An observaba el pequeño apartamento que había logrado conseguir. Aunque era modesto, tenía una tranquilidad que la mansión Qin jamás le había ofrecido. Sin embargo, esa calma se quebró cuando el sonido insistente de la puerta la sacó de sus pensamientos. Abrió lentamente y se encontró cara a cara con Mei, quien, como siempre, estaba impecablemente vestida, con una sonrisa calculada que no dejaba lugar a dudas de que su visita no traía nada bueno. —¿Puedo pasar? —preguntó Mei, aunque no esperó respuesta antes de cruzar el umbral. An cerró la puerta detrás de ella, sintiendo un nudo en el estómago. Mei traía una carpeta bajo el brazo, y su actitud autoritaria llenaba el espacio reducido del apartamento. —¿Qué haces aquí, Mei? —preguntó An, tratando de sonar firme, aunque su voz temblaba

