Llevaba un mes golpeando puertas. Un mes despertando con la esperanza rota entre las costillas, revisando avisos de empleo con la fe gastada y el orgullo cada vez más desgastado. A veces pensaba que lo peor no era la indiferencia del mundo, sino el silencio de mi familia. Mi madre no volvió a dirigirme la palabra desde que firmé aquel maldito papel. Me lo advirtió: “Si renuncias a la herencia de los Beltrán, olvídate de esta casa”. Y lo cumplió. Me borró. Como si fuera un error en su historial perfecto. En cuanto a mi padre… ni una palabra. Nada. Se limitaba a mirar hacia otro lado como si yo no existiera. Supongo que eso dolía más que los insultos. Estaba sentada en el sofá del diminuto departamento de Clara. Mis maletas estaban a un lado, recordándome que ya no tenía dónde caerme muer

