¡Señor, disculpe el retraso!
La voz de Arthur me sacó de mis cavilaciones.
Apenas la chica del vagón me dejó plantado con las puertas cerrándose en mis narices lo llamé de inmediato para que me pasara a recoger. Mi aventura de escape había llegado a su fin allí.
― No te preocupes, fue mi culpa.
― Disculpe se lo diga señor: Pero no es recomendable que esté dando esos paseos furtivos sin el acompañamiento de los hombres de seguridad.
― Tranquilo jefe que yo puedo cuidarme solo.
Con él tenía la suficiente confianza para charlar sin los limitantes de nuestra condición. El nunca dejaba de hablarme como a su jefe aun y cuando yo me dirigía hacia el como lo que era: Mi amigo. Eran ya más de diez años de servicio los que Arthur tenía a mi lado. Desde que mi empresa despegó alcanzando la internacionalización regalándome los jugosos frutos de mi esfuerzo, desde entonces Arthur había sido mi hombre de confianza.
― Es que las tasas de secuestros han subido a niveles alarmantes señor.
― ¡Tranquilo hombre! ―le respondí― que en esta ciudad prácticamente nadie me conoce… en las calles fácilmente yo puedo pasar como un completo desconocido.
― Esta bien señor… ¿Y el resultado de los exámenes? ¿Cuál fue el diagnostico?
Arthur me miraba por el espejo retrovisor conocedor de que mi silencio significaba algo, pero yo me esforcé en desviar sus preguntas cortando de manera clara.
― Nada de qué preocuparse jefe.
Él no pregunto más y yo me recosté aliviado en el asiento trasero de mi transporte ejecutivo. Me serví un vaso de escoses y disfruté un sorbo largo y cargado antes de dirigir mi siguiente orden.
― Arthur necesito que hagas un par de llamadas mientras me relajo.
― ¿A quién señor?
― Llama al departamento de tecnología, diles que necesito un software de reconocimiento facial.
― ¿Y eso para que señor? ―la sorpresa y el desconcierto en su voz fue un gesto gracioso.
― Espera, que aún no termino ―acoté luego de dar otro sorbo para dejar casi a la mitad mi vaso de whisky― llama también a la gente del metro… diles que necesito una copia de todos los registros de sus cámaras de video del día de hoy y también la base de datos de las personas que compraron boletos entre las tres y las seis pm.
― ¿En qué aventura está metido ahora señor?
― Es que tengo que cumplir la primera tarea de una lista ―le dije.
Yo sabía que él quería seguir indagando, pero conociéndome como me conocía sabía que yo quería descansar, así que decidió dejar el tema en ese punto y pasó a enfocarse solamente en la conducción del vehículo.
Echándome sobre la plenitud del asiento de terciopelo presione el botón que accionaba el cierre de la ventana que separa la cabina del conductor de la estancia de relajación que había mandado a instalar en el asiento trasero de mi lujoso auto británico.
Hice volar los zapatos de mis pies y recosté mi cabeza cerrando los ojos para no permitir que ese precioso rostro con rasgos de princesa de película se me borrara de la memoria. De pronto el calambre doloroso volvió a mi mano haciendo que el dolor se convirtiera en una tortura insoportable. Ni siquiera el efecto aletargante del whisky era capaz de aliviarlo, solo el recuerdo de aquella sonrisa de la chica del tren era capaz de distraerme de las punzadas infernales que me llegaban por ráfagas.
*
Eran casi ya las diez menos treinta de la noche cuando por fin llegaron a mi despacho con una información sustancial.
― Señor Haier, creo que tenemos lo que pidió.
La voz de Carol, mi asistente y secretaria se escuchó por el intercomunicador dándome la noticia que había aguardado durante las últimas cuatro horas.
― Bien Carol, que pasen por favor
El joven regordete con anteojos de cristales anchos y movimientos tímidos ingresó al momento que mi secretaria le permitió el acceso.
Como casi siempre que alguien ingresaba a mi oficina por primera vez, el muchacho se quedó asombrado por la inmensidad de aquel espacio que gobernaba la cima de la torre empresarial más alta de la ciudad desde lo que podía bien ser una residencia para estrellas de cine.
Las paredes de cristal de todo el espacio permitían una vista de casi trescientos sesenta grados en su extensión. Una decoración minimalista y con muebles de estilo vanguardista me permitía sentirme a gusto en mi espacio de trabajo.
― ¿Cuál es tu nombre mi amigo? ―pregunté con la voz serena para llamar su atención pero al mismo tiempo también para calmar su nerviosismo.
― Miguel, Señor ―respondió él, acercándose hasta quedar a un par de metros delante de mi escritorio.
― Bien Miguel… cuéntame ¿Qué tienes para mí?
El muchacho se removió incomodo, se notaba su temor a quedar expuesto ante mí, el jefe de los jefes.
Cuando esa tarde, ya a punto de culminar su jornada laboral del día, recibió la llamada que lo requería para cumplir una misión específica directamente ordenada por el CEO de la empresa, su asma seguramente debió visitarlo.
Casi siempre me preguntaba porque los empleados me veían de esa manera. Yo era un sujeto cualquiera, un rico cualquiera podría decir. No pretendía ser altanero ni mucho menos soberbio, solo disfrutaba de mi éxito y trataba a cada quien según su desempeño y comportamiento. Si se portan bien conmigo yo los trataba bien, si se portaban mal, de seguro les iba a ir muy mal.
― Creo haber dado con la información sobre la mujer que nos pidió identificar, señor Haier.
― Bien ¿cómo lo hicieron? ¿Infringieron algo?
― No mucho señor, solo la base de datos de compras del metro y los registros financieros del banco estadal, y una que otra cuenta de r************* señor.
― ¿No hay que pagar nada entonces?
― No señor.
― Bien, entonces ¿Como lo hicieron?
― Identificamos a la mujer del video que aparece junto a usted en el vagón número tres y luego también la identificamos en las cámaras de la plataforma de desembarque. Realizamos un marcaje por inteligencia artificial de sus rasgos físicos para determinar sin margen de dudas la determinación de su identidad en el registro fílmico de la cabina de boletería… teniendo la oportunidad de determinar mediante el video la hora en la que esta mujer compró su boleto, logramos acceder a sus datos bancarios y a partir de ahí fue fácil la identificación… A su correo personal le fue enviado un dossier con toda la información.
Al escuchar aquella rápida información cargada de tecnicismos me sentí satisfecho de que mi emporio empresarial descansara en un personal de la más excelente capacidad.
Saqué mi teléfono del bolsillo de mi chaqueta y efectivamente ahí estaba el icono de un nuevo correo recibido. Lo abrí y lo primero que encontré fue la fotografía de la princesa que estaba buscando, en la foto aparecía con su toga y birrete recibiendo el título de su doctorado en biología. La sonrisa me volvió al rostro al descubrir nuevamente aquellos ojos de color ámbar profundo, con sus mejillas sonrosadas y ese flequillo de media luna invertida que me había causado tan buena impresión. Ella por su belleza destacaba en la fotografía entre el grupo de sus compañeras, sin embargo se mostraba tímida e insegura lo que me permitió corroborar lo que ya imaginaba: esa actitud desafiante y altanera de la tarde fue todo un teatro. Deslicé el dedo por la pantalla hasta llegar a lo que más me importaba: su nombre y su dirección.
― Perfecto ―dije para dejar en claro ante Miguel mi satisfacción ante su desempeño inmejorable― ya puedes retirarte… pasa con Carol… ella te va a entregar algo.
― Gracias señor ―fue lo único que fue capaz de decir el chico antes de salir a paso rápido de mi despacho.
Regresando mis ojos a la pantalla leí nuevamente el nombre de ella: Susan Medina.
― Susan ―repetí en voz baja para luego leer su dirección.
Acto seguido presioné el interruptor del intercomunicador para hablar a Carol:
― Carol, linda… necesito un favor: consígueme el oso de peluche más grande que se fabrique en este continente y si no es lo suficientemente grande por favor que fabriquen el más grande que sea posible… y necesito también un ramo de rosas violetas, no sé si existan, pero si no existen, que las pinten por favor.
― ¡Señor Haier! ¿Y eso?
― Es para cumplir una tarea ―yo sabía que ella lo preguntaba porque desde siempre había estado enamorada de mí, por eso siempre buscaba estar al pendiente de cualquier interés romántico que yo pudiese tener, pero aunque ella era una mujer de una belleza impresionante, ese juego del romance jefe/secretaria nunca me había convencido así que nunca permití nada entre nosotros más allá del trato jovial y saludable―… ah, otra cosa más… dale a Miguel un cheque por doscientos mil dólares, quizás con eso le alcance para iniciar su propia empresa.