Ella: Te veo de nuevo.

1570 Words
―¡Mamá, ¿Cómo se te ocurre?! La rabia no cabía en mí ser. Al decir aquello traté de controlarme para no faltar el respeto a mi madre, pero es que sus decisiones muchas veces no tomaban en cuenta mis criterios y puntos de vista. ―Susan, mi pequeña, Mary está aquí para alegrarte el día ―como si todo aquello le fuese ajeno, mi mamá respondió a la cuestión sin dejar de prestar atención a la sandía que estaba cortando―. Tú y ella eran como hermanas cuando pequeñas, por eso me pareció buena idea invitarla a pasar unos días contigo. Si, en eso tenía razón mi mamá, Mary era la hija de la hermana mayor de ella, y fuimos las mejores amigas, pero eso pasó cuando teníamos ocho años, ahora en cambio se presentaba en mi habitación como una completa extraña. De aquella niña risueña y amable no quedaba prácticamente nada, ahora en cambio era toda una parafernalia de actitudes contrapuestas donde destacaban la soberbia y la altives. Cuando descubrí que no iba a conseguir nada de aquella conversación con mi madre, preferí aplicar lo de: “Al mal trago darle paso”, después de todo ella ya estaba instalada a sus anchas en mi habitación ya que estaría de visita un par de días en nuestra casa por invitación de mamá. Regresé a mi recamara con el vaso de agua por el cual me había excusado para dejarla sola a Mary en mi cuarto, pero cuando recién comenzaba a considerar la idea de que todos los prejuicios que tenía en contra de Mary estaban en mi cabeza, la encontré revisando mi teléfono. ―Mary ¿Qué estás haciendo? La voz ya ni siquiera me daba para enfadarme. No valía la pena con ella. Mary lejos de sentirse culpable o de por lo menos tratar de excusarse como lo haría una persona medianamente educada, por el contrario comenzó a burlarse en mi cara de manera odiosa y grosera. ―¿Un carruaje? ―preguntó Mary de manera sarcástica lanzándome el teléfono de manera que estuvo a punto estrellarlo con el suelo. Me tuve que liar con el vaso de agua en una mano para con la otra hacerme con el teléfono que volaba por los aires. Mi mirada de furia se estrelló contra la espalda de Mary quien ya se había girado para buscar el confort de la cama. Dejé de prestarle atención a ella para no enfadarme más de la cuenta y poder fijarme en la pantalla de mi teléfono, para entender a que se refería mi prima la odiosa y en efecto los caracteres de un mensaje recibido desde un número desconocido me informaban sobre una noticia esclarecedora: “Susan soy Erick, no me preguntes como conseguí tu número, son trucos de un hombre enamorado. A las siete en punto de esta misma tarde pasare a buscarte. Tu carruaje espera por ti princesa.” Mi corazón dio un respingo en su lugar al leer aquello. Sin duda que en lo profundo de mi ser albergaba la esperanza de seguirlo viendo para así avivar el recuerdo de su existencia, pero si le había impuesto aquella disparatada tarea había sido precisamente para interponer entre nosotros las suficientes trabas de manera que el pudiera desanimarse sin llegar a sentir que yo le estaba evitando, pero para mi sorpresa, en menos de veinticuatro horas había conseguido cumplir mi petición, o al menos eso era lo que decía el mensaje, solo esperaba que no se apareciera a mi puerta en una carreta tirada por un par de asnos y si lo hacia así por lo menos debía avisarme para vestirme acorde a la ocasión. ―Y bien ¿tienes galán entonces? ―al fijarse que aquel mensaje había dejado una sonrisa en mis labios, Mary sacó sus conclusiones con rapidez. ―Nada que ver ―con astucia zanjé el asunto, no pretendía dejar ningún tipo de cabo suelto con aquella arpía en la que se había convertido mi prima―, es solo un amigo… estamos metidos en un juego tonto, eso es todo. ―¿Y ese amigo que tal? ¿Está bueno? No me caería mal conocer algún chico de la ciudad para pasar el rato. ―No sé, yo no me fijo en eso ―mentí descaradamente para no darle más largas al asunto. Yo sabía que si quería paz en el siguiente par de días, lo mejor era sobrellevar a Mary, ella era toda una manipuladora y con mi mamá siempre encontraba la ocasión para ponerla en mi contra, así que por lo pronto no iba a darle a ella una importancia que no tenía, después de todo, el mensaje avisaba que a las siete pasarían por mí y a menos de una hora de eso yo aún andaba en fachas descuidadas. En cuestión de media hora logré estar lista y esperando su arribo. No había tenido tiempo de pensar en nada de aquello, Mary con su cháchara no me lo había permitido. Aún no había aclarado mis sentimientos y expectativas. Desde luego que mi corazón bullía de emoción, pero mi raciocinio bogaba por una actitud más calmada y serena que no permitiera aflorar ningún tipo de esperanzas sobre aquel porvenir, además de que me causaba un poco de impresión el lenguaje confianzudo de Erick en aquel mensaje en el cual se atrevió incluso a llamarme “princesa”. Mary seguía empeñada en sacarme información sobre Erick, lo cual ni en piensos iba yo a decirle absolutamente nada. Cuando ella me vio vestida medianamente elegante, con un vestido sencillo pero de corte un poco más sensual de lo que yo acostumbraba usar, su mente maquinadora comenzó a trabajar. ―Primita te aseguro que yo no me visto así para esperar a un amigo. La conclusión de Mary me resultó esclarecedora. Tal vez mi propio subconsciente me traicionaba y por eso se había decantado por ese vestido de color verde esmeralda. La duda se instauró en mi cabeza y ya estaba a punto de girarme para correr a buscar en mi guardarropa otra prenda menos osada cuando mi papa me anuncio la llegada de él. ―Susan, Erick vino por ti. La reacción de Mary no me dio oportunidad a siquiera contestar a mi padre. Ella al escuchar sobre la llegada de Erick salió corriendo a la puerta principal. Yo por culpa de los tacones de tamaño mediano que había decidido llevar, no podía aspirar a competirle en la carrera. Cuando logré cruzar el recodo del pasillo para quedar de frente a la puerta principal, Mary ya estaba delante de Erick coqueteándole como toda una resbalosa. La calentura en mis sienes y el temblor en mis piernas era algo que jamás había experimentado en un contexto similar. Yo más que nadie sabía cómo se sentía estar enferma, pero aquello era distinto, ese malestar no era corporal, era un desagrado que se potenciaba cuando alcanzaba a descubrir como Mary con tanto descaro abanicaba sus enormes pestañas postizas al pestañarle a Erick de manera lucida. Erick de pie y Mary frente a él se inclinaba de manera que sus curvas rebosantes de feminidad quedaran a la vista, mientras que con su mano derecha revoloteaba entre su alisada melena color noche. Erick estaba de espaldas a mí, por lo cual él no alcanzó a verme cuando llegué desde el corredor. Mary en cambio sí me veía de reojo y por un microsegundo me pareció haber descifrado en su mirada que ella hacia todo aquello para molestarme a mí. No sé qué emociones o sentimientos son los que pueden motivarlo a uno a cometer locuras, pero en ese momento para mí los celos fueron un potente aliciente para hacer que mi raciocinio quedara completamente inoperante y que en cambio fuesen mis pasiones y deseos los que comandaran por completo mis siguientes acciones. Sin mediar palabras me coloqué entre ellos dos. A Mary incluso la empujé un poco para hacerme lugar. ―Susan ―me dijo Erick sonriendo luego de saberse librado de aquel asedio incomodo al cual Mary lo sometía. ―Hola Erik ―le saludé también yo, sintiéndome con un ánimo renovado y libre de cualquier miedo u opresión. Entonces sin mediar más palabras di un paso para quedar a centímetros de sus labios y tomando su rostro entre mis manos me atreví a besarlo como nunca lo había hecho en mi vida. No tenía ni una remota idea de lo que hacía. Era la primera vez que mis labios tocaban los de un hombre. Obviamente como toda chica inexperta, me la pasaba fantaseando y hasta practicando de cómo podía ser mi primer beso, pero esa práctica jamás podrá equipararse con la realidad de estar en el campo de juego. Por un momento estuve en riesgo de congelarme de miedo como me ocurría a menudo en mi vieja vida, por suerte para mí, Erick correspondió mi torpe intento y de manera cariñosa y tierna sus labios se acoplaron a los míos, permitiendo que la experiencia resultara en el momento más emocionante de mi vida hasta ese momento. Sin saber lo que estaba pasando, ambos consentimos separar nuestros labios para encontrar respuestas en la mirada del otro. Sus ojos brillaban de una manera especial. La manera en como él me veía me hacía sentir especial. Entonces lo entendí: Así quería que me mirara el resto de mi vida.
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