CAPITULO 6

3053 Words
Enfiló al exterior dispuesta a ello. Varek siguió a Sirena. En lo que duró el trayecto al exterior, no permitió que ningún hombre se le acercara. Se pegó a ella como una lapa y amenazó con la mirada a quien se atrevió a acercarse más de la cuenta. Ella lo vio; a diferencia de momentos antes, cuando reprendió a su jefe por querer protegerla, esta vez su sensación fue diferente. En un primer instante se sintió incómoda, pero después, después… se sintió protegida. Sí. Protegida. En cierta manera se sintió especial. Estaba tan acostumbrada a lidiar con hombres sinvergüenzas que ya había olvidado qué era sentirse especial. A punto estuvo de darle las gracias. Su mente retrocedió al pasado, cuando había sido una niña mimada y amada, cuando sus padres, con gestos y palabras, cada día le demostraban lo especial que ella era. Y aquella sensación tan agradable se incrementó, pues, al llegar a la puerta, el desconocido se adelantó y la abrió para que ella pasara. Los modales de aquel tipo la dejaron estupefacta; con todo, no le dio importancia y cubrió de indiferencia cada gramo de agradecimiento que brotó en su corazón. No podía olvidar la manera en que la había tratado la noche anterior y, a pesar de la educación que mostraba en aquellos momentos, para nada compensaba la humillación sufrida. Una vez en el exterior, ambos se dirigieron al aparcamiento, que estaba frente a la puerta de acceso del Crystal Paradise. Los guardias de seguridad se pusieron en posición y no le quitaron ojo. Por lo visto, Steve no había perdido ni un segundo en avisarles por el móvil. Entonces Sirena se dio la vuelta, quedaron cara a cara, y ella no sólo lo enfrentó con la mirada, sino que también lo hizo con las palabras que a continuación pronunció de forma exigente. —Bueno, ya estamos fuera. ¿Qué quieres decirme? Date prisa, que tengo trabajo y poco tiempo que perder. Varek la contempló. Allí fuera, sin luces artificiales, estaba aún más hermosa. El vestido y su piel blanca daban luminosidad a una noche sin luna. Tampoco hacía falta que el astro nocturno saliera, porque ella llenaba la oscuridad como si fuera algo sobrenatural y mágico, fruto de sueños y mundos fantásticos. Parecía una diosa esculpida en agua de mar, acariciada por la luz de la vida. El hombre tuvo la impresión de que sus ojos se quedaban pequeños ante tanta muestra de belleza, que necesitaba de más horas de las que tenía un día para contemplarla a placer. ¿Llegaría el día en que sus retinas quedarían llenas de ella? Supo, sin ninguna duda, que su hambre por aquella sirena nunca sería saciada. Cuanto más la miraba, más la deseaba. —Tengo una propuesta… —No voy a hacerte un striptease —interrumpió ella. —Se trata de mucho más que eso —puntualizó. Sirena lo acribilló con la mirada, y tuvo que esforzarse en no insultarlo. Esperó a que un grupo ruidoso de jóvenes, que pasaban cerca de donde estaban, se alejaran. —¡Tampoco soy una prostituta! Lo que pasó anoche fue un error, el peor de mi vida. —Ahhhh… Entonces te acuerdas… —¡Claro que me acuerdo! Pero jamás se volverá a repetir y con el tiempo lo olvidaré. —¡Pues yo no puedo olvidarlo y tampoco quiero! —exclamó sin pensárselo. Él, un hombre calculador que sometía sus emociones según sus intereses y que jamás las exponía porque eso significaba dar pistas al enemigo, estaba confesando a casi una desconocida que no podía olvidarla. En ese momento acababa de entrar en el club de los imbéciles. «Un aplauso por este nuevo gilipollas.» —Yo lo estoy haciendo —expresó ella—. De hecho, es fácil. ¿Te crees que el sueño de cualquier mujer es acostarse con un tipo asquerosamente guapo, rico y pijo? El mío, no. Vaya, si la ropa que llevas puesta vale más que tú. Para mí no vales nada. ¡Plaf! Un bofetón imaginario acababa de estamparse en su boca. Su orgullo masculino estaba tocado de muerte; ni sus contrincantes en los juicios, con su dinero, inteligencia y poder, habían podido con él. Sin duda, esto iba de mal a peor. —Aún no has escuchado lo que tengo que proponerte. —¡Ja! Conozco a los hombres como tú y me vas a ofrecer dinero a cambio de sexo, ¿me equivoco? Venga, sorpréndeme. —Cierto… pero… —Cerdo asqueroso, tendría que abofetearte aquí mismo. Te he dicho que no soy una puta. —Masticó aquella última palabra con dolor. Se sentía sucia, realmente la noche anterior había cruzado esa línea que se juró no cruzar. Sirena lo observó y, con pesar, supo lo que pensaba: una mujer fácil que haría cualquier cosa por pasta. Cuando empezó en aquel oficio, unos meses atrás, habían sido muchos los días en que la atormentaba la sensación de que estaba ensuciando su alma y se había agobiado tanto que había estado a punto de salir corriendo. Sin embargo, nunca lo hizo. Con todo, no podía evitarlo, aquel sentimiento renacía impecable, como un bofetón sorpresivo, cuando los hombres le hacían proposiciones, que era muchas veces. Pero ni sus delicados problemas económicos la hicieron sucumbir. Se había mantenido leal a su juramento; su espíritu era fuerte y se había hecho una promesa: nunca traspasar la línea que había marcado. Con el tiempo encontraría otro oficio que la ayudaría a pagar las deudas; entonces se alejaría de ese mundo de vicio y de dinero fácil. En cambio, en ese instante, desearía tener ese otro oficio. Él había desenterrado mucho más que su orgullo. En el fondo reconocía que quería que la viera con buenos ojos, no sólo como una mujer de carne y hueso a la que utilizar para saciar sus fantasías. Deseaba que reparara en que, debajo de ese cuerpo desnudo que él había poseído la noche anterior, existía una mujer sensible, luchadora, digna de recibir bonitos halagos y de que le hicieran el amor con mucho romanticismo. No obstante, los hombres como ese sólo veían a la hembra en la cual descargar sus instintos más primarios. Nada más. Él y únicamente él tenía la culpa de que se sintiera así: sucia y a la vez indefensa. Ahora mismo lo odiaba por ser tan guapo, por ser tan endemoniadamente sexy, por ser un pecado difícil de evitar. De pronto tuvo la imperiosa necesidad de que la abrazara y le diera un poquito de amor. En el fondo le gustaba aquel hombre. No sabía qué diablos tenía que le atraía tanto. La chica se dio la vuelta, dispuesta a irse de allí porque la tentación de arrancarle los ojos era difícil de contener. —¿Qué tal ciento cincuenta mil dólares por pasar una semana conmigo? Solos los dos, tú y yo. Ella detuvo sus andares. ¿Había oído bien? ¿Ciento cincuenta mil dólares? Lo miró por encima del hombro, se dio la vuelta y posó las manos en sus caderas. Varek, a quien no le hacía falta mucha motivación para encenderse con esa mujer, se excitó con esa imagen. Estaba enfadada, sus pechos subían y bajaban haciendo que danzaran sensualmente debajo de la licra blanca. Por el pronunciado escote se desbordaba una porción muy jugosa de esos manjares. Sus pezones erguidos lo tentaban a actuar como un salvaje. Su rostro femenino, de facciones suaves, estaba furioso; sus labios permanecían apretados, como si se estuviera esforzando en mantenerlos en aquella posición, evitando que de su boca salieran palabras que su mente pensaba, pero que por el contrario ella no quería pronunciar. En cambio, sus ojos no mostraban esa furia contenida, sino que estaban velados por una dulzura sensual y a su vez expectante. Imaginó a su sirena descargar su rabia en la cama. ¿Por qué no podía dejar de pensar con la polla? Tuvo claro que tenía que convencerla de que pasara esa semana con él. En cierto modo se sentía como si estuviera en el juicio más importante de su vida, y que ella actuaba de juez, de jurado, de fiscal, y él sólo tenía la prueba de su deseo para que la sentencia fuera un «sí». Tenía mucho que ganar y a su vez muchísimo que perder, así que estaba en las manos de casi una desconocida. Darse cuenta de ello lo llevó a odiarse, porque precisamente nunca había dependido de nadie. —No soy un hombre de gustos raros, puedes creerme cuando te digo eso. No sé qué pasó entre nosotros anoche, lo único que tengo claro es que te deseo, necesito más. Quiero que vuelva a suceder, quiero que te desnudes para mí, quiero follarte de mil maneras. Nunca he hecho algo parecido, pero... si no satisfago esto que me quema por dentro, me volveré loco. En este instante estoy tan excitado que podría follarte aquí mismo, encima del capó de alguno de los coches que hay en este aparcamiento. Estoy dispuesto a entregarte un cheque en blanco… —Hubo una pausa—. Pon tú el precio a esta semana. Si en ese mismo instante sus colegas de oficio, clientes y empresarios, con los cuales había hecho negocios muy jugosos, lo vieran en esas condiciones, su reputación acabaría entre el fango. Nunca en su vida hubiera pensado que una cosa así iba a sucederle. Pero necesitaba sentir a esa sirena piel contra piel; sabía que supondría estar más cerca del cielo de lo que había estado nunca. A la chica por poco le da un ataque al corazón. No sabía qué hacer: si salir corriendo o darle el bofetón que tanto se estaba ganando. Pero no hizo lo primero, y mucho menos lo segundo. Se quedó quieta, mirándolo en silencio, anclada en sus ojos que parecían dos bolas de cristal azul líquido. Se dio cuenta de que esa oferta le había causado una satisfacción morbosa; saber que él había quedado igual de marcado que ella era más de lo que podía imaginar. En realidad anhelaba como una loca sentirlo de nuevo entre sus piernas... pero no se lo diría, no tenía por qué saberlo. —¿Qué me dices? —preguntó él—. Te ofrezco un cheque en blanco. Varek necesitaba una respuesta ya; sin embargo, ella permanecía en silencio, observándolo con cautela. El hombre se apresuró a esconder sus emociones, pues sabía que en ese momento su mirada mostraba expectación; además, cada músculo de su cuerpo estaba en tensión y todo ello lo delataba. Y, por si fuera poco, estar en ese estado bloqueaba su intuición y no podía percibir qué pasaba por la cabeza de Sirena. Aunque le costó, consiguió dominarse y fue entonces cuando se dio cuenta de que ella estaba sopesando los pros y los contras de su propuesta. Bien. Al menos se lo estaba pensando. Por un instante quiso intervenir, darle más motivos para que dijera el ansiado «sí, acepto». En aquellos momentos se sintió idiota, ¡cualquiera diría que estaba esperando una sentencia de vida o muerte en contra de su persona! Aunque reconocía que, de alguna manera, le iba la vida en ello, se quedó en silencio, sabiendo que éste le ayudaría. La paciencia era una virtud, y no se permitió olvidarlo. Sí, era cierto. Sirena calculaba fríamente la posibilidad de aceptar. Le ofrecía un cheque en blanco. Quedaba en sus manos poner la cantidad, una cantidad que saldaría las deudas de su padre; una cantidad que le permitiría mantener a su madre en el hospital; una cantidad que la llevaría a estudiar diseño; una cantidad que la libraría del trabajo que hacía. En sus manos estaba continuar como estaba o darle un giro a su vida que, tal vez, la llevaría a la libertad. Pondría precio a su cuerpo. Se convertiría en lo que ella juró que nunca sería. En realidad sólo sería una semana. Siete días que viviría atormentada. Y después una nueva vida la esperaría. La respuesta era fácil. Su madre. La factura del hospital. La realidad de que podría seguir en el hospital de siempre. Estudiar diseño. Dejar su oficio de stripper. Sí. La repuesta seguía siendo fácil. Tan fácil que tuvo asco de ella misma. Estaba traspasando la línea que ella se había prometido no cruzar. Con estupor, reconocía que sería capaz de cualquier cosa por salir adelante, ya fuera robar, asesinar o venderse. En el fondo, las personas no eran diferentes a los animales, los cuales hacían cualquier cosa por sobrevivir, llevando su instinto de supervivencia al límite. Ella, sin ir más lejos, también era un animal que vivía en una selva de cemento y que necesitaba el dinero como alimento. Sobrevivir era su única opción. No había más. A pesar de sus reticencias, reconocía que sentiría mucho más asco si dejaba que su madre muriera cada día un poco más, en un lugar donde no sabrían cómo cuidarla como ella merecía y necesitaba. De acuerdo, le entregaría su cuerpo. Seguramente serían muchas veces, porque la manera cómo la miraba así se lo decía. La deseaba. La deseaba por encima de cualquier cosa. Y qué más daba, el cuerpo era sólo carne, un recipiente en el cual se guardaba el alma durante unos años... porque su alma no se la entregaría a nadie. Esa parte de ella era suya y de nadie más. Definitivamente lo tuvo claro. Varek la vio sonreír de satisfacción y supo la respuesta antes de que ella la pronunciara. Sólo necesitó de esa sonrisa para saber que no lo rechazaría. Lo tenía claro. Tantos años de experiencia observando a la gente le habían servido de mucho. —Sí, acepto —dijo ella de pronto, sabiendo que después de la respuesta dada no había marcha atrás. Sobrevivir o morir, y ella había escogido sobrevivir. ¡Sí! ¡Le había dicho que sí! Varek suspiró de alivio; un suspiro que salió del centro mismo de su ser. Se dio cuenta de que había estado reteniendo el aire mientras esperaba la ansiada respuesta. En su vida la expectación y la tensión lo habían puesto de esa manera. Era como si de alguna forma estuviera esperando una sentencia que lo llevaría o a la libertad o a la prisión más oscura... porque, en el caso de que ella lo hubiera rechazado, hubiese muerto por dentro. No entendía el porqué de aquella nueva emoción, ni tampoco se detuvo a analizarla. En aquellos momentos, sólo era consciente de que disfrutaría de esa mujer tocada por la luz de la vida. Una semana en la que viviría en el paraíso. Una semana en la que experimentaría un sueño. Una semana en la que dejaría en libertad a ese hombre hambriento de sexo que habitaba en su interior y que nunca supo de su existencia hasta que una sirena de cabellos de fuego, piel de porcelana blanca y ojos de luna se cruzó en su camino. Varek no pudo aguantar sus ansias de ella y, estimulado por esa necesidad, la cogió de la cintura y la atrajo a su cuerpo. Quería posar sus labios en los de ella, chupar su lengua, que sus pechos jóvenes se apretujaran en su torso… pero sus intenciones se vieron frustradas cuando dos gorilas con cara de pocos amigos se acercaron a él y lo empujaron lejos de la mujer. —¡No, estaos quietos! —gritó ella—. Todo está bien. No me está haciendo nada. Si no hubiera sido por el coche plateado aparcado detrás de Varek que detuvo el golpe, sin duda hubiera caído al suelo. De todos modos, eso no evitó que se diera un porrazo en los riñones con la parte trasera del vehículo aparcado. Por suerte él estaba en forma; cada día, si no había algo de última hora, se iba a hacer deporte una o dos horas al gimnasio. No hubiese dudado en enfrentarse a aquellos matones; sin embargo, ella tenía la situación controlada. —Creían que me hacías daño —explicó Sirena una vez los dos guardias de seguridad comenzaron a alejarse. Varek estaba demasiado eufórico como para que aquellos dos lo hicieran enfadar. En otras circunstancias, sin duda les hubiera plantado cara. Pero dejó que se marcharan y se concentró en lo que realmente deseaba: besar a la mujer que olía a perfume dulce de delicada flor, que lo instaba con sólo una mirada a sacar su versión más salvaje. Quiso seguir con el beso que había empezado; no obstante, por segunda vez sus intentos fracasaron. No fueron dos gorilas, sino que fue ella misma quien lo detuvo, apoyando la palma de su mano en su torso. —Me quedan dos horas de trabajo —dijo Sirena—. No puedo dejar a Steve colgado con el local lleno de gente. En cuanto acabe, me iré contigo. La mera mención del nombre de su jefe fue suficiente para que Varek se pusiera de mal humor. No dudó ni un segundo en reclamar su premio. —Tú te vienes conmigo ahora mismo, y no hay peros que valgan. Pueden arreglárselas sin ti. —Tal vez, pero yo soy una mujer de palabra. —Su mirada gris era helada y su tono, áspero—. ¿Te sorprende que la chicas como yo tengamos palabra? —No pongas en mi boca deducciones que no son mías… —Varek refrenó el curso de sus palabras y se contuvo. Su parte más dura estaba a punto de salir; sin embargo, con ella no deseaba sacar su inflexible carácter. Aquello lo perturbó, pues nunca antes tuvo dudas de acuchillar a la gente con palabras, fueran quienes fuesen. Era una manera de marcar territorio y advertirles de que no se andaba con juegos. —De hecho, me importa bien poco lo que pienses de mí. —Aquello no era cierto. Si bien con el tiempo había superado los miedos y había dejado de preocuparle lo que pensaran de ella y los comentarios que la gente hiciera a sus espaldas, por algún motivo que no lograba comprender le importaba, y mucho, lo que ese hombre opinara de ella—. Después de estas dos horas, cumpliré mi acuerdo contigo. Varek no tuvo otra alternativa que la de aceptar sus condiciones. Bueno, dos horas pasaban rápido. ¿Qué eran dos horas comparadas con siete lujuriosos días?
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