Max —Julieta, un momento. —La detuve agarrando su mano, justo antes de que saliera del auto. —¿Si? —respondió volteando a mirarme. —¿Recuerdas nuestro juego? —Mierda, ¿qué estoy haciendo? Estúpido juego, que inventé para distraerla de las miradas juzgantes el día de nuestra boda, y no sintiera vergüenza a la hora de bailar conmigo. El día de nuestra boda, uno de los días más felices de mi vida, a pesar de saber que todo era una mentira, un montaje. Pero con solo verla caminando hacia el altar de la mano de Ian, conteniendo la risa por alguna estupidez que este le decía al oído, no pude evitar emocionarme y hacerme ilusiones. Lucía realmente hermosa, con el vestido blanco que realzaba el color de su piel, luciendo como una estrella caída del cielo, directo a mis brazos, sin merecerl

