CAPITULO 4

2180 Words
—¡Tendrías que haberte aprovechado! —exclamó Cam cuando Mady terminó de relatarle lo sucedido la noche anterior en el privado con el desconocido. Ambas mujeres estaban en la habitación de Mady, arreglándose para empezar otra jornada de trabajo. En un rato, Steve pasaría a buscarlas; siempre lo hacía, al igual que siempre las llevaba de vuelta a casa. —¿Aprovechado? —preguntó escéptica al tiempo que se pintaba los labios de rojo. —¡Claro que sí! Tendrías que haberle dicho que tal vez había posibilidades de quedarte embarazada e inventarte un embarazo más adelante. Eso te hubiera permitido sacarle dinero. —Cam, no me gusta que pienses así —desaprobó horrorizada por lo que ella le sugería mientras guardaba el pintalabios en su bolso. —Y a mí no me gusta que vayas de mojigata y honrada. —Su voz sonó débil debido a que se estaba poniendo una camiseta a rayas y la ropa actuó de barrera. Cuando sacó la cabeza por el cuello de la prenda, continuó—: ¿Acaso tu honradez te quitará las deudas de encima? Sé de lo que son capaces los hombres, ninguno sirve para nada. Úsalos tanto como puedas y luego tíralos a la basura. ¡Ellos lo hacen con nosotras! —No todos los hombres son iguales —rebatió. —¿Que no? Venga… dime el nombre de uno. —Mi padre… —soltó sin pensárselo, dado que ella así lo creía y así lo vio siempre. Su padre era un buen hombre que amaba a su madre y a ella con una locura deliciosa. Cam la miró de soslayo mientras se ponía unos pendientes de aros plateados. —Mady, tu padre se suicidó y te dejó en la miseria. Si te hubiera querido, no hubiese hecho lo que hizo. —Esta vez usó un tono de voz tenue, porque sabía que sus palabras dolerían, pues eso mismo se lo había repetido muchas veces y sabía el efecto devastador que causaba esa afirmación en su amiga. —¡No es cierto! —contradijo—. Siempre dices lo mismo y no es cierto. Mi padre no supo encontrar el camino correcto. No por eso es culpable. Todos nos equivocamos y él se equivocó, y nunca lo voy a juzgar por ello. —No seas ingenua… —No, Cam —la interrumpió a la vez que se ponía unas sandalias blancas de tacón alto—. ¿Conoces la palabra «perdón»? Mady no quería enfadarse con su amiga, pero ella debía entender que en eso no llevaba razón. Perdonar no era un acto de cobardía, más bien era un acto de sabiduría y fortaleza. El fuego se apaga con agua, no con gasolina. Sin embargo, Cam siempre apagaba sus fuegos con litros y litros de carburante. Miró con rabia a Mady, no porque estuviera enfadada con ella, sino porque su mente volvió al pasado. Entonces, cuando habló, lo hizo con los dientes apretados, con el cuerpo en tensión y los puños pegados al cuerpo. —Cuando te golpean y te violan una y otra vez, la palabra «perdón» deja de existir. Mady suspiró. Cam tenía tantas cosas por superar que haría falta mucho tiempo. En parte la entendía, era mucho lo que había padecido durante largos años. Ella había convertido el odio en un sentimiento de subsistencia, en un alimento con el cual nutrir un alma destrozada. Pero ese odio, poco a poco, se había convertido en una enfermedad y había contaminado todos los otros sentimientos. Al fin y al cabo, ella había dejado atrás el pasado cuando desembarcó en Miami, y más le valía dejarlo allí, en Cuba. Tenía que curarse lentamente de las heridas, perdonarse a sí misma y a los demás y aprender la lección. Mady insto a su amiga a que se sentara en la cama. —Cam , no quiero pelearme contigo. Bien sabes que te agradezco lo mucho que has hecho por mi. Por eso te digo que te estas equivocando. Perdona tu pasado y sigue adelante. . ¿Acaso el odio hacia tu padre y marido harán que sigas adelante? Ese odio te va a corromper y alejara toto lo bueno que la vida te ofrezca. —Ese odio me hara mas fuerte. —Estas equivovada. Ese odio te hara mas debil, porque convives con el. Te volveras una persona amargada y llena de rencor, y eso hara que todos se alejen de ti incluso, sin darte cuenta, se lo contagiarás a tu hijo. ¿No ves que te hará más débil? Por eso yo decidí perdonar y seguir adelante. Y aquí estoy, luchando por sobrevivir. Podría haber escogido el camino que eligió mi padre, pero no lo hice. Decidí luchar; sé que al final de la batalla llega la recompensa. —No puedo perdonar… No estoy preparada —dijo con humildad. Mady la miró a los ojos y vio las lágrimas de la impotencia fulgurar en sus ojos negros como gotas oscuras de lluvia. El brillo del dolor se veía con tanta claridad en sus pupilas que Mady la abrazó. —Cam, estoy aquí para ayudarte. Si quieres llorar, llora. Si quieres gritar, grita. Pero no te guardes nada dentro. Las lágrimas y los gritos también ayudan a curar. Poco a poco lo conseguiremos; lo sabes, ¿verdad? Cam se alzó y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano mientras decía: —Estábamos hablando de ti, no de mí. Y sigo pensando que tendrías que haberte aprovechado de ese tipo. Le podrías haber sacado una pequeña fortuna. Yo lo hubiera hecho. Mady no dijo nada más. Sabía que su amiga siempre se refugiaba en el silencio de su mente cuando su interior amenazaba con derrumbarse. Es lo que conllevaba tantos años de odio. Cam era una buena chica, lo que pasaba era que ella aún no lo sabía. Tampoco ayudaba a que recordara siempre el pasado, cuando le decían, entre palizas, que no servía para nada, que era una inútil, que era una mala mujer. Al final se lo acabó creyendo. Sólo esperaba que algún día abriera los ojos y se diera cuenta de lo magnífica que era y de que no todos los hombres eran iguales. Estaría bien que conociera a alguno bueno y le demostrara cuán equivocada estaba. El w******p que recibió de Steve diciendo que estaba delante del edificio esperándolas zanjó la conversación. —Vamos, Steve ya ha llegado —le dijo Mady a Cam. Ambas recogieron el bolso y bajaron. Ya fuera, la noche había llegado ataviada con un manto n***o bordado de destellos de estrella. Como siempre, Mady se permitió saborear aquel techo resplandeciente; suspiró y rezó en silencio para que su jornada de trabajo fuera tranquila. Mientras circulaban por Overtown, Steve salió con lo mismo de siempre. —Chicas, con lo que ganáis, no sé por qué no vivís en un lugar más decente. En Miami hay muchos. Mady, que estaba sentada en el asiento del copiloto, y Cam, situada en el asiento trasero, guardaron silencio como siempre hacían cuando les comentaba lo mismo. Su jefe sabía pocas cosas de ellas, y lo preferían así... cuanto menos supiera, mucho mejor. Lo que ambas ni por asomo sospechaban era que él estaba enterado de más de lo que creían, pues nunca contrataba a nadie sin investigarlo. Por nada del mundo quería meter traficantes o algo parecido en su negocio. De acuerdo que Crystal Paradise distaba de tratarse de un negocio virtual; es más, en muchos parecidos a ese, la droga y la corrupción estaban a la orden del día, pero daba la casualidad de que, en el suyo, no quería nada de eso. Por ese motivo siempre se aseguraba de contratar a gente que pensara como él, que no hiciera de los malos vicios un negocio. De momento lo estaba consiguiendo, porque Mady y Cam, aunque la vida las había golpeado con fuerza, seguían con sus almas enteras y merecían lo mejor de la vida. Sobre todo Mady; con ella conectaba a otro nivel; tenerla al lado lo revolucionaba, y su compañía le agradaba. Pero él era su jefe y nunca jamás se liaría con una de sus chicas... aunque con Mady le estaba costando cumplir con esa promesa. Si bien Steve era amante de las motos, cogía el coche precisamente para recoger y llevar de vuelta a las chicas, ya que circular por aquellas calles, a según qué horas, significaba jugársela. Incluso la policía tenía verdaderos problemas allí. Eso sin contar las muchas veces que había fuego cruzado entre bandas o entre policías y delincuentes. Y las balas no llevaban nombre y cualquiera podía resultar herido o muerto, incluso ellas. —A veces no queda más remedio que vivir en lugares como Overtown. Morir o sobrevivir. No queda otra… —susurró Mady en un hilo de voz cuando vio a dos hombres de tez morena, uno joven y otro mayor, durmiendo apoyados en una pared y con dos jeringas a su lado. Era evidente que se habían chutado. En Overtown esas estampas eran normales. Steve desvió la mirada de la calzada, sólo el tiempo justo para ver tristeza en los ojos grises de ella. También miró por el retrovisor, y Cam no estaba en mejores condiciones. —Menudo careto lleváis la dos —señaló él mientras volvía a fijar la mirada en la carretera—. Espero que esta noche no me deis problemas. — El Steve severo atacó de nuevo—: Quiero vuestra mejor versión. A Mady se le revolvieron las tripas. Por algún motivo que no lograba comprender, bailar para deleite de los hombres ya no era una opción. Lo sucedido la noche anterior había calado hondo en su interior y la sensación de que se estaba convirtiendo en una prostituta la estaba dejando verdaderamente sin ánimos de continuar. No quería traspasar esa línea que se había marcado cuando empezó en aquel oficio. Necesitaba con urgencia el dinero, pero conseguirlo de esa manera no estaba en su mente. Tenía que ordenar sus emociones y enfriar su cuerpo, que clamaba por ser acariciado por un hombre del cual no sabía ni su nombre; sólo así la Mady de antes volvería. Sin embargo, necesitaba un paréntesis para recuperar lo perdido y no dudó en pedirlo. —Steve, ¿podría estar en la barra sirviendo copas? Hoy no me encuentro muy bien. —Su tono titubeante daba a entender que había algo más en esa petición. Ella maldijo en silencio su poca credibilidad—. Me… me duele mucho la cabeza. —Había sonado tan patético que en vez de arreglarlo lo había estropeado más. Se puso una mano en la frente para dar más énfasis a ese supuesto dolor. ¡Qué mal mentía! Steve estuvo a punto de ponerse a reír a carcajadas. Era la excusa comodín de todas las mujeres. Por Dios, no había suficientes analgésicos en el mundo para tanto dolor de cabeza femenino. De todos modos, sabía que esa petición tenía que ver con lo que le había sucedido la jornada anterior en el privado. Lo supo en el mismo instante en que ese hombre apareció en la barra diciéndole que Sirena se había olvidado su propina. Aunque había querido sonsacarle alguna información, aquel tipo era listo, muy listo, y no había soltado prenda. Por un lado, no podía permitir que sus trabajadoras tomaran el mando ni tampoco que le hicieran perder dinero. Pero, por otro, y dadas las circunstancias, se lo permitiría por aquella noche, sólo aquella noche. Además, Mady era especial para él... aunque no quería meditar sobre ello, y menos cuando la palabra «atracción» cruzaba su mente cada vez que pensaba en ella. —Está bien —dijo él mientras estacionaba el coche en el aparcamiento privado de Crystal Paradise—. Pero que te quede claro que sólo te lo permitiré esta noche. Mañana te quiero radiante, ¿me oyes? Si no me resultas rentable, voy a tener que despedirte. —Ni él mismo se lo creía, pero no podía perder su fama de jefe autoritario al que todos respetaban. Mady asintió con la cabeza. De momento se daba por satisfecha. Sólo esperaba que esa sensación de culpabilidad, frustración y miedo que se había incrustado en cada célula de su cuerpo se diluyera como la sal en el agua. Porque, si no era así, no tenía ni idea de lo que iba a hacer para ganar dinero rápidamente. Mady se estaba dando cuenta de que aquel desconocido se había llevado consigo algo más que unos minutos de desatada pasión. Con pesar, reconocía que su alma no estaba con ella, que, de alguna manera que no lograba comprender, él la había hecho prisionera. La vida otra vez se la estaba jugando. ¿Hasta cuándo el destino se cebaría con ella? Se estaba quedando sin fuerzas para superar tantas pruebas. Tenía que reaccionar, y empezaría por desechar de su alma todo aquello que la perjudicaba, como por ejemplo el deseo que sentía por que aquel desconocido la poseyera otra vez. ¿Sería capaz de conseguirlo?
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