Ella: Vida vieja, vida nueva

1682 Words
El rostro de él era el primer recuerdo feliz de mi nueva vida, un recuerdo grato y placentero. Esperaba que fuese el primero de muchos. Para comenzar mi nueva vida debía dejar atrás la vida vieja, estaba dispuesta a desechar lo malo y quedarme solamente con lo positivo para empezar de la mejor manera. Era una decisión verdaderamente difícil, pero después de recibir una noticia desgarradora como esa, no había forma de tomárselo a la ligera. No quería hacerme la mártir ni pasar por dramática, simplemente quería sentirme bien conmigo misma y de cierta manera enmendar las cosas de mi vida pasada antes de que el tiempo me ganase, era algo que me traía paz. Recostada en la cama mirando por la ventana de mi habitación que daba vista a las ramas del viejo roble que crecía en el patio trasero desde que la casa perteneciera a mis abuelos maternos, comencé a darle un vistazo a un álbum de recortes y fotografías que conservaba desde la primaria. En épocas donde la fotografía digital ha desplazado a las fotos “convencionales” encontrar un álbum fotográfico era prácticamente una rareza, pero esa era yo, una análoga y rara que siempre disfrutaba de ese tipo de cosas. Un libro de papel siempre lo preferí por sobre miles de E-books, un abrazo cálido me reconfortaba más que mil video llamadas, una palabra más que mil mensajes. En el álbum eso quedaba en evidencia: mientras que mis compañeras de clase siempre resplandecían luciendo las tendencias de moda de cada época, yo por el contrario siempre aparecía en las fotos rompiendo el molde. No me daba para ser la rara del salón, cuando mucho podían considerarme una especia de cerebrito amable y muy tímida, pero sin dejar de ser parte de la dinámica normal de un salón de clases. En varias fotos me veía junto a distintas chicas que ocuparon el papel de “compañeras de estudio”, pero recién me daba cuenta que a ninguna de ellas podía considerarlas “amigas” en el sentido real de la palabra. Nuestras conversaciones nunca iban más allá de los temas de clases o estudios, y no porque ellas me excluyeran ni mucho menos, por el contrario había sido siempre yo la que sentía no encajar en ningún lado. Siempre me sentí ajena en todas partes, ahora en cambio tenía la oportunidad de comenzar desde cero con una nueva vida forjada según lo que yo decidiera, una vida nueva según mis gustos y preferencias, por lo cual el recuerdo de ese sujeto se instaló de manera irremediable en mi corta memoria, después de todo ese rostro de rasgos angelicales y sonrisa de ensueños era algo que cualquiera habría anhelado en su vida. De a ratos me arrepentía de haberle negada el acceso. Me preguntaba si no hubiese sido preferible darle rienda suelta plenamente a mi osadía y haberle coqueteado hasta llevármelo a la cama… que cosas, una virgen de veinticinco años que en su vida ni siquiera había besado a un chico ahora se encontraba considerando la idea de llevarse a la cama a un hombre al que apenas conoció en un vagón solitario del metro. La idea me era apetecible al extremo, pero sabía que en esa vida nueva que recién iniciaba, tenía estrictamente prohibido permitirle el ingreso a nadie más, no me podía permitir hacerle daño a un tercero, ya con el dolor de mis padres tenía suficiente para sufrir como para pensar en el dolor de otro. La empatía y el altruismo siempre me habían funcionado como una útil válvula de escape. El ponerme en el lugar del prójimo y dar lo mejor de mí para colaborar en lo necesario, me permitía vivir disfrutando la vida. Por eso la idea de imaginarme sufriendo un dolor de duelo como al que pronto sometería involuntariamente a mis padres, era algo que me quitaba el sueño. La simple idea de involucrar a otro me resultaba impensable. El dolor y la desesperanza amenazaron con envolverme nuevamente al darle cabida a estos pensamientos, por lo cual resolví pasar la página para encontrarme con la fotografía de mi graduación, uno de los días más felices de mi vida. Ese día después de mucho tiempo había cumplido una de las más grandes metas de mi vida: Doctorarme en biología para así poder estudiar y preservar la vida, mi sueño desde niña. Entonces, recobrado los ánimos, completé mi propósito: de aquel álbum retiré cualquier fotografía o recuerdo que me hiciera recordar todo lo que yo ya no quería en mi vida, cada fotografía o recuerdo que me hiciera pensar en esa vieja yo, llena de temores, de miedos, de timidez insufrible, de pánicos incontrolables, todo eso desapareció de mi álbum personal. Me quedé en cambio con aquellos momentos de felicidad, de paz, de alegría. Si mi vida nueva necesitaba un pasado, me encargaría de forjarme un pasado feliz. Yo mandaba en mi vida, nadie más podía decirme que podía y que no podía hacer. Yo era la dueña, yo decidía. El desprendimiento del pegamento de aquellos recortes hacía eco de cómo se desprendían al mismo tiempo el miedo y el temor de mi alma. Ya no sería más nunca “Susan la reservada”, ahora seria “Susan la que sabe vivir”. Sintiendo el disfrute de ese acto liberador, escuché a mi papá llamando a la puerta. Su voz era sin duda alguna uno de los sonidos más reconfortantes que había conocido en la vida mía. Él era el hombre más abnegado al que alguien pudiera conocer, su corazón desbordante de amor me había protegido y mimado desde siempre como a la niña de sus ojos, y ahora, luego de la noticia dada por el doctor, mi papá más que nunca se dedicaba a protegerme. ― Pasa papá ―le dije mientras me apresuraba a secar las lágrimas que habían desahogado mi alma. ― Susan, pequeña ¿Cómo estás? ―la voz de mi padre dejaba entrever que su preocupación se disfrazaba de comedimiento para no pecar de sobreprotector. ― Mejor que nunca papá ―mentí con desparpajo, no quería darle más preocupaciones de las que ya de por si él cargaba―, esto de empezar de cero es una oportunidad inmejorable… todos deberían intentarlo alguna vez. ― Seria genial ―mintió también mi papá. Si para empezar de nuevo se debía recibir una noticia como aquella, mejor era quedarse con su vida de siempre―… me alegra que estés de tan buen ánimo. Hay algo que requiere tu atención. ― ¿Qué cosa pa? ―pregunté confundida pasando la palma de mi mano por mi mejilla para terminar de eliminar cualquier rastro de mi llanto. ― Debes verlo tú misma. Mi papá no dijo nada más. Con una sonrisa sincera en el rostro se quedó esperándome junto a la puerta de mi habitación. Yo sabía que no podía negarme, no a mi padre. El me conocía bastante bien y si no fuese estrictamente necesario él no me hubiese molestado para hacerme salir de mi fortaleza de la soledad. Arreglé mi cabello un poco y me coloque mis súper elegantes pantuflas que hacían juego con mi pijama de unicornios, ese pecado de ropa de dormir que mantenía desde la adolescencia, y salí junto a mi padre quien reía de manera misteriosa. Cuando él me condujo hasta la sala, mi sorpresa fue inminente: justo delante de mí se encontraba un oso de peluche de más de dos metros de altura y en su regazo un ramo frondoso de rosas del violeta más brillante que jamás hubiese existido. Mi papá no dijo nada, no era necesario, en mi cabeza yo sabía lo procedencia de aquello y por más que me resistiera la felicidad y el regocijo me inundaron la existencia. ― Lo hizo ―susurré incrédula al principio, llegándome hasta el inmenso peluche― ¡Él lo hizo! ―repetí nuevamente, pero ahora levantando la voz en un grito de genuina felicidad. Tomé las flores en mis brazos y respire su fragancia para llenar mis pulmones de vida. De mi interior surgieron unas ganas incontrolables de bailar de alegría. Si, muy en el fondo una voz me decía que aquello era una locura y que no debía ilusionarme, pero como decirle eso a un corazón tan debilitado como el mío. Comencé a dar saltitos de alegría y fue en ese momento cuando lo vi. Viniendo desde el comedor acompañado de mi madre, el chico del vagón me miraba asombrado con sus ojos de esmeralda. La vieja Yo se hubiese desmoronado de la vergüenza, hubiese salido corriendo o simplemente se hubiese quedado petrificada de nerviosismo, sin embargo debía corresponder a lo que me había dicho a mí misma desde el día anterior: «esa ya no soy yo», entonces, haciendo un inmenso acopio de fuerzas, logré recomponerme para no quedar expuesta y pude decirle. ― ¿Cómo lo lograste? El terminó de llegar justo a donde estaba mi papa, a unos dos metros de mí, y con una sonrisa resplandeciente me dijo ― Cuando una princesa pide algo los príncipes debemos cumplir sus deseos. Si, él estaba siguiendo ese juego que yo me había inventado y estaba desviando mi verdadera pregunta, pero cómo podía yo reprocharle nada si él había sido capaz de cumplir mis disparatados caprichos ― Eso no responde mi pregunta ―le dije con el ceño fruncido, tratando de disimular de mi rostro la mirada embelesada que él me provocaba. Él terminó de zanjar la distancia que nos separaba y extendió su mano antes de decir. ― Hola Susan, mi nombre es Erick… y sí ya me permites invitarte a salir, te contare con lujos de detalles todo lo que me pidas. Yo correspondí su saludo y cuando la palma de mi mano rozó la piel de la suya, sentí un respingo que me recorrió el cuerpo entero. Un impulso de instinto puro que me hacía sentirme viva de verdad. ― Hola Erick―respondí con la voz entrecortada―… recuerda que aún faltan nueve tareas por cumplir.
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