Mady se detuvo delante de la puerta e inhaló una buena bocanada de aire en un intento de insuflarse fuerzas. No era la primera vez que se quitaba la ropa delante de un hombre, llevaba medio año en ese oficio y muchos la habían visto desnuda, pero no se acostumbraba a ello. En el pasado, cuando era Mady Wilson, la rica hija del poderoso empresario azucarero, jamás se había quitado la ropa en público: ni topless en la playa había hecho, ni siquiera delante de sus amigas de confianza. No es que tuviera complejos, lo que pasaba era que siempre consideró su desnudez una intimidad que sólo quería compartir con el hombre del que se enamorara. Sin embargo, sus sueños ya hacía tiempo que estaban descoloridos, que ya habían perdido el vigor con el que los pintó el pincel de la ilusión. Ahora aquello carecía de importancia, porque enseñaba su cuerpo a cualquiera que pagara bien; como el tipo que aguardaba detrás de aquella puerta. Así que no esperó más y entró. Mady se quedó mirando al hombre que estaba arrebujado en un sofá de terciopelo n***o que tenía la pinta de ser muy cómodo. Durante unos segundos, ninguno dijo nada; ella siguió observándolo en silencio, impresionada por lo guapo que era. Su cabello era corto, de un tono castaño oscuro, ligeramente ondulado. Sus ojos evocaban el azul profundo de un océano misterioso aún por descubrir. Llevaba una camisa celeste que combinaba a la perfección con unos pantalones color avellana. Desde luego que destilaba clase. Mady lo sabía bien, había convivido con la riqueza y era capaz de distinguir la ropa cara de la ordinaria, y ese hombre vestía sólo lo mejor. Sin embargo, Mady también sabía que lo realmente importante era la persona que había debajo de las prendas caras, y muchas veces valían menos que una bolsa de cacahuetes. Se trataba de una lección que había aprendido esos últimos meses de la manera más cruel posible. La mujer seguía contemplando al hombre mientras una mezcla de deseo y estupefacción sacudía sus entrañas. Incluso vestido, se apreciaba que todo en él era grande: sus hombros, sus brazos fibrados, su torso musculoso… y se preguntó si, lo que había escondido en el ecuador de su anatomía, también sería enorme. Mady se obligó a sacarse tales pensamientos de la cabeza y se acercó al desconocido. Éste se levantó y enseguida quedó a la vista la diferencia de altura. A Mady le dio la impresión de estar al lado de un rascacielos; incluso tuvo que levantar la mirada para poder observar los penetrantes ojos azules. Ambos no pudieron evitarlo y, cuanto más cerca, más ardía la mirada de él y más se empapaba el tanga de ella. La chica no entendía su reacción. De acuerdo que aquel tipo estaba bueno, ¿qué hembra no desearía ser invadida por la virilidad de un hombre así? Muy a su pesar era humana y, como tal, tenía sus fantasías... y en ese instante deseó que ese desconocido la pusiera a cuatro patas en el sofá y la penetrara hasta el fondo. Sin embargo, no estaba ahí para eso. No era una prostituta y, aunque no se consideraba una, , nunca se acostaba con los clientes. Siempre había soñado con una relación formal y el tipo que tenía delante no cumplía los requisitos, pues era demasiado rico y guapo, defectos que lo harían asquerosamente insoportable. Había conocido a una infinidad en el pasado, en otra vida que a duras penas recordaba y que más le valía olvidar. Los segundos fueron deslizándose por el tiempo y ninguno de los dos dijo nada. Instintivamente, Varek alargó la mano pidiendo con ese gesto que ella alargara la suya. No supo qué le empujó a hacer aquello, pero ella entendió el mensaje no pronunciado y, como si estuviera poseída por un conjuro, estiró el brazo. Varek sintió latir su corazón de emoción y, en cuanto sus manos se unieron, se atrevió a acariciar su piel blanca con el pulgar, trazando círculos sedosos. Su dedo se demoró largo rato allí, encendiendo con aquella tenue caricia todo su ser. Se miraron fijamente; el azul océano de uno se solapó con el gris del otro. Ahora parecían una misma mirada enredada en fantasías silenciosas, en sueños imposibles, en anhelos profundos. No se atrevieron a romper el silencio y quedaron enlazados por unas cadenas que hablaban de pasión. De pronto Mady quedó indefensa a lo que esos ojos oceánicos le decían, a lo que ese dedo escribía en su piel. Sabía que quería besar su boca: se lo decía su mirada, posada en sus labios rojo carmín. Sabía que quería deslizar su aliento por su vientre: se lo decía su respiración agitada. Sabía que quería que su lengua corriera libre por su sexo: se lo decía el tacto caliente de su mano. Cuando la joven se dio cuenta de lo que estaba pasando, se retiró tan rápidamente que por poco perdió el equilibrio y tuvo que esforzarse en que eso no pasara. Por su parte, él pareció recuperar algo de sentido común y se limitó a alzar las comisuras de sus labios. En cierto modo se había dado cuenta de su error. Como abogado había aprendido a controlar su lenguaje corporal; era increíble lo que podían llegar a decir los gestos y miradas, y él lo usaba siempre a su favor, estudiando a sus clientes y enemigos. En cambio, la concentración de testosterona que en ese instante había en sus testículos, y que seguramente circularía por su torrente sanguíneo seduciendo todo su ser, le había hecho bajar la guardia. Encima, ella era una desconocida y supuso que tendría a muchos como él babeando a su alrededor, de los cuales se aprovecharía sacándoles tanto dinero como pudiera.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él, rompiendo el hielo. A Mady le llevó un rato procesar la pregunta. Y es que tenía la mirada puesta en cómo se movían sus labios, en cómo se curvaban a cada sílaba. ¿Arquearía de aquella manera esos rebordes carnosos mientras le besaba todo su cuerpo? Tales pensamientos le arrancaron un ligero gemido... cuando los imaginó succionando sus pezones. Varek arrugó el entrecejo, receloso de que ella no contestara. Por un momento se planteó si era sordomuda, pues no dejaba de mirar su boca y creyó que leía en sus labios. Sus dudas se disiparon en cuanto contestó.
—Ma… —Se detuvo al instante. Era tal la calentura de sus neuronas que por poco le hicieron cometer un error. Por nada del mundo diría su verdadero nombre, y menos a un desconocido que deseaba como un loco verla desnuda. Tenía que concentrarse—. Sirena.
—Sirena… —repitió. Pronunció cada sílaba como si adorara cada letra; desde luego que puso música a su nombre con ese punto ronco de su voz. Mady sintió que las rodillas le temblaban. ¿Acaso ese hombre tenía algún defecto? Mady sonrió a fin de recuperar su temple frío y hundió sus pensamientos en la oscuridad de su alma. Ella estaba acostumbrada a tener el control en esas situaciones, su amiga Cam y Steve le habían enseñado a hacerlo. Por su seguridad, no podía dejar que sus clientes tomaran el mando si no quería acabar lidiando con un pulpo de hombre. Hasta ahora nunca había tenido ningún percance; sabía marcar los límites, ya fuera con palabras o gestos. Por ello, empujó suavemente a Varek al sofá y lo obligó a sentarse. Se miraron a los ojos durante un breve instante; la mujer era consciente del poder que ejercía sobre ella y no dejó que esos pozos oceánicos la engulleran otra vez. Después, se fue a la tarima que hacía de escenario, situada a un par de metros del sofá, dispuesta a realizar el baile para irse cuanto antes. Aquel hombre la ponía nerviosa de una manera especial, sacudía sus entrañas con sólo una mirada, y de pronto quiso salir de allí. Increíble… sintió vergüenza por que la viera sin ropa y, teniendo en cuenta que muchos hombres la habían visto desnuda, aquello era de lo más ridículo. Al instante su rostro se ruborizó, lo notó caliente y se regañó mentalmente: a esas alturas de su vida debería estar curada de esa «enfermedad». Lo observó de soslayo; él la seguía mirando fijamente, con una sonrisa de expectación grabada en el rostro. A Mady el miedo la abrumó; su intuición le decía que no sería como los demás striptease. ¿Y si se negaba a desnudarse para él? Desde luego, sería lo más sensato. No obstante, un ramalazo de dolor acudió a su mente. «Dentro de una semana, si no pagas la factura, nos veremos obligados a echar a tu madre…», le había dicho Karen, la directora del hospital especializado donde estaba ingresada su progenitora. La realidad la volvía a azotar y sabía que no podía flaquear, hacerlo significaría perder mucho. La palabra «supervivencia» acudió en su auxilio y entonces puso la música. Ahora tocaba coger impulso y seguir. Glory Box,[1] del grupo Portishead, empezó a sonar en aquel privado mientras el fulgor de un juego de focos, puestos de forma estratégica y que parpadeaban suavemente, se derramaba cual cascada de agua sobre el cuerpo de Sirena. A las primeras palabras de la canción, ella dio unos pasos hacia delante y entonces las luces quedaron detrás de ella, ensombreciendo parte del cuerpo femenino. Ahora aquella Sirena plateada parecía un sueño erótico que salía de un mar de colores. A Varek le dio la impresión de estar en el paraíso y deseó con toda su alma que las siguientes noches aquella Sirena apareciera para sumirlo en un huracán de fantasías. No había nada más desesperante que anhelar algo y no poder tenerlo nunca... como en aquellos momentos, porque deseaba como un loco poseer de mil maneras a aquella mujer que se ofrecía delante de él como si fuera un gemido de locura que no se podía atrapar. La música erótica de Glory Box flotaba como las estrellas en el cielo y acariciaba, y extasiaba, y enardecía, y provocaba, y desesperaba a Varek a la par que los movimientos sensuales de su Sirena. «Te quiero desnuda», decía su mente en silencio. «Te quiero vestida por mi aliento», decía su corazón. Sirena se dio la vuelta y quedó de espaldas a Varek mientras sus caderas traviesas se movían sinuosamente. Sus dedos se deslizaron y atraparon las tiras del vestido; lo deslizó hacia abajo por los hombros, por los brazos, por las caderas, hasta que cayó al suelo como un retazo de luna brillante. Ella seguía, y seguía, y seguía con sus movimientos pélvicos, mostrando su trasero en la penumbra.
La mirada de él se perdió en el cuerpo de Sirena. Gemidos silenciosos resonaron en su alma. Quería tocarla, saborearla. Ella alzó los brazos, movió su cuerpo.
La música lo embriagó; esos gemidos, esos susurros… Imaginó que la tocaba. Sirena se dio la vuelta y por fin él pudo ver sus jóvenes senos, manjares del deseo. Luego ella paseó sus yemas por aquellas puntas endurecidas, redondas, jugosas, rosadas… Por todos los dioses, él anhelaba ser esas manos, pasear libremente por aquellos picos que seguramente serían suaves como el tacto de un rayo de sol. Sirena continuó; sus dedos ahora se dirigían al valle de su vientre mientras la mente de él enloquecía. La música seguía y ella danzaba como una llama lamida por la brisa, hipnotizando a quien la mirara. Varek tuvo la impresión de que las notas musicales se detenían, que quedaban suspendidas en el aire excitadas de tanto placer. Las yemas se deslizaron por el interior del tanga y se detuvieron allí, donde el pecado tiene el color de las rosas y el sabor de la ambrosía. Un pálpito recorrió su pene, se iba a volver loco. Sirena llevó sus dedos a las tiras del tanga, las deslizó por la cadera, arriba, abajo, arriba… provocándolo, llevándolo al límite de su aguante. Necesitaba ver lo que escondía ese triángulo de ropa plateada. Necesitaba que dejara al descubierto el monte de la pasión. Su sangre hervía. Varek notaba cómo los latidos de su corazón acompañaban el éxtasis de la canción. Su pene y sus testículos empezaron a pulsar frenéticamente, cada vez más deprisa y con mayor intensidad. Centró sus cinco sentidos en esa silueta femenina enardecida y pronto se convirtió en una orgía de sensaciones, provocando que cada centímetro cuadrado de su carne eréctil vibrase expectante. ¡Oh, le dolía! Un dolor delicioso que lo hacía temblar de necesidad como nunca antes. Apretó los puños buscando con ese gesto controlar aquella parte de su anatomía, pero no dio resultado, pues la adrenalina de su cuerpo enturbiaba sus pensamientos y todos confluían en su necesidad de copular con ella. Su mirada la acariciaba y se encontró haciéndole el amor con los ojos; sin embargo, necesitaba más, mucho más de ella… ya, en ese mismo instante, en aquel preciso momento. No pudo evitarlo, se levantó y sus pies lo llevaron a ella. A Mady el corazón también le latía muy deprisa, incluso lo oía por encima de la música; parecía un tambor enfurecido. Se había prometido no mirarlo, y en cierto modo lo había conseguido. Sólo se había atrevido a hacerle alguna ojeada furtiva. De nuevo, se concentró en la música y se dispuso a quitarse el tanga; se negaba a girar el rostro, pues sabía que se encontraría con esos ojos oceánicos cargados de deseo. Sin embargo, no pudo deshacerse de ese minúsculo trozo de tela porque él estaba allí, encima de la tarima, atrapándola en un abrazo. Entonces lo miró y fue su perdición. Dos océanos de cristal azul la contemplaron. En el interior de Sirena, la primavera germinó y, como si el deseo y el anhelo fueran flores, llenaron un jardín de bonitos colores. Ella dejó de pensar y un arco de esperanza se tensó para lanzar la flecha del olvido directo a su corazón. Porque quería olvidar el pasado, quería probar un trocito de paraíso, cobijarse bajo las ramas de la felicidad aunque sólo fuera un instante. No lo apartó y dejó que un beso anclara en su boca, que sus brazos atraparan su cintura femenina en un abrazo de promesas. Los valles y montañas de sus cuerpos encajaron a la perfección. Las lenguas entraron en contacto, se enredaron, se succionaron, mientras una hemorragia de lujuria salía de las almas de los amantes. Sirena tuvo la sensación de besar una brizna de cielo, y Varek, de besar la felicidad. En sus labios se fundió el deseo, y el sabor de un rayo de esperanza acudió a sus bocas.
Las manos masculinas acariciaron el cuerpo de ella, tan delicadamente que parecía que amasaba el agua para darle forma de mujer. Sus dedos jugaron en su cuerpo y se detuvieron en las cumbres tibias de sus pechos para adorarlos con delicadeza. Ella gimió en el interior de la boca de él. Varek se sintió grande; ni un cartucho de dinamita explosionando dentro de su cuerpo hubiera causado tal estrago. Acto seguido, y poseído por el espíritu de un lobo en celo que huele a su hembra, le arrancó el tanga. Sin perder tiempo, se sacó su m*****o erecto, la tumbó en el escenario y la penetró como si la vida le fuera en ello. Pura lujuria habitaba en su alma. Glory Box [2]bailaba con los gemidos de la pareja, y las luces acariciaron sus pieles con sus colores. Varek no era delicado en sus embestidas; la penetraba sin parar, con anhelo salvaje, con descarnada necesidad, cada vez más deprisa, más fuerte, más hondo… empujado por los suspiros profundos y la entrega incondicional de ella. La inquietud por llegar al orgasmo lo atrapaba y cada gramo de su cuerpo gritaba en silencio. Siguió con sus arremetidas, entrando y saliendo, entrando y saliendo de lo más hondo de aquella carne de azúcar que su mirada saboreaba. «¡Así! ¡Así! ¡Así!», gritaba la parte salvaje de su interior que nunca creyó poseer. Su pene, untado por las mieles del placer, la penetraba sin descanso al tiempo que el clítoris se friccionaba en sus paredes redondas. Se lo decían aquellos gritos femeninos y el cuerpo delirante que se sacudía entre sus brazos debido a que estaba a punto de llegar a la cumbre más alta. Entonces, no esperó más, la penetró una última vez... su esencia de hombre se empezó a derramar en el interior de Sirena. El orgasmo los alcanzó y, como si la sangre que circulaba por los amantes se hubiera convertido en vino tinto ardiente, los embriagó hasta casi hacerles perder el sentido. Pasaron unos segundos que tuvieron el sabor de la victoria. Los cuerpos se templaron y las mentes recuperaron el control perdido. Fue Varek, que todavía estaba unido a ella, el que primero tomó conciencia. Miró a la mujer que tenía debajo de su cuerpo, sus pechos blancos, coronados por cumbres erectas rosadas, que bajaban y subían al ritmo de su respiración agitada. En un primer momento se negó a mirarla a la cara, porque temió encontrar rechazo a su conducta. Se había comportado como un animal poseído por el demonio de la lujuria, en una bestia sedienta de sexo. Pero la tentación pudo más y, cuando sus ojos oceánicos se unieron a aquellos iris grises, su corazón dio un vuelco. Se encontró con la mirada de la felicidad, con el brillo del sol, con la sensualidad de la luna, con la melodía de la pasión. Para su estupefacción, deseó de nuevo hacerle el amor como un amante considerado haría con una mujer especial. Su m*****o se negó a desinflarse y siguió erecto, hambriento de sexo. Pero esta vez la cordura acudió a su mente. Cerró los ojos un breve momento y allí, detrás de los párpados, aleteó la más cruda realidad: aquello había sido un error, una locura, un arrebato… Varek no sabía ponerle nombre, sólo tenía claro que había sido un error, un terrible error. De pronto se dio cuenta de que no se había puesto preservativo. «Dios mío, ¿Qué he hecho?» En cambio, a Mady le llevó un rato más recuperarse de la impresión. Notaba aquel pene dentro de sus entrañas, tan erecto y enorme que apretaba las paredes de su v****a. Su clítoris palpitaba y se negaba a deshacerse de ese hormigueo delicioso. Lo cierto era que se sentía bien. Demasiado bien. Incluso se negó a moverse por temor a que aquella magia que se había tejido a su alrededor se esfumara. Se limitó a sostenerle la mirada, contenta por las emociones que su cuerpo experimentaba. Por eso se atrevió a alargar su mano con intención de acariciar aquel rostro masculino de facciones equilibradas. De cerca era aún más guapo, más deseable. En el fondo quería cerciorarse de que el hombre que tenía delante era real y no un sueño. Pero Varek detuvo aquella pequeña mano antes de que lo rozara siquiera. No podía permitir que lo tocara si no quería perder la batalla que se libraba en su interior. La deseaba de nuevo y se odió por ello. Varek sólo era consciente de que no podía razonar, ni controlarse. Ella se había introducido dentro de su ser como si fuera un gas letal, adormeciendo al hombre sensato, calculador y frío que había sido siempre y del cual se sentía orgulloso. Estaba sedado por el influjo de la lujuria más salvaje y había reaccionado sin ni siquiera pensar en las consecuencias. Pero si una cosa tenía clara era que no iba a dejar que pasara otra vez. Desde luego que ese «arrebato» no iba a tener continuidad. Respiró hondo y dejó que el hombre frío y calculador que había sido siempre saliera al exterior. Bien.