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LA VERDAD ENTRE LAS PÁGINAS

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"La Verdad entre las Páginas" es una historia de amor, traición y redención que comienza con un encuentro fortuito en una librería de Texcoco. Cuando la felicidad de una pareja joven y exitosa es amenazada por la envidia de una empleada que conspira para separarlos y quedarse con su familia y fortuna, la verdad se convierte en el único camino para recuperar lo que se ha perdido. Con un final que celebra el amor, la solidaridad y el poder transformador de la honestidad, la historia invita a reflexionar sobre la importancia de la confianza y el compromiso con los demás.

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CAPÍTULO 1: ENCUENTRO EN LOS ESTANTES
María José Ramírez tenía veinticuatro años y pasaba la mayor parte de sus tardes en la librería “El Lector Oculto”, ubicada en una calle tranquila del centro histórico de Texcoco. Había heredado el amor por los libros de su abuela, quien le contaba historias mientras tejía en el porche de su casa de adobe. Ese día, llevaba buscando durante media hora un ejemplar de Cien años de soledad en edición especial, ya que era el regalo perfecto para el cumpleaños de su mejor amiga, Ana. Mantuvo la respiración contenida mientras se estiraba para alcanzar el libro que reposaba en el estante más alto de la sección de literatura latinoamericana. Sus dedos apenas rozaban la cubierta cuando una mano grande y firme lo tomó antes que ella. Se giró rápidamente, encontrándose frente a un joven de unos veintiséis años, de cabello castaño oscuro, ojos color avellana y una sonrisa que parecía iluminar todo el espacio. Llevaba un traje de color gris oscuro, pero sus mangas estaban arremangadas hasta los codos, como si hubiera llegado directamente de su oficina y no hubiera tenido tiempo de ajustar su vestimenta. “Disculpe, pensé que era el último ejemplar”, dijo él, extendiendo la mano que sostenía el libro. “Pero veo que usted también lo buscaba. Quizás deberíamos decidirlo a piedra, papel o tijera”. María José sintió cómo se calentaban sus mejillas. No estaba acostumbrada a que los hombres le hablaran con tanta naturalidad y buen humor. “Bueno… en realidad es para un regalo muy importante. Mi amiga lleva años buscando esta edición”. El joven frunció el ceño pensativo, luego sonrió de nuevo. “Entonces es más importante que mi intención de regalarlo a mi hermana menor. Tómelo, por favor. Yo puedo buscar otro ejemplar en alguna otra librería de la ciudad”. “No, no puedo aceptarlo así nomás”, se apresuró a decir María José. “Quizás podríamos compartirlo? O… yo le compro el café mientras busca otro? Así al menos puedo agradecerle por su generosidad”. El joven rió suavemente, mostrando unos dientes blancos y bien cuidados. “Me llamo Alejandro Velázquez. Y un café me parece una excelente idea. Aunque debo advertirle que soy muy exigente con el café – solo tomo el de la cafetería que está a dos cuadras de aquí, la que se llama ‘La Taza de Papel’”. “María José. Y qué casualidad, esa es mi cafetería favorita también”, respondió ella, sintiendo cómo un cosquilleo recorría su columna vertebral. Había conocido a muchos hombres en su vida, pero ninguno había despertado en ella esa sensación de calma y emoción al mismo tiempo. Mientras caminaban hacia la cafetería, Alejandro le contó que era el CEO de Velázquez Group, una empresa dedicada a la construcción de viviendas sostenibles que había crecido exponencialmente en los últimos años. María José, por su parte, le habló de su trabajo como diseñadora gráfica independiente y de su pasión por la literatura y las artes plásticas. Se sentaron en una mesa cerca de la ventana, y el tiempo pareció detenerse mientras conversaban sobre sus gustos, sus sueños y sus experiencias de vida. Alejandro descubrió que María José había crecido en una familia humilde pero llena de amor, mientras que él había heredado la empresa de su padre, quien había muerto cuando tenía dieciocho años, dejándolo con la responsabilidad de llevar adelante el negocio y cuidar de su madre y su hermana menor. Cuando llegaron la hora de separarse, Alejandro pidió su número de teléfono con una timidez que contrastaba con su apariencia de hombre de negocios exitoso. “Me gustaría volver a verla”, dijo él, mirándola a los ojos. “Si usted está de acuerdo, claro está”. María José asintió con la cabeza, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza contra su pecho. “Me gustaría mucho eso, Alejandro”. En los días siguientes, los encuentros se hicieron más frecuentes. Caminaban por los parques de Texcoco, visitaban museos, asistían a funciones de teatro y, por supuesto, volvían a la librería y la cafetería donde se habían conocido. Alejandro descubrió que María José tenía un don para ver la belleza en las cosas más simples, mientras que ella se sorprendía de lo sensible y detallista que era a pesar de su posición social. Se complementaban a la perfección, y en poco tiempo, ambos sabían que habían encontrado algo especial. Pasaron seis meses de citas llenas de risas, conversaciones profundas y momentos de ternura. Un día, Alejandro la llevó a un lugar especial: un terreno que su empresa había adquirido en las afueras de Texcoco, con vistas a la laguna y rodeado de vegetación nativa. “Quiero construir aquí una casa”, le dijo él, tomándola de la mano. “Una casa sostenible, con materiales naturales, un jardín lleno de flores mexicanas y un estudio para ti, donde puedas pintar y diseñar todo lo que quieras. Pero no quiero construirla solo – quiero construirla con usted, como el hogar de nuestra familia”. María José sintió cómo las lágrimas de emoción llenaban sus ojos. “Alejandro… no sé qué decir”. “Entonces déjame decirlo por ti”, dijo él, arrodillándose sobre la hierba suave y sacando una pequeña caja de cuero n***o de su bolsillo. “María José Ramírez, ¿quieres casarte conmigo y pasar el resto de tu vida a mi lado?” Ella asintió con fuerza, no encontrando las palabras para expresar todo lo que sentía. “Sí, sí, mil veces sí”, dijo entre lágrimas, mientras Alejandro colocaba el anillo de diamantes en su dedo anular – un diseño sencillo pero elegante, justo como a ella le gustaba. La noticia del compromiso fue recibida con alegría por ambas familias. La madre de Alejandro, Doña Elena, una mujer de mediana estatura con cabello canoso recogido en un moño perfecto, la abrazó con fuerza en su primer encuentro. “Mi hijo ha estado muy solo desde que murió su padre”, le dijo ella en un susurro. “Usted le ha devuelto la sonrisa a los ojos, y por eso le estaré agradecida toda la vida”. María José también recibió el apoyo incondicional de su familia. Su padre, un carpintero de corazón noble, le dijo que Alejandro le había parecido un joven de buen carácter, y su madre, una maestra de primaria, aseguró que la felicidad de su hija era lo más importante. Para la boda, decidieron hacer algo íntimo pero significativo. Se casaron en la capilla de la hacienda donde Alejandro había pasado sus vacaciones de niño, en un día soleado de marzo. María José llevaba un vestido de encaje blanco que había sido modificado por ella misma, con bordados de flores de maguey en la falda. Alejandro lucía un traje de lino beige que le daba un aire relajado y natural. Solo asistieron sus familias más cercanas y sus amigos íntimos, entre ellos Ana, quien había sido su dama de honor, y Carlos, el mejor amigo de Alejandro y director financiero de su empresa. Después de la ceremonia, celebraron en el jardín de la hacienda, con comida tradicional mexicana – mole poblano, enchiladas verdes, ceviche de pescado – y un pastel de tres leches decorado con flores silvestres. Mientras bailaban la primera vals bajo las luces de las guirnaldas, Alejandro la abrazó fuerte contra su pecho y le susurró al oído: “Te prometo que te voy a amar todos los días de mi vida, María José. Y que nunca te faltará nada”. Ella cerró los ojos, sintiendo que estaba en el lugar perfecto, con la persona perfecta. Nunca se imaginó que ese momento de felicidad absoluta sería el comienzo de una serie de eventos que pondrían a prueba todo lo que creían saber el uno del otro. CAPÍTULO 2: UN NUEVO INTEGRANTE Y UNA SOMBRA EN EL HORIZONTE Un año después de su boda, María José descubrió que estaba embarazada. Lo supo mientras preparaba el desayuno para Alejandro – de repente, el olor del café que tanto amaba le produjo una náusea intensa. Corrió al baño y, después de recuperarse un poco, decidió comprar una prueba de embarazo. Cuando vio las dos líneas rosadas claras, se quedó paralizada por unos segundos, luego comenzó a llorar de felicidad. Alejandro llegó a casa un poco más temprano de lo habitual, ya que tenía una reunión cancelada. Encontró a María José sentada en el sofá del salón, con la prueba en la mano y una sonrisa que iluminaba todo su rostro. “¿Qué pasa, amor? ¿Por qué lloras?” preguntó él con preocupación, acercándose rápidamente a ella y tomándola de las manos. María José levantó la prueba para que la viera. “Estamos esperando un bebé, Alejandro”. El rostro de Alejandro se llenó de una emoción tan intensa que María José nunca lo había visto así. Lo primero que hizo fue abrazarla con fuerza, levantándola del sofá y girándola en el aire mientras reía de alegría. Luego la colocó suavemente en el suelo y se arrodilló para besar su vientre aún plano. “Hola, pequeño”, dijo él en un susurro. “Soy tu papá. Te quiero más de lo que las palabras pueden decir”.

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