–Yo creo que no deberías ir, Patricia. Como dicen tus amigos, estoy es muy delicado, nos aves con lo que vas a encontrarte, no sabes cómo está Guillermo.
–Ellos no son mis amigos, mamá.
Mamá me seguía por el cuarto mientras recogía lo necesario para el viaje a la frontera, donde tenían a Guillermo.
–No seas tan desconfiada, hija. Te haces ideas, no sé. Esa gente, la que está allá abajo, se preocupa por ti y por lo que le pasa a tu esposo. Ya sé que también son buitres, pero en este momento cuentas con ellos.
–Yo voy a ir a ver por mí misma las condiciones en las que se encuentra Guillermo. –Terminé de verter mis cosas ene l bolso. Ya me había cambiado la ropa y le pedí a Jacqueline que me ayudara con una clineja.
–Regresaré a la casa entonces, le diré a tu hermano.
–No, no mamá. Quédate aquí y espera que yo te avise. No te vayas a tu casa.
–Pero ¿para qué?
–No sé en qué condiciones encuentre a Guillermo, como tú dices. Por favor mamá, quédate.
Asintió y la abracé.
–Si puedes llámame, hazlo, cariño.
–sí, mamá.
Bajé corriendo al salón y todas las miradas me recorrieron.
–Patricia, querida, yo como los demás opino que deberíamos quedarnos aquí esperando que nos den noticias, que ellos se ocupen.
–Voy a ir a buscar a mi esposo con o sin ustedes.
–Definitivamente iremos contigo. –Dijo Anfer. –Ven conmigo.
Las mujeres se quedaron en la casa para marcharse luego y Dylan y Carlos nos siguieron hasta el estacionamiento, donde se hallaban los tres autos de la casa.
–Ve con Anfer, nos vemos en la pista, Patricia.
Giovanni apareció detrás de mí.
–Señora, me gustaría llevarla. –Miré a Anfer. –Luego podría traerlo por su auto señor Ley.
–Sí. Supongo que es lo mejor.
Y salimos de la casa con Giovanni y atrás el auto donde Carlos y Dylan nos seguían.
Los periodistas intentaron trancar el paso pero al final se hicieron a un lado y seguimos.
–Pensé que te quedarías en la casa esperando las noticias. –Me habló muy bajo Anfer, sentado a mi lado en la parte de atrás Toyota Camrry.
–La noticia es que él está vivo.
–Justamente. Era tu oportunidad, Patricia. Inclusive estaban en tu casa tu madre y tu hermano. –No parecía entenderme. –Este era el momento.
–No lo sentí así. No sentí que este fuera el momento para salir corriendo lejos de él.
–¿No? ¿Y cuál es entonces? –Anfer miró a Giovanni pero este iba concentrado en el camino hacia la pista de la refinería.
–El reloj que le obsequié…¿por qué no diste con él?
–No sé. Quizás se rompió con la caída.
–¿Y si fue que lo descubrió? ¿Si iba un paso adelante?
–No es posible.
–El primer día Dylan mencionó que pudieron sabotear su avioneta, ¿tú lo crees?
–Tampoco lo creo…bueno no sé, ya las autoridades dirán.
–¿Crees que alguien tenía razones para sabotear su avioneta? Se me hace raro que Guillermo viajara a Colombia sin decir nada. –Lo miré directo a los oscuros ojos. –Eres su abogado, ¿lleva otros negocios?
–Si te refieres a negocios sucios, no. Guillermo no es de este tipo. –Negó manteniendo mi mirada. –No te hagas ideas por lo que diga Dylan, ya viste como reaccionaron ante la posibilidad de su muerte.
–Sí, tienes razón. Tendré que esperar que Guillermo me explique lo que pasó, que alguien me explique.
–¿Qué es lo que quieres que te expliquen? ¿Qué podría saber Guillermo, Patricia? Iba en la avioneta, fue un accidente, los accidentes ocurren.
–Sí, estoy de acuerdo pero…
–Entonces ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que necesitas saber? Esta era tu oportunidad. –levantó un poco la voz. –Tu esposo va a regresar y quedarás atrapada de nuevo.
–Algo pasará lo presiento.
Y así era. Tenía una necesidad, no sé si de culpa que me hacía ir a buscar a Guillermo y verlo.
–Señora Beltrán, suba por favor. –El hombre que nos recibió en la pista parecía conocerme. Lo seguí y subí, irónicamente, a una avioneta, acompañada de los tres hombres más cercanos a Guillermo.
No niego que estaba nerviosa. Ellos lo estaban también. Tal vez temían que yo le contara a Guillermo todo lo que dijeron.
Tardamos treinta minutos en aterrizar. Yo no había proferido palabra, solo deseaba llegar. Justo aterrizando otro hombre vino por nosotros, se dirigió directamente a mí y trajo un auto color marrón para llevarnos.
Todos estábamos inquietos, hasta incómodos. Dylan se sentó adelante, siempre con su actitud de líder.
–¿A dónde vamos? ¿Te dijeron el hospital Anfer?
–Vamos al hospital San Antonio, ahí fue llevado el señor Beltrán.
Respondió el que iba al volante.
–Usted…usted…
–Soy el agente Quirós. Formé parte del rescate del señor Beltrán.
–Ah, pues…¿tú sabías que nos pasaría buscando la policía, Anfer?
–Eso no tiene importancia, Dylan. –Me incliné en el asiento. –Dígame, ¿Dónde estaba y en qué condiciones se encontraba mi esposo? Por favor.
–Lo encontraron a 1 km del accidente. Perdido e inestable.
–¿Qué quiere decir con inestable?–Preguntó Dylan.
–¿Cómo que a 1 kilómetro del accidente? –Siguió Carlos.
–Estamos esperando que se recupere para que nos explique un poco lo que sucedió. –Me miró a mí por el retrovisor. –Hasta ahora solo sabemos que es él, pero no cuenta con muchos recuerdos.
–¿Cómo? ¿Perdió la memoria? –Dylan se alteró un poco.
–No. –El agente lo miró algo curioso. –No soy yo quien debería decirle nada, es mejor esperar llegar al hospital y hablar con el doctor.
–Sí, gracias. –le dije y volví a recostarme en el asiento. Rodamos varios kilómetros, hacía calor. Luego bajamos y siempre me guió y me acompañó por los pasillos del hospital, el agente. Llegamos al segundo piso y ahí se detuvo.
El cuerpo me temblaba pero no mostré mi debilidad. Caminé a su lado unos pasos más hasta una puerta donde aguardaba un doctor de pié.
–Doctor, soy Patricia de Beltrán. ¿Cómo está mi esposo?
–Lo dejamos descansar. Estaba un poco desorientado, pero poco apoco se fue tranquilizando.
–¿Explicó algo? Dijo algo de lo que pasó. –Preguntó Carlos metiéndose en la conversación. –Somos sus socios y él es su abogado, estamos muy preocupado.
–El señor Beltrán no está en condiciones de recibir tantas visitas. Operamos su mano derecha fracturada y cerramos sus heridas, algunas profundas son sutura.
–¿La mano derecha? Guillermo es diestro. –Recalcó Dylan y casi lo obligo a callar.
–Sufrió un golpe muy fuerte en la cabeza, eso lo tiene un poco desorientado y hasta sin memoria. Le costó reconocer que era él.
–¿Puedo verlo, doctor?
–Sí, ¿podemos verlo? –Dylan casi rogó.
–Solo su esposa podrá pasar. Lo movimos un poco para realizar una tomografía y las placas, está bajo analgésicos y lo menos que queremos es que se altere. Llegó a estar muy agresivo cuando se dio cuenta que el resto de la tripulación había muerto.
–Sí, está bien doctor, entraré sola.
No me voltee a mirar a nadie más. El médico asintió amablemente y me señaló la puerta. Volví a ver al agente y como nos miraba a todos.
El doctor abrió la puerta y pasé. Gracias a la persona que se trataba Guillermo, estaba solo en una habitación. se alimentaba por suero intravenoso y una máquina anunciaba sus signos vitales.
Me acerqué a la cama lentamente para verlo. Tenía rasguños en la frente y en la mejilla izquierda. Bajé la mano para intentar tocar con mis dedos su mano derecha enyesada pero no me atreví.
Parecía tan inofensivo y a merced de la suerte, reposado, incapaz de silenciarme y cambiar mi vida.
–Los exámenes que le realizaron en la cabeza, doctor…
–A pesar de la contusión no existe hemorragia, ni coágulos, es cuestión de tener paciencia. Tal vez llegué a tener mareos pero poco apoco irán pasando.
–Paciencia. –Repetí y rocé su brazo con mis dedos. Estaba bien. Podría irme ahora, lejos, muy lejos. Podía regresar a casa e irme con mamá y Anton, tenía tiempo de sobra, tenía la oportunidad.
Abrió los ojos entonces. Sus negros ojos y me miró. me miró tan sorprendido como yo misma de verlo ahí en la casa. Su mirada, su mirada de Guillermo el autoritario no estaba ahí mientras entreabría los labios para decir algo.
–Patricia.