Capítulo 4

2147 Words
Katy se quedó pensativa; meditaba en cada una de las palabras que Óscar le había dicho: «Katiana, este mundo está lleno de sorpresas y misterios, es más anormal de lo que crees… puede que algún día lo descubras… No dudes tanto en creer en lo sobre natural». «¿A qué se estaría refiriendo? ―se preguntó―. Creo que Óscar es un poco extraño» Katiana siguió meditando. Las palabras del muchacho quedaron resonando en su cabeza. De repente unos dedos se clavaron en su cintura, provocando que emitiera un berrido al tiempo que daba un salto. ―¡Te voy a degollar! ―dijo Biky adaptando una voz grave y sombría. ―¡Ay! ¡Carajo! ¡Biky! ―gritó enfadada, propinándole un golpe a su compañera―. ¡Eres una estúpida! ¡Me asustaste! ―Y tú eres una casanova ―le guiño el ojo y se mordió el labio. ―¿Qué dices? ―¿Crees que no te vi? ―la tomó del brazo y la remolcó hacia la salida. ―¡Cuidado! ¡Me lastimas, Biky! ―chilló. ―Estabas coqueteando con el chico que estrellaste en la escuela ―se detuvo de repente al recordar algo―. ¡Ah! Ya me dijeron su nombre. Adiví… ―Óscar. Se llama Óscar. ―¡Vaya! te estas volviendo buena para extraer información ―la rubia se envolvió una mecha de cabello en su dedo y le dio algunas vueltas ―. Rompes el hielo con mucha facilidad. ―Él es algo terrorífico… ―dijo Katiana alzando la mirada por sobre las tumbas; había visto algo brillar en la parte alta del cementerio. ―Mmmm… ―Biky se agarró el mentón―. Interesante. Como lo había sospechado, ese tal Óscar es de tu tipo. ―Biky ¿ves eso que brilla por allá? ―preguntó señalando sin prestar atención a lo que la joven decía. Al igual que ella, la rubia no puso cuidado sino que siguió hablando. ―Te gustan mucho los chicos malos, rebeldes y misteriosos…  la clase de hombres a los que les gustan los problemas. ―Biky ven, vamos allá arriba ―la tomó del brazo y tiró de ella. ―¿Al fondo del cementerio? ―preguntó, resistiéndose. ―¡Mira! mira allá arriba ―Katiana señaló, por entre las tumbas―. ¿Ves? Es muy brillante. ¿Qué podrá ser? Hace una semana estuve aquí visitando la tumba de mi abuela; miré en esa misma dirección y esa luz no se veía ahí. ―Okey, okey. Echamos un vistazo y volvemos de inmediato. Solo para que mates la curiosidad. Pero me tendrás que dar un chocolate. Katiana asintió complacida y ambas aligeraron el paso. Las chicas se adentraron en el fondo del aislado cementerio. Cruzaron al otro lado de la capilla y con sigilo siguieron su rumbo. ―¡Ay no! no, ¡no! ¡Mejor vámonos! ¡Vámonos! ―propuso Biky asustada. Katiana no prestó atención―. ¡Oye! ¡Te estoy ablando, chica irresistible! ―No seas tonta, solo es un cementerio ―respondió sin detener la marcha―. No tienes de que preocuparte, este lugar está lleno de gente muerta. Nada nos pasará. ―Sí, eso lo sé. Pero no me quiero convertir en otro muerto. Hace casi doce horas asesinaron a un tipo en este mismo lugar. ¡No quiero ser la próxima víctima! Katiana no hizo caso. ―Biky, ya vamos a más de la mitad del camino. Si quieres regresar adelante. Yo subiré sola. ―¡Ay! ―rugió con mucho enfado―. No sé cómo te puedo querer tanto si llego a odiarte igual. ¡Ey! ¡Espera! ―gritó al ver que se quedaba sola y apresuró la marcha― ¡Katiana! Katiana y Biky continuaron subiendo hacia el lugar de donde provenía aquella luz. Ahora se encontraban en la parte más forestada del cementerio. Los árboles y arbusto cubrían el trayecto que dejaban en el camino y aunque ya casi eran las doce del mediodía el clima estaba fresco y agradable. Un toldo de nubes cubría el cielo y el cantar de las aves inundaban el bosque húmedo tropical. Después de varios minutos las jóvenes llegaron a su destino. Se encontraban en la parte más alta del cementerio, pero la más apartada y la menos visible. El cementerio de Villa Bolívar se encontraba ubicado a las afueras del pueblo, sobre una colina. Desde él se podía ver casi todo Villa Bolívar y a lo lejos la ciudad de Santa Marta. Katiana y Biky cruzaron uno arbustos y se encontraron con una cabaña que parecía abandonada. Frente a esta había tres albercas de agua, y sobre el borde de una de una de ellas reposaba una enorme y hermosa copa plateada con dorado. ―Solo era una copa ―dijo Katiana con suavidad y satisfacción. Biky se dio vuelta y trató de mirar hacia el cementerio pero los arboles bloquearon la vista del paisaje. ―¡Es increíble! ―exclamó. Katiana volvió su rostro hacia ella―. La luz del sol se reflejó en la copa y se coló por entre los arbustos y las ramas de los árboles. Ojala que nos den un buen precio por esa baratija. La joven aún estaba hablando cuando se escucharon las hojas crujir; algo se acercaba hacia ellas. Se llenaron de miedo y se abrazaron la una contra la otra. ―Biky… ―musitó Katiana con voz temblorosa―. ¿Qué-que? ¿Qué es eso que viene hacia acá? ―No-no, no lo sé… ―respondió despavorida―. Oye. Si-si, si muero será tu culpa ¿okey? Los arbustos por los que antes habían cruzado se sacudieron con violencia y se abrieron a la mitad, al tiempo que ellas soltaban un chillido tartamudo y lleno de pánico. ―¡Hola! ―dijo Samúel al salir de entres los chamizos―. ¿Qué están haciendo por acá? ―¡Idiota! ―gritó Biky enfadada. Katiana se puso una mano en la frente y la otra sobre el pecho. ―Cálmate estas demasiado frenética ―le sugirió Samúel a Biky, al verla encolerizada. ―¿Que me calme? ¡Eres un imbécil! Se abalanzó sobre él y le dio un par de puñetazos; él trató de cubrirse. Katiana se apartó de ellos en dirección a la copa; se acercó lentamente a ella y la tomó entre sus blancas manos. ―Nunca vuelvas a asustarme de esa manera ―dijo Biky recuperando la compostura. ―Okey, okey, perdón ―atalajó su camisa―. Oye Katy, vayamos de regreso al pueblo ―propuso acercándosele un poco―. Ya todos se fueron. No hay nadie por aquí. Solo quedamos nosotros. Katiana no respondió. Estaba de espalda con la vista hacia abajo. Sus brazos flexionados indicaban que sostenía algo en sus manos. ―Katy. Katy… ―la llamó Biky. Ella no contestó―. Oye Katy ¿te sucede algo? Samúel y Biky se miraron al tiempo. Algo no estaba bien. ―Katy, sé que tratas de vengarte por haberte asustado ―volvió a hablar Samúel―. Pero no conseguirás asustarnos así. Vamos, no seas tonta. Samúel extendió su mano y sujetó el hombro de la muchacha. Ella estaba rígida como un tronco, y su cuerpo emitía diminutos temblores de pánico. ―Bi-bi-Biky… ―tartamudeó despavorido el muchacho. ―¿Qué? ¿Qué pasa? ―preguntó la joven con la voz quebrada. ―Ka-Katiana, está… ella está te-te, te-temblando… Sin decir más palabras, ambos se acercaron lentamente tras la espalda de la joven hasta poder ver una enorme copa en sus manos, pero parecía que la muchacha no era capaz de soltarla. ―¿Es… la copa? ―preguntó Biky aun con la voz quebrada. Katiana levantó el rostro lentamente mientras seguía tiritando. Comenzó a temblar tanto que parecía que empezaba a convulsionar. ―La-la-la, la copa ―tartamudeó―. La co-co, copa… está… ―se atragantó por un par de segundos, pero luego su garganta se abrió y al fin pudo gritar―: ¡La copa esta untada de sangre! ―su grito retumbó. Un ruido se escuchó en el interior de la cabaña; era un gruñido; la puerta se abrió con violencia y al abrirse estalló un grito de ira desde el interior: ―¡Mi copa! ―¡Corran! ―gritó Samúel atravesando los arbustos. Los tres jóvenes corrieron con todas su fuerzas, pero no sin antes haber volteado sus rostros hacia la cabaña para ver de quien se trataba. Su vista se vio cubierta de ramas impidiéndoles ver con exactitud a un sujeto; solo alcanzaron a ver un par de extremidades junto a la puerta. Se trataba de un hombre o tal vez un muchacho. El miedo se volvió a apoderar de ellos pero esta vez fue tan grande que les dio suficientes fuerzas para correr a toda prisa por la falda de la montaña. Saltaron tumbas, agujeros y arbustos. Corrieron por la calle y no se detuvieron hasta haber llegado a la sombra de un gran árbol ubicado en los linderos del pueblo. ―¡Ay! ¡Ay…! ¡Ay, me muero! me muero, me muero ―jadeó Katiana, exhausta. ―Ese grito… ―dijo Samúel, tratando de respirar―. Fue aterrador. ―¿Dónde? ¿Dónde está la copa? ―preguntó Biky. ―¿La copa? ―dijo Katiana examinándose―. No, no lo sé. ―¿Pero cómo que no lo sabes? Tú la tenías en tus manos ―refutó Samúel. ―Enserio, Samúel, yo… yo no lo sé. Solo corrí y corrí, y no sé qué la hice. Se me debió caer por el camino. ―¿Qué? ¿La perdiste Katiana? ¡Esa copa es la evidencia del asesinato! ―De verdad Samúel, no recuerdo que paso con ella. Lo siento. ―trató de respirar profundo. ―No importa ―dijo Biky más calmada―. Lo que importa es que estamos a salvo. ―Debemos ir y decírselo al inspector ―propuso Samúel, apoyando las manos sobre las rodillas. ―Sí. Samúel tiene razón. Vayamos y busquémoslo en la inspección. Los jóvenes descansaron un poco más, y pasados unos minutos avanzaron hacia la inspección en busca del inspector Lucas Beltrán, el padre de Merson y Estefany. Llegaron a la oficina pero Lucas no se encontraba en el lugar. Aviso: Salí, vuelvo más tarde. ―No está ―dijo Biky dándole un golpe a la puerta. ―Claro, debe de estar almorzando ―dijo Katiana, alejándose de la puerta―. O debe de estar haciendo cualquier otra cosa. Aun no son las 02:00 p.m. A esa hora estará aquí. Bueno, si no tiene algún asunto que atender fuera de este lugar. ―Eh… chicas, debo irme a casa ―dijo Samúel―. Las llamaré luego. Se cuidan. Adiós Samúel dio la vuelta y se marchó. ―¡Claro! ¡Huye cobarde! ―le gritó Biky. Samúel no le prestó atención. ―Ya… deja el escándalo ―ordenó Katiana―. Da igual si se queda o no. ¿No ves que no hay nada que podamos hacer? ―Mmmm… Sí... tienes razón. Mejor vámonos. ―Qué alivio para ti que vives aquí en el pueblo ―suspiró con desaliento―. Yo tendré que atravesarlo por completo, para alejarme más de él y poder llegar a casa. ―Tus padres deberían mudarse a una casa que esté dentro de Villa Bolívar. Qué horror tener que vivir fuera de la civilización ―dijo Biky arrugando el ceño. ―Sabes que nunca lo harían. Les gusta vivir ahí. Y la verdad, a mí también me gusta. Es lindo y tranquilo. Creo que ahorraré para comprar una moto. ―¿Y hasta ahora usas el cerebro? Katiana le propinó un golpe a la rubia y ambas avanzaron sobre el pavimento, hasta llegar a la casa de los López. Los padres de Biky invitaron a Katiana a pasar a dentro, y después de conversar un rato almorzaron juntos. Luego, las jóvenes procedieron a contarles todo lo sucedido y el señor Marcos, el padre de Biky, se comprometió en contactarle al inspector lo sucedido. Después de dos horas, Katiana salió para su casa. El aire olía a agua. Pronto comenzaría a llover. Minutos después cayeron las primeras gotas de lluvia, y la jovencita apresuró el paso. Por nada del mundo quería mojarse, pero después de un corto rato la lluvia se hizo más fuerte obligándola a meterse debajo de una terraza. «Que día tan horrible» pensó. Se acurrucó en un rincón y se dispuso a esperar a que la lluvia pasara.
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