Capítulo 10

1317 Words
pisos en dónde además de vivir ellos, habían otros inquilinos. Deyanira era una de ellas y que además de serlo resultaba que se había convertido apenas unos años atrás en su consuegra. Al ver a aquella mujer de cuarenta y tantos años pero que parecía de veinte, pensé que tal vez no estaría tan mal mi estancia y así fue. El primer encuentro frente a mis familiares me pareció cordial y fino. Por supuesto que debía ser así dadas las características de los propietarios de la construcción, pero al estar solas y alejadas, creamos una especie de complicidad inaudita. Incluso por un momento pensé que tal vez podría ocurrírsele al destino tratarme con la misma suerte que con Nora. Ahí los días no fueron del todo sencillos. A pesar de la bondad que me mostraba Deyanira, mis preocupaciones eran otras en verdad. Desde el segundo día de estancia procuré salir desde temprano a la calle para buscar trabajo. Con una extrañeza que pudiera asimilarse al miedo, estaba con mi tío que me acompañaba a todos lados que me presentara fuera de la casa. Estoy segura que ahí estaba metida la mano de mi abuela, no por nada se tomaban aquellas molestias y aunque resultaba incómodo, me pareció que fue un acierto porque de esa forma podía darse cuenta lo difícil que era conseguir algo. Y es que para una recién egresada del bachillerato nunca es sencillo, por más ímpetu que le pongas, la ciudad que llamamos la nevera por todo el país, no era conocida solo por ello, sino por lo complicado que se hacía para lograr sobrevivir. Entre una y otra entrevista llegaba de paso a ver a mi nueva amiga para contarle lo mal que me había ido. Se reía al escuchar mis ocurrencias y mientras comía, atenta a lo que le decía, no evitaba reírse ante mi mala fortuna. En dos ocasiones logré emplearme. En el primer caso, como asistente de recepción, el pago era brutalmente bajo y lo que conseguía apenas me servía para los pasajes y la comida. Era un abuso y mis tíos se dieron cuenta así que no se mostraron contrariados cuando les platique sobre un posible cambio. En ese momento Deyanira también me sugería buscar otra cosa. El segundo lugar a donde entre era diferente. Una fábrica de textiles que aun estando en el centro me colocaba en una situación adversa. Si bien el pago era mayor y al menos algo podía salir, los exagerados horarios de trabajo me impedían descansar bien. Incluso molestaba a la familia pues al salir tan tarde y desconocer todo, era mi tío el que debía ir a recogerme. Su consuegra seguía disfrutando mis malos ratos. - Me dijo mi tío que mejor trabajara con ellos.- Le decía a Deyanira mientras comíamos en su habitación.- Pero solo los fines de semana como mesera porque ya tienen la plantilla completa. - Que bueno, Daniela. Ese lugar tiene un buen ambiente y la ventaja es que ellos son los dueños del restaurante y la podrían apoyar.- Se notaba que estaba contenta por mí. - Sí, es cierto... Oiga, cocina riquísimo. Me encanta, me voy a enamorar de usted.- Declare mientras rompía la seriedad que en otro tema generó. - No diga eso, es una trampa. - De verdad, además es muy guapa. Yo si la haría mi mujer. Ante ello mi amiga cambió su tono de piel a uno rojizo. Se había apenado por lo dicho pero no porque tuviera miedo o algo parecido, sino que por ahí estaba una de sus nietas que aunque pareciera que no, estaba siempre atenta a todo lo que se decía. Era increíble como pasaba las horas pendiente de todo y que después las fuera regando como pólvora, igualito que en mi pueblo. Deyanira ya sabía que yo era lesbiana. Conoció de mi propia voz cada una de las cosas que me sucedían y no dudaba en tenderme la mano cuando presentía que estaba a punto de llorar. Para mí suerte, esa hermosa mujer también vivía encerrada entre prejuicios y malas voluntades. Cómo yo, tuvo que esconder su situación s****l por miedo al qué dirán y poco a poco fue transformándose en lo que era, desde su propia oscuridad. Hasta esos días en que me conoció, se dedicaba a fumar marihuana en solitario y pensar en los amores que no tendría. El trabajo en la rosticería era fácil. Se trataba solo de tomar las órdenes, entregarlas en cocina y pasar a dejarlas. Nada complicado. A partir del viernes y hasta el domingo me presentaba para hacer lo que correspondía y recibía por ello un sueldo suficiente. Aún no pagaba alquiler y entre la comida de mi tía y la de Deyanira me sentía satisfecha. Todo marchaba de acuerdo al plan, o al menos parecía así, cuando en una de mis llegadas a la casa mi tía me habló a la mesa. Cuando vi el semblante que el matrimonio cargaba me di cuenta que las cosas no iban a terminar bien. Resulta que como siempre, la nieta de mi amiga había ido a visitarla y sin afán de hacer un mal, le dijo lo que escuchó unos días antes. Según la niña, a mí me gustaban las mujeres y quería casarme con su abuela. Al escucharlo mi primera reacción fue soltar una risita pero al darme cuenta que no le gustó a quien tenía en frente, me puse sería de nuevo y recuperando el temple, me senté bien en la silla. Cuando mi tío supo la noticia, todo se fue al carajo. Muy fiel a su estilo propició todo para que me fuera de ahí y quedar a la deriva. Por supuesto que no iba a intentar nada para detenerme e incluso se podía observar en su rostro la dicha que le provocaba mi sufrimiento, por lo inquietante que sería estar en un lugar del que no sabía nada, conocía a alguien y en general lejos de todo. Su molestia creció cuando tomé mis cosas para largarme y supo que pude alquilar una habitación en otro lugar, pues a su razón ese dinero que me había dado no lo merecía. Deyanira, que en ese momento también estaba súper sorprendida por lo que había pasado, tuvo a bien de tenderme una mano y me contactó con uno de sus amigos. El tipo era dueño de una amplia propiedad de tres pisos dónde por suerte estaba vacío un espacio. No lo pensé dos veces y le entregué lo correspondiente al primer mes de alquiler. Aunque la zona no fuera de lo mejor, tengo que decir que el ambiente era agradable. No solía socializar, incluso evitaba salir más de la cuenta, pero en mis caminatas que hacía para encontrar trabajo y salir por comida, pude conocer a una que otra persona de verdad amables. Por otro lado, la relación de amistad que yo pensaba amplia y afectuosa con Deyanira, se fue por ir al carajo también. De un tiempo a otro las llamadas fueron escasas hasta que por fin paró. Para ser muy honesta, me causó algo de tristeza y desconsuelo el escuchar lo que me dijo durante una de las llamadas que le hice para saber cómo estaba. De su propia voz me hacía saber que en casa de mis tíos mi nombre estaba prohibido, no era bienvenida y por más que quisiera que fuera distinto, me tenían como la peor mujer del mundo. Y era cierto. Más de una vez recibí de parte de mi tío mensajes en audio cargados de amenazas y fuertes comentarios que incluso llegaron a provocarme miedo. Después, aún y ante mi sorpresa, pues ni siquiera lo imaginé de esa manera, llegaba como loco, vuelto un verdadero monstruo hasta mi casa para esperar a que me asomara y tratar de infundirme terror. Al principio lo conseguía y después, también al ver que no estaba sola, dejó de hacerlo.
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