Él: Su mirada

1467 Words
Su mirada desapareció cualquier duda que aun pudiese existir en mi mente. Y es que ese no era yo. Me desconocía a mí mismo. El romance y los detalles nunca habían sido causas que robaran mi atención, sin embargo ahí me encontraba yo, como todo un novato inexperto, cumpliendo los caprichos de una princesa de cuentos de hadas. Yo era el tipo de hombres que no necesitaba hacer eso, no es que yo fuese el típico millonario soberbio, pero debo decir que las ofertas amorosas nunca me faltaron, sin embargo nunca nada real o que por lo menos pudiese llamar mi atención, ninguna mujer que fuese capaz de hacerme quizás creer la idea que se interesara en mí y no en mis millones. Por eso ella era diferente, ella me conoció, o mejor dicho recién me empezaba a conocer por quien en realidad era yo y no por la fachada del empresario exitoso, y aun así me había cautivado con ese juego de romance que me robó la atención desde el primer momento. Nunca en toda mi vida me hubiese imaginado cumpliendo los caprichos de una mujer, ahora sin embargo pensaba diferente, si ella lo había pedido yo debía cumplirlo o por lo menos eso era lo que me repetía a mí mismo. La idea de embárcame en esa empresa de conquista me devolvía por lo menos a vivir la vida con un dejo de normalidad. Una normalidad que nunca había existido en mi vida, por eso al presentarme en esa casa decidí hacerlo como un tipo normal. No pretendía mentir ni mucho menos, simplemente omitiría la parte de mi situación financiera para evitar que todo se fuera al carajo antes de comenzar. Si ella era capaz de sonreírme de esa manera sin saber de mis millones, entonces mis millones no entrarían en escena. Cuando me presenté lo hice con mi nombre de pila solamente, si anunciaba mi apellido todo se arruinaría. Quien me recibió fue el padre de Susan, un tipo agradable y muy conversador que se asustó al momento de ver el tamaño del oso. Fue un poco incómodo explicarle mis intenciones y la razón de cómo me involucré en el juego divertido de su hija. Él al principio se mostró confundido, como si algo de todo aquello que yo le contaba no le quedara del todo claro. Me fue necesario contarle con lujos de detalle mi encuentro con Susan en el vagón del metro para que el aceptara que hablábamos de la misma Susan. Después de haber aceptado mis razones como ciertas, por fin me invitó a pasar a la casa, pero aun no me permitió ver a su hija. Luego de presentarme a su esposa me pidió conversar algo con mucha seriedad. Por un momento me sentí como un estúpido. Con todo lo que yo había vivido, descubrirme en ese momento en la cocina de una casa de clase media preparándome para recibir un sermón del padre de una chica veinteañera, era un poco más que contradictorio. Entonces hice acopio de fuerzas y me obligué a cumplir a cabalidad mi cometido. De entrada las palabras del señor Rubén, padre de Susan, fueron bastante esquivas y nada claras. Me confesó que Susan no era una chica cualquiera, me dijo que era una chica especial de muchas maneras pero me recalcó con énfasis que su situación no era típica. Obviamente intenté pedir explicaciones al respecto, pero ni Rubén, ni Clara, la madre de Susan, quisieron darme detalles, alegando que era decisión de Susan que no se hablara al respecto y que en todo caso debía ser ella quien me lo contara. Al escuchar sobre lo enrevesado de la situación sentí ganas de huir de ahí de inmediato, pero ya me había comprometido lo suficiente como para no ceder a las primeras de cambio. Cuando ambos me preguntaron si realmente estaba interesado en su hija, no tuve más remedio que abrir mi corazón y hablarles con sinceridad: esa chica de ojos penetrantes y sonrisa encantadora se había quedado grabada en mi memoria de una manera inexplicable, así que no había manera de negar lo obvio. Fue entonces cuando Rubén accedió a llamar a su hija. Mientras la esperaba el tiempo se me hizo eterno, la señora Clara me contó historias de como imaginaba la familia de su hija, con hijos incluidos en la historia, y aunque ese día me presente casual sin nada de corbatas, en mi cuello sentí un nudo que me impidió la respiración al escuchar aquello. Por suerte para mí, al cabo de un rato, escuché el canto de un ángel. Reconocí su voz como si la conociera de toda la vida. Nunca antes de eso me había enamorado, no sabía a ciencia cierta cómo debía sentirme ni cómo reaccionar, pero me convencía de que definitivamente así debía comenzar todo aquello. Clara me pidió seguirla hasta la sala y fue cuando la vi nuevamente, con su pijama de unicornios y sus pantuflas de peluche me pareció la mujer más perfecta del mundo y su mirada me devolvió por completo la seguridad. Si alguna duda terrenal se hubiese podido albergar en mí ser, ese par de ojos llenos de vida me devolvían a las nubes a volar. Pero yo como pobre incauto, imaginaba que al verme correría a mis brazos y se distendería en muestras de amor hacia mí, sin embargo con mucho comedimiento, Susan supo mantenerse fiel a su puesta en escena, limitándose a un cordial saludo de manos antes de pasar a dejarme en claro que las tareas de la dichosa lista aún no habían acabado. Luego de intercambiar un par chistes sobre el tamaño del oso y de su particular pijama de unicornios, sus padres se excusaron para retirarse recomendando a Susan que me invitara a pasar al jardín. Susan se hizo esperar más de la cuenta arreglando las flores y buscando la manera de acomodar el portentoso peluche en algún rincón de la casa, y aún más se tardó cambiándose mientras yo la esperaba paciente en una banca en medio del jardín de vegetación veraniega. La manecilla de mi reloj de pulsera me dejaba bien en claro que aquel experimento ya había durado más de la cuenta. ― ¿Qué te pasa Erick? ―me pregunté en voz baja como siempre lo solía hacer en momentos de sana soledad― ¿De verdad esta chiquilla vale todo esto? Era la voz de mis dudas la que se hacía escuchar, pero al mismo tiempo la voz de mi corazón que me gritaba que ella era especial, que sí valía la pena. Después de todo, gracias a ella había aceptado la idea de seguirlo intentando y no darme por vencido a todo lo demás. Era gracias a ella que mi vida había adquirido una pizca de sentido, aunque aun yo no lo tuviese plenamente clarificado, por lo cual valía la pena seguir esperando sentado en esa banca en medio de un jardín de una casa de una familia a la que apenas había conocido. Y nuevamente, como me había ocurrido recién, cuando tuve la oportunidad de verla aparecer en la puerta de la casa caminando hacia donde yo me encontraba, cualquier viso de dudas en mi mente desapareció en el acto. Era ella, sin dudas tenía que ser ella. Su caminar agraciado y su figura esbelta eran para mí la epitome de la belleza. Ninguna de las mujeres ataviadas con las mejores marcas del mundo podía equipararse a ese tipo de belleza de Susan. Ella era portadora de la belleza más difícil y escaza que existe: su belleza era su sencillez. Ella no necesitaba ir vestida con grandes marcas o con accesorios rimbombantes, ni siquiera necesitaba exhibir sus atributos femeninos de forma indecorosa. Un jean y una blusa sencilla eran más que suficiente para dejar en evidencia que era la mujer más hermosa que cualquiera pudiera contemplar. Llevaba su cabello atado en una cola de caballo y como calzado llevaba un par de zapatillas deportivas lo cual le hacían adquirir un aire de desenfado bastante peculiar. Si no fuese por sus pechos de tamaño perfecto y sus curvas bastantes acentuadas, bien podía confundirse con un chico que iba al parque a practicar deporte. En mi rostro estoy seguro que se dibujó una sonrisa de felicidad y regocijo cuando ella llegó y se sentó a mi lado y me sonrió a manera de saludo. Nadie dijo nada pero al escuchar sus primeras palabras mi mueca debió cambiar para dar lugar a la expresión del desconcierto que me surgió del alma. ― Erick, lo siento de todo corazón ―fueron sus primeras palabras pronunciadas con una terrible tristeza que se podía sentir en su voz―, pero esto es un error… te pido disculpas, yo soy la culpable, pero esto se debe terminar
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