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Tu piel desnuda

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Blurb

Mady Wilson depositó el ramo de flores, gerberas fucsias con margaritas,

sobre la lápida de mármol. Bajo ese rectángulo, frío y gris, descansaba el

cuerpo de su padre, que había muerto un año atrás. Se había suicidado y

había dejado a su hija, de apenas veinticinco años, sumida en la miseria y

la tristeza.

Luego conoció a un hombre que hizo que su vida cambiara por completo...

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CAPÍTULO 1
Mady Wilson depositó el ramo de flores, gerberas fucsias con margaritas, sobre la lápida de mármol. Bajo ese rectángulo, frío y gris, descansaba el cuerpo de su padre, que había muerto un año atrás. Se había suicidado y había dejado a su hija, de apenas veinticinco años, sumida en la miseria y la tristeza. Muchos le hubieran guardado rencor; sin embargo, ella no. Tampoco lo culpaba de nada, simplemente se había limitado a perdonarlo; no podía hacer más, ya que la tragedia le había cortado las alas y su progenitor no supo cómo volar. En ocasiones la vida tiende a ser cruel y esta vez le había tocado a ella. Al principio se hundió en la tristeza y el dolor; tocó fondo, tan fondo que por poco pierde hasta su dignidad como ser humano. Pero consiguió salir adelante, y ahora caminaba por el sendero de la vida, a veces incierto y otras veces imposible. Rezó un «Padre nuestro» en silencio con los párpados cerrados. Aún los mantuvo en aquella posición cuando terminó, a fin de buscar en el arcón del pasado aliento para seguir. Necesitaba, durante unos segundos, hundirse en los recuerdos felices... cuando el dinero no era problema; cuando vivir entre lujos era lo normal; cuando las risas y los juegos inundaban su hogar. Sí. Lo había tenido todo, había sido una hija mimada y querida. Nunca le había faltado de nada y ahora... ahora sólo quedaba la esencia de una vida vivida. Pues bien, todo aquello había acabado; a esas alturas de su existencia, lo había aceptado. Hacía tiempo que había sellado su boca, ni una sola queja salía de ella, y había guardado su tristeza para que no viera nunca más el sol. Mady abrió los párpados y dejó que los rayos del sol llenaran sus ojos grises. Ella quería luz, no sombras, ni dudas, ni pesar; de modo que, en un intento de borrar cualquier flaqueza, se limpió con el dorso de la mano esa lágrima traicionera que se había atrevido a escapar. Si una cosa tenía clara era que no dejaría que la debilidad ganara la partida. Se había convertido en una mujer fuerte en tan sólo un año y no iba a permitir que el pasado la atrapara y la sumiera en la desesperación. Se levantó y fue caminando a la estación de autobús más cercana. En Miami se necesitaba coche para desplazarse, pero Mady no disponía de dinero para permitirse tal lujo. Caminar grandes distancias, cuando el transporte público no pasaba por las zonas que ella frecuentaba, se había convertido en una costumbre. Además, su apartamento, que estaba subvencionado por el gobierno, se encontraba en el conflictivo Overtown de Miami y por allí ni las ratas se atrevían a circular. Y pensar que en su infancia y adolescencia se había desplazado en limusinas... En fin, dejó de recordar y emprendió la marcha hacia el hospital; tenía una entrevista muy importante. Su instinto le decía que se acercaban nuevos problemas, como si no tuviera ya bastantes. Y su instinto no se equivocó. Mady, tras su entrevista en el centro médico, emprendió el camino a casa: un bloque de apartamentos comparable a una caja de zapatos, vieja y destartalada, con agujeros simétricos a modo de ventanas. Se apresuró más que nunca en llegar a su hogar, no estaba de humor para nada. Vivía en el último piso, así que subir y bajar las siete plantas sin ascensor era un hábito diario que no podía eludir. Sin embargo, tal como estaba en aquellos momentos, le iba a suponer un esfuerzo titánico; su desesperación estaba haciendo mella en su delgado cuerpo y las fuerzas se negaban a salir y brindarle ayuda. Mady miró hacia arriba y el panorama la desalentó: muchos escalones, uno detrás de otro, se interponían entre ella y la soledad que le brindaría su piso. Se disponía a subir cuando una de las puertas del primer rellano, la que estaba más cerca de la escalera, se abrió dando paso a Camila, su amiga. Cam, tal como la llamaba Mady, tenía unos cinco años más que ella y había vivido el doble que cualquier mujer de su edad. Venía de Cuba; ya de pequeña fue maltratada y violada por su padre y, de mayor, por su marido, Roberto, quien había intentado matarla en varias ocasiones. Así que era normal que su amiga odiara a todos los hombres y no quisiera a ninguno en su vida. Había llegado a Miami en una balsera, huyendo de la violencia, de la pobreza y de una muerte más que segura. Por poco pierde la vida en la travesía, pero consiguió sobrevivir. Ya en la tierra donde los sueños son más sueños que realidades, no le había dado miedo empezar de nuevo y, poco a poco, lo estaba logrando. Al principio se dedicó a trabajar en salones de belleza, colocando uñas de gel a las clientas que lo solicitaban, que era de lo que trabajaba en Cuba. Creaba verdaderas obras de arte a pequeña escala, diseños que quitaban el aliento. Pero con lo poco que ganaba no podía salir adelante, así que lo compaginó con otro trabajo que encontró como stripper. Era la única manera de enviar dinero a su madre para que cuidara de su hijo. En Cam, Mady había encontrado a una amiga, a una confidente, y ambas se protegían, conscientes de que la amistad verdadera era un bien demasiado preciado como para desperdiciarlo. Mady, por desgracia, sabía mucho de eso. Había probado el acíbar del rechazo de las que se hacían llamar amigas del alma. Había tenido compañeras por doquier; sin embargo, cuando cayó en desgracia, todas desaparecieron. Había descubierto que la amistad, para muchos, va ligada al dinero y al poder, y que era demasiado efímera y valiosa como para malgastar el tiempo en personas con almas de cartón. Por fortuna, conoció a Cam y cambió de opinión: existía la amistad pura, nacida de lo más profundo del corazón, de aquellas que seguramente durarían toda una vida. Cam la había acogido cuando nadie más lo había hecho. Ella le había brindado un hombro en el que llorar cuando todos se lo negaron. Ella le había enseñado a sobrevivir cuando se encontró en la calle sola, sin nada, rebuscando en la basura algo que comer. —Ten, te ha llegado esto —dijo Cam extendiendo su brazo y entregándole un puñado de sobres. La mujer se encargaba de recogerle la correspondencia cuando no estaba, pues allí ni las cartas se salvaban de ser ultrajadas por gente maliciosa y sin escrúpulos que vivía en el mismo bloque. Cam realmente había salido al rellano empujada por saber cómo le había ido a su amiga la entrevista, y las cartas le habían servido de excusa. Sin embargo, no le hizo falta preguntar, porque su cara decía claramente que había ido muy mal. —Mady, saldrás adelante. —Sonrió; era una sonrisa forzada, debido a las circunstancias, que no pasó inadvertida a su compañera. —Ni tú misma te lo crees, Cam. ¿Por qué todo es tan difícil? —Echó un vistazo rápido a los sobres, en busca de alguna buena noticia que la llenara de anhelo, que le sirviera de apoyo, que le sacara una sonrisa, algo que le demostrara que en el mundo existía la felicidad y la esperanza. Necesitaba un milagro, pero todo eran facturas y propaganda. El corazón le dio un vuelco y ambas se miraron. Los ojos grises de Mady hablaban de desesperación, y los negros de la otra, de esperanza. Mady se acercó a ella; eran igual de altas y de cuerpos esbeltos. Cam era la personificación de la belleza exótica; con sus negros cabellos cortos y su tez oscura, rememoraba a una diosa de ébano esculpida por las manos más expertas. En cambio, Mady era la lujuria con forma de cuerpo femenino cincelado por el fuego de la pasión. Sus cabellos largos rojizos evocaban un mar de lava incandescente y su piel blanca parecía cubierta por perla líquida. Las diminutas pecas de sus mejillas añadían un toque de picardía a un rostro de semblante dulce. Ambas se dedicaban a bailar como gogós y a hacer striptease en el club más de moda de Miami, el Crystal Paradise, situado en el North Miami Beach. —Tengo dinero ahorrado; si lo necesitas, sólo tienes que pedírmelo —se ofreció Cam. —No, de ninguna manera. Ese dinero lo necesitas para traerte a tu hijo y a tu madre de Cuba. Ya has hecho bastante por mí. Cam bajó la vista; se sentía mal por no poder prestarle sus ahorros. Aunque sabía que era ilegal sacar sin papeles a su hijo y a su madre de Cuba, el dinero lo compraba todo y haría cualquier cosa por volver a tenerlos con ella. Ya había hecho un primer pago y en un mes tendría la cantidad exacta; se trataba de una suma muy importante, pero lo cierto era que, con su trabajo en Crystal Paradise, lo estaba consiguiendo. Si hubiera tenido que conformarse con los beneficios que sacaba colocando uñas, ni en mil años lo hubiera logrado. —No quiero verte derrotada —dijo Cam—. Encontraremos una solución. Mady suspiró y estrujó las cartas en la mano. Dudaba de que tuviera tanta suerte. —Me voy a cenar, luego paso a buscarte para irnos a trabajar. —No añadió nada más y enfiló escaleras arriba. Aunque su hogar carecía de los lujos a los cuales ella había estado acostumbrada, Mady había logrado, con su espíritu guerrero y su inspiración, dotarlo de vida y calidez. Una mano de pintura y su buen gusto para distribuir los muebles y objetos de decoración habían hecho milagros. Mady podía transformar un simple tronco de madera tirado en la calle —o un mueble viejo— en una pieza exquisita y única que cualquier diseñador alabaría. Sabía de su don y quería aprender más sobre restauración de muebles, pero no tenía dinero para pagar los cursos. Si bien bailar y quitarse la ropa delante de un atajo de pervertidos daba bastantes ingresos libres de impuestos, no tenía suficiente para los estudios, ya que su padre le había dejado muchas deudas. Y encima ahora el problema se agravaba debido a su madre. Mady miró los sobres medio arrugados que había dejado encima la mesa mientras se tomaba una Coca-Cola. Hubiera preferido un whisky, un vaso entero de ese líquido ambarino seguramente le hubiese servido de calmante. Tal vez así, las manos dejarían de temblarle; pero no podía llegar al trabajo borracha si quería encandilar a los hombres mientras se quitaba sensualmente la ropa. Sacó fuerzas y rememoró la conversación que había tenido, después de ir al cementerio, con la directora del hospital especializado donde su madre estaba ingresada. —Pero ¿has visto la factura? —dijo colérica Karen, la directora, agitando delante de las narices de Mady el folio que acababa de imprimir. Aunque era joven, estaba bastante desmejorada debido al estrés de su trabajo. Ni tiñéndose el pelo de rubio oscuro había cambiado su aspecto. Unas arrugas prematuras ya circundaban sus ojos castaños. Mady, que estaba sentada —sólo se interponía el escritorio entre ambas—, no miró el papel, y aún menos la cifra. Sabía muy bien a cuánto ascendía el maldito importe. Era la misma cantidad que le había dicho por teléfono la semana anterior cuando, desesperada, la llamó para que saldara la deuda. —Dame un mes más, por favor —rogó ella. Se tuteaban debido a que eran tantas las veces que había ido a visitar a su madre que ya se había creado un vínculo de amistad. —No puedo, Mady, no somos ninguna oenegé. Me veo obligada. ¿Te crees que a mí me gusta todo esto? Te conozco desde hace tiempo, sé de tus problemas, de lo mucho que ha cambiado tu vida, pero llevo esta clínica y yo también tengo que pagar las facturas. Sabes muy bien que he hecho mucho por vosotras; no puedo ayudaros más sin perjudicar a la clínica y mi puesto… —Y no sabes cuánto te lo agradezco —la interrumpió. Se levantó y apoyó las palmas en la superficie de la mesa, acercando su rostro al de Karen—. Por eso te pido este último favor. —Siempre me dices lo mismo, y no hay vuelta atrás. Dentro de una semana, si no pagas la factura, nos veremos obligados a echar a tu madre. Así que ponte las pilas y espabílate. Mady dejó de pensar en Karen y en la conversación que había mantenido mientras se bebía el último sorbo del refresco. Su madre necesitaba cuidados permanentes, unos cuidados que sólo los mejores especialistas podían darle; de hecho, ya estaría muerta si no hubiera sido así. Además, los que se ocupaban de los servicios sociales no la dejarían llevársela a su casa, porque ella misma no tenía ni donde caerse muerta. Y si no pagaba la maldita factura, se verían obligados a trasladarla a un centro público para gente pobre. Se desharían de ella como si fuera un mueble viejo. Bien sabía que, en esos sitios, los recursos y el personal sanitario eran limitados, y significaría condenar a su progenitora a una lenta agonía. Su madre había sufrido un grave accidente de tráfico cuando iba a su fiesta de cumpleaños de mayoría de edad. Estuvo al borde de la muerte; se rompió las dos piernas y el cráneo por varios sitios. En consecuencia, le había quedado un retraso mental severo. Apenas hablaba y, si lo hacía, pronunciaba palabras sin sentido. Prácticamente le habían tenido que enseñar a caminar y a comer de nuevo, porque se había olvidado de ello. Era una niña en un cuerpo de mujer de sesenta años. De hecho, sólo mostraba algún atisbo de lucidez cuando ella, en sus visitas, le leía en voz alta alguna novela. Su madre era de origen español y una gran amante de la literatura. Esa afición se la trasladó a ella, a la cual se aficionó de pequeña. Todavía se acordaba del fatídico día, ese en que cambió su vida para siempre, el día en que su madre se convirtió en poco más que en un vegetal. Sólo hizo falta una llamada de teléfono para que nada fuera igual nunca más. Su padre le buscó los mejores médicos; aun así, no hubo nada que hacer. Fue entonces cuando su padre se vio obligado a ingresarla en un hospital privado para discapacitados como ella. Le buscó el mejor; entonces el dinero no era problema, pues, como propietario de Brown Sugar Wilson, una cadena de fábricas de azúcar de caña, había amasado una gran fortuna. Con todo, su padre no superó el trauma de no poder curar con su dinero a la mujer que amaba más que a su vida y cayó en una profunda depresión. Desatendió por completo sus negocios y se vio obligado a pedir préstamos que jamás pudo devolver. Como resultado, tuvo que malvenderlo todo a un indeseable especulador a quien no conocía, porque, desde el accidente de su madre, su padre nunca le explicaba nada. Fue un robo en toda regla, de eso no tenía duda. Pero tampoco su progenitor atendió a sus ruegos cuando lo previno; estaba demasiado hundido para ver el engaño. Aunque el poco dinero que consiguió con la venta logró sufragar una parte de la deuda, no fue suficiente para liquidarla. Se fue a la ruina, y una noche, harto de todo, harto de que la vida le pusiera tantas pruebas, se suicidó tirándose al mar después de emborracharse. Mady sacudió la cabeza para despejar sus recuerdos. Ella era una guerrera y no dudó en repetírselo mentalmente una y otra vez. Lo había comprobado ese último año. No se daría por vencida. Sabía que necesitaba dinero extra con urgencia, al menos para pagar parte de la deuda del hospital. Con eso negociaría y, tal vez, dejarían a su madre ingresada unos días más antes de trasladarla. Mientras tanto, a ella le daría tiempo de buscar otro más barato; se informaría por Internet y pediría que la aconsejaran. Sí, eso haría. De modo que, esa noche, Sirena —su apodo cuando actuaba como stripper— tendría que estar más sensual que nunca si quería que las propinas fueran más cuantiosas que de costumbre. La chica miró en el armario y sacó el vestido más provocativo que tenía. Luego se fue a buscar a su amiga Cam y se dirigieron al Crystal Paradise. Sirena iba a deslumbrar como nunca antes. Ya en el trabajo, Sirena se vistió y maquilló. Cam, entretanto, hacía rato que estaba bailando de gogó en uno de los pequeños escenarios, intentando que los espectadores consumieran bebidas sin parar. En un rato le tocaba sustituirla, y más entrada la noche deleitaría a los hombres con un número de striptease muy sensual que hacía días que estaba ensayando. Tenía que sacar muchas propinas, ahora más que nunca. Sin más, se zambulló en el bullicio; el sonido de la música de Rihanna se mezclaba con el ruido de escandalosas risas y se expandía por un espacio salpicado de luces intermitentes de colores. Sustituyó a su compañera, y ésta se fue a descansar un rato. Mady se pegó a la barra de acero, que colgaba del techo verticalmente, y empezó a bailar como sólo ella sabía hacerlo. En poco rato, un enjambre de hombres la rodearon; por suerte, el pequeño escenario estaba lo suficientemente alto como para que no le pudieran meter mano. Mientras danzaba, no se dio cuenta del tipo que había en un rincón, escondido en la penumbra y que no le quitaba la mirada de encima. Varek Farrow estaba en Miami por asuntos de negocios. Era abogado, uno de los mejores, y ese trabajo, unido a su olfato para sacar beneficios incluso de debajo de las piedras, le permitía hacerse con empresas que compraba por calderilla para luego reestructurarlas y venderlas a precios desorbitados, ganando con ello importantes sumas de dinero. Era por uno de esos millonarios negocios por lo que había viajado desde Nueva York a toda prisa. Había dejado a su novia plantada en la boda de su amiga tan pronto había recibido la llamada telefónica que tanto deseaba que se produjera. Varek sabía que los negocios y el dinero no esperaban, y éste especialmente le iba a reportar unas ganancias muy jugosas en comparación con lo que había invertido en un principio. Y aunque vender Brown Sugar Wilson había costado más de lo previsto, al final el trato se había cerrado hacía apenas un par de horas. Por ello había salido a celebrarlo con los compradores. Su idea de celebración hubiera sido una buena cena en un restaurante selecto acompañada de una conversación inteligente, pero a aquellos trogloditas les iba más el sexo y el alcohol. Ahora, en cambio, se alegraba de haber dado su brazo a torcer. La culpable era la pelirroja que se movía sinuosamente sobre el escenario, provocando a cualquier hombre que la miraba. Era preciosa. No, preciosa no… era la tentación personificada. Allí estaba ella con un minivestido plateado que simulaba las escamas de hermosos peces. Cuando las luces intermitentes de los focos colgados en el techo se derramaban sobre la tela, ésta expulsaba destellos de colores y parecía que aquella diosa de sensualidad desbordante nadara en un mar de colores. Desde luego, esa prenda minúscula dejaba muy poco a la imaginación... Su cuerpo era maravilloso, de curvas onduladas allí donde convenía. Su cabello le llegaba a media espalda y brillaba como si realmente fueran hebras de fuego con vida propia. Varek tuvo la necesidad imperiosa de saber si el triángulo de su pubis sería de aquel rojizo llameante. En efecto, aquella mujer poseía una belleza poco común; no pasaba desapercibida con ese cabello del color de la lava y esa piel blanca, que no cumplía con los cánones de bronceado que tanto gustaba a mujeres y hombres. Sin embargo, aquellas diferencias la hacían deseable, única entre muchas iguales. Muy a su pesar, Varek notó cómo su sangre hervía, y en poco rato, imaginarla desnuda, se convirtió en una obsesión. Él no era hombre de dejarse llevar por el deseo, y menos por una mujer que ni siquiera conocía. Con su novia ya tenía su ración de sexo. Porque, para él, el sexo era eso: dos cuerpos uniéndose, nada más. Lo veía como una especie de transacción comercial, no como un acto de amor donde se implicaban sentimientos. Al fin y al cabo, se trataba de dos personas adultas que se aliviaban mutuamente de una necesidad. No obstante, cuanto más miraba a aquella desconocida bailar, más la deseaba… De pronto, Varek se sumió en un mundo donde la fantasía siempre camina por delante de la realidad. Sin darse cuenta, su entrepierna despertó y notó cómo su pene empezaba a crecer dentro de su slip. No pudo reprimir su mente, pues iba a la suya y no atendía a nada que no tuviera el sabor de la lujuria. Imaginó esa parte de su anatomía entrando y saliendo del cuerpo de esa mujer poseedora de unas curvas que lo invitaban a pecar. Logró contener un gemido, pero no así su deseo de verla desnuda, que creció a la par que su pene. Necesitaba descubrir los secretos que ella escondía bajo aquel diminuto vestido plateado. Quería que se desnudara sólo para él… Cam interrumpió a Mady cogiéndola de la muñeca. Ésta, que todavía estaba bailando agarrada a la barra, se detuvo y la observó sin entender nada. —¿Qué pasa? —preguntó Mady. —Steve quiere que vayas a verlo ahora mismo —contestó alzando la voz para hacerse oír por encima de la música marchosa—. Me ha dicho que te sustituya, que tienes trabajo extra. A Mady se le iluminó el rostro. Bien. La noche se presentaba interesante, los trabajos extra daban muchas propinas. Tal vez ése sería su día de suerte. No tardó en llegar a la barra donde estaba Steve trabajando como cualquier otro de sus empleados, sirviendo copas sin parar. Era un buen jefe; tal vez algo inflexible, pero nunca le había exigido más de la cuenta. De origen mexicano, su aspecto intimidaba mucho, pues era muy alto y ancho de hombros, y su rostro siempre tenía una expresión de refunfuño que advertía no contrariarlo. Aun así, Mady, a veces, lo había visto sonreír. Llevaba el pelo completamente rapado y sus brazos estaban tatuados de arriba abajo, simulando alambres de espinos. —En el privado de arriba hay un cliente que quiere que le hagas un striptease —dijo el hombre nada más acercarse a ella. —¿En el privado de arriba? Eso es sólo para clientes muy exclusivos. Steve le alargó un margarita, que acababa de preparar, a un hombre que esperaba en la barra; éste, inmediatamente después, desapareció entre la muchedumbre. —El tipo está cargado de dinero —manifestó su jefe—. Así que lúcete, que la propina será buena. —¿Le has comentado las normas? —Sí, quédate tranquila —confirmó mientras cogía dos vasos—. No te pondrá un dedo encima. Ya le he dejado claro que no eres una prostituta, que puede mirar todo lo que quiera, pero que no puede tocar. Si te da problemas, toca el timbre de seguridad y entrarán los guardias. Mady asintió y enfiló hacia el reservado de arriba, dispuesta a realizar el número nuevo a ese desconocido. Su objetivo era impresionarlo con el fin de que le dejara una muy buena gratificación. Ella no sabía que, una vez entrara y cerrara la puerta del exclusivo privado, su vida cambiaría para siempre. .

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