CAPITULO 3

4306 Words
Varek empezó a salir del interior de aquella sirena y se abrochó la cremallera de los pantalones con rabia. Esa misma rabia cubrió sus ojos y,cuando volvió a contemplar a la chica, se encargó de mantener esa expresión dura, ya no sólo en la mirada, sino que todas sus facciones mostraban fiereza contenida. En un principio le costó, porque ella seguía mirándolo con adoración y por poco lo derrumbó otra vez. No obstante, consiguió su propósito, siguió manteniendo aquella expresión que descolocó a Sirena. Ésta se sentó en la tarima y abrazó sus rodillas tapando su desnudez, todo ello acompañado por un rostro que mostraba turbación. —No me he puesto preservativo —dijo fríamente él, como si fuera el encabezado con el que se abre un programa de noticias. Mady tragó saliva; había estado tan deliciosamente sumergida en su sueño que ni siquiera se había dado cuenta de aquel importante detalle. —No tengo ninguna enfermedad, si es eso lo que te preocupa — aclaró de la misma manera helada que había empleado él. —Ni yo tampoco —se apresuró a explicar algo más relajado; era evidente que enterarse de que ella estaba sana le había supuesto un gran alivio. Mady guardó prudencialmente silencio. Le hubiera gustado ser lluvia para confundirse con ella y desaparecer en el suelo. A decir verdad, se sentía estúpida o, mejor dicho, una gilipollas integral, y más ahora, cuando sentía el semen de él empapar todo su sexo. Era increíble que algo tan íntimo y especial se lo hubiera entregado a un desconocido. Sí, increíble su estupidez y su pérdida de cordura. ¿Cómo había podido cometer tan tremendo error? Su autoestima se había esfumado, y ahora estaba tan desnuda como ella. Porque, como había imaginado, ese tipo rico era tan engreído que seguramente, ahora que había conseguido lo que había querido, la trataría como basura. Y pensar que ella le había ofrecido había querido, la trataría como basura. Y pensar que ella le había ofrecido gustosa su cuerpo... Las manos empezaron a temblarle, quería salir corriendo de allí, pero el frío que de pronto sintió le recordó que seguía desnuda. ¡Qué vergüenza! Miro el tanga, pero él se lo había arrancado y estaba inservible. Inmediatamente después, dirigió su mirada al vestido, que reposaba como una charca de agua plateada a unos dos metros de donde estaba. Él pareció leerle la mente, ya que se lo acercó y luego se dio la vuelta para permitirle privacidad. Aquel gesto confundió a Mady debido a que no esperaba tal muestra de caballerosidad. Cuando él se dio de nuevo la vuelta, se la encontró de pie y vestida. Era preciosa; ella era magia, sensualidad, fantasía, erotismo en estado puro. Su cabello rojizo estaba desmadejado debido a su devastadora pasión, pero, aun así, en medio de aquel desorden ella estaba bella, única entre todas. En verdad aquel cuerpo merecía ser adorado. Sin embargo, reprimió cualquier mal pensamiento y la miró como si saborear aquella carne fuera pecado, o más bien como si temiera perderse en esas ondulaciones creadas para ser tocadas, besadas… amadas. ¿Amadas? Ahora sí que estaba loco de remate. Realmente había perdido la cordura. No le llevó mucho tiempo recuperar el sentido común, pues el amor no existía en su mundo, sí en cambio el dinero, los negocios y el poder. Y no se permitió olvidarlo. —Descartada la enfermedad, lo que me preocupa es otra cosa —dijo impaciente. Quería marcharse cuanto antes, dado que quedarse significaría caer otra vez en la tentación. Se lo advertía esa parte de su anatomía que apretaba dentro de su slip reclamando más de ella —. Supongo que una chica como tú tomará precauciones para no quedarse embarazada… — ¡Mierda! Las palabras salieron antes de poder detenerlas. La había insultado sin darse cuenta. Aunque no era su intención ofenderla, tampoco hizo nada para subsanar su mala educación; además, ella tenía un oficio que invitaba a pensar de aquella manera. Se limitó a erguirse orgulloso, esperando una confirmación. A Mady no le sorprendió su falta de tacto; es más, consideraba que la había insultado con educación. No le había hecho falta pronunciar la palabra «puta» para tratarla como tal. De todos modos, eso no impidió que le doliera una barbaridad y que quisiera abofetearlo. Pero daba igual, tenía asumido que su oficio no era el más respetable de todos y llevaba asociado unas etiquetas nada agradables. De acuerdo que había chicas para todo; sin embargo, daba la casualidad de que ella sólo se quitaba la ropa, nada más. Hasta ahora. Su conciencia la estaba avisando de que estaba traspasando la línea que ella había marcado. —También puedes descartar el embarazo, las chicas como yo vamos con mucho cuidado —dijo con su alma hecha trizas. —Oye, lo siento, pero esto no es un juego… ¡Claro que sabía que no era un juego!, porque, en el caso de que se quedara embarazada, el problema sería suyo y no de él, dado que no tardaría ni un segundo en negar su paternidad. Sin embargo, daba la casualidad —por suerte, y agradeció al cielo que así fuera— de que acababa de terminar con su menstruación apenas esa misma mañana. Ella era muy regular en sus ciclos, por lo que sabía que la ovulación tardaría varios días en desencadenarse. Era prácticamente imposible que concibiera ese día, ni en los dos o tres próximos, el tiempo que tardarían en morir los espermatozoides dentro de su útero. O eso creía, nada se podía asegurar al cien por cien, y más cuando se trataba de un asunto tan delicado, donde muchos factores escapaban a su control. Por otro lado, no iba a compartir esa información con él; con que supiera que debía estar tranquilo ya tenía suficiente. Así que se lo dejó claro una segunda vez. —Como te he dicho, puedes estar tranquilo. —Y no añadió nada más. Hizo amago de marcharse, cosa que Varek percibió. —¡Espera! —pidió. Ella detuvo sus intenciones. Para entonces, él estaba sacando su billetera del bolsillo—. Tu… tu propina… —mencionó como con vergüenza; en el fondo parecía más el cobro de unos servicios sexuales. Mady también lo interpretó así y la bilis subió hasta su garganta. El placer que había recibido minutos antes se ensució con el olor a dinero. Se sintió como si un camión de basura descargara su contenido encima de ella. Si bien necesitaba efectivo con urgencia, de pronto un cúmulo de sentimientos de culpa se aunaron en su interior. Supo sin ninguna duda que, si aceptada ese propina, sería como afirmar que lo haría todo por dinero, así tuviera que robar, engañar, estafar u otras tantas cosas que contaminarían su alma. Sabía que estaba a un paso de cruzar la línea, esa línea invisible que separa el bien y el mal, lo correcto de lo incorrecto. De acuerdo que ella era pobre, no tenía dónde caerse muerta, y encima cargaba con muchas deudas. Pero eso no significaba que no tuviera los mismos derechos que cualquier otra persona. Y sabía que, cuando un ser humano perdía su dignidad, lo perdía todo. Y su dignidad no la compraba un puñado de dólares. Así que no hizo falta decidir nada y se fue de allí tan rápido como se lo permitieron sus piernas calzadas con unos zapatos de tacón de infarto. A Varek no le había dado tiempo ni de sacar el dinero de la billetera. Mady se había marchado rápidamente, demasiado rápido para ser exactos. De hecho, Varek lo prefería así. Sinceramente… no, no lo prefería así. Hubiera deseado preguntarle su número de teléfono, o invitarla a cenar. En el fondo hubiera querido alargar un sueño con final feliz; pero él era un hombre realista y era mejor cortar por lo sano. Tenerla cerca significaba perder el control y él controlaba el control; siempre había sido así y no quería que aquello cambiara. Nunca antes se había dejado llevar por sus impulsos, y menos por su deseo, porque hacerlo significaba perder la lucidez. No podía permitirse pensar con la polla; lo había hecho esta vez y ni siquiera se había acordado de ponerse un preservativo. Por lo general nunca cometía tales errores. Antes de conocer a Rebeca, su novia, mantenía relaciones sexuales con condón, pues nunca le habían gustado las sorpresas. En cambio, ahora estaba con Rebeca y ella tomaba la píldora, con lo que no hacía falta usar otras precauciones, y por su parte nunca le había sido infiel. Hasta ese momento. Varek se dio cuenta con cierto humor de que se encontraba todavía en el privado. De nuevo sonaba Glory Box[3] y las luces de colores seguían acompañándolo y le recordaban lo estúpido que había sido. Dirigió su mirada al suelo, al lugar donde apenas cinco minutos antes él había estado entre los muslos de ella, penetrándola sin piedad. El tanga roto era el único recuerdo tangible que había; sin embargo, otro recuerdo mucho más intenso estaba emborrachando su alma para siempre, porque el cuerpo desnudo de Sirena ocupaba cada uno de sus pensamientos. Se agachó y recogió aquel retazo de ropa plateada, lo olió y el aroma dulce a deseo, a primavera, a brisa marina, a sueños imposibles, penetró todos sus sentidos. Su cuerpo reaccionó y la deseó con tal intensidad que ni su autocontrol pudo apagar una lascivia que crecía en todo su ser a pasos agigantados. Se guardó el tanga en el bolsillo dispuesto a olvidarse de aquella noche. Tenía que hacerlo. Para su desesperación, sus pies no se movieron, simplemente no podía marcharse de allí; miraba fijamente la puerta, como si temiera salir de ese reservado, porque hacerlo significaría aceptar que todo había acabado. Era evidente que ese instante placentero había desaparecido, ya había sido engullido por el pasado. Entonces, ¿por qué no podía irse? ¿Por qué continuaba mirando la puerta con la tonta impresión de que ella aparecería otra vez? Aquello no tenía ni pies ni cabeza. Deseaba marcharse, pero se sentía como una gaviota sin alas. Se recordó que él era Varek Farrow, un abogado de éxito del sobradamente conocido bufete Farrow & Baker Lawyers. No conocía la palabra «fracaso», su carrera estaba plagada de éxitos y, en cuanto empezara su camino como político, estaba seguro de que también sería así. Su temple calculado, frío y despiadado y su don de supervivencia en los juicios lo habían catapultado a ser uno de los abogados más reconocidos del país. Incluso sus sentimientos los mantenía bajo control, y su maldita polla también acostumbraba a obedecer sus órdenes. Sin embargo, por más que su mente le decía a aquella parte de su anatomía que se calmara, ésta seguía a la suya y se mantenía erecta y desatada, cual río furioso pide desbordar, a la espera de un segundo asalto, un tercero, un cuarto… Jamás se había descontrolado de esa manera. Sus padres le habían enseñado, de pequeño, a gobernar su vida y sus emociones como única manera de conquistar el futuro. Y ahora una sirena había salido de un océano de fantasías para atraparlo en unas redes llamadas lujuria. Ella tenía que desaparecer incluso de sus pensamientos. Sólo había sido un error. Nada más. Mady no prestaba atención a los piropos —unos de buen gusto, y otros, muy soeces— que los hombres le lanzaban. Estaba demasiado ocupada corriendo hacia la parte privada que tenían los trabajadores del Crystal Paradise. Por suerte, el camerino de las chicas estaba vacío, todas estaban ajetreadas en sus puestos. Aquello le permitió disponer de unos minutos de intimidad que le vinieron como anillo al dedo. Sus manos dejaron de temblar y su corazón empezó a latir con normalidad. Sin embargo, sus caricias seguían ahí, torturándola como si fueran tatuajes recién hechos. No quería sentirlas, pero el cosquilleo de su piel le recordaba que seguían grabadas a fuego mientras en su corazón se abría una herida que sabía que nunca iba a cicatrizar. ¡Maldito fuera una y mil veces! Sí, maldito fuera, porque ahora no sabía cómo iba lograr olvidar a un hombre que la había inundado de tanto placer. Se sintió ridícula por pensar en eso, pero el caso era que el orgasmo la había desintegrado por completo. Sólo le habían hecho falta un par de minutos para dejarla marcada para siempre. Mady detestaba sentirse de aquella manera, tan indefensa y turbada, sin saber qué hacer. Un año atrás lo había perdido todo, pero al menos había conservado su orgullo para salir adelante. En cambio, ahora, notaba que éste se resquebrajaba y sabía que, si aquello sucedía, ya no le quedaría nada de nada. De modo que se metió en la ducha dispuesta a que el agua y el jabón borraran aquellas caricias y cualquier huella de pasión. Necesitaba que le dejara de quemar la piel, y por eso se restregó con la esponja mientras sus lágrimas descalzaban su mirada. Fue Cam quien la interrumpió. Se encontró a Mady acurrucada en un rincón de la ducha mientras el agua caía sobre ella. Cerró el grifo y la instó a que saliera. Mady se puso un albornoz. —¿Qué ha pasado? —preguntó Cam—. Desde la pista te he visto entrar corriendo. He conseguido escaparme para saber qué te ocurre, y no intentes engañarme: ¿qué ha sucedido en el privado? —Nada… —susurró. —¿Nada? Mady… Cam le pasó una toalla para que se secara el cabello, pues éste chorreaba. Mady se ubicó delante del espejo. El maquillaje, debido al agua, se le había corrido y sus ojos grises estaban circundados por una sombra oscura, dando a su rostro un aspecto deplorable. Cogió un algodón redondo, lo empapó de crema desmaquillante y empezó a quitarse todo el maquillaje. Aún no había acabado con la tarea cuando Steve irrumpió en el camerino. —Mady, ¿qué coño ha pasado? —gritó Steve y cerró la puerta de un golpe—. Ese tipo me ha dicho que te has dejado esto —manifestó al tiempo que alargaba su mano y dejaba un puñado de billetes en el tocador donde Mady estaba desmaquillándose. Cam abrió los ojos de par en par cuando vio tal cantidad de billetes—. ¿Cómo puedes dejarte una propina tan buena? ¡Dios, qué pinta tienes! —exclamó cuando se dio cuenta del aspecto de la mujer—. ¿Te ha hecho algo ese hombre? —le preguntó, y su cara, de facciones marcadas, tomó un aspecto furioso—. Dime la verdad, Mady —exigió mientras buscaba signos de golpes—; no dejaré que nadie haga daño a ninguna de mis chicas. —No ha pasado nada; me he despistado y no he cogido el dinero,nada más —se apresuró a explicar Mady—. ¿Acaso no os pasa de vez en cuando? Soy humana. Mady prefería no contar la verdad, puesto que sabía cómo reaccionaba Steve si alguien se atrevía a tocar a alguna de sus chicas. Lo recordaba demasiado bien. Dos meses atrás, un sinvergüenza trepó al escenario mientras realizaba uno de sus números. Se abalanzó sobre ella con intención de manosearla; cosa que no hizo, ya que apareció Steve con sus puños de acero, recordándole a aquel tipo que nadie ponía un dedo encima de sus strippers. Cabe decir que el sinvergüenza acabó en el hospital con un par de costillas y la nariz rotas. Steve podía llegar a ser muy persuasivo. —Muy bien —pronunció él entrecerrando sus ojos negros, dando fe de que no se había creído la explicación de ella, pero que no iba a insistir. Dejó a un lado su parte protectora y salió a flote la del jefe exigente—: Recordad que aquí encerradas no me servís de nada, así que menead vuestro trasero, que hay trabajo que hacer —dijo duramente—. Mady, a ti te esperan otra vez en el reservado de arriba, una despedida de solteros, quieren divertirse un rato. Mady soltó el aire tan bruscamente que Steve y Cam se sorprendieron. —Ya iré yo —sugirió Cam; sabía que su amiga estaba al borde del llanto. Realmente algo le había pasado. Por su parte, Steve se guardó su ofuscación; también se había dado cuenta de que Mady estaba mal. —Pues espabílate, que ya hace rato que esperan. Una vez que Steve hubo salido, Mady rompió a llorar y Cam la abrazó. —Oye, descansa un rato. No queda mucho para acabar la noche —le sugirió Cam. La aludida asintió con la cabeza y, mientras se limpiaba las lágrimas con la manga del albornoz, dijo: —He cometido un error… —Luego hablamos; los solteros están esperando y, si tardo mucho, Steve nos va a pegar la bronca a las dos. Mady medio sonrió y asintió. Su amiga se marchó y ella se dejó caer, abatida, en la silla que había delante del tocador. Miró el puñado de dólares, sus dedos los tocaron y, por muy estúpido que fuera, sintió cómo quemaban en sus yemas. Por un lado odiaba ese dinero y, por otro, agradecía esa cantidad más que considerable, porque suponía un alivio para la factura del hospital de su madre. Tal vez incluso podría aplazar su marcha; Karen vería que estaba en vías de solventar la deuda y le daría más tiempo. De pronto unas compañeras entraron y Mady guardó el dinero, no quería que la interrogaran cuando se percataran de aquel puñado de billetes más que considerable. Nadie daba unas propinas como aquélla, y no hacía falta ser muy inteligente para saber que no sólo había bailado. Aunque ellas quisieron entablar conversación sobre cómo estaba yendo la noche, Mady se las ingenió para apartarse del grupo y vestirse en soledad, tal como quería. Se puso unos vaqueros y una camiseta roja de tirantes. No usó sujetador, pues no estaba con ánimos para rebuscarlo en su mochila. Steve apareció de nuevo y, en un acto de compasión, le ofreció a Mady su despacho para que encontrara la soledad que ella tanto ansiaba. En el fondo era un sentimental. Y también un buen amigo, el mejor que había tenido nunca. Varek se sentía estúpido y no paraba de repetirse esa palabra una y otra vez. Creía que, cuanta más distancia pusiera, más fácil resultaría olvidarse de Sirena. Nada más lejos de la realidad. ¡Estúpido! No podía sacársela de la cabeza... Si es que veía a Sirena allá donde posaba la mirada y, cuando cerraba los ojos, aparecía llenando de luz la oscuridad de detrás de sus párpados. No podía continuar de aquella manera. De modo que nada más llegar a su suite en el Gold Island Club, un hotel de lujo situado en una de las islas privadas de Miami Beach, empezó a hacer su maleta. Bueno, tampoco era que tuviera mucho equipaje, lo justo para dos días, el tiempo que había necesitado para cerrar el negocio. Además, en pocas horas tenía una importante reunión en su despacho junto a Daniel Baker, su socio, y un cliente relevante a quien tenían que defender. Así que su aventura en Miami casi estaba terminada. Pero él no había contado con que una delicada y bella sirena de cristal, de cabellos de fuego y mirada de luna, se cruzaría en su camino. Y ahora quería que su estancia en Miami hubiera sido de semanas, porque, ver a esa mujer bailar y desnudarse sólo para él, era lo que más deseaba. Anhelaba tocarla, penetrarla, ver otra vez el diminuto triángulo pelirrojo de su pubis. Cada vez que se acordaba de esa parte de su anatomía, se le encendía la sangre. Sin darse cuenta, ya estaba divagando otra vez en sus fantasías sexuales. Blasfemó en voz baja; no entendía cómo él, un hombre que calculaba cada minuto de su vida y cada emoción, podía desbocarse de aquella manera. Y lo peor de todo era que le gustaba estar sumido en esa sensación electrizante que provocaba que su cuerpo se revolucionara como nunca antes. Tenía el pene duro y grueso. Le dolía, ¡Dios, cómo le dolía! Tuvo que sacárselo de los pantalones en un intento de mitigar aquella tensión. No pudo evitarlo y sus dedos resbalaron por su erección. Gimió de goce cuando el recuerdo del placer que había recibido del cuerpo de Sirena hizo que cercara su falo con una mano. Una imagen que guardaba en su silencio, que sólo él conocía y que tanto le fascinaba. Seguía viendo su rostro, sus pechos, su pubis, sus piernas largas y esbeltas… En lugar de rechazar sus pensamientos, éstos tomaron el control. Ella encima de su regazo, cabalgándolo sin piedad. Ella dándole placer con la boca. Ella susurrándole al oído que la penetrara sin piedad. Ella y sólo ella. No pudo evitarlo y esos dedos se convirtieron en un instrumento para brindarse placer. Senderos lujuriosos se abrieron en su mente y dieron ritmo a esa extremidad. El aire se vistió de murmullos deliciosos, poniendo música a la soledad, a la ausencia de besos y caricias. Su móvil sonó; estaba tan ensimismado que en un principio no lo oyó. Fue el cosquilleo de la vibración del aparato dentro de su bolsillo lo que lo sacó de aquel estado hipnótico lujurioso. ¡Mierda! Rebeca. Sólo le hizo falta leer el nombre de su novia una y otra vez en la pantalla para que su dolorosa erección dejara de serlo. Aquello era preocupante. —Hola, cariño, ¿todo a punto para regresar? —preguntó la mujer. Varek se abrochó la cremallera y el botón de los pantalones y se sentó en el sofá de su suite. —Más o menos… —susurró. —¿Más o menos? El hombre suspiró, ¡qué pocas ganas tenía de hablar con ella! —Estoy cansado, Rebeca —mintió en un intento de que no preguntara más. En el fondo se sentía más vivo que nunca. No funcionó y ella continuó indagando. —¿Te pasa algo? Te noto… diferente. Varek se dio cuenta con estupor de que no quería hablar con su novia, que ya no le motivaba, que había perdido algo y no le importaba, que no se molestaría en buscar ese algo que había extraviado, y lo peor de todo era que el sentimiento que él creía tener por ella había muerto porque jamás había existido. Perfecto. Su vida había pasado de ser un remanso de paz controlado a un caos por culpa de una sirena. Sin embargo, ansiaba como un loco probar otra vez ese caos, dejar que su deseo tomara el control, llenar sus venas de pura adrenalina. Sin darse cuenta, su mente caviló la manera de conseguirlo y sólo necesitó un segundo, un corto e importante segundo, para dar con la solución. —Tienes razón. —Varek siguió mintiendo, y la verdad era que no le importaba—. Los compradores de Brown Sugar Wilson han puesto nuevas condiciones. Necesito una semana para cerrar de una puñetera vez el negocio. —¡Pero dentro de unas horas tienes la reunión con tu socio y el nuevo cliente! Ese senador es importante, te puede abrir las puertas en el futuro en el caso de que quieras dedicarte a la política. Recuerda, ya lo habíamos hablado. —No te preocupes, hablaré con Daniel, él… —¡No puedes desaprovechar esta oportunidad! —le cortó ella—. Moví hilos para que ese senador fuera a tu despacho y lo defendieras con el problema que supone esa denuncia. Si no acudes a la reunión, se lo va a tomar como un insulto. —Mi decisión está tomada, Rebeca. En el fondo ambos sabemos que lo haces más por ti que por mí, pero recuerda que he llegado donde estoy sin ayuda de nadie, así que no te atrevas a exigirme nada. Primero quiero zanjar el asunto de Brown Sugar Wilson. No acepto órdenes ni lecciones de nadie. ¿Te ha quedado claro? Varek era duro, no sólo en su faceta como abogado, sino que esa característica de su personalidad se extrapolaba a su vida privada. Nadie se atrevía a contradecirlo si no quería recibir una ración de frialdad difícil de asimilar. A Varek no le hacía falta insultar, ni armas, ni meterse en peleas para salir ganador en cualquier situación. Porque él era un maestro en eso, había aprendido desde pequeño a controlar a todo y a todos diciendo las palabras justas y necesarias, aunque éstas se clavaran como cuchillos en las carnes de sus víctimas. —Está bien —dijo ella sumisa; lo conocía y sabía que lo había presionado, cosa que él detestaba. —Bien, veo que lo has entendido. Buenas noches. —Buenas noches. Así era Rebeca; su afán de poder era tan grande como el suyo propio. Hacían un equipo perfecto, que ya no tenía tan claro. Lo cierto era que ella se veía en la Casa Blanca como primera dama. Había estado meses diseñando con asesores la manera de que él entrara en política; de hecho, fue ella quien lo animó a iniciar esa aventura, la cual resultaba tremendamente adictiva, pues como abogado ya lo había conseguido todo y necesitaba nuevos retos. Pero en aquellos momentos su reto consistía en volver a acostarse con Sirena. La deseaba. Quería verla gemir bajo su cuerpo. Quería penetrarla de miles de maneras. Quería abrirle las piernas y comerse su sexo. ¡Ohhhh, perfecto! Tenía una semana para cumplir sus deseos. Ella no se negaría, no podía negarse con lo que le iba a proponer. Primero buscaría otro hotel más discreto donde poder dar rienda suelta a su lujuria sin ser reconocido, y luego regresaría al Crystal Paradise y le haría una proposición. Sirena volvería a desnudarse sólo para él.
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