No dormí. No cerré los ojos en toda la noche. El insomnio fue una mezcla de rabia, vergüenza y tristeza que no me dio tregua. La almohada seguía húmeda por mis lágrimas cuando el primer rayo de sol atravesó las cortinas. Mi pecho ardía, como si me hubieran abierto por dentro y me hubieran dejado expuesta.
La noche anterior me entregué a Maximiliano Beltrán pensando que había algo real entre nosotros. Que sus caricias eran sinceras. Que yo, por una vez en la vida, no era la segunda opción. Me equivoqué. No solo me usó: me aplastó con sus palabras como si no valiera nada. “Solo fuiste otra.” Lo dijo con tanta frialdad, con tanto desprecio, que todavía me retumbaba en los oídos.
Estaba empezando a levantarme cuando escuché los pasos frenéticos en la planta baja. Luego, el grito desgarrador:
—¡¡ANASTASIAAAAA!!
El corazón me dio un vuelco. Me puse la bata con torpeza y bajé corriendo, aún descalza, con el alma en vilo.
Encontré a mamá en la sala, con el cabello deshecho, los labios tensos y un sobre en la mano. El rostro que siempre se mostraba sereno, digno y elegante, ahora era una mezcla de histeria y furia. Mi madre, la siempre perfecta Dolores Vargas, estaba al borde del colapso.
—¿Qué pasó? —pregunté, con el estómago hecho un nudo.
Ella no respondió con palabras. Me lanzó la carta como si fuera una bomba. Literalmente, me la arrojó al pecho.
—¡Tu hermana! ¡La muy imbécil se largó!
Abrí el sobre con dedos temblorosos. Era la letra de Sofía, inconfundible: limpia, cuidada, segura. Como ella.
"Mamá: no puedo casarme con Marco. Lo siento. No lo amo. Y no voy a vivir una mentira. Sé que me odias por esto, pero no voy a fingir. Si alguien siempre quiso ocupar mi lugar, esa fue Anastasia. Déjala a ella. Al fin y al cabo, siempre quiso ser como yo. Sofía."
Mi garganta se cerró.
—No... no puede ser —susurré.
Mamá comenzó a caminar por la sala como una fiera enjaulada. Se tomaba la cabeza con las manos, murmurando cosas que no lograba entender.
—¡A una semana de la boda! ¡UNA SEMANA! ¡No puedo creer que haya hecho esto! ¡Después de todo lo que invertí, de todo lo que planeamos! ¡Los Beltrán no nos van a perdonar!
—Mamá… —intenté calmarla—. Tal vez podamos llamar a Marco y…
Ella se detuvo en seco, me miró fijamente, y ahí supe que no estaba buscando una solución. La solución ya la tenía.
—Tú vas a casarte con él —dijo con una frialdad que me heló hasta los huesos.
—¿Qué? ¡Estás bromeando!
—No estoy bromeando, Anastasia. ¡No tenemos opción! Tú vas a ocupar el lugar de tu hermana.
Me llevé las manos al rostro. Era demasiado. Aún me dolía lo de Maximiliano, aún no lograba entender cómo había pasado de ser la becaria invisible a una mujer despreciada. Y ahora… ¿casarme con su hermano?
—No puedo —murmuré—. Esto es una locura.
—¡Claro que puedes! ¿O ahora vas a decirme que no eres capaz de vestirte de blanco y sonreír? ¡Eres una Vargas! Vas a hacer lo que se espera de ti.
—¡Nunca te importó lo que yo sintiera! —grité, incapaz de contenerme—. ¡Nunca! ¡Siempre fue Sofía esto, Sofía aquello! Yo solo era el plan de respaldo, ¿no?
—¡Basta! —vociferó, cruzando la sala hasta quedar frente a mí—. ¿Quieres saber la verdad, Anastasia? Siempre fuiste la extraña, la que nadie entendía, la que vivía metida entre libros sin saber cómo comportarse en sociedad. Pero ahora… ahora tienes la oportunidad de redimirte. De demostrar que sirves para algo.
Me quedé helada. No porque me sorprendieran sus palabras, sino porque eran exactamente lo que había sentido toda mi vida.
—¿Redimirme? —dije en un susurro—. ¿Por qué tengo que redimirme por ser yo?
—Porque a esta familia le debes todo. La casa en la que vives, la educación que te pagué, el prestigio que tienes. ¿Crees que fue por tu cara bonita? No. Fue por el apellido Vargas. Así que vas a devolvernos el favor.
—No amo a Marco. Apenas lo conozco.
—Tampoco Sofía lo amaba y no importaba. ¡Ese matrimonio lo es todo! Los Beltrán son influencia, poder, dinero. ¡Y ahora piensan que los estamos humillando!
Tragué saliva. Por dentro, algo en mí se rompía más con cada palabra. No solo había sido usada por Maximiliano… ahora su familia también iba a apropiarse de mí. Como si yo no tuviera voz. Como si fuera una pieza intercambiable en una partida de ajedrez.
—Y no te atrevas a decirle nada a Marco —añadió mamá—. Le diremos que Sofía enfermó. Que tú decidiste reemplazarla por amor a la familia. ¿Entendido?
—¿Y si él se niega?
—No lo hará. Es un hombre práctico. No está enamorado de Sofía, estaba casándose por conveniencia. Tú le servirás igual.
Me quedé muda. Me sentía como un fantasma habitando un cuerpo ajeno. Todo esto era una pesadilla.
—Mamá… —comencé, con voz temblorosa—. No puedo hacer esto. No después de lo que pasó…
—¿Qué pasó? —preguntó ella con la mirada afilada.
La miré. Quise decirle que me acosté con Maximiliano. Que me usó. Que me humilló. Que su familia ya me destruyó una vez.
Pero no lo hice. Porque sé cómo reaccionaría. No con consuelo. No con comprensión. Sino con desprecio.
Así que mentí.
—Nada —susurré—. No pasó nada.
Ella asintió con satisfacción.
—Perfecto. Ponte algo decente. Vamos a la casa de los Beltrán en la tarde. Necesitamos mostrarles que todo está bajo control.
Subí las escaleras con las piernas temblorosas, sintiendo que con cada paso dejaba atrás una parte de mí. No sabía qué era peor: haber sido usada por Maximiliano o convertirme ahora en la esposa de su hermano.
Yo era Anastasia Vargas. La rara. La invisible. Y ahora… la sustituta.