**Capítulo 40: Tormenta familiar**

2347 Words
(Primera persona – April) Me desperté en mi antigua habitación, la misma que había dejado hace meses cuando me fui con Tyler a República Dominicana. Las paredes seguían pintadas de azul claro, el edredón con flores que la abuela me compró cuando tenía quince, los posters de bandas que ya no escuchaba. Todo igual, pero yo me sentía como una extraña en mi propia piel. Dormí mal, con pesadillas de fotos borrosas y voces de Alice riendo. Cuando abrí los ojos, la luz del mediodía entraba por las cortinas entreabiertas. Me quedé acostada un rato, mirando el techo, sin fuerzas para levantarme. El teléfono vibró en la mesita de noche. Tyler. Otra vez. Llamada número doce desde anoche. No contesté. Lo puse en silencio y lo tiré debajo de la almohada. No quería oír su voz. No quería explicaciones. Solo quería que el dolor se detuviera. Mientras tanto, en la mansión Lombardi, Ricardo marcó el número de Alice con dedos temblorosos. Estaba en su auto, estacionado a dos cuadras de la casa de la abuela, furioso, con la respiración agitada. Cuando ella contestó, su voz sonó fría y controlada. —Alice… tenemos que hablar. Ahora. Alice, en su habitación, se miró al espejo mientras se ponía aretes. —¿Ahora? Estoy ocupada. —No me jodas. Sé todo. Lo que le hiciste a April. Las fotos. El embarazo falso o lo que sea. Ven al parque de siempre. O voy yo a tu casa y armo un escándalo. Alice suspiró, aburrida. —Está bien. En media hora. Mientras Alice salía de la mansión, Alicia, su madre, aprovechó el momento. Entró al dormitorio de su hija con la llave maestra que guardaba desde que Alice era adolescente. Cerró la puerta con cuidado y empezó a buscar. No tardó mucho: en el cajón del buró encontró una carpeta con ultrasonidos, facturas de clínicas privadas, mensajes impresos de Vanessa y —lo peor— copias de las fotos que había mandado a April. También un frasco pequeño de Rohypnol con restos de polvo y una nota manuscrita: “Dosis exacta para 2 horas de blackout”. Alicia se sentó en la cama, las manos temblando. Lágrimas silenciosas cayeron sobre las fotos. Luego se levantó, guardó todo en su bolso y bajó al despacho de Armando. Armando estaba revisando documentos detrás de su escritorio de caoba, con la luz de la lámpara verde iluminándole el rostro severo. Cuando vio a Alicia entrar con esa expresión, dejó los papeles. —¿Qué pasa? Alicia cerró la puerta con llave y sacó la carpeta. —Nuestra hija… Alice… ha perdido la cabeza. Le contó todo: el plan de venganza contra Tyler y April, el embarazo fingido o real (no estaba segura), las fotos manipuladas, el uso de drogas para drogar a Tyler, la celebración con Vanessa que había escuchado por la puerta. Armando escuchó en silencio, el rostro poniéndose rojo, luego blanco, luego rojo otra vez. Cuando terminó, Armando golpeó el escritorio con el puño. —¿Cómo carajos permitió esto? —rugió—. Usted le dio todo. Todo. Viajes a Europa, autos de lujo, tarjetas sin límite, fiestas, caprichos. Nunca le puso un freno. Libertinaje puro. ¿Y ahora? ¿Ahora destruye vidas por celos? ¿Por un hombre que nunca la quiso? ¡Es culpa suya, Alicia! Usted la malcrió. Usted la convirtió en esto. Alicia se quedó quieta, recibiendo cada palabra como un latigazo. —No todo es mi culpa, Armando. Tú también estabas ausente. Siempre trabajando, siempre con tus negocios. Ella creció pensando que el dinero lo arreglaba todo. Armando se levantó, paseando furioso. —Necesito hablar con ella. Ahora. Y con ese tal Tyler… si ese bebé es suyo, lo obligo a responder. Si no… que Dios lo ayude. En el parque discreto, Ricardo esperaba sentado en una banca. Cuando Alice llegó, caminando con ese vestido holgado que disimulaba la barriga, él se levantó como un resorte. —¿Cómo pudiste? —gritó, acercándose—. ¿Cómo pudiste hacerle eso a April? ¿A mi sobrina? ¿Drogaste a Tyler? ¿Le mandaste fotos a ella? ¿Estás loca? Alice alzó la barbilla, desafiante. —No es tu problema, Ricardo. Esto es entre Tyler, April y yo. Ricardo perdió el control. La agarró por los brazos, la sacudió. —¡Es mi sobrina! ¡La lastimaste! ¡Y a mí me usaste como idiota! Alice intentó soltarse. —Suéltame, imbécil. Ricardo la empujó con fuerza. Ella tropezó, cayó al suelo de rodillas y luego de lado, golpeándose la cabeza contra la banca. Quedó inconsciente, un hilo de sangre en la sien. Ricardo se quedó helado, mirando lo que había hecho. Miró alrededor: nadie. Sacó su teléfono, llamó a emergencias desde un número bloqueado y salió corriendo del parque, huyendo antes de que llegaran. El bebé estaba bien —el golpe no había sido tan fuerte—, pero Alice quedó tirada en el pasto, inconsciente. Minutos después, despertó aturdida. Tocó su cabeza, vio sangre en los dedos. Sacó el teléfono y llamó a Vanessa, voz débil. —Ven… al parque. Ricardo… me golpeó. Me dejó aquí. Ven rápido. Vanessa llegó en quince minutos, ayudó a Alice a levantarse y la llevó al auto. —¿Qué pasó? —preguntó Vanessa, alarmada. —Ricardo se enteró. Me atacó. Pero estoy bien… el bebé está bien. Llévame a casa. En la mansión, Alicia y Armando esperaban en el salón principal cuando Alice entró, sostenida por Vanessa, con una venda improvisada en la cabeza. Armando se levantó de inmediato. —¿Qué te pasó? Alice se sentó, fingiendo debilidad. —Ricardo… me atacó. En el parque. Me empujó, caí. Pero el bebé está bien. Armando miró la barriga de su hija, ahora más evidente. —¿El bebé? ¿De quién es esa barriga, Alice? ¿Y por qué lo hiciste? ¿Por qué destruiste a April y a Tyler? ¿Por venganza? ¿Por celos? Habla. Ahora. Alice levantó la vista, lágrimas falsas en los ojos. —Es de Tyler. Fue un error… pero ahora es real. Y lo hice porque me rechazó. Porque eligió a April. Porque me humilló. Quería que sufrieran como yo sufrí. Armando se acercó, voz baja y peligrosa. —¿Usaste drogas? ¿Fingiste o manipulaste fotos? ¿Todo eso que tu madre oyó? Alice palideció al ver a Alicia con la carpeta en la mano. —Papá… yo… Armando levantó la mano para callarla. —No digas nada. Mañana hablamos con abogados. Con médicos. Con Tyler. Y si ese bebé no es de él… Dios te ayude, Alice. Porque yo no te voy a perdonar. Alicia se quedó en silencio, mirando a su hija con una mezcla de amor roto y decepción infinita. Mientras tanto, en la casa de la abuela, mi teléfono seguía vibrando. Tyler. Otra vez. No contesté. Solo me acurruqué bajo las sábanas, deseando que el mundo desapareciera. No sabía que el infierno apenas empezaba a desatarse para todos. ✨ Capítulo 40 listo. ¿Capítulo 41? 🖤**Capítulo 40: Tormenta familiar** (Primera persona – April) Me desperté en mi antigua habitación, la misma que había dejado hace meses cuando me fui con Tyler a República Dominicana. Las paredes seguían pintadas de azul claro, el edredón con flores que la abuela me compró cuando tenía quince, los posters de bandas que ya no escuchaba. Todo igual, pero yo me sentía como una extraña en mi propia piel. Dormí mal, con pesadillas de fotos borrosas y voces de Alice riendo. Cuando abrí los ojos, la luz del mediodía entraba por las cortinas entreabiertas. Me quedé acostada un rato, mirando el techo, sin fuerzas para levantarme. El teléfono vibró en la mesita de noche. Tyler. Otra vez. Llamada número doce desde anoche. No contesté. Lo puse en silencio y lo tiré debajo de la almohada. No quería oír su voz. No quería explicaciones. Solo quería que el dolor se detuviera. Mientras tanto, en la mansión Lombardi, Ricardo marcó el número de Alice con dedos temblorosos. Estaba en su auto, estacionado a dos cuadras de la casa de la abuela, furioso, con la respiración agitada. Cuando ella contestó, su voz sonó fría y controlada. —Alice… tenemos que hablar. Ahora. Alice, en su habitación, se miró al espejo mientras se ponía aretes. —¿Ahora? Estoy ocupada. —No me jodas. Sé todo. Lo que le hiciste a April. Las fotos. El embarazo falso o lo que sea. Ven al parque de siempre. O voy yo a tu casa y armo un escándalo. Alice suspiró, aburrida. —Está bien. En media hora. Mientras Alice salía de la mansión, Alicia, su madre, aprovechó el momento. Entró al dormitorio de su hija con la llave maestra que guardaba desde que Alice era adolescente. Cerró la puerta con cuidado y empezó a buscar. No tardó mucho: en el cajón del buró encontró una carpeta con ultrasonidos, facturas de clínicas privadas, mensajes impresos de Vanessa y —lo peor— copias de las fotos que había mandado a April. También un frasco pequeño de Rohypnol con restos de polvo y una nota manuscrita: “Dosis exacta para 2 horas de blackout”. Alicia se sentó en la cama, las manos temblando. Lágrimas silenciosas cayeron sobre las fotos. Luego se levantó, guardó todo en su bolso y bajó al despacho de Armando. Armando estaba revisando documentos detrás de su escritorio de caoba, con la luz de la lámpara verde iluminándole el rostro severo. Cuando vio a Alicia entrar con esa expresión, dejó los papeles. —¿Qué pasa? Alicia cerró la puerta con llave y sacó la carpeta. —Nuestra hija… Alice… ha perdido la cabeza. Le contó todo: el plan de venganza contra Tyler y April, el embarazo fingido o real (no estaba segura), las fotos manipuladas, el uso de drogas para drogar a Tyler, la celebración con Vanessa que había escuchado por la puerta. Armando escuchó en silencio, el rostro poniéndose rojo, luego blanco, luego rojo otra vez. Cuando terminó, Armando golpeó el escritorio con el puño. —¿Cómo carajos permitió esto? —rugió—. Usted le dio todo. Todo. Viajes a Europa, autos de lujo, tarjetas sin límite, fiestas, caprichos. Nunca le puso un freno. Libertinaje puro. ¿Y ahora? ¿Ahora destruye vidas por celos? ¿Por un hombre que nunca la quiso? ¡Es culpa suya, Alicia! Usted la malcrió. Usted la convirtió en esto. Alicia se quedó quieta, recibiendo cada palabra como un latigazo. —No todo es mi culpa, Armando. Tú también estabas ausente. Siempre trabajando, siempre con tus negocios. Ella creció pensando que el dinero lo arreglaba todo. Armando se levantó, paseando furioso. —Necesito hablar con ella. Ahora. Y con ese tal Tyler… si ese bebé es suyo, lo obligo a responder. Si no… que Dios lo ayude. En el parque discreto, Ricardo esperaba sentado en una banca. Cuando Alice llegó, caminando con ese vestido holgado que disimulaba la barriga, él se levantó como un resorte. —¿Cómo pudiste? —gritó, acercándose—. ¿Cómo pudiste hacerle eso a April? ¿A mi sobrina? ¿Drogaste a Tyler? ¿Le mandaste fotos a ella? ¿Estás loca? Alice alzó la barbilla, desafiante. —No es tu problema, Ricardo. Esto es entre Tyler, April y yo. Ricardo perdió el control. La agarró por los brazos, la sacudió. —¡Es mi sobrina! ¡La lastimaste! ¡Y a mí me usaste como idiota! Alice intentó soltarse. —Suéltame, imbécil. Ricardo la empujó con fuerza. Ella tropezó, cayó al suelo de rodillas y luego de lado, golpeándose la cabeza contra la banca. Quedó inconsciente, un hilo de sangre en la sien. Ricardo se quedó helado, mirando lo que había hecho. Miró alrededor: nadie. Sacó su teléfono, llamó a emergencias desde un número bloqueado y salió corriendo del parque, huyendo antes de que llegaran. El bebé estaba bien —el golpe no había sido tan fuerte—, pero Alice quedó tirada en el pasto, inconsciente. Minutos después, despertó aturdida. Tocó su cabeza, vio sangre en los dedos. Sacó el teléfono y llamó a Vanessa, voz débil. —Ven… al parque. Ricardo… me golpeó. Me dejó aquí. Ven rápido. Vanessa llegó en quince minutos, ayudó a Alice a levantarse y la llevó al auto. —¿Qué pasó? —preguntó Vanessa, alarmada. —Ricardo se enteró. Me atacó. Pero estoy bien… el bebé está bien. Llévame a casa. En la mansión, Alicia y Armando esperaban en el salón principal cuando Alice entró, sostenida por Vanessa, con una venda improvisada en la cabeza. Armando se levantó de inmediato. —¿Qué te pasó? Alice se sentó, fingiendo debilidad. —Ricardo… me atacó. En el parque. Me empujó, caí. Pero el bebé está bien. Armando miró la barriga de su hija, ahora más evidente. —¿El bebé? ¿De quién es esa barriga, Alice? ¿Y por qué lo hiciste? ¿Por qué destruiste a April y a Tyler? ¿Por venganza? ¿Por celos? Habla. Ahora. Alice levantó la vista, lágrimas falsas en los ojos. —Es de Tyler. Fue un error… pero ahora es real. Y lo hice porque me rechazó. Porque eligió a April. Porque me humilló. Quería que sufrieran como yo sufrí. Armando se acercó, voz baja y peligrosa. —¿Usaste drogas? ¿Fingiste o manipulaste fotos? ¿Todo eso que tu madre oyó? Alice palideció al ver a Alicia con la carpeta en la mano. —Papá… yo… Armando levantó la mano para callarla. —No digas nada. Mañana hablamos con abogados. Con médicos. Con Tyler. Y si ese bebé no es de él… Dios te ayude, Alice. Porque yo no te voy a perdonar. Alicia se quedó en silencio, mirando a su hija con una mezcla de amor roto y decepción infinita. Mientras tanto, en la casa de la abuela, mi teléfono seguía vibrando. Tyler. Otra vez. No contesté. Solo me acurruqué bajo las sábanas, deseando que el mundo desapareciera. No sabía que el infierno apenas empezaba a desatarse para todos.
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