Los nueve meses siguientes fueron de mucha emoción y preparativos. María José dejó de aceptar algunos proyectos de diseño para poder descansar y cuidarse, mientras Alejandro se aseguraba de que todo estuviera listo para la llegada del bebé. Construyeron el cuarto del niño con paredes de color azul cielo y decoradas con dibujos de animales mexicanos – jaguares, quetzales, tortugas – que María José había pintado ella misma. Compraron todos los enseres necesarios, desde la cuna hasta el cochecito, y asistieron juntos a los cursos de preparación para padres.
Doña Elena se convirtió en una presencia constante en su hogar, trayendo comida casera y dándoles consejos sobre cómo cuidar a un bebé. “Mi hijo fue un bebé muy tranquilo”, le contaba a María José mientras tejía un mantón para el niño. “Pero cada niño es diferente, así que no te preocupes si las cosas no salen como planeas. Lo importante es el amor que le des”.
También durante ese tiempo, la empresa de Alejandro estaba pasando por un momento de gran crecimiento. Habían ganado varios contratos importantes para construir complejos residenciales sostenibles en diferentes ciudades de México, y necesitaban contratar más personal para hacer frente a la demanda. Entre los nuevos empleados se encontraba Lucía Mendoza, una joven de veinticinco años que había sido contratada como asistente ejecutiva de Alejandro.
Lucía era alta, delgada, con cabello rubio largo y ojos verdes intensos. Tenía una sonrisa encantadora y parecía muy eficiente en su trabajo. Al principio, María José la encontró simpática – Lucía siempre la saludaba con educación cuando iba a visitar a Alejandro en la oficina, y hasta le había regalado un juego de ropa para el bebé hecho a mano.
“Es una chica muy dedicada”, le dijo Alejandro a María José una noche mientras cenaban juntos. “Ha organizado todos los archivos de los nuevos proyectos de manera impecable, y ha encontrado formas de reducir los costos sin afectar la calidad de nuestros trabajos. Creo que fue una excelente contratación”.
María José asintió con la cabeza, aunque algo en su interior le generaba una ligera sensación de malestar. No era que tuviera motivos para desconfiar – Alejandro siempre había sido muy transparente con ella, y nunca había dado señales de interés por otra mujer. Pero había algo en la forma en que Lucía miraba a Alejandro que le parecía un poco demasiado intensa. Decidió no prestarle mucha atención, atribuyéndolo a su estado emocional durante el embarazo, que a veces la hacía más sensible y preocupada de lo normal.
Cuando llegó el momento del parto, María José tuvo que ser llevada al hospital de emergencia, ya que las contracciones comenzaron más temprano de lo esperado. Alejandro la acompañó todo el camino, sosteniéndola de la mano y animándola con palabras de amor y apoyo. Después de varias horas de trabajo de parto, nació Sebastián Velázquez Ramírez, un bebé de pelo oscuro y ojos grandes que parecían observar el mundo con curiosidad.
Cuando Alejandro sostuvo a su hijo por primera vez en sus brazos, las lágrimas le rodaron por las mejillas. “Es perfecto”, dijo él, mirando a María José con una mezcla de amor y admiración. “Tan perfecto como tú”.
Los primeros meses con Sebastián fueron intensos pero llenos de felicidad. María José se dedicó por completo a cuidar de su bebé, mientras Alejandro ajustaba su horario de trabajo para poder pasar más tiempo en casa. Lucía, por su parte, se ofreció a hacer algunos trámites adicionales en la oficina para que Alejandro no tuviera que preocuparse por ellos, lo que él agradeció profundamente.
“Eres un ángel, Lucía”, le dijo Alejandro en una ocasión cuando ella le entregó los documentos de un contrato que había preparado con anticipación. “No sé qué haría sin ti en estos momentos”.
Lucía sonrió de manera dulce, colocando una mano sobre su brazo de manera que pareció accidental, pero que duró un segundo más de lo necesario. “Solo hago mi trabajo, jefe. Y quiero ayudar en lo que pueda, especialmente en estos momentos tan importantes para ti y tu familia”.
A medida que pasaban los días, los comentarios de Lucía comenzaron a cambiar de tono. Al principio, eran pequeños comentarios inocuos – “Señora Velázquez debe estar muy cansada con el bebé, ¿no cree? A veces veo que se queda dormida en el sofá cuando viene a la oficina” – pero luego fueron tomando un matiz más preocupante.
“Jefe, no quiero meterme en sus asuntos familiares, pero ayer vi a la señora Velázquez hablando con un hombre en la entrada del centro comercial”, le dijo Lucía a Alejandro una mañana, con una expresión seria en su rostro. “No quiero pensar lo peor, pero la forma en que se abrazaron me pareció un poco íntima”.
Alejandro frunció el ceño, pero negó con la cabeza. “No puede ser. María José me habló de ese hombre – es su antiguo compañero de universidad, quien acaba de volver a la ciudad después de varios años. Son solo amigos”.
Lucía asintió con la cabeza, aunque su expresión mostraba duda. “Claro, jefe. Solo quería decírtelo por si acaso. No me gustaría que nadie le hiciera daño a ti ni a tu familia”.
A pesar de sus palabras, la semilla de la duda había sido plantada en la mente de Alejandro. Comenzó a prestar más atención a las acciones de María José, buscando señales que confirmaran lo que Lucía le había dicho. Notó que ella pasaba más tiempo en su estudio de diseño, a veces cerrando la puerta y hablando por teléfono en voz baja. Cuando se lo preguntó, ella le dijo que estaba hablando con clientes o con su mejor amiga Ana, pero Alejandro no pudo evitar sentir que algo no cuadraba.
Un día, mientras María José dormía la siesta con Sebastián, Alejandro decidió revisar su teléfono móvil. Sabía que era una invasión a su privacidad, pero la curiosidad y la duda eran demasiado fuertes. Mientras revisaba los mensajes, encontró una conversación con un contacto guardado como “César”. Los mensajes no eran nada comprometedores – hablaban de proyectos de diseño y de la situación en su antigua universidad – pero la forma en que César se refería a ella como “mi querida María José” le produjo una punzada de celos.
Esa noche, cuando María José se sentó a cenar con él, Alejandro no pudo contenerse y le preguntó sobre César. “¿Quién es ese hombre con quien estás hablando por teléfono?”, dijo él con un tono más seco de lo normal.
María José se sorprendió por la pregunta. “Es César, mi compañero de universidad. Te lo he contado antes, amor. Él me está ayudando con algunos diseños para un proyecto que estoy preparando”.
“¿Y por qué no me lo has dicho más a menudo?”, preguntó Alejandro, cruzándose de brazos. “¿Y por qué habla de ti como si fueras algo más que una amiga?”
María José dejó el tenedor sobre el plato, mirándolo con sorpresa y un toque de tristeza. “Alejandro, ¿qué pasa contigo? César y yo somos solo amigos. Él siempre ha sido así, un poco cariñoso con todos sus amigos. Pero nunca ha habido nada entre nosotros, y nunca habrá”.
“Entonces ¿por qué cierras la puerta del