CAPÍTULO 2 (CONTINUACIÓN)

1635 Words
...estudio cuando hablas con él? ¿Por qué no me dejas escuchar las conversaciones?” preguntó Alejandro, sintiendo cómo la ira y la duda se mezclaban en su pecho. “Porque es un proyecto de trabajo, Alejandro, y me gusta tener privacidad cuando estoy hablando de cosas profesionales”, respondió María José, con la voz un poco temblorosa. “Además, no me gusta que me vigiles ni que revises mi teléfono. Eso es una falta de respeto”. “¿Falta de respeto?”, replicó él, levantándose de la mesa. “Yo solo estoy tratando de proteger a mi familia. Lucía me ha contado que te ha visto con ese hombre en varias ocasiones, y la forma en que se ven no parece ser solo de amigos”. María José se quedó helada en su asiento. “Lucía? ¿Cómo es posible que ella esté viéndome con César? No he salido con él más que en dos ocasiones, y siempre en lugares públicos, con otros amigos”. “Eso es lo que tú dices”, dijo Alejandro, dirigiéndose hacia la puerta de la cocina. “Pero ya no sé qué creer. He estado demasiado ocupado con la empresa para darme cuenta de lo que pasa en mi propia casa”. Con esas palabras, salió de la cocina y se cerró en su despacho, dejando a María José sola en la mesa, con las lágrimas rodando por sus mejillas. No entendía cómo su marido, el hombre al que amaba con todo su corazón, podía creer las palabras de una empleada antes que las suyas. Decidió hablar con Lucía al día siguiente, para preguntarle por qué estaba diciendo esas cosas sobre ella. Al día siguiente, María José fue a la oficina de Alejandro con Sebastián en su cochecito. Cuando llegó, encontró a Lucía en la recepción, hablando por teléfono con alguien. Al verla, Lucía terminó la llamada rápidamente y se acercó con una sonrisa que ahora le parecía falsa. “Buenos días, señora Velázquez”, dijo Lucía, mirando al bebé con una expresión que parecía de afecto, pero que María José percibió como fingida. “¿Qué tal el pequeño Sebastián? Se ve muy contento hoy”. “Lucía, necesito hablar contigo”, dijo María José con firmeza, colocando una mano sobre el manillar del cochecito. “He escuchado que le has estado diciendo a Alejandro que me has visto con otro hombre. ¿Es cierto?” Lucía frunció el ceño, poniéndose una expresión de sorpresa inocente. “Señora Velázquez, yo nunca diría nada malo de usted. Solo le comenté al jefe que había visto a usted con un hombre, porque me preocupé por él. No quería que nadie le hiciera daño”. “Pero esas historias que estás contando no son ciertas”, respondió María José. “César es mi compañero de universidad, y solo somos amigos. No hay nada más entre nosotros”. “Lo siento mucho, señora Velázquez”, dijo Lucía, bajando la mirada como si se sintiera culpable. “Quizás me equivoqué. La verdad es que estoy muy preocupada por el jefe – la empresa está pasando por momentos difíciles, y él está bajo mucha presión. Quizás mi mente jugó una pasada y creí ver cosas que no estaban ahí”. Aunque María José quería creerla, algo en su forma de hablar le hacía dudar. Decidió dejarlo así por el momento, pero decidió tener más cuidado con sus acciones y hablar más abiertamente con Alejandro sobre sus proyectos y sus amistades. Pero las historias de Lucía no cesaron. Cada vez que Alejandro llegaba a casa, tenía un nuevo comentario o un nuevo detalle sobre la supuesta relación de María José con César. “Hoy vi que le envió un mensaje de texto que decía ‘te extraño mucho’”, le dijo Lucía en una ocasión. “No quiero pensar lo peor, pero eso no suena como algo que dirías a un amigo”. Alejandro se lo comentó a María José esa noche, y esta tuvo que explicarle que el mensaje era para su mejor amiga Ana, quien se encontraba de viaje en España, y que había cometido el error de enviarlo al número equivocado. Pero aunque ella le mostró el mensaje y la respuesta de César diciendo “yo también te extraño, amiga”, la duda en la mente de Alejandro no desapareció del todo. Las tensiones en el matrimonio fueron aumentando con el paso de las semanas. Alejandro llegaba a casa tarde, se mantenía distante con María José y pasaba menos tiempo con Sebastián. María José, por su parte, se sentía triste y confundida, tratando de hacer todo lo posible para demostrarle a su marido que la amaba y que no había hecho nada malo. Un día, cuando Alejandro llegó a la oficina temprano, encontró a Lucía en su despacho, revisando algunos documentos. Al verlo, ella se acercó a él y colocó una mano sobre su hombro. “Jefe, no quiero molestarte, pero tengo que decírtelo”, dijo ella con voz baja y seria. “Ayer estuve haciendo algunas gestiones en el centro comercial donde usted y la señora Velázquez compran las cosas para el bebé, y el encargado me dijo que había visto a la señora con ese hombre César, y que estaban comprando cosas para un bebé… cosas que no son para Sebastián”. Alejandro sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. “¿Qué estás diciendo, Lucía?” “También he visto algunos documentos en el ordenador de la señora”, continuó ella, bajando la voz aún más. “Documentos que hablan de una herencia que le corresponde a un niño que espera… no sé si es cierto, pero parece que ella está esperando otro bebé, y que César es el padre”. Alejandro no pudo creer lo que estaba escuchando. Se sentó en su silla, apoyando la cabeza en sus manos. “No puede ser… María José me diría algo así. Ella me ama, lo sé”. “Jefe, yo sé que esto es difícil de aceptar”, dijo Lucía, acercándose más a él y colocando su mano sobre la suya. “Pero yo la he visto varias veces en consultorios médicos, acompañada de César. Y ayer la vi entrando en un departamento en la zona norte de la ciudad, con él. No quiero que te engañen, jefe. Tú te mereces mucho mejor”. En ese momento, la mente de Alejandro estaba en completo caos. Todas las dudas y los celos que había sentido en las últimas semanas se convirtieron en una furia abrumadora. Decidió ir a casa inmediatamente para enfrentarse a María José. Cuando llegó a casa, encontró a María José en el salón, jugando con Sebastián en el suelo. Al verlo entrar con esa expresión en el rostro, ella sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. “¿Qué pasa, Alejandro? ¿Por qué vienes tan temprano?” preguntó ella, levantándose del suelo y colocando a Sebastián en su cunita. “Necesito que me digas la verdad, María José”, dijo él con voz firme y seria. “Lucía me ha contado que estás esperando otro bebé, y que el padre es César. ¿Es cierto?” María José se quedó boquiabierta, con las lágrimas llenando sus ojos. “¿Eso es lo que crees de mí? ¿Que estaría engañándote con otro hombre y esperando su bebé?” “Entonces ¿qué es lo que está pasando?”, preguntó Alejandro, acercándose a ella con los ojos llenos de ira. “Lucía me ha dicho que te ha visto en consultorios médicos con él, que han comprado cosas para un bebé, que incluso tienes documentos sobre una herencia. ¿Qué tienes que decir al respecto?” “Es una mentira, todo es una mentira”, dijo María José, llorando a mares. “Los consultorios médicos donde me ha visto son los de la clínica donde trabajo como voluntaria los sábados, ayudando a mujeres embarazadas de bajos recursos. Las cosas que compró César son para los bebés de esas mujeres, y los documentos que Lucía vio son los planes que estoy preparando para un centro de apoyo a madres solteras que quiero abrir con parte de mi herencia de mi abuela”. Alejandro negó con la cabeza, no queriendo creerla. “No puedo creerte, María José. Lucía tiene pruebas, mientras tú solo tienes excusas. ¿Cómo puedo saber que no me estás mintiendo?” “Porque te amo, Alejandro”, dijo ella, tomándolo de las manos. “Te amo a ti y a Sebastián más que a nada en el mundo. Nunca haría nada que te hiciera daño”. Pero las palabras de María José no alcanzaron a calmar la furia de Alejandro. En un momento de ira y desesperación, dijo algo que nunca pensó que diría: “Si ese bebé no es mío, entonces no quiero tener nada que ver contigo ni con él. Voy a buscar un abogado para iniciar los trámites de divorcio y para quedarme con la custodia de Sebastián”. María José sintió como su mundo se venía abajo. “No, por favor, Alejandro. No hagas esto. Sebastián es nuestro hijo, necesita a ambos padres”. “Lo siento, María José”, dijo él, dirigiéndose hacia la puerta principal. “Pero ya no puedo confiar en ti. Voy a quedarme en la casa de mi madre por unos días mientras arreglo las cosas”. Con esas palabras, salió de la casa, dejando a María José sola en el salón, llorando desconsoladamente mientras Sebastián lloraba en su cunita, como si sintiera la tristeza de su madre.
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