― Señor Haier ¿Está de acuerdo?
La pregunta me sacó de mis cavilaciones. Cuando logré reaccionar me volví a encontrar en la sala de conferencias de la torre Haier reunido con los mayores inversionistas de la industria. Desde hacía aproximadamente unos cuarenta y cinco minutos me encontraba allí, o para ser más preciso debo decir que era mi cuerpo el que hacia acto de presencia porque mi mente y corazón tenían otro destino.
Acomodándome la corbata logré hacer algo de tiempo antes de responder. No tenía ni la menor idea sobre lo que me pedían la opinión, por suerte Carol con quien siempre podía contar de manera segura, se encargó de mostrarme disimuladamente unos apuntes que tenía marcados en su libretita.
De reojo alcance a leer un par de términos sobre lo que ella me facilito y así logre esgrimir una respuesta medianamente creíble.
― Claro que si Lorenzo ―enfoque a mi interlocutor para hacer contacto visual y demostrar de esa manera una seguridad fingida―, creo que hablo por todos mis socios al decir que esta cooperación entre las industrias Haier y la firma Ferdinand será un éxito total y definitivamente dará mucho de qué hablar.
Lorenzo, cual lobo rapaz al conseguir su objetivo, sonreía de satisfacción. De cierta manera él pensaba que yo era el perjudicado, pero gracias al trabajo invaluable de Carol, nuestro departamento de finanzas había descubierto una variable de mercado que ellos no consideraban y aun y cuando ellos en representación de la competencia, pensaban que se estaban saliendo con la suya, en realidad esa decisión a la larga iba a terminar por favorecer a nuestro conglomerado de socios.
La reunión terminó con el convencional apretón de manos impersonal y lejano, no más que una mera formalidad. En ese mundo de hombres calvos y mujeres arrugadas, lo que menos existía era la frivolidad o el relajo. Ese era mi mundo. En él me sentía como un pez en el agua, o por lo menos así había sido hasta antes de conocerla a ella. Ahora en cambio ni siquiera en medio de la reunión más importante del año había logrado mantener mi cabeza centrada en otra cosa que no fuese su recuerdo.
Para cuando el último de los invitados salió por la inmensa puerta de cristal, mi mente había vuelto a parar en el mismo recuerdo.
El rostro de Susan no me dejaba espacio para pensar en nada más.
Carol se ocupó de manera profesional dando la despedida a cada uno de los lobos rapaces que habían asistido a la conferencia. Ella era toda una experta en ese mundillo y se movía en él con una experticia incuestionable. Muchas veces la veía zafarme de situaciones complejas y me confirmaba con creces que era yo un afortunado de contar con su apoyo.
Ella cerró la puerta tras de sí para luego soltar el aire de sus pulmones en un suspiro aletargado. Su cara de satisfacción dejaba adivinar lo comprometida que se sentía con la causa de mi empresa, sin embargo rápidamente la sonrisa de su rostro dio paso a una mueca de intriga cuando regresó para sentarse nuevamente a mi lado.
― ¿A caso no le alegra que hayamos concretado el acuerdo?
Carol se preocupaba por la empresa como si ella fuese una de las dueñas. De cierta manera su estabilidad económica dependía del futuro prometedor de las industrias Haier, pero el afán y el ahínco con el que ella cuidaba recelosamente mis intereses era verdaderamente admirable.
― Si… sí, sí, claro que me alegra.
― ¡Ah claro! Si, por eso se le nota tanta alegría en el rostro ―Carol exageró el sarcasmo en su afirmación para que no quedara ningún tipo de dudas sobre la intencionalidad de su frase.
Al escucharla decir aquello me permití reír con desparpajo y es que con Carol al igual que con Arthur, yo me sentí completamente en confianza. Ellos dos eran para mí lo más parecido a una familia.
― ¿Mi cara no expresa mi satisfacción? ―pregunté mirándola a los ojos
― Para nada ―me respondió Carol reclinándose en el respaldar de la silla para cruzar sus esbeltas piernas una sobre la otra.
Volví a sonreírle antes de mirar la hora en mi reloj ejecutivo, uno distinto para cada día. Faltaban treinta y siete minutos para las cinco de la tarde. Aun debía esperar un poco más.
Carol no quiso dejar que nuestra conversación languideciera, por eso al notar mi silencio aprovechó y salió al ruedo con un nuevo comentario.
― Ya estamos a punto de salir del horario de trabajo así que permíteme dejar el tono formal por favor.
― Como gustes Carol ―le respondí aflojándome el nudo de la corbata para dejarme caer contra el respaldo de la silla.
― Perfecto… ¿Puedes decirme que demonios te ocurre? ―Carol se inclinó hacia delante de manera que sus enormes pechos exigieron su escote al máximo―. Estábamos frente a los representantes legales de la mayor competencia para las industrias Haier y tu ni siquiera estabas aquí, tenías la cabeza en otro lado… tú no eres así.
Y si, Carol tenía toda la razón. Ni yo mismo podía dar crédito a lo que estaba ocurriéndome. Yo, el lobo joven con mayor proyección en los negocios de los últimos diez años, ahora se perdía en una de las juntas más importantes para el futuro de mi empresa. No daba en creer que fuese posible que una mujer pudiera cambiarme tanto. Ese era mi entorno, mi mundo y ahora sin embargo aguardaba desesperado que las agujas del reloj avanzaran con premura para salir corriendo de ahí. Pero Carol no podía saber nada de aquello.
― No es nada Carol. Nada para preocuparse…
― Erick ―me interrumpió Carol con un fuego extraño en sus ojos―, tú no puedes engañarme ¿Lo sabes?
Y en eso ella también tenía la razón, ya eran tantos los años compartiendo uno al lado del otro, que mis intenciones no pasaban desapercibidas ante ella.
― Lo sé, lo sé.
― Entonces no quieras engañarme por el amor de Dios. Yo sé que te pasa algo y me pone muy triste que no tengas la suficiente confianza como para abrirte conmigo y contarme lo que sientes… Cuándo vas a entender que yo no estoy para ti solamente para el trabajo. Yo estoy para ti para lo que tú necesites... solo es cuestión de que dejes de verme como a una simple asistente.
Aquí vamos de nuevo, pensé. Carol era una asistente inmejorable, su único defecto eran sus constantes coqueteos.
― Si, lo sé ―dije cortante. La forma sugestiva en como ella había pronunciado su última frase me dejó en claro el rumbo que ella aspiraba a darle a nuestra conversación, así que corté por lo sano ya que yo no estaba dispuesto a permitirle avanzar más de la cuenta.
― Lo dices, pero no terminas de creerme ―dijo Carol con un fingido tono de tristeza mientras revolvía con sus dedos su melena dorada.
― Te creo ―le contesté al tiempo que me ponía de pie dando por terminada nuestra conversación―, pero te estoy diciendo la verdad: no hay de qué preocuparse… ahora vamos, quiero irme temprano.
Carol se levantó también ella y por un instante amagó con dar un paso hacia donde yo me encontraba. Fue cuestión de microsegundos, pero me pareció haberle visto una lágrima naciente en su ojo. La idea de encontrarme dañando a Carol me resultó desagradable, pero no había nada que yo pudiera hacer: aunque ella fuese una mujer de belleza incomparable, yo sencillamente no era capaz de verla como algo más.
Ella salió también por la puerta de cristal cuando mi teléfono me anunció la llamada de Arthur.
― Dígame jefe ―bromee al contestarle mientras recogía el bolígrafo que había dejado sobre la mesa luego de mordisquearlo bastante rato.
― Ya todo está listo señor ―escuché la voz de Arthur por medio del altavoz.
Perfecto dije para mis adentros con la satisfacción de saber que tenía a mi servicio a los hombres y mujeres más capaces en sus respectivas ocupaciones.
― Bien, esperemos la hora acordada y procedamos.
― Como ordene señor. Lo espero al bajar… ¡Ah! Una cosa más: el precio de los caballos fue un poco más de lo esperado.
― ¿Cuánto más? ―pregunté cuando salí del salón.
― Un par de cientos de miles más, señor.
― No es problema. Que los tengan listos es lo que importa.
― Como ordene.
Corté la llamada satisfecho de que la hora estuviera ya próxima. Si mi mente había estado ausente de la reciente junta había sido precisamente por las ansias de ese esperado momento.
Cuando pasé por la oficina de Carol para despedirme como de costumbre, la encontré bastante más distante de lo normal e incluso se notaban en ella evidencias de llanto, pero no me podía dar el lujo de pensar en eso, mi mente ahora solo pensaba en un nombre y era el de la mujer que ansiaba ver esa tarde.