Lo único que alcanzó a decir Guillermo fue mi nombre y volvió a caer en un letargo que le duraría un buen rato.
Salí de la habitación y me encontré en el pasillo con los tres pares de ojos expectantes.
–¿Y?
–¿Cómo lo viste?
–¿Si te habló, Patricia?
–Abrió los ojos por un momento y sí me reconoció.
–¿Cómo por un momento? –Insistió Dylan.
–Sí, solo fue un momento. Luego volvió a quedarse dormido. El doctor opina que si reacciona bien las siguientes dos horas podríamos llevarlo a casa. El frente del hospital ya se está llenando de la prensa y sería un inconveniente.
–¿Te dijo algo del accidente?
–Solo dijo mi nombre, Carlos. Yo…no sé si quieren esperar o prefieren…
–Esperaremos contigo. –Respondió Anfer de inmediato.
Asentí y decidí entrar de nuevo a la habitación.
En una silla, al lado de la cama, estaba toda su ropa, sucia, los zapatos rotos, su celular partido, su cadena y su reloj, el anillo de bodas estaba en su dedo y lucía un poco apretado.
–Sigues ahí. –Lo escuché y me moví de inmediato frente a la cama.
–No me he movido. –Me miró de arriba abajo sin apuro. –¿Cómo te sientes?
–Siento el cuerpo, cada parte, creo que eso es bueno ¿no?
–Sí, creo que sí. –Correspondí a su sonrisa adolorida.
–Acércate un poco más. –Se movió con quejas y extendió la mano izquierda, en ese brazo le tenían la vía. Me acerqué por ese lado y tomé su mano, de inmediato la apretó. –Estas tibia.
–Tú muy frío. –No sé porque me sentí de repente tan nerviosa frente a él, por esa extraña manera de mirarme.
–Por eso quería tu mano. –La acarició como pudo y luego subió lo que alcanzó, por mi brazo.
–Afuera…afuera están Carlos, Dylan y Anfer.
Vagó un poco con sus ojos.
–¿Ellos son…
–Tus socios y tú abogado ¿no lo recuerdas?
–¿Y qué hacen afuera? –Preguntó cambiando el tono de su voz, siendo él de nuevo.
–Vinieron por ti, me acompañaron, estaban muy preocupados, pensamos que…
–¿Había muerto? –Traté de sacar la mano pero lo evitó apretándola. –¿Tu también estabas preocupada?
–Por supuesto, Guillermo.
–¿Y por qué no me has dado un beso desde que me encontraste? –Estaba serio pero en sus ojos había un brillo malicioso que nunca antes vi. Me incliné lentamente y besé su mejilla brevemente. –Ah, gracias, me sentó muy bien tu cariñoso beso. –Sabía lo que quería decir, no soltaba mi mano y me miraba como si de verdad deseara ese beso. Me acerqué inclinándome de a poco. Hacía tiempo que no le daba un beso de saludo. Él había aceptado mi distanciamiento y ahora, mientras estaba cerca, sus ojos, sus labios rodeados por la bien arreglada barba, me parecían extraños. Pensaba darle un beso fugaz, pero al estar más cerca soltó mi mano y con la suya atrapó mi rostro, ya su mano no estaba fría, era cálida pero no tan suave como la recordara. Besé sus labios y vi como cerraba los ojos, creo que el golpe lo había afectado hasta el nivel de sentir diferentes hasta la textura de su boca. Me alejé rápidamente y noté como tardó en abrir los ojos. –Besas muy bien cuando estas preocupada. –Sonrió.
–Fueron horas desesperantes ¿recuerdas lo que pasó?¿cómo fuiste a parar tan lejos de la avioneta? Tus socios, no sabían que viajarías a Colombia.
–Yo…–Cerró los ojos forzándose a recordar. –recuerdo el golpe. –Movió el brazo derecho y se quejó. –El piloto…el piloto avisó de la falla e inmediatamente caímos.
–No entiendo la falla, ese descuido es increíble.
–Lo sé, pero…ahhh. –Se quejó tocándose la cabeza con la mano del yeso.
–Ya, no te esfuerces. –Acaricié su cara y me observó detenidamente sorprendido, yo también estaba sorprendida por lo que hice. Desde hacía tiempo no sentía nada por él.
–¿Cuánto tiempo más debemos estar aquí? te ves cansada, yo estoy acostado pero tus ojos…
–Casi no dormí, ya te dije como estábamos todos.
Volví a enderezarme y me alejé un poco de la cama.
–Dile al doctor que venga y también quiero hablar con los que dices que están afuera.
–No lo sé Guillermo, no los recuerdas y ellos…ya sabes como son.
–¿Son como yo? ¿Intransigentes y desconfiados?
Enmudecí. Exactamente eso, pensé.
–Les diré que pasen.
–Tú también, pasa con ellos…por favor.
¿Por favor? ¿Qué sorpresa guardaba este Guillermo?
–Guillermo quiere verlos. –Les anuncié a los tres sorprendiéndolos.
–Ah, por fin. Ya estábamos secos aquí. –Se quejó Dylan y se empujó a entrar pero lo detuve interponiéndome en la puerta.
–Quiero que tomen en consideración que Guillermo no recuerda claramente los hechos.
–¿Por qué nos detienes así como si no fuésemos a comprender el comportamiento de nuestro socio?
Me volvió a refutar Dylan y por uno de los lados pasó y abrió la puerta para pasar. Yo me hice a un lado y dejé que pasaran los tres. Anfer me echó una mirada antes pero yo decidí bajar los ojos. Con la puerta abierta, Guillermo podía darse cuenta.
Entré entonces detrás de ellos.
–¡Guillermo, hermano qué bueno que te salvaste de esa! –Entró haciendo escándalo Carlos.
Guillermo los miró a los tres y si sonrió del comentario de Carlos.
–Patricia. –Me llamó y espabilé. –Ven, ayúdame a incorporarme un poco.
–te ayudo yo, Guillermo. –Anfer dio un paso hacia él pero lo detuvo.
–No. Ella lo hará. –Yo había frenado pero volví a ir hacia él.
No me quitaba los ojos de encima mientras me acercaba a él. Me tomó apenas por el hombro para impulsarse y sentí como me olió el cuello y después de sentado le acomodé la almohada en la espalda quedando sentado frente a ellos.
–¿Estas bien así? –Le pregunté.
–Sí. –Me frenó por la mano y me habló como pudo hacia él. –Quédate aquí. –No tuve otra alternativa que quedarme parada junto a él. –Ahora sí. –No sé porque me incomodaba tanto como me miraba ahora.
–Esto que te ha pasado Guillermo, nos puso a todos de cabeza. –Le comentó Dylan.
–Sí, y nos pone alerta. –Completó Carlos.
–¿Alerta? –Les preguntó mirándolos a los tres. –¿creen que esto pudo ser un atentado?
–Bueno es difícil de creer pero ese agente, inspector no sé, no se cansaba de hacernos preguntas. Nos hizo sospechar uno del otro. –Siguió Carlos.
–¿Tu que recuerdas, Guillermo?
–Muy poco. –Se movió con dificultad. –El piloto…el piloto antes del impacto dijo…dijo que las averías que sufría la avioneta parecían haber sido provocadas.
–¿Estas seguro? –Le preguntó Anfer. –Todavía podrías estar confundido.
–No. –Cerró los ojos para ´pensar más concentrado. –Ustedes…¿ustedes que pensaron? ¿me creyeron muerto?
Los tres se miraron y me miraron.
–Estabas desaparecido, Guillermo. –Siguió Dylan. –Estábamos esperando una noticia y…
–¿Me creyeron muerto?¿Tu también? –Me preguntó a mí y nos miramos por unos segundos. Ya ese tiempo de mirarlo a los ojos había acabado hacía años.
–No. –Respondí. –Sabía que estabas vivo.
Me sonrió. No solo yo estaba inquieta por como actuaba, ellos también lo notaban.
–¿Cómo conseguiste salvarte y salir de la avioneta? –Le preguntó Anfer acercándose a la orilla d el acama. –Los demás no lo contaron.
–No lo sé bien. –Rascó su barba. –Solo sabía que debía salir de ahí, hasta que me venció el cansancio y supongo que caí.
–Muy lejos. –Rió Carlos. –Dificultó el rescate.
–No pensé en eso. Pero como ustedes dicen la estoy contando y puede ser que todavía corra peligro.
–No te pongas paranoico Guillermo, Todos los días pasan accidentes y a ti te tocó ese día. –Le dijo Dylan resolviendo todo.
–Sí, Guillermo, te buscaron y te encontraron, fin de la historia, ahora a recuperarte.
Miró a ambos socios.
–Me gustaría regresar solo con Patricia a la casa.
–¿Cómo? Vinimos hasta aquí por ti, Guillermo.
–Y yo lo agradezco…Dylan. –Parecía tardar en reconocerlo. –Pero de verdad me gustaría que solo ella viajara conmigo.
Parecía más amable de lo que acostumbraba ser pero en ese instante lucía muy firme.
–Está bien. –Habló Anfer–Yo me ocuparé de los transportes, no hay problema.
Ninguno de los hombres tuvo más ganas de hablar más y salieron dejándonos a solas. Estaban molestos y confundidos. Yo quería salir también pero no pude y me quedé mirándolo desde la orilla de la cama.
–¿Qué? –Me preguntó. –¿No te gusta cargar conmigo?
–Creo que fuiste grosero con ellos.
–¿crees que si se preocupaban por mí?
–Son tus socios, tu ausencia los hubiera afectado de muchas maneras.
–¿Y tú, Patricia?
–Ya te dije que nunca dudé que estuvieras con vida. Y no voy a someterme a otra de tus torturas psicológicas sobre lo que sentí después de la noticia de tu accidente.
Quedó en silencio. Mirándome por un largo rato. Yo mantuve su mirada, era él, golpeado, pero él, y a pesar de eso habían diferencias en sus gestos.
–Quisiera irme de aquí cuanto antes ¿te ocupas de eso?
–Ya dijo Anfer que se ocuparía, igual saldré a tomar aire.
–¿Necesitas aliviarte de mí?
–Necesito entender porque en un momento como este tratas de controlarlo todo.
–Porque no sé si alguno de ellos trató de matarme, Patricia.
–¿Qué ganarían si tu murieras? Son socios desde hace muchos años, Anfer es tu abogado, se ocupa de cada cosa tuya.
–¿De ti también? –Clavó los ojos como un salvaje en mí.
–Yo no soy una cosa Guillermo, soy tu esposa,
–Sí, sí. Discúlpame Patricia. –Giré para salir. –Patricia, Patricia espera.
–Voy a ocuparme de lo que me encargaste.
No escuché sus llamados y salí. Ellos ya no estaban en el pasillo, así que me apoyé en la puerta. Podía correr ahora mismo, todavía podía.