscurecer y los faroles se encendían.
—Claro.
Ambos comenzaron a dar pasos lentos mientras observaban el paisaje y los aparadores luminosos que invitaban a los transeúntes a detenerse a comprar. Pauline estaba segura que, de haber venido con Serene, ella ya se encontraría dentro de cualquier tienda con su tarjeta de crédito lista para poder ser utilizada.
El ambiente frío pronto comenzó a tornarse cálido para Pauline, ella se sentía cómoda y a gusto ante la compañía de Christopher, para alguien que no estaba muy acostumbrada a convivir con hombre parecía muy agradable estar con el que tenía a un costado.
—¿En qué tanto piensas?, es extraño que no hayas dicho algo, o que no me hayas insistido para entrar a alguna de todas éstas tiendas —explicó Chris deteniéndose en la esquina de una de las calles por las que ambos caminaban.
—En nada —susurró ella mordiéndose el interior de la mejilla.
Era evidente que se había perdido en sus pensamientos, pero le parecía vergonzoso decirle que estaba pensando en él, auqneu también estuviera dedicándole un par de pensamientos a su mejor amiga.
—No parece como si pensaras en nada —sonrió.
—Pienso en mi amiga, Serene. La extraño mucho y me hubiese gustado compartir ésta clase de momentos con ella, casi nunca tuvimos la oportunidad de convivir así de pacíficamente porque ella siempre tiene cosas que hacer. Creo que su padre la presiona demasiado y ella siempre se estresa por intentar cubrir esa expectativa.
—Qué afortunada es Serene —en un movimiento tomó la mano de Pauline y entrelazó sus dedos con los de ella, —tiene una amiga maravillosa.
La sonrisa de aquel chico era tan atractiva ante los ojos de Pauline, que tuvo que hacer un esfuerzo monumental para poder despegar la vista de su boca. Ella sacudió su cabeza como si negara el hecho de que se comenzaba a sentir atraída por el chico y entonces agachó la vista.
Los movimientos de Pauline no pasaron desapercibidos para Christopher, quien solamente sonrió al darse cuenta de qué es lo que estaba sucediendo con ella. No parecía ser desagradable.
—¿Te pasa algo? —preguntó en cuanto ella volvió a avanzar.
—No.
—Será mejor que vayamos a casa, se está haciendo tarde y no creo que sea seguro para ambos regresar a ésta hora en una motocicleta.
Pauline solamente asintió y siguió a Christopher mientras lo tomaba del brazo. Aquella sensación de tener a alguien que le hiciera compañía comenzaba a ser muy reconfortante ahora que sabía que se iba a quedar sin su mejor amiga durante, por lo menos, un año.
La chica regresó a su lugar detrás del pelirrojo mientras lo abrazaba por la espalda. ¿Su fragancia sería eterna?, porque el smog de la gran ciudad, el haber estado dentro de un restaurant impregnado de los aromas de la comida y el roce con más personas en la calle, no habían sido ningún inconveniente para que la fragancia de Christopher siguiera presente en sus prendas.
Chris manejó con mucha precaución por las calles, siguió cada instrucción que Pauline le daba para que el viaje fuera lo menos peligroso posible y encima les cedía el paso a los transeúntes. Sin duda alguna Pauline había encontrado a todo un caballero detrás de aquella actitud tan juguetona.
—¿Aquí está bien? —preguntó el chico estacionando la motocicleta delante de la puerta azul que le había indicado su acompañante.
—Sí. Muchas gracias por el día que me has hecho pasar, fue agradable pasar el día en tu compañía.
—No es nada, espero volver a verte, linda.
Dicho eso él volvió a subir a la motocicleta y se retiró de la casa de la chica. Ella no hizo nada más que observar embobada cómo se retiraba el chico para ella poder abrir la puerta de su casa. Cuando estaba a punto de cerrar, escuchó el ruido de una motocicleta que se acercaba, fue inevitable asomarse en ese instante.
—¡No cierres, espera! —gritó la familiar voz de Christopher.
—¿Se te ofrece algo?
—No te pedí tu número telefónico para poder seguir en contacto.
Pauline sonrió y le pidió su número a Christopher, lo llamó y ya estaba listo, ahora ambos tenían el número del otro.
—Listo, espero que pases una linda noche.
Ella se quedó espiando por la ventana hasta que la motocicleta se perdió en la obscuridad de la noche, fue entonces cuando ella se dejó caer en el sillón y soltó un largo suspiro acompañando de un agudo y suave grito.
Le alegraba haber pasado tanto tiempo con Christopher, ningún chico la había tratado de esa forma con anterioridad y eso le satisfacía gratamente.