Creía que me iba a explotar la cabeza. No lo quería muerto. Nunca pensé en la muerte para él. Quería estar lejos de él pero no que muriera y ahora…recordaba lo que me dijera en la mañana antes de irse. Lo veía claramente, lo veía acariciando mi cabello y pidiendo una oportunidad.
¿Qué debía hacer? ¿Irme ahora antes de que apareciera o quedarme?
Bajé con Jacqueline a la cocina donde Tina y Giovanni miraban las noticias.
Nos quedamos paralizados viendo la pantalla pequeña. No sabía que pensar. No eran nada específico en las noticias y la avioneta iba rumbo a Colombia ¿por qué Guillermo iba a Colombia?
–Señora ¿por qué no le devuelve la llamada al señor Dylan? El fue el primero que llamó para avisar, para dar la noticia.
–Sí, si Jacqueline, lo voy a llamar.
Le marqué desde mi celular a Dylan, su socio más antiguo. Lo conocía bien, era voluntarioso y un mujeriego empedernido. Se había casado tres veces y había dejado a sus esposas viviendo como artistas de cine.
–¿Patricia? –Su voz muy angustiada.
–Dylan ¿qué pasó? ¿Encontraron a Guillermo? ¿Qué pasó en el avión? En las noticias no dicen nada claro.
–Patricia yo tampoco sé, voy saliendo a la frontera en una avioneta para estar más informado y agilizar la búsqueda, Carlos irá conmigo.
–Pero ¿qué hacía Guillermo allá? Nunca ha ido hacia esos lados. ¿Quién lo acompañaba?
–Patricia, Patricia no te escucho bien, te hablo en cuanto sepa algo.
–No, no Dylan, dime…–Pero cortó y se cortó y quedé con el celular en silencio.
–¿No sabe nada, señora? –Me interrogó Giovanni.
–No, parece que no. –Caí de golpe en una silla tomándome las sienes.
–Le haré un tilo, señora. –Tina estaba tan nerviosa como yo.
Guillermo las trataba muy bien. Luego que yo descubriera que su anterior personal me espiaba, en un gesto porque yo creyera que me dejaba libre, por lo menos dentro de la casa, los contrató a ellos tres.
De inmediato me sentí a gusto. Tina, Cristina como era su nombre, se entendía muy bien con mamá. Ambas eran hijas de alemanes, inclusive Tina lo entendía un poco, mamá si lo había olvidado. Papá no era muy amante de esas regiones y ella poco a poco lo fue dejando atrás.
Todos estábamos viviendo un terrible momento. Ni siquiera almorzamos para estar atentos a los sucesos y los teléfonos. No informaban nada, y por las redes tampoco entraba nada nuevo, solo especulaciones y mensajes curiosos a los que no les presté atención.
A eso de las tres de la tarde mi teléfono repicó y corrí a tomarlo.
–¿Sabes algo Anfer? –Pregunté sin saludar.
–¿Estabas lista para irte? –Fue su respuesta.
–S-si. Solo esperaba que me…–Me alejé de la cocina donde estaban todos. –avisaras. ¿Crees que debo irme? El reloj ¿qué te die el reloj?
–Hasta hace una hora seguía sin dar señales, debió haberse roto con la caída.
–¿Dónde estás?¿qué crees que ocurrió’ ¿de quién fue la culpa? ¿El piloto? ¿Falla de la avioneta?
–No tengo esas respuestas Patricia. Solo que no creo que haga falta que te vayas. –Permanecí paralizada con el teléfono en el oído. –si encuentran a Guillermo este debe estar…
–¡No!
–¿Prefieres que regrese a seguir tratándote de esa manera? –El día que descubrí que contaba con Anfer ocurrió en una cena. Se trataba de una reunión blanco y n***o para lo que, con la asistencia de Guillermo, vestí un traje de pantalón y chaqueta mitad blanco y mitad n***o con aplicaciones brillantes. La reunión comenzó cerca de las nueve y llegamos tomados de la mano. Él como siempre, vestía impecable. De traje n***o con lazo blanco brillante y zapatos como sacados de una caja con escarcha.
No salía muy seguido así que me encantó ir con él, ver gente, igual no tenía alternativa si hubiera querido negarme.
Durante la cena siempre se habló de negocios. A mí me tocó asiento con Sandra, la esposa de Carlos y solo comenté con ella temas de la comida que degustábamos, quien hizo lo que llevábamos puesto y quien había diseñado sus joyas.
De repente la conversación cambió pasado el postre. Algo más trivial. Pasaron de las inversiones al deporte, y de ahí a el mundo de bienes y raíces cayendo estrepitosamente al teatro local, A mí me encanta la actuación y la música, de modo que intervine en el tema, algo insignificante pero acertadas mis palabras conseguí crear un hilo de opiniones a los que varios se sumaron.
Guillermo me observó desde su asiento, unos 10 puestos frente a mí y trató de sonreír, pero no lo logró y yo respondí a otra opinión pues se dirigían a mí los integrantes de esa cena, los que estaban cenando junto a nosotros. Entonces él cambió el tema rudamente: las ganancias como plusvalía para cada uno de los socios de la firma a donde él correspondía. Y así, todos lo siguieron y yo callé.
–A mí también me gusta mucho el teatro. –Dijo el hombre que estaba a mi otro lado, Anfer. –Aunque apenas tengo oportunidad de ir. –Le sonreí. –Anfer Ley, abogado de su esposo y suyo también.
Estreché la mano que me ofrecía y después de ese día nos encontramos en muchos otros actos, cenas, reuniones, cumpleaños.
–Si llega a aparecer me iré inmediatamente, pero no me tranquiliza saber que ha muerto.
–Si él ha muerto Patricia, tu eres la heredera de todo lo suyo.
–No es así, Anfer. –Volví a mirar alrededor, seguía sola. –Guillermo siempre me dijo que no iba a obtener nada de lo suyo, así que igual me iré de aquí con lo que tengo.
–Si lo dejabas, si te divorciabas de él, pero no si moría Patricia. Y Guillermo está muerto.
Colgué y me quedé sentada en el sillón blanco del salón. Este momento no lo esperaba. La carrera que quería dar lejos de todo esto no tenía como opción la muerte de Guillermo y mucho menos quedarme con su dinero.
El teléfono volvió a sonar y salté asustada.
–Mamá. –Respondí alterada.
–¡Patricia, hija, me acabo de enterrar! ¡Qué barbaridad!¿Qué sabes de Guillermo? Debiste decirme hija, me acaba de decir la vecina y le pedí a Anton que lo buscara.
–Sí, mamá, Esto es…es horrible.
–¿Dónde hija? ¿Dónde fue? ¿Qué saben de su paradero? El resto de los que iban en la avioneta ¿como están? Dime Patricia, ¿quieres que vayamos a tu casa?
–¡No! –Me levanté. –No mamá, no es necesario, prometo ponerte al tanto.
–No sé, no sé Patricia. Esta sola allá con este problema tan serio. Guillermo podría estar...¿estar muerto?
–Está desaparecido, mamá. –No podía pensar en Guillermo muerto, o perdido o inconsciente en medio de la nada, de una selva en la frontera. ¿Y qué hacía ahí? ¿Por qué ahí? –prometo decirte todo o qe sepa.
–Pero Patricia…
–Prefiero que sea así mamá. –Le hablé determinada. –Por favor no te muevas de la casa y mantente atenta a mis mensajes.
–Claro, sui hija. Quería acompañarte pero si crees que estas mejor así…por favor, avísame, que estoy nerviosa,.
–Sí, lo haré mamá.
Colgué de nuevo. Solo me quedaba esperar. Y para esperar salí de nuevo a la playa a ver la solas ir y venir, sentada con la mente perdida en Guillermo,. En él, en como quería correr lejos de él y su dinero, su control, sus ganas de que no fuera vista, sus ganas de que dijera lo que él quisiera que los demás escucharan. decir lo que a él le parecía mejor, aparecer como a él le parecía correcto para que todos miraran y admiraran.
¿Guillermo dónde estás? ¿Por qué viajaste allá sin alguien del trabajo?
Quería desaparecer yo no que desaparecieras tu.
–Señora Patricia–Levanté la vista para ver a Giovanni y él sol estaba detrás de él. Pasé mucho tiempo ahí. –creo que sería bueno que entrara y comiera algo, ya es tarde, lleva mucho tiempo aquí.
–¿Han dicho algo más?
–No en las noticias, solo presunciones. Su teléfono si suena mucho.
–Ok, iré adentro.
Caminé delante y Giovanni me siguió. Si era cierto que tenía hambre, al entrar el olor a comida despertó a mi estómago.
–Coma algo, señora. –Me ofreció Tina cuando aparecí en la cocina.
–Dime, ¿han dicho alguna cosa más? –Le pregunté buscando en mi teléfono. Muchos mensajes de apoyo, de esperanzas, de interrogantes.
Llamadas pérdidas, esto iba a enloquecerme.
–La avioneta quedó en tres partes pero los pasajeros estaban adentro.
–Sí, eso ya lo sé. Todos menos Guillermo.
Todos menos él. ¿Y si no estaba en esa avioneta?
Tomé y marqué a Anfer. No tenía señal. Así que envié mensaje.
–¿Verificaron que Guillermo iba en esa avioneta? –Le escribí pero todavía no tenía señal. Esperaría. Seguía esperando.
–Señora Patricia.
–Dime Jacqueline. –Ya había oscurecido y yo seguía mirando el mar a través de la ventana del jardín pequeño.
–Antes no quisimos alarmarla pero desde muy temprano la prensa molesta en la entrada de la urbanización y parece que ha logrado colarse hasta aquí.
–¿Y eso que significa?
–Que están afuera de la casa ahora mismo, señora. Con sus cámaras y su insistencia
–Solo dile a Giovanni que no abra el portón y del resto…no les hagan caso.
Regresé a seguir mirando, a imaginarme lo que estaba pasando afuera donde estaba Guillermo.
Bajé corriendo las escaleras cuando escuché que entraban los autos al garaje. Ellos traían noticias, seguro ya sabían algo.
–¡Ah, que insoportable es la prensa! –Se quejó Beatriz entrando con sus altos tacones en el salón.
–No respetan la privacidad, no respetan el dolor ajeno. –siguió Sandra entrando con Carlos del brazo.
–¿Quién los dejó entrar? –Dylan miró por la ventana. –Giovanni llama a seguridad que saquen a toda esa gente del jardín, sino llama a la policía.
–Sí, señor.
–Patricia, querida, ven, siéntate, debes estar muy angustiada. –Me dijo Carlos tomándome de la mano y llevándome a un sofá.
–Dime que saben algo. –Negó con la cabeza. –¡No pue4de ser! –Me levanté con las manos en la cabeza, se me iba a reventar. –Si encontraron la avioneta y los otros pasajeros ¿Dónde está Guillermo?
–Cálmate Patricia. –Carlos volvió a tomarme por el hombro y me llevó al mueble. –Todos estamos igual de desconcertados con este accidente.
–Sí, querida, todos esperamos que lo e4ncuentren y lo encuentren vivo. –Trató de apoyarme Beatriz sentándose a mi lado y abrazándome por los hombros.
–Sí Patricia. –Sandra se sentó a mis pies y se apoyó en mis rodillas. –Sabes lo fuerte que es tu esposo, lo obstinado que es.
–Esta situación es muy diferente. –Les dije. –Se escapa de su control, me temo.
–Aun así. –Dylan se acercó a nosotros. –Jacqueline que Tina nos traiga café n***o, por favor. –Ordenó a mi sirvienta. –Guillermo nos dará una explicación de lo que pasó, estoy seguro.
–Pero ¿qué hacía en Colombia?
–Eso también no los explicará, Patricia. –Carlos apretó mi mano. –El va a aparecer y sino…
Todos se miraron.
–No estás sola, Patricia. –Dijo bajito Beatriz.
–Aquí nos quedaremos contigo, hasta saber algo.
Los miré inquieta.
–Han pasado doce horas desde su desaparición, no puedo entender que pasó con él. ¿Están seguros de que si lo están buscando como se debe?
Tina apareció con la bandeja de café.
–¿Es una broma, Patricia? –Me dijo Dylan. –Yo mismo me trasladé allá con Carlos para tratar con las autoridades más cercanas y dar la orden de la búsqueda sin escatimar recursos. Además de una terrible perdida emocional esto complicaría mucho la solidez de nuestra sociedad.
Dylan los miró a todos. No sé a qué se refería exactamente, pero creo que me excluía de lo que viniera en el futuro.