Capítulo 9

1444 Words
Era justo eso lo que necesitaba. Descansar mi consciencia mientras reposaba el cuerpo. Durante las últimas semanas había estado hundida en una depresión tan fuerte que el uso de drogas y alcohol había ensombrecidos mis pasos. Ya no solo parecía sino que en realidad era una mujer muy distinta a la que conocí de niña o como adolescente y estoy segura, como pude acreditarlo después, que mi imagen era una irreconocible a los ojos de quien fuera que me hubiera visto antes. Incluso mi amiga Valeria se sorprendió bastante al verme y después reímos al contarle que para ver a mi hermano a escondidas aproveché ese nuevo semblante masculino. A los treinta días me dieron el alta. Después de que el médico hizo el oficio al que está obligado para la salida de un paciente, me hicieron saber que mis avances eran notorios y se sentían satisfechos de que yo misma los comprendiera. Salí a la calle para sentir cómo el viento helado de Bogotá me acariciaba el rostro. Me sentí dichosa, comprendida por el universo. Todo se alineaba de tal manera en que no tuviera complicaciones para mis objetivos y basada en el candor de aquello, volví a marcar al Rector. Esta vez me recibió de la misma manera que la primera. - Y bien ¿Qué piensa hacer?- La paz y calma con que me hablaba ayudaban a confiar en él cada vez más. - Quiero ir a Bucaramanga. Necesito ver a mi familia, a mi hermano. Quiero saber que está bien y quién sabe, hasta me reconcilio con todos.- Respondí esperanzada de verdad. Tomó su celular para hacer una llamada. Lo escuché explicar el motivo. Respondió con monosílabos y colgó. - Bueno. Pues al menos ya tiene un trabajo. Esa misma tarde el hombre me llevó a la estación de autobuses y después de pagar mi boleto nos despedimos con un fuerte abrazo como el que una espera del padre. Quedaba demostrado que al final de cuentas no todos los seres humanos son perversos. Mi llegada fue justa para presentarme a la hora indicada en el lugar. La fachada de un estilo muy antiguo me invitaba a pensar bastantes cosas que con los días fui confirmando. Toqué la puerta con ayuda de una gran argolla de metal y después del seco sonido escuché que desde adentro quitaban el seguro. - Buena tarde. Mi nombre es Daniela. Vengo para el trabajo de recepción.- Anuncié con una bonita sonrisa en el rostro. El convento fue una etapa misteriosa y llena de eventos maravillosos para mí. Si bien había crecido en un hogar cristiano, con bastantes líneas de formación que más bien me parecían irregulares y entre tajantes mandamientos de rectitud, no era para nada lo que ese espacio enseñaba. Todas las mañanas llegaba bien vestida y tapada del cuello hasta los talones. Mi vestuario correspondía a la necesidad del lugar. Aún y cuando éramos solo mujeres, de pronto recibíamos visitas de clérigos y uno que otro curioso que deseaba conocer de cerca lo que ahí se hacía como excusa para encontrarse con Laura, una de las monjas más jóvenes y que para sorpresa de todos decidió ingresar al servicio de Dios. Los días pasaron y mientras los primeros fueron estresantes por la necesidad de aprender lo que tenía que hacer, al cuarto estaba bien informada y tranquila, dejándome llevar solo por el sonido del reloj que con su segundero podría desesperar a cualquiera. Era un trabajo bueno, tal vez no el mejor pero igual y en esa época no me daba cuenta porque aún no probaba las mieles del dinero fácil. A la semana que estaba ahí, la superiora, una mujer que parecía tener la misma edad de Jesús pero fuerte como un roble, comenzó a llevarme a cuenta gotas la idea de que era necesario ser bautizada para no vivir más en pecado. Que cara puso cuando le conté que no tenía previsto eso y que me encontraba bien como estaba. Pero no fue suficiente. Mientras avanzaban las jornadas, cada vez con mayor ímpetu la mujer me señalaba lo que según ella era el camino correcto e incluso ya no solo me pedía que estuviera en los oficios con la excusa de que podían ocuparme, sino que empezó a revelar su interés por que yo formará parte de la comunidad, como religiosa. Hoy me causa gracia pensar en la posibilidad. En esa época solo agradecí y dije no las suficientes veces como para que decidieran comenzar a hostigarme más y provocar mi renuncia. Pero es que cómo carajos una chica tan joven y hermosa, que con evidencias lo era, iba a decidir enclaustrarse en ese espacio. Incluso aún con mi ya casi perdido interés por ser hombre, las posibilidades que estaban a la vista eran por mucho mayores a las que pudo haberme brindado el convento. Renuncié a los veinticinco días. Por mucho que hubiera aprendido de buena gana sobre la religión y mi acercamiento espiritual estuviera cada vez más cerca, no me gustaba levantarme temprano. Afuera, con esa misma necesidad que tenía al regresar de Bogotá, llamé desde un teléfono público a mi abuela. La llamada fue más bien trágica y dudo que ella no hubiera sentido el terror y la desgana que cargaba porque a pesar de todo decidió ayudarme en el siguiente paso. Anoté en una hoja de papel el número telefónico que me dio. Escuché las indicaciones que me daba y terminé la llamada después de que me advirtiera que bajo cualquier circunstancia no iba a tolerar otro desliz en mi vida que pudiera ponerla en vergüenza con las personas. Quedé quieta frente a un edificio alto que era un hotel de paso. Tantee en mis bolsillos buscando lo poco que me quedaba de dinero y sin pensarlo mucho caminé hasta la entrada para preguntar si había habitaciones disponibles. Me dieron la número treinta y tres. Esa noche tuve un sueño demoledor. Una vez más estaba embarazada solo que esta ocasión no tenía por seguro de quién era el bebé. Durante el sueño, preocupada por lo que veía frente a mí, corría con un pequeño en brazos del que no conocía su razón de ser. Estábamos atrapados en un fuego cruzado como esos que se ven en las escenas de novelas sobre narcos. Elegía un lugar que parecía solitario y me escondía entre un gran contenedor de basura industrial y varias cajas de cartón. De pronto, por una de las puertas que estaban en el callejón, salían dos hombres muy feos, grotescos y al darse cuenta de mí, se acercaban para quitarme de los brazos al bebé. Me desperté nerviosa. Eran las cuatro de la mañana. No pude dormir más y esperé a que dieran las siete para salir y comprar algo de almuerzo y llamar por teléfono. - Hola, tío. Soy Daniela. Mi abuela me dijo que podía marcarle para ponerme de acuerdo sobre mi llegada.- Era la primera vez que hablaba con ese hombre y por el tono de su voz pude intuir que él ya me conocía. - Si, Daniela. Ya nos puso al tanto. Mire, le voy a mandar algo de dinero, usted dígame a dónde, para que se venga con nosotros. Acá la esperamos. Le pase los datos necesarios antes de colgar. Era extraño pero no pensé mal. Comí lo que pude y regresé por mis cosas a la habitación. Ni siquiera quise tomar un baño antes de salir por lo sucio del espacio y además porque estaba desesperada por irme. Por fin estaba de vuelta en Bogotá. Había sido un viaje lo bastante largo como para sentirme descansada, incluso más de lo que estuve la noche anterior. Bajé del autobús y me fui directo a la puerta donde me recogería el tío. Él ya estaba ahí, con ese semblante tosco y mal encarado. Me saludo apenas y avisó que me llevaría hasta la casa de su mujer, que estaba cerca de ahí. Con ella el asunto no fue diferente. Era una señora de edad que cansada de tantos disgustos en su vida, prefería mantenerse al margen de todo. Lo mismo que mi abuela, estaba muy acostumbrada a un modo de vida cristiano y con reglas aún más rigurosas que más de aquella y quedó bien en claro cuando escuchaba al marido leerme la carta sobre lo que tenía que hacer ahí. Fue en ese momento en que me di cuenta que ellos, esa pareja tan lejana a mi pueblo, estaban enterados de toda mi vida inclusive los chismes por los que había atravesado desde que era una niña. Por eso, no tuvieron empacho en recitarme todas las reglas habidas y recién inventadas.
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