Anastasia El reloj marcaba las seis de la tarde cuando sonó el timbre. No esperaba a nadie. Clara había salido a hacer unas compras rápidas y Mia seguía dormida en la habitación, agotada tras el paseo. Me asomé por la mirilla, con el corazón acelerado sin razón aparente, y sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Raquel. Estaba impecable, como siempre. Traje sastre gris, moño tirante, perlas en las orejas. Parecía más una reina que una suegra. Una reina de hielo. Abrí con cautela. No tenía miedo, no de ella al menos, pero su presencia siempre me resultaba asfixiante. Como si cada palabra suya pudiera erosionar mi voluntad. —Raquel —murmuré. —No me hagas perder el tiempo, Anastasia —entró sin esperar invitación, como si aún tuviera derecho a todo lo que me rodeaba. Cerré la puerta

