Al siguiente día me levanté temprano de la cama, no fue para nada difícil, la verdad es que no había podido dormir, quizás porque ya estaba dormido. Bajé hasta la cocina y me preparé algunos sándwiches para llevar, me alegra tanto que aún existan. Me senté en el sillón de la sala para esperar la llegada de Alika, mirando a la calle con cierta impaciencia.
—Te has caído de la cama — escuché decir a una voz detrás de mí. Me volteé al instante con cierto temor, pero solo era mamá quien probablemente iba a hacer café, supongo que algunas cosas no cambian.
—Podría decirse que ni siquiera tuve tiempo de subirme a ella — contesté con cierta ironía.
—¿Tan perdido te sientes? — preguntó ella mientras ponía el agua a calentar en la cocina.
—¿Cómo sabes que me siento así? — pregunté devuelta.
—Ha pasado mucho tiempo, hijo. Te he extrañado como no tienes idea, pero te conozco, sé que hay algo que te causa incomodidad. ¿acaso quieres seguir durmiendo?
—¿Tú quieres que lo siga haciendo? — ella comenzó a llorar mientras se sentaba en el sillón.
—Lo único que he querido en mi vida es que seas feliz, aveces pienso que quizás no debí aceptar el transplante, pero no existe manera de que no desee tener a mi hijo conmigo. Sé que quizás para ti es díficil de entender, pero yo no puedo imaginarme un mundo donde tú no estás, todos estos años lo único que me mantuvo de pie era pensar que tú despertarias, pero si esto no es lo que tú quieres no hay nada que pueda hacer.