Capítulo 4

1648 Words
Margaret se aferró al abanico mientras lo sacudía con movimientos rápidos y desesperados. Desde que había vuelto a entrar en la sala no había sido capaz de recuperar el estado de felicidad que la había envuelto la primera vez que la había cruzado. Algo en el pecho, como un peso que hacía fuerza entre éste y su corazón, le apretaba el corsé impidiéndole respirar con normalidad. Puede que Grace se lo hubiera apretado demasiado. Por suerte, su padre aún mantenía una larga conversación con la anfitriona y no había sido testigo de la pequeña fuga de su hija. Ahora entendía a las amigas de la marquesa cuando las había visto echándose aire hasta en las horquillas. Aunque suponía que no habían visto algo igual de escandaloso. Expulsó todo el aire que tenía en los pulmones cuando se dio cuenta de que lo había retenido durante unos segundos largos. Debería haberse quedado un poco más por el jardín, lo que necesitaba era aire fresco y tranquilidad, dos cosas que era evidente que no conseguiría en el salón principal. Pero si había entrado, era para no correr ningún riesgo de encontrarse con la pareja del invernadero. Notaba como le ardían las mejillas con tan solo recordar la ridícula situación que había vivido. Solo de imaginarse lo que habría pasado si la hubieran visto, una oleada de vergüenza asomó su rostro, que ocultó detrás del abanico sin dejar de agitarlo. Cuando levantó los ojos hacia el baile, su padre y Lady Ruttland, acompañada por el joven que había bailado antes con ella, se acercaban a Margaret decididos. Cuando los tuvo delante, dio un paso hacia atrás, necesitaba un espacio comprensible para respirar. -¿Dónde has estado? –preguntó John para decir algo, pues con las charlas de la marquesa apenas había podido buscar a su hija. -Por aquí. –anunció sin ganas, como si fuera verdad, que lo única que había estado haciendo era pasear sobre las baldosas de la sala, abanicándose. -Quiero presentarte a mi hijo, querida. –dijo la mujer del tocado verde lima. –George Berkley, marqués de Ruttland. Margaret, que era la primera vez que lo miraba a la cara, observó al marqués. Rasgos sin ninguna peculiaridad, la típica imagen de un dandy: su traje, como había advertido antes, impecablemente brillante, con una pulcritud desmedida, sin una simple arruga, ajustado perfectamente al cuerpo del hombre. Resultaba incluso fastidioso. Incluso su pelo parecía estar organizado, no peinado, sino como si los hubieran colocado, uno por uno, al lado del otro hasta formar una capa castaña oscura sobre la cabeza de lord Ruttland. Su bigote era lo más soportable de su imagen. Le daba un aspecto incluso cómico, dentro de lo que cabía, ya que los extremos de éste se elevaban hacia arriba y le conferían la imagen de villano de novelas antiguas. -Un placer conocerla. –habló él primero. –Me encantaría que me reservara el próximo baile, señorita Hamilton. Si es tan amable. -Claro. –dijo, sonando amable pero distante. El marqués se alejó y se perdió entre la gente, dando por acabado su trabajo. Le hubiera gustado hablar un poco más antes de dejar que le pusiera las manos encima, nunca estaba de más una pequeña charla para conocer gustos y aficiones. Aunque tan solo mirándolo, no era difícil deducir a lo que se dedicaba el señor Ruttland. La forma en que miraba a las personas, como analizándolas, le hizo creer a Margaret que se trataba de un hombre que pasaba gran parte del día en algún club, jugando a las cartas; por la constante revisión de su atuendo, si se había manchado, arrugado o tenía una mota de polvo sobre los hombros de terciopelo, supo que era un maniático del orden, o puede que estuviera nervioso por algo, y entonces centraba toda su atención en algo de tan poca importancia como su chaqueta. La joven apartó los ojos del hombre al ser consciente del tiempo que había estado mirándolo. Su padre también se había dado cuenta. Cuando sus miradas se cruzaron, Margaret le puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza. No debes preocuparte, papá, aseguró en su mente, George Ruttland sería posiblemente el último al que escogería como esposo. Al no saber dónde mirar, algo hizo que mirara hacia el jardín. No puede ser, pensó ofuscada. ¡Cómo si quisiera volver a ver… eso! -Margaret. –ésta vez fue su padre, la única persona con la que le apetecía hablar en este momento.-¿Estás bien? ¿Quieres que volvamos a casa? -Acabamos de llegar. –dijo echando un breve vistazo a la terraza. Cada vez que lo hacía se sentía culpable. ¿Por qué? No había hecho nada malo. Resopló y detuvo el abanico, guardándolo en el pequeño bolso de terciopelo que sostenía a la altura del codo. -¿Te diviertes? –volvió a preguntar, colocándose las manos detrás de la espalda. -Mucho. –y de no ser por ese infortunio del jardín, iría mejor. No paraban de venirle a la mente imágenes de esa mujer medio desnuda, dejando que ese hombre la besara… de esa forma. Ella nunca haría algo así, ni aunque ese hombre fuera su marido. Volvió a notar como el color le teñía las mejillas de nuevo y se obligó a pensar en otra cosa. Por suerte, Berkley vino a buscarla para bailar, aunque cuando estuvo delante, con una mano sobre su cintura, lo reconsideró. Le gustaba más la idea de estar sonrojada en una esquina. El marqués no le resultaba agradable, no sabía si era su aspecto, su aire de poca modestia o sus vicios tan irritantes como esos ojos analizando cada maldito detalle. Margaret no sabía si durante los bailes, la gente acostumbraba a hablar. Con su padre apenas había dicho una palabra, pero ahora que estaba delante de un m*****o de la alta nobleza, temía meter la pata. -¿Le está gustando la fiesta, señorita Hamilton? Mi madre me ha comentado el hecho de que era la primera vez que acudía a un baile. –ella suspiró en un profundo agradecimiento. -Así es. –contestó. Notaba la mano del marqués en la parte alta de su espalda, y daba gracias a Dios de que no intentara bajarla, no sabría cómo reaccionar si algún hombre intentaba sobrepasarse. Siempre podría recurrir a darle una buena bofetada, pero eso no sería bueno para ninguno de los dos. Intentó liberarse de toda presión y se dedicó a disfrutar de la música. El señor Ruttland no parecía tan mala persona, al fin y al cabo. -Mi padre ha estado en muchas guerras, y conoce la fealdad del mundo, por eso se preocupa mucho y no salgo demasiado de mi casa. –enseguida se preguntó por qué le había dicho eso, pero él le correspondió asintiendo, como si le diera toda la razón a su padre. -Estoy de acuerdo con el señor Hamilton. Debe ir con cuidado, Londres nunca ha sido una ciudad adecuada para jóvenes indefensas. -¿Indefensas? ¿Qué se creía? ¿Acaso parecía estar hecha de azúcar y miel? -¿Es de esa clase de hombres empeñado en que las mujeres somos el sexo débil, señor? –inquirió con el ceño fruncido- ¿Qué no sabemos valernos por sí mismas y siempre necesitamos a nuestro marido al lado? -No me malinterprete, yo solo digo que deben dejarse proteger por un hombre, nosotros las protegemos a ustedes, y ustedes nos cuidan a nosotros en el hogar. –contestó como si llevara un escrito firmado por el rey que lo confirmara. Margaret no supo cómo reaccionar a eso. ¿Dejarse proteger? -Yo podría protegerla. –añadió Lord Ruttland acercando su cara a la de ella. -¿Qué? –notó como el almuerzo que había tomado con su tía se le subía por la garganta, tragó saliva y se enfrentó a su acompañante. -¿Qué quiere decir? –por un momento había perdido el ritmo del baile, pero si algo se le daba bien a este hombre, era bailar, aunque ella no estaba nada cómoda entre sus brazos. -Desde el momento en que la he visto me ha parecido muy atractiva. –dijo, creyendo que justificaba su atrevimiento con esa frase. –Y yo estoy pensando en que ya es hora de buscarme una esposa. La joven no conseguía salir de su ensimismamiento. -¿Me está pidiendo matrimonio? –preguntó incrédula. Cómo deseaba que la canción se acabara, para alejarse de él y sus propuestas indecentes. -No. –dijo arqueando las cejas, sorprendido de que pudiera pensar algo así- De momento, solo quiero cortejarla. No soy tan estúpido como para casarme con una mujer a la que acabo de conocer, señorita. Margaret suspiró tranquila, pero solo duró un momento. -¿Y cree que diciendo esto yo voy a aceptar que me corteje? ¿Solo porque usted es un marqués? –volvió a preguntar, indignada. -Claro que no. Usted es más inteligente que la mayoría de las damas que hay en esta sala en edad casadera. Solo le pido una oportunidad. –por primera vez, dejó guiarse por la pista de baile sin ningún tipo de tensión en su cuerpo, debía suponer que estas cosas eran normales. ¿Se merecía una oportunidad? Si le gustara un poco… pero ni siquiera eso. Nada en ese hombre la atraía. No podía decir que fuera feo, pero algo en su expresión no le acababa de agradar. -No sé qué decirle. –contestó sinceramente. La canción había llegado a su fin. Hicieron las reverencias propias, y cuando Margaret pensó que podría estar sola, Lord Ruttland no se separó de ella. -No necesito una respuesta ahora, señorita Hamilton. –le cogió la mano enguantada y le besó el dorso de la mano con suavidad. –Volveremos a vernos. –ella dio gracias a la tela por no tener que sentir sus labios sobre su piel. Claro que volverían a verse, pensó George mientras observaba como Margaret se alejaba, se aseguraría de que fuera así.
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