–Buenos días, Patricia. –Carlos entró al pequeño comedor al lado de la cocina donde yo ya llevaba tiempo pensando, con el mismo vaso de jugo de naranja en la mano a mucho más de la mitad.
–Buenos días, Carlos. ¿Durmieron bien?
Ambas parejas se quedaron en la casa para acompañarme.
–¿Tu pudiste dormir? –Se sentó a mi lado.
–Nada, o tal vez una hora en esos períodos en donde ya los ojos se cansan.
Me perseguían las ideas. Estaba muy inquieta, temerosa, culpable, ansiosa.
–Aun así amaneciste igual de hermosa. –Ganó mi atención. Carlos y Dylan eran los socios y mejores amigos de Guillermo, por lo menos en lo que respectaba a la planta y sus inversiones. Guillermo llevaba negocios solo, muchos más pequeños, sin socios que igualmente manejaba desde su oficina.
Ambos siempre se comportaban muy amables conmigo. Guillermo era el socio mayoritario y como quien dice el líder de sus ideas, a pesar de sus 32 años, y para ser menor que ellos, sabía llevar muy bien los negocios y las cuentas ascendían, por lo que yo podía escuchar, así que ellos preferían seguirlo.
–No sé porque no avisan nada, no lo entiendo. He llamado a ess mismo al que Dylan llamó y pararon la búsqueda anoche por la lluvia, ¿Puedes creerlo? Llovió.
–Debes tener confianza y esperar las mejores noticias. –Colocó su mano sobre la mía. –Estamos aquí para poyarte sean cuales sean las noticias. –Me sonrió. Era muy guapo: moreno con grandes y luminosos ojos verdes, alrededor de unos 38 o 40 años y una sonrisa gallarda. –Yo estoy para apoyarte para ayudarte en el peor de los desenlaces.
–Saqué mi mano de debajo de la de él.
–Gracias, Carlos. Solo espero tener noticias pronto, muy pronto.
–Claro y así será. Estoy seguro de eso. Mientras tanto sabes que puedes contar conmigo. Patricia–Volvió a tomar mi mano–Esto de los negocios no es mi tema fácil tampoco y sé que no conoces nada, así que estoy a tus ordenes.
–De nuevo muchas gracias, Carlos.
Le sonreí un poco forzada por la incomodidad del momento.
–Buenos días. –Dylan llegó con Beatriz. –Me acaban de decir que reanudaron la búsqueda. –Ya Carlos había soltado mi mano. –Tina, tráenos café y panes, por favor, –Gritó como si fuera su casa. –Hoy deben darnos respuestas de lo que sucedió, porque no es posible que no lo encuentren.
–¿Cómo dormiste Patty?
–Creo que no dormí, Beatriz.
–Es lógico, querida. ¿Quién sabe lo que estará pasando Guillermo en estos momentos en esa selva? Cuando Dylan me dijo que había llovido y habían tenido que parar, caí en terror. –Sus pestañas postizas aletearon. –Cualquier víbora puede atacarlo y su no tiene fuerzas para moverse, para defenderse.
–Beatriz, por favor no lo hagas más difícil. –La detuvo su esposo. Justo entonces Jacqueline y Tina aparecieron con el juego de tazas de porcelana y los panes de frutas. –Haces que la película de mi mente se vea peor. Además que asustas a Patricia.
–No, está bien. No ha dicho nada que ya yo no imaginara. –Tomé un poco de mi jugo.
–Le decía a Patricia que puede contar con nosotros para lo que venga.
–Así es, no tengas dudas Patricia. –Siguió Dylan. –Inclusive ojalá no sea así, en el peor de los escenarios estoy dispuesto a tomar el control de la parte de los negocios y aliviarte de esa pena.
Todos lo miramos mientras masticaba su pan.
–Gracias Dylan, pero no he pensado en eso. Guardo la esperanza de que él mismo Guillermo continúe a la cabeza de sus negocios.
–ah, claro. Por supuesto que sí. Solo en un supuesto negado. A pesar de que conocemos el arreglo establecido por ustedes antes del matrimonio.
–Dylan, creo que no es el momento para tocar ese tema.
–Sí, sí lo es, Carlos. –Insistió Dylan. –Y discúlpame Patricia pero se juegan millones de dólares diarios que dependen de tomas de decisión y firmas, siendo la principal la de Guillermo.
–Estoy consciente de eso, Dylan, no me mortifica el tema del dinero.
–Querida, disculpa a Dylan, él solo piensa en sus intereses, en su empresa, sus dólares.
–Y lo entiendo Beatriz, lo que no sabía era que todos ustedes supieran del acuerdo pre-nupcial.
–Como sus socios directos es lógico que estuviéramos al tanto de sus balances económicos y promesas financieras.
–Esto es nuestro matrimonio, Dylan, no es una transacción de negocios. Pero conociendo a Guillermo, claro que así debió ser.
–Eso no quiere decir que quedarás desprotegida, Patricia. –Carlos volvió a intervenir. –Ni Dylan ni yo te abandonaremos.
–No, por supuesto que no. No me malinterpretes, Patricia. que no heredes nada de lo de Guillermo no significa…
–Te equivocas Dylan. –Anfer entró muy rápido y yo me levanté sintiendo que por fin llegaba un aliado. –La cláusula por la que Patricia no heredaría no incluye la muerte de Guillermo, de manera que ella sería la dueña de todo lo que él trabajó.
Dejamos a todos en el comedor y llevé a Anfer a la biblioteca para encerrarnos. Era el abogado de Guillermo, en pocas palabras, también mío.
–Gracias a Dios llegaste, Anfer. Estaba muy incómoda ya con ellos.
–No pude venir antes. –Lucía tan preocupado como yo.
–Esta espera, desespera, creo que en cualquier momento aparecerá por esa puerta y yo habré perdido mi oportunidad de irme.
–¿Qué quisiste decir en tu mensaje? ¿Crees que él no iba en esa avioneta?
–Es que ¿por qué no lo encuentran, Anfer? ¿Y por qué fue allá? Tu lo seguían con el reloj ¿verdad?
–Bueno, se que subió a la avioneta y extraoficialmente se que recogió a un pasajero cerca de la frontera, es por eso que tenemos tan poco acceso a la información. Hay órdenes de ambos países.
–¿Otro pasajero?¿Socio de la empresa?
–Eso no lo sé. No sé quién era.
–Esto me tiene muy mal y me siento culpable, Anfer. ¿Viste la cara de todos cuando mencionaste lo del dinero?
–Dylan y Carlos solo piensan en su empresa y las transacciones diarias. Me extraña que estén aquí.
–En vista de lo dicho, a mí no.
La puerta de la biblioteca se abrió y Sandra fue la primera en asomar la cara.
–Patricia, buenos adías. –Entró y el resto venía más atrás. Las biblioteca es un salón cuadrado lleno de libros que nunca he leído, hasta el techo. Los muebles son de madera pulida u solo consta del lujoso escritorio de Guillermo, tallado a mano y 6 butacas de madera oscura con asientos en gamuza azul rey. –Disculpa que me levanté tarde, no pude dormir bien pensando en Guillermo.
–No te preocupes, debo agradecerles su compañía, Sandra.
Todos entraron y tomaron asiento. Después de que Anfer dijera todo con respecto a que si heredaría yo en caso de la muerte de Guillermo, sus caras cambiaron. Sobre todo la de Dylan.
–Hasta soñé con Guillermo y ese día, no sé qué aniversario celebraban ustedes…cuando se le ocurrió la terrible idea de cantar.
–Ah sí, y lo hace pésimo. –Completó Carlos.
–¿Si lo recuerdan? –Reímos todos con el recuerdo, aunque yo solo lo hice por seguir el juego. –Cantó muy mal pero con mucho amor para ti, Patricia. –Siguió Sandra. –El te ama y es muy fuerte, Guillermo es un hombre muy fuerte, y esa fuerza lo hará sobrevivir. –Dejamos de reír, entonces.
–Es lo que más deseo. –Dije mordiendo mis cortas uñas.
–Guillermo no tenía más familia ¿verdad? –Preguntó Beatriz.
–No. –Respondió Anfer, –Únicamente Patricia.
–Todavía no entiendo porque hacerte firmar ese acuerdo, querida.
–Y porque lo aceptaste. –Siguió Sandra.
–Estaba muy enamorada de Guillermo. –Respondí evocando todo lo que sentía por él en ese entonces.
–¿Estabas? –Punzó Sandra.
–Sí, lo estabas? –Dylan tomó mi respuesta como un arma.
–Creo que nadie ama igual que al principio. –Lo miré a los ojos. –Nada es como al comienzo. –Él seguía con los ojos entrecerrados–Sin embargo, gracias a que siempre me trató como a una reina nunca me he arrepentido de esa firma, es solo una nuestra de su poder hacia mí, así es Guillermo.
–Sí, así es Guillermo. –Repitió Carlos.
–Y además son cuestiones muy íntimas. –Intervino Anfer. –Que no deberíamos tratar aquí en su casa y en su ausencia. Nunca los vi antes ser tan curiosos.
Todos sacudieron la cabeza reaccionando.
–Es cierto, discúlpanos Patricia, son los mismos nervios. –Pidió perdón Dylan.
–Sí, Patricia, tu nerviosa y nosotros empeorándolo todo, querida.
–Debemos tener mente positiva, mi sueño fue muy real.
–Sí lo escuchaste cantar mal, en realidad fue muy real, ¿qué canción era?
–La Bikina. –Respondí. –Me dedicó la Bikina. –Demostré como lo recordaba y todos guardaron silencio.
–Haré unas llamadas, algo tendrán que decirnos. –Dylan comenzó a salir de la biblioteca con el teléfono en la mano. –¡Ah, maldito los de la prensa con todo ese ruido, hasta se roban mi señal!
Miré a Anfer y él a mí.
–Señora Patricia.
–¿Sí, Jacqueline?
–En la sala están su madre y su hermano.
–¿Mamá? –Miré de inmediato a Anfer y luego corrí hacia allá. En efecto, ahí estaban. MI hermano hacía girar la silla de ruedas para verlo todo, mientras mamá hablaba con Tina. –Mamá ¿cómo pudiste pasar?
–Nos ayudó un señor de seguridad, hija. Me dijo que no te molestaría con llamadas en este momento y pasamos.
–No tenían porque venir, mamá.
–¿Cómo que no? Nunca me llamaste, ni escribiste, y yo estoy muy nerviosa con que mi yerno no aparezca.
–Sería lo mejor ¿verdad hermana?
–Shh–Detuve la silla y lo mandé a callar. Por suerte nadie a excepción de Tina, lo escuchó. –No tenían porque venir, yo estoy…
–No me digas que bien porque sé que no es así. Mírate las ojeras, esa cara pálida.
–Siempre nos podemos regresar Patricia, vine porque mamá insistió en que este era un tremendo problema.
–No, no quiero que se vayan ahora que están aquí. Es solo que…
–Sí hija, sé que la prensa y seguro los socios buitres de Memo te tengan loca pero nos necesitas en estos momentos.
–Mamá, no le digas Memo que sabes que no le gusta. Y sus socios están aquí.
–Memo no está aquí para escucharme.
–¿Le puedes decir a tu chofer que me baje a la playa y me deje ahí?
–Claro que sí Anton. Tina, por favor dile a Giovanni que lo ayude.
–Sí, señora.
Anton siguió a Tina sin dejar de mirarlo todo.
–¡Un piano hermana! –Gritó girando y yo asentí.
–Gracias por venir, mamá. –La abracé y la llevé hasta uno de los muebles de piel color blanco inmaculado.
–Sé que debes estar muy mal. Tú eres todo lo que Memo tiene y sé lo absorbente que puede ser, pero te quiere.
–No toquemos ese tema ahora mamá.
–Sí, mejor no. Solo debemos mantener la esperanza de que regresara sano y salvo.
–Señora Libia, ¿cómo está? –Apareció el grupo con Dylan al frente.
Anfer seguía rezagado.
–Muy bien ¿y ustedes? –Mamá los saludó muy simpática. Los veía poco pero los recordaba y escuchaba como se expresaba Guillermo de ellos.
–Aquí al pié del cañón con su hija. –Respondió Carlos.
–Se los agradezco, se que Guillermo los tiene como parte de su familia.
–Nos conocemos de años. –Siguió Carlos.
–Sí, somos como hermanos.
Los miré a todos. Por la anterior conversación, no creía en esa hermandad.
El teléfono de la casa sonó sobresaltando todos los corazones de la sala.
Aunque todos intentamos atender, quien estaba más cerca era Anfer y tomó la llamada.
Apenas si hizo sonidos. Casi todos fueron si, si, si, y luego ¿Dónde? me fui acercando a él, vestida igual que el día anterior, pues hasta dormí vestida por si alguna eventualidad y de cerca lo leí en sus ojos, su sorpresa, no alivio, sorpresa, y eso por un momento muy fugaz me hizo pensar en algo extraño. Colgó.
–¿Y? –Preguntamos en coro.
–Lo encontraron…–El corazón se me escapaba por la boca. – vivo.