Maestra, doctora, enfermera, incluso tal vez, arquitecta o ingeniera. Si hubiese dicho desde un principio, que quería ser cualquiera de estas profesiones, todo mundo me hubiese creído. Sin embargo, ahora si digo que quiero ser una artista, una escritora o una deportista, por lo regular, nadie lo toma en serio. Y es que, tenemos contemplado diversos estereotipos respecto a estos temas. Las artistas, por lo general, son chicas hermosas y talentosas que se desenvuelven de manera magistral, ya sea arriba de un escenario o detrás de una pantalla. Y yo, no cumplo para nada con ese perfil.
Al hablar de una escritora, la gente imagina a una persona interesante y desenvuelta que no teme expresarse. Que sepa hablar de forma correcta y que, al estar junto a ella, pueda compartir vivencias interesantes que amenicen la conversación. Sin embargo, al verme, no suelo llamar la atención de nadie, pues a simple vista, no soy interesante.
Y, hablando de deportes, ¿Qué clase de deportista puede aspirar a ser alguien con problemas respiratorios como los míos?
Con semejantes circunstancias, es difícil imaginarme desempeñando cualquiera de dichas actividades. Era más factible, verme detrás de un escritorio o en una oficina, oculta de la juzgadora mirada de la sociedad. Para quien me conoce, es mucho más cómodo imaginarme desempeñando actividades un poco más intelectuales, pues mi físico no es de mucha ayuda para el desempeño de las actividades que amaba. Era evidente que nadie esperará que logrará completar mi cometido. Era de esperarse que nadie creyera en mis capacidades.
Pues es cierto, no soy bonita.
En mi grupo de amigos nunca fui considerada una “chica bonita”, inteligente o talentosa… Espera… Olvidemos eso último. Podré no ser hermosa, pero, ¡Hey! Inteligente y talentosa, ¡claro que lo soy! Los demás no lo veían, y por mucho tiempo, yo tampoco lo hice, pero ahora lo sé. Soy inteligente y talentosa, aunque, evidentemente, no soy lo suficientemente modesta como para callarlo.
Tal vez no cuente con la suficiente belleza como para ser considerada una verdadera artista, pero sí cuento con el talento necesario para lograrlo. Y, siendo honestos, ¿no es eso mucho más importante que el aspecto físico?
A simple vista, puedo parecer poca cosa, lo sé, pero tengo la capacidad de esforzarme mucho más que cualquier persona promedio.
Es cierto, tengo asma y un sinfín de enfermedades, y pareciera que eso bastara para limitarme en la realización de múltiples actividades, pero soy terca y conozco las limitaciones de mi propio cuerpo. Me exijo mucho, pues sé que soy capaz de mucho. Todos lo saben, sé que lo saben. Nunca lo dicen y se ríen en mi cara, pero está bien, pues, a menudo la sociedad juzga aquello que no está dentro de sus estándares de belleza.
Desde que recuerdo me han llamado loca. Al principio dolía, pero ahora veo que tal vez no sea tan malo. Obtuve cosas buenas de ello. Gracias a eso, logré perder el miedo a hablar en público. Contrario a la mayoría de las personas, no tengo ningún temor al enfrentar a una multitud. La sociedad me llamó loca, lo cual me dio la libertad de hablar sin miedo, pues sin importar lo que diga o haga, todo estará bien, pues después de todo, estoy loca y esa es una muy buena excusa para ocultar la torpeza de mis actos. Los demás pueden olvidarlo en poco tiempo, aun cuando yo, tal vez no sea capaz de hacerlo nunca. Me quitaron ese miedo, pero me han generaron otro, pues ahora, sin importar cuan seria sea la situación, sin importar lo que diga o haga, nadie me toma en serio.
«¡ESTÁ CHIFLADA!»
«¡ESTÁ LOCA!»
«¡ES INMADURA E INFANTIL»
Escuché eso la mitad de mi vida. Tal vez por esa razón, valoraba demasiado a mis amigos; Ness, Joss, Gael y Sophia, pues ni una sola vez me llamaron de esa manera.
Sin embargo, era tarde. La sociedad ya me había sentenciado a ser conocida como una loca, así que lo único que me quedaba por hacer, era cumplir con la sentencia.
Ahora que lo pienso, ¡que estúpido suena lastimarse por cosas como esas!
La sociedad está podrida, todos lo saben, pero, aun así, la siguen. La sociedad me ha juzgado, pero, ¿Quién dice que no puedo juzgarla también? ¿Quién les dio el maldito derecho de encasillarme y juzgarme a su antojo? Si las cosas son así, ¡yo también puedo jugar a esto! Soy terca, testaruda y no acostumbro rendirme fácil. Atáqueme restregando mis defectos en mi cara y te responderé mostrando mis virtudes… ahora puedo hacerlo, pese a que en años anteriores no fui capaz de ello.
En aquellos años, creía ciegamente que todo lo malo que la sociedad veía en mí, era lo único real. No importaba a cuantas terapias o charlas motivacionales asistiera, la sociedad me había clasificado como una loca, fea, poca cosa y yo lo creí.
Hoy, al verme al espejo puedo sonreír. Soy muchas cosas que los demás quieren ser, pero no pueden, o no tiene el valor de intentar. Me llaman loca porque no tengo temor de mostrarme tal cual soy. Porque puedo reír de lo que sea, porque puedo decir las cosas de forma directa y sin ninguna clase de miramientos. Me llaman así, porque ellos son lo suficientemente «cuerdos» como para ir en contra de aquello que la sociedad dicta que es «normal»
Y aquello que ellos llaman normal, es relativo, efímero y en algunos casos, falso.
Pueden quedarse con su normalidad, ahora no la necesito y tal vez en aquel tiempo, tampoco. Sin embargo, era una joven, cuya forma de ver la vida, dependía mucho de otras personas.
Ese es tal vez uno de los mayores errores que cometemos todos. Nos aferramos a los demás y, aunque soy consciente de que muchas de las veces, no somos capaces de evitar situaciones como estas, lo cierto es que no es para nada sano hacerlo. La mayor parte de las personas siguen su vida de forma «normal» y poco les importa lo que ocurra con las personas que van detrás de ellos. Por ello, hay ocasiones en las que ser un poco egoísta y pensar en ti mismo por más de cinco minutos, es lo más sano que puedes hacer por tu persona.
Eran las tres de la mañana, y yo estaba en la orilla de la cama, tratando de aclarar mi mente. Oficialmente, era el día de mi cumpleaños número diecisiete. Había tenido una pesadilla y me encontraba sudando. Mi cuerpo temblaba y mi corazón latía con la fuerza suficiente como para casi escapar de mi pecho. Sería un mal día, estaba segura de eso. Giré hacia el buro y vi la rosa que Gael me había obsequiado. Estaba un poco más marchita que antes y sus hojas se veían caídas. Suspiré y abracé mi cuerpo para tratar de calmarme. Sabía que no sería capaz de conciliar el sueño de nuevo así que, ni siquiera lo intente. Tomé mi viejo diario y comencé a escribir tonterías. Eso ayudó a calmarme, pero no lo mejoró del todo. Me puse de pie y me acerqué al pequeño escritorio que estaba en el rincón de mi habitación. Tomé el celular y le envié un mensaje a Gael.
«¿Estas dormido?»
─¡Que pregunta tan estúpida! Es obvio que está dormido ─me reproché injustamente, pues no pasaron ni cinco minutos cuando el celular sonó anunciando una nueva llamada. Era Gael.
─¡Feliz cumpleaños, mi Reina! ─dijo con voz solemne, lo cual me hizo sonreír.
─Creí que estarías dormido ─. Se quedó callado por un momento.
─No puedo ─dijo en un susurro─, nuestros amigos se niegan a salir de mis sueños.
─¡Que curioso! ─le dije en el mismo tono de voz─ tampoco quieren irse de los míos.
El silencio volvió a hacerse presente. No era un silencio incomodo, sino una más bien sanador. Nuestra amistad iba mucho más allá de unas simples palabras. En ocasiones como esta, el silencio era de mucha más ayuda que cualquier otra palabra. Bastaba con saber que nos teníamos el uno al otro.
─Cuándo Ness murió ─comentó después de un rato─, tú… tuviste intensiones de… ya sabes ─tartamudeo.
─¿De qué hablas? ─él suspiró.
─Cuando Ness murió, ¿tuviste la intensión de seguirlo? ─preguntó, hablando demasiado rápido. Su pregunta me tomó por sorpresa y me asustó. No fui capaz de responder inmediatamente, pues los nervios se apoderaron de mí─. Lo intentaste, ¿cierto?
─Sí ─. Admití. Mi amigo volvió a suspirar y se quedó en silencio un momento─. Tú no tienes permiso de tener esa clase de pensamientos ─le dije tratando de sonar autoritaria.
─¿Con que derecho lo exiges? ─me reclamó.
─Soy más débil que tú, Gael. O al menos, lo fui.
─Tal vez creas que eres más débil, pero no es así. Eres más fuerte de lo que imaginas. Más lista, más sabia. y si hay alguien en este mundo que no debe terminar con su vida de esa manera, esa eres tú. Ya te lo dije una vez, tu vida puede no importarte en lo absoluto, pero al atentar contra ella estas faltándole el respeto, a todos cuantos creemos en ti ¿Has visto como nos ha afectado la muerte Ness, o la muerte de Joss? Ni tú, ni Sophia, ni yo, hemos sido capaces de volver a ser los mismo de antes. ¿imaginas cómo serían las cosas si tú también te marchas? Sí lo haces, créeme que no perdonaré por ello. Hacerlo, sería el acto más egoísta que puedas hacer. Estarías pensando solamente en ti y en la forma de escapar de todo. Estarías haciendo que otros sufran y se pregunten todos los días ¿qué fue lo que hicieron mal? Estarías haciendo que alguien más cargue con una culpa que no debería cargar. Tú eres cien veces mejor que eso, lo sé y tú también lo sabes. Es cierto que vas a morir, pero cuando eso ocurra, vas a ser una anciana, postrada en la cama de un hospital, rodeada de todos cuantos te aman. Tendrás una vida larga y feliz y habrás logrado todo lo que una vez me contaste que querías. No espero menos de ti.
Comencé a llorar, pues era consciente de que sus palabras eran reales y que los sentimientos de mi amigo, eran genuinos.
Nos quedamos en silencio por un largo rato y sin darnos cuenta, había amanecido. Afuera de mi habitación comenzó a escucharse ruido. Supe que mi familia se preparaba para despertarme con las mañanitas por lo que tuve que cortar la llamada con mi amigo. Me metí a la cama y traté de fingir que estaba dormida. No paso mucho cuando mi familia entró cantando. Fingí que recién despertaba y me limpié los ojos. Me puse de pie y recibí abrazos de cada uno de ellos. Me prepararon el desayuno, agregando mis comidas favoritas, tratando de hacer que mi día fuera de lo más agradable.
No fui capaz de admitir que lo único que quería, era encerrarme y dormir el día entero. Sin embargo, para el mediodía, las cosas parecían mejor notablemente. Recibí pequeños presentes de mi familia, además de cientos de cumplidos y muestras de cariño de parte de cada uno de ellos. Tanto Gael, como Sophia me llamaron y me desearon un feliz cumpleaños atreves del teléfono. Era suficiente, en serio me bastaba con todo eso. Tenía cerca a las personas que amaba y eso era más que suficiente. Pero, bueno, esta no es precisamente una historia con un final feliz.
Eran cerca de las cuatro de la tarde cuando llamaron a la puerta. Mi familia se había reunido para festejar conmigo. Reíamos y jugábamos alegremente, por lo que no escuchamos cuando llamaron. Después de un rato, me puse de pie para ir a la cocina por un trago de agua, cuando escuché que tocaban. La curiosidad fue un poco más fuerte que yo y me dispuse a abrir. No esperaba a nadie más. Mi familia estaba ahí y mis amigos… los que de verdad se interesaban por mí, ya se habían reportado. Sin embargo, las cosas iban demasiado bien, así que, tontamente supuse que continuarían así.
Abrí la puerta y me encontré con Maggie, la exnovia de Ness.
Vestía modestamente y llevaba el cabello atado con una pequeña coleta, mientras un largo mechón de cabello caía sobre su frente. Tenía unas enormes ojeras marcadas de bajo de sus ojos y una expresión encolerizada en ellos. Traté de ser cortés y saludarla de la mejor manera posible, aun cuando en un pasado, nunca pudimos llevarnos bien. Cuando Ness terminó con ella, me culpó injustamente por ello y, hay que admitir, que en realidad tenía algo de razón.
Iba acompañada por una niña pequeña, de no más de tres años.
─¡Hola, Maggie! ─saludé hipócritamente. Sin embargo, ella no me respondió─ ¿y quién es esta pequeña? ─pregunté más por cortesía que por curiosidad.
─¿No lo adivinas? ─me dijo enarcando una ceja. Yo me negué con la cabeza─ ¡Es tu sobrina!
─¿Sobrina? ─cuestioné.
─Sí ¡ES LA HIJA DE NESS!
Me quedé estática. La garganta se me secó y las rodillas comenzaron a temblarme.
«¡Genial ¡otro hermoso cumpleaños de mierda!»