El abogado no tardó en darse cuenta de que dos horas podían hacerse eternamente largas, y más cuando vio a Sirena hablar con Steve. Ojalá pudiera escuchar lo que decían, pero no estaba cerca y, aunque lo hubiera estado, la música de Icona Pop y su tema All Night,[4] que sonaba en esos momentos, le hubiera impedido cotillear la conversación. Se esforzó en leer los labios, pero no era un experto y sólo captó monosílabos sueltos que no le dieron pista alguna del tema de la charla. Lo que Varek no sabía era que Steve estaba al borde de un ataque de celos.
—¿Una semana de vacaciones? —preguntó escéptico mientras quitaba el tapón de chapa de una Fanta con un abridor.
—Sí, te estoy pidiendo unas merecidas vacaciones —corroboró Sirena cogiendo la Fanta sabor naranja, para luego vaciar el contenido en un vaso largo con hielo. Mady no quería decirle la verdad, pero tampoco quería inventar una gran mentira. Así que se limitó a decir una media verdad—: Estoy cansada y necesito descansar un poco. Sólo será una semana. —Le entregó el refresco a la chica que esperaba en la barra y ésta le pagó y se marchó. Steve no era estúpido. Además, conocía suficientemente a Mady como para saber que algo escondía.
La obligó a dejar de servir cogiéndola por los hombros mientras sus ojos negros se posaban en los grises de ella pidiéndole la verdad.
—A mí no me engañas. No me trates como si fuera idiota, no me gusta. Su mirada severa acentuaba aquella expresión dura que su jefe siempre tenía en el rostro. Pero no logró intimidarla y ella siguió en la tesitura de explicar sólo lo justo.
—Oye, te estoy pidiendo una semana de vacaciones. Mi vida privada es sólo cosa mía. ¿Me las das o no? Steve relajó su semblante porque se dio cuenta de que, ni bajo amenazas, conseguiría sonsacarle nada. ¡Qué tozuda era! No obstante, él aún lo era más.
—Sabes muy bien que sí, pero antes quiero que me digas la verdad. Si tienes algún problema, puedes confiar en mí.
—No tengo ningún problema, sólo cansancio, Steve. ¡Déjame en paz! Steve abrió la boca para hablar, pero no pudo continuar con la conversación. La voz de Varek lo interrumpió.
—Mientras espero, me tomaré otro whisky. El abogado se había acercado expresamente con la intención de finalizar con aquel diálogo. En cuanto había visto que ese desgraciado agarraba a su chica por los hombros y que encima se había acercado peligrosamente a su cuerpo, había salido corriendo a separarlos. Si tenía que usar la fuerza bruta, lo haría encantado. Disfrutaría sobremanera rompiendo la nariz de ese gilipollas tatuado. Por su parte, Steve lo maldijo en silencio y en todos los idiomas que sabía. Otra vez importunando... La noche no iba a acabar bien. Lo presentía.
—¿No decías que habías probado de mejores? —le recordó Steve con el propósito de hacerlo enfadar.
—Sí, pero más vale esto que nada, ¿no? Sirena, en cambio, agradeció en silencio la interrupción. Sabía que decirle medias verdades a Steve resultaba muy difícil. Los miró a ambos alternativamente. Tal vez no había sido buena idea que Varek se hubiera metido en la conversación, pues la tensión que se palpaba entre ellos era explosiva.
—Ya me ocupo yo —dijo la joven mirando de refilón a su jefe. A Steve no le dio tiempo a decirle que no, tal como quería, porque ella le sirvió un whisky en tiempo récord. La intención de Sirena era que el ambiente no se caldeara entre ambos más de lo que ya estaba, de ahí tanto apremio. Sin embargo, el abogado echó por tierra todas sus buenas intenciones.
—Te queda media hora de trabajo; en cuanto acabes, nos vamos. — Varek lo dijo con autoridad, seriedad y sin opción a réplica, del mismo modo que en un juicio. Y es que estaba celoso y quería que a ella le quedara bien claro con quién dormiría esa noche.
Entonces el abogado se permitió mirar de soslayo a aquel imbécil y, cuando vio su cara de estupefacción, su satisfacción fue enorme. Su ego creció, porque ésa era la parte que más le gustaba, tanto en su vida privada como en su trabajo: contemplar la expresión de rabia de aquellos a quien derrotaba no tenía precio. Por ello, se deleitó en aquel instante: había ganado por goleada a ese saco de mierda. Y en su campo. Su orgullo le impedía perder batallas; para él no había nada imposible y así lo demostraba su currículo. Sólo había una guerra perdida en la vida, y era la muerte, porque ésta jugaba con ventaja. Por su parte, Steve estaba demasiado impactado como para preparar el próximo asalto. Supo sin duda alguna que el motivo de los siete días de vacaciones que le había pedido Mady tenía que ver con aquel pijo asqueroso. Quiso insultarlo, plantarle cara, pero se abstuvo consciente de la mirada de ruego de la mujer.
—Ya eres mayorcita para saber lo que haces —sentenció su jefe muy lejos de la calma que pedía su mente. Y Steve se alejó de allí, aun sabiendo que a ella no le había gustado su comentario, y es que lo había dicho con un odio que hacía mucho que no experimentaba, un odio regado por la expresión de triunfo de aquel desgraciado. Los celos eran demasiado fuertes, se pegaban a sus músculos... y éstos lo instaban a tomar el camino de la violencia como único desahogo. A pesar de su trabajo, que requería mucha severidad y una mente fría, en aquellos momentos se sintió débil. No le gustaba la violencia, y no se sentía orgulloso de darse cuenta de que disfrutaría sobremanera cortando a rodajitas al pijo de los cojones. Necesitaba calmar su agobiante estado y se fue a la soledad de su despacho a aplacar la furia que corría por sus venas y la necesidad de machacar todos los huesos de ese pilón de estiércol. No entendía cómo era posible que no se hubiera dado cuenta de que estaba naciendo un sentimiento hacia esa sensual sirena. Había hecho falta que un desgraciado hijo de puta le abriera los ojos. Perfecto. De todos modos, aún no estaba derrotado.
En silencio decidió que, cuando pasara esa semana, él se encargaría de conquistarla. Al menos lo intentaría. La idea de formar una familia y asentarse en un lugar fijo le apetecía, y más al lado de Mady. Sólo esperaba que ella también lo deseara. Aunque otro temor recorrió su cuerpo: si ella quería compartir el futuro con él, tendría que confesarle la verdad sobre quién era en realidad. Su secreto saldría a la luz; a lo mejor ella lo rechazaría, pero prefería el rechazo antes que crear una familia sobre mentiras. Por su parte, Sirena vio desaparecer a su jefe camino del despacho. En el fondo no entendía su reacción; al fin y al cabo, su vida privada era suya. No obstante, hubiera preferido que Steve no se hubiera enterado de nada con respecto a esa semana de vacaciones. Vender su cuerpo a cambio de mucho dinero no era, que digamos, motivo de orgullo, más bien todo lo contrario. De modo que no pudo guardarse su enfado y así se lo hizo saber a aquel tipo.
—Podrías haberte callado. No hace falta que nadie se entere de nuestro… nuestro trato.
—Sólo le dejaba las cosas claras. Nada más. Puedes estar tranquila, que nadie sabrá de nuestro… trato. A Varek no le gustó la palabra «trato» para definir lo que tenían, y lo peor fue que no sabía el porqué, y eso no le agradaba. Aquello le molestaba. Sólo sabía que las palabras «trato», o «acuerdo», o «negocio», cubrían de frialdad la semana que pasaría con ella. No se trataba de un juicio que tuviera que preparar y ganar, o de un negocio que tuviera que cerrar. Más bien lo veía como un paréntesis en su vida, como si se hubiera olvidado de algo en esos años y no supiera qué era; sólo era consciente de que todo él era un cúmulo de emociones nuevas. De pronto se sintió desconcertado.
—Por cierto, no sé tu nombre, ¿cómo te llamas? —preguntó ella. Era verdad, no sabía nada de él. Aquello la hizo sentir estúpida; había compartido con él más que con cualquier otro hombre y no sabía ni su nombre.
—Varek Farrow, soy abogado. Y tú, ¿cómo te llamas?
—Ya lo sabes… Sirena. —Cogió un vaso para servir una Coca-Cola que le acababa de pedir una chica.
—Soy lo suficientemente inteligente como para saber que Sirena es un apodo. Pregunto el nombre real. Ella pensó en decirle su verdadero nombre, pero pronto desechó la idea. Lo miró a los ojos y concentró toda la insensibilidad que pudo en su mirada.
—Sirena, nada más. Su apodo era lo único que iba a saber, pues creía que, como Sirena, estaba a salvo. No en cambio como Mady Wilson. A esa mujer todo el mundo la conocía: ¿quién no había oído hablar de la rica heredera de las prósperas azucareras Brown Sugar Wilson caída en desgracia? De aquella adolescente, que vivió entre riqueza y algodones, quedaba bien poco, más bien nada. Aunque físicamente era la misma, por dentro la Mady adolescente de antaño había muerto. Había tenido que madurar deprisa para que los dientes del futuro no la devoraran y la sumieran en una oscuridad densa y opresiva. Estuvo a un paso de convertirse en una vagabunda, cuando nadie había querido saber nada de ella. Casi le hicieron creer que no era digna ni del aire que respiraba. Por suerte, primero Cam y un poco después Steve se cruzaron en su vida y pudo renacer de las cenizas como el ave Fénix. No obstante, Varek insistió, su intriga era enorme.
—No me vale, quiero llamarte por tu verdadero nombre. Sirena sirvió la Coca-Cola a la chica y ésta se marchó. El hombre alargó la mano por encima de la barra y acarició la barbilla de la joven. La sintió suave, como un susurro en la montaña que el eco devuelve una y otra vez. —Una mujer tan preciosa como tú debe de tener un nombre igual de precioso; dime cómo te llamas. Sirena apresó la muñeca de Varek en un intento de detener la caricia. Le gustaba demasiado, incluso tuvo que ahogar el gemido que pugnaba por salir de lo más hondo de su garganta. No se lo pensó y apartó aquella mano caliente capaz de prender su deseo cual chispa lo hace con la pólvora. Lo odió por provocarle tanta lujuria con un simple toque, y ese odio lo extrapoló a las palabras que pronunció duramente.
—Para ti siempre me voy a llamar Sirena, a secas, sin apellido. Una mujer que no tiene pasado ni futuro. Sólo soy un juguete temporal. Nada más. ¿Para qué ponerle nombre o vida propia a un juguete, si lo que buscas es diversión? Sirena sabía que lo había mordido con esas frases y en cierta manera se sentía satisfecha. Lo odiaba y lo deseaba por igual. Lo odiaba por haberla tentado con su cheque en blanco, por provocar en ella una erupción de sentimientos, por ser tan guapo. Lo odiaba por todo… y por nada. Dios… necesitaba un psiquiatra.
El rostro de Varek mostraba cólera contenida, razón por la cual alzó la comisura de sus labios y esbozó lo que parecía ser una sonrisa sarcástica.
Esa chica estaba traspasando unos límites que nunca le había permitido a nadie, absolutamente a nadie. Muy bien. Ella se lo había buscado. Entonces Varek contraatacó, haciendo valer su poder sobre ella.
—Sí, eres mi juguete, y como tal harás lo que yo te ordene, como y cuando quiera. Mejor que quede claro desde el principio, ¿no? El cuerpo de la mujer se tensó.
—Eres un pijo rico, caprichoso y despreciable. Sirena, una muchacha que siempre era dulce con los demás, que nunca buscaba pelea, estaba plantando cara a un Goliat de la vida. Pero, a diferencia de David, que luchó con una honda y una piedra y salió victorioso al derrotar al gigante, ella no ganó y salió vencida.
—Este pijo rico, caprichoso y despreciable va a pagar una cantidad considerable por su juguete nuevo. ¿No crees que tengo derecho a hacer lo que me dé la gana? He pagado por tener ese derecho y tú has aceptado. ¿A quién quieres engañar con tus lecciones de moralidad? No eres tan diferente a mí; la única diferencia es que yo tengo el poder y tú no. Que no se te olvide durante esta semana.
Sirena quiso arrancarle los ojos allí mismo por hacerla sentir tan sucia. Lo peor de todo era que tenía razón. Ella se había atrevido a juzgarlo y era del todo comprensible que recibiera lo mismo que había sembrado. De pronto se dio cuenta de que estaba al borde del llanto. Se había prometido no llorar nunca más, pero cumplir tal promesa, en aquellos momentos, le resultaba casi imposible. Meses atrás, derramar lágrimas había sido su única opción; sin embargo, ahora era fuerte y había jurado que no sería débil jamás. Se le hizo un nudo en la garganta. No podía ni hablar. Era como si la desesperación del pasado hubiera salido como un fantasma y la envolviera con sus miedos y frustraciones. Con horror había descubierto que ese hombre provocaba en ella sentimientos que había olvidado, dado que ansiaba que la viera con buenos ojos, que no la juzgara. No. No podía ser. Quería ser fuerte, había luchado para que así fuera. Cierto que había logrado que le importara bien poco lo que los demás pensaran de ella... excepto ese hombre que la miraba con ojos de ganador. Tenía que desaparecer por unos instantes y recomponerse; no iba a dejar que ese engreído viera lo endeble que podía llegar a ser. Ya no por vergüenza, sino porque su amor propio y dignidad le impedían que viera que la había derrotado. Nunca le enseñaría aquella parte de ella, hacerlo significaría aceptar que era débil. Y ella sabía por experiencia que los lobos atacan cuando ven a su presa indefensa, y él era un lobo hambriento, con ganas de descuartizar a su víctima. Así, salió corriendo hacia los vestidores igual que el animal que está desesperado buscando escapar de su cazador. Pero no contó con que Varek la atraparía en el pasillo y la acorralaría contra la pared.
—La verdad duele, ¡¿ehhh?! —se regocijó, asiendo sus muñecas y sujetándolas detrás de la espalda. La mujer miró a su alrededor en busca de ayuda, pero el largo pasillo estaba vacío. No era de extrañar, ya que esa zona era privada y todas las chicas estaban trabajando. Allí la luz era más intensa; había lámparas alógenas empotradas en el techo, alineadas una al lado de la otra, dotando al lugar de una luminosidad blanca y clara, no como la semioscuridad que imperaba en la zona de baile y en el bar.
—¡Suéltame o gritaré!
—Y yo silenciaré tus gritos con un beso, enterrando mi lengua en esa boca que me provoca. Se retaron con la mirada y él vio en sus grises ojos un dolor silencioso que ella ahogó en la oscuridad de su alma. Un instinto de protección galopó por todo el cuerpo del hombre y entonces se dio cuenta de lo cruel que estaba siendo. Sin embargo, no pidió disculpas, tampoco hizo nada por subsanar el daño que estaba causando. Se mantuvo allí, luchando contra sus propias emociones. Él era Varek Farrow, un abogado duro e implacable, y eso no iba a cambiar por mucho que el olor de su dulce perfume a delicada flor lo transportara a las nubes de los sueños. Por mucho que esa piel nívea y suave lo envolviera en una satinada caricia. Por mucho que esa parte erecta de su anatomía le gritara «¡adelante!». Por mucho que esos labios pintados de rojo pasión lo invitaran a saquearlos. Por mucho que el aliento femenino lo acariciara con su tibieza. Por mucho que esos pechos se aplastaran lujuriosamente contra él. O sí… O sí…
—No te atrevas a besarme; aún quedan cinco minutos para que empiece nuestro acuerdo. Hasta entonces, yo soy dueña de mí misma. ¿O acaso eres un tipo chulo que coge lo que desea a la fuerza? Varek no necesitó nada más. Ella, con sus palabras, se había encargado de minar cualquier buena intención: no dejó salir ese sentimiento de protección que empezaba a arraigar peligrosamente en un nido de anhelo. Apretó los dientes, se separó de ella y dijo mirando el reloj:
—Cinco minutos… y nos vamos. Sirena sintió como si el par de palmos que los separaban fueran un abismo frío y oscuro. Tuvo la necesidad de que él la abrazara, de que la protegiera entre sus brazos. Quiso que él la calentara con la tibieza de su cuerpo. Santo Dios, estaba perdida, tan perdida que no sabía cómo lo haría para recuperar lo que ese hombre le estaba robando. Tal vez sería mejor rechazarlo ahora que todavía estaba a tiempo y no dejar que se acercara nunca más.
—Yo… tal vez sería mejor… —empezó a farfullar—. Creo que esto… no va a salir bien. Varek sabía que estaba a un paso de echarse atrás. No podía permitirlo. No dejaría que lo hiciera. Y más teniendo en cuenta que ella seguiría desnudándose para otros hombres y que correría a los brazos de su jefe tan pronto como él se fuera de allí. No. Eso no. Aunque se la tuviera que cargar al hombro y llevársela a vivir a una cueva en medio de la montaña lejos de la civilización.
—¿Un cheque en blanco no es suficiente para ti? Te daré placer y encima ganarás una pequeña fortuna. ¿O se trata de cobardía? Sí, debe de ser eso: eres una cobarde. Sirena alzó la barbilla; pronto recordó que no era una cobarde, que era una superviviente, que sólo se trataba de una semana, siete días que después olvidaría. Podría empezar una nueva vida libre de deudas, estudiar diseño y trabajar en un oficio que la llenara. Era ahora o nunca. Entonces, ¿por qué tantas dudas?
—No, no me estoy echado atrás. Cumpliré mi parte del trato. Varek destensó sus músculos, pues por un momento había creído que la perdía. ¡Qué difícil resultaba controlarse cuando no se tenía la certeza de si se ganaba o se perdía! Ese instante, esos segundos en los que el corazón no palpitaba, sino que tamborileaba tan frenético que hasta lo sentías en la boca, en el estómago, en la cabeza, en los oídos... En los juicios sabía el resultado nada más ver las caras del jurado. Por ello nunca se ponía nervioso; en cambio, Sirena lo abstraía y esa seguridad que poseía no era tanta cuando aquella deliciosa mujer estaba cerca. Ella conseguía drogarlo con sólo una mirada, con sólo un gesto, con sólo contemplar su cuerpo. Bueno, tenía una semana para hartarse y, una vez pasara, ya no tendría que preocuparse, porque los caprichos son sólo eso: caprichos. Una vez saciara aquella especie de fascinación, volvería a ser el mismo de siempre.