Y ahí estaba él, con su apariencia de ángel y su mirada que me dejaba sin aliento, sonriéndome desde el otro extremo de la banca del jardín, y ahí estaba yo, encontrándome obligada por mis miedos a tener que frenar en seco sus pretensiones románticas y amorosas.
Está de más decir que mientras él me esperaba en el jardín yo maldecí mil veces mi mala suerte. ¿Por qué tenía que haberlo conocido precisamente el peor día de mi vida cuando ya no había vuelta atrás? Definitivamente tenía que ser una broma que una fuerza superior me jugaba buscando hacer más miserable mí ya de por si maltrecha existencia.
Me regodee más de la cuenta arreglando las flores y guardando el oso. Por un momento pensé en devolverle todo y terminar aquello de forma abrupta, pero la mirada de mi papá me hizo entender que ese hombre no tenía la culpa de nada, que había sido yo misma quien le había abierto las puertas para que él se creyera con posibilidades. Me tocaría entonces encontrar la forma de zafarme de aquello sin dañar de manera cruel a ese galán.
Un galán como ese, que solo se ve en revistas o en películas, no podía estar interesado en mí, algo debía estar mal. No es que los hombres no se hubiesen interesado en mí en el pasado, porque sí tuve un par de pretendientes con insinuaciones tenues, pero ninguno que demostrara estar dispuesto a sobrepasar las barreras que mis miedos y temores les imponían de por medio
No tenía forma de explicar mi desconcierto, pero el esfuerzo demostrado por él para llegar a cumplir lo que yo le había impuesto como retos para desalentarlo, me ocasionaba un choque emocional difícil de descifrar.
De cierta manera mi corazón lo agradecía. Gracias a él ya no estaba en mi cuarto llorando por los años perdidos de mi pasado e imaginando una vida que no fue, ahora en cambio tenía que prepararme para darme el lujo de romper dos corazones de un solo tiro: El suyo, el de Erick, porque después de haberle pedido toda esa parafernalia, ahora debía decirle que todo había sido un mal chiste y que no había forma de que entre nosotros existiera algo, y aun mas debía romper mi cansado corazón, ya que era mi obligación hacerme plantar los pies sobre la tierra para entender de una vez por todas que nada de aquello era posible, que ese rostro roba suspiros solo debía quedar en mi mente como un grato recuerdo.
Así fue como me decidí a vestirme de la manera más casual posible, nada especial que le hiciera pensar que yo estaba interesada como de verdad si lo estaba: blusa, jean y zapatillas. Mi apariencia hacia juego con la de él, que iba vestido con camiseta y pantalón con su cabello rebelde como siempre.
Cuando al fin me atreví a decir lo que no quería decir, el silencio se me atravesó en la garganta como un cuchillo que me laceraba sin piedad.
El peso de sus ojos verdes que me atravesaban el alma, me hicieron trastabillar en mis ya de por si endebles determinaciones.
Yo esperaba cualquier otra reacción, un grito de frustración, un insulto comedido o incluso tal vez alguna que otra lagrima, pero su reacción luego del silencio inicial me tomó por sorpresa.
En su rostro perfecto se anunció una sonrisa también perfecta.
― Tienes que tener una razón muy fuerte para decir eso ―me respondió Erick sin dejar de mirarme con esa rara melancolía en su mirada.
Sé que es una locura, pero casi podía estar segura que él podía sentir lo que yo estaba sintiendo.
― La más fuerte que te puedas imaginar.
Mi respuesta fue sosegada y bastante escueta, trataba por todos los medios de no seguirme involucrando emocionalmente en todo aquello, pero la tarea me resultaba imposible, con cada palabra que se cruzaba entre nosotros la tensión y el interés se multiplicaba de manera exponencial.
Erick no se movió de la banca, simplemente se acomodó para quedar frente a mí, definitivamente lo que yo había dicho no logró hacer mella en su interés.
― No quisiera imaginármelo… me gustaría que tu misma me lo contaras, pero si no se puede no hay nada que yo pueda hacer al respecto.
Mi alma bullía de interés. Quería preguntarle qué motivo impulsaba su interés, pero no quería seguir indagando en cosas que acentuaran el dolor que ya de por si se me hacía difícil de sobrellevar. Entonces decidí cortar por lo sano sin darle más vueltas al asunto.
― No quiero que me malentiendas: no es algo en contra de ti… yo estaría más que gustosa de poder jugar este juego… pero es que simplemente hay cosas de por medio que me imposibilitan… o mejor dicho me retienen a cierto tipo decisiones que no dependen exclusivamente de mí.
Tuve que obligarme a callar, si seguía hablando corría el riesgo de abrirme de manera irreparable, y es que ese hombre de manera sorprendente me hacía sentir en confianza y cómoda de manera inesperada.
Esperaba que mis palabras fueran suficientes para acabar aquello en definitiva.
Erick se colocó de pie sin decir nada.
Podía ver por sus movimientos que una duda también le apremiaba a él. Por su porte y comportamiento Erick no parecía ser del tipo de hombres tímidos o inseguros y casi podía estar convencida de que yo no era su primer intento de conquista. A un hombre con su rostro y cuerpo y aún más con su personalidad imponente, las mujeres debían lloverle a cantaros, así que no terminaba de entender el motivo por el cual él simplemente no daba todo por terminada y dejaba pasar el mal rato.
Yo no era una reina de belleza. Mis padres me aseguraban que yo poseía una belleza envidiable, pero nunca le presté mucha atención al asunto, sin embargo no me daba para creer que él siguiera esforzándose en un intento infructuoso, motivado solamente por mi belleza. Debía existir algo de lo que yo no estaba enterada.
― Sabes Susan ―Erick se decidió al fin a hablar con un tono que daba para entender que aquellas palabras brotaban de su corazón―… antes de llegar aquí a tu puerta me pregunté mil veces si no era una locura presentarse a la puerta de una casa desconocida, con un peluche de dos metros de alto a preguntar por una chica de la que ni siquiera sabía el nombre con seguridad y con quien solo había compartido un par de palabras… y sabes una cosa, sí es una locura todo esto. Es una locura tuya y también una locura mía, pero también debes saber otra cosa: desde que yo escuché esa locura no he podido sacarla de mi cabeza y no he podido pensar en nada mas que no sea en esa locura… yo no soy un tipo de romanticismos. Esos libros de romance que tú lees me ocasionaban nauseas hasta ayer, sin embargo mírame ahora: con rosas y peluche en mano para cumplir tu dichosa lista… así que no quieras desacerté de mí con un simple “Chao y gracias”, si llegué hasta aquí espero por lo menos la oportunidad de seguirlo intentando… aunque todo esto sea una inmensa locura.
Las palabras de Erick me sonaban a verdad. Había mucho que él no sabía, pero había también mucho que yo no sabía.
Fue un error tremendo de mi parte considerarlo a él como un ser plano y unidimensional sin siquiera haber tenido la oportunidad de conocerlo. Yo no sabía nada de sus motivaciones o de su pasado; así como yo ocultaba verdades que el desconocía, lo mismo ocurría en el sentido contrario. Yo fui una tonta al pensar que un hombre dispuesto a hacer aquello por el simple hecho de complacerme, iba a aceptar mis palabras sin oponer un mínimo de resistencia.
Nunca me resultó agradable descubrir que alguien me llevara la contraria, creo que a nadie le debe agradar eso, pero esa vez Erick me enseñó a disfrutar de una buena opinión discordante.
Yo seguía estando segura de que aquello era una terrible idea, pero gracias a su tozudez y determinación, por lo menos iba a tener la oportunidad de cortar aquel disparate de una manera amena para los dos: seguía estando segura de no darle más alas al asunto, pero lo haría de manera que ambos lo pudiéramos disfrutar.
― Sabiendo eso te propongo lo siguiente ―colocándome también de pie y acomodando mi blusa antes de pararme frente a él, le dije―: sin ningún tipo de compromiso sentimental de por medio, te dejare saber el siguiente requisito de mi lista y tu veras si estás dispuesto a seguir con todo esto.
― Cuéntame, soy todo oídos ―Erick me respondió sin mirarme a los ojos.
― Nuestras siguiente conversación… ―hice una pausa para dejar que a mi dilatada imaginación se le ocurriese el requisito más complejo que pudiera desmotivarle― Debe ser a bordo de un carruaje de estilo barroco tirada por caballos árabes blancos.
Si él se había interesado en mí por mis caprichos disparatados, entonces lo saturaría de caprichos disparatados hasta que se diera por vencido. En mi mente la idea tuvo sentido: así me libraría de sus pretensiones amorosas y yo podría disfrutar su compañía el poco tiempo que aquello pudiese durar.