El sonido de los limpiadores industriales flotaba en el aire cuando llegué al edificio. Era moderno, pulcro, con ventanales que reflejaban el cielo gris de la ciudad. Un par de trabajadores con batas azules cruzaban el vestíbulo, cargando carpetas y cajas. Me alisé la blusa sencilla, me acomodé el cabello y tomé una respiración profunda. Había llegado la hora. Un hombre delgado, de rostro amable y cabello canoso, salió a recibirme. Tenía una carpeta en la mano y una sonrisa genuina en el rostro. —Señorita Vargas, ¿cierto? —dijo extendiéndome la mano. —Anastasia, sí. Mucho gusto. —Soy el señor Valverde. Gracias por venir tan puntual. Pase, por favor. Caminamos por un pasillo iluminado con luces frías. El laboratorio era impecable, silencioso, con ese olor a desinfectante que recuerda

