(Primera persona – April)
La mañana siguiente amaneció gris en la casa de la abuela. Me desperté con los ojos hinchados y un dolor sordo en el pecho que no se iba ni con café ni con las caricias de la abuela Mónica. Ella me había preparado desayuno en la cocina: arepas calientes, queso fresco, jugo de naranja recién exprimido. Intentaba actuar normal, pero sus manos temblaban al servir.
—Come, mija. Tienes que recuperar fuerzas —dijo, sentándose frente a mí—. No puedes dejar que esto te destruya.
Yo solo movía la comida en el plato, sin apetito.
—Abuela… ¿crees que Tyler me mintió todo este tiempo? ¿O fue realmente una trampa?
Ella suspiró, poniendo su mano sobre la mía.
—No sé, April. Pero los hombres como él… traen problemas. Y Alice… esa niña siempre fue veneno. Lo supe desde que eran adolescentes.
Ricardo no había aparecido en el desayuno. La abuela dijo que había salido temprano “a resolver algo”. Yo no pregunté más. No tenía fuerzas.
Mientras tanto, en la mansión Lombardi, Armando Lombardi —el padre de Alice— estaba en su despacho con dos de sus hombres de confianza. El rostro de Armando era una máscara de furia contenida, los nudillos blancos alrededor del teléfono.
—Encuéntrenlo —ordenó—. Ricardo Lombardi. Quiero saber dónde está cada minuto. No lo maten… todavía. Tráiganmelo vivo.
Sus hombres asintieron y salieron. Armando miró la foto de Alice en el hospital privado donde la habían llevado para chequeo: moretones en la cara, un corte en la sien, pero el bebé estable. Eso no calmaba su rabia; la alimentaba.
Dos horas después, Ricardo fue interceptado en un semáforo cerca de su oficina. Dos camionetas negras lo rodearon. Lo sacaron a la fuerza, le pusieron una bolsa en la cabeza y lo metieron en el maletero. Nadie vio nada. Nadie llamó a la policía.
Lo llevaron a un almacén abandonado en las afueras de Los Ángeles, un lugar que Armando usaba para “negocios privados”. Lo ataron a una silla de metal oxidado, le quitaron la bolsa. Ricardo parpadeó bajo la luz cruda de una bombilla colgante.
Armando entró solo, con las mangas de la camisa arremangadas.
—Ricardo Lombardi —dijo, voz baja y fría—. Golpeaste a mi hija. La dejaste inconsciente en un parque. A una mujer embarazada. A mi hija.
Ricardo levantó la vista, sangre seca en la comisura de la boca del golpe inicial.
—Fue un accidente… perdí el control. No quise…
Armando se acercó y le dio el primer puñetazo en la mandíbula. El sonido fue seco, como madera rompiéndose.
—¿Accidente? —repitió, golpeándolo otra vez en el estómago—. ¿Golpear a una mujer es accidente?
Otro puñetazo en las costillas. Ricardo jadeó, escupiendo sangre.
—Ella… destruyó a mi sobrina… April… le hizo daño…
Armando lo agarró por el cabello, obligándolo a mirarlo.
—Mi hija es una mentirosa, una manipuladora. Lo sé. Lo sé todo ahora. Pero eso no te da derecho a ponerle una mano encima. Nadie toca a mi sangre.
Los golpes siguieron: puños en la cara, en el torso, patadas cuando Ricardo cayó al suelo después de romper la silla. Armando no paró hasta que Ricardo quedó hecho un ovillo, respirando con dificultad, cubierto de sangre y moretones. No lo mató. Quería que viviera para sufrir.
Cuando terminó, Armando se limpió las manos con un pañuelo.
—Llévenlo a la policía —ordenó a sus hombres—. Denuncien un abuso. Golpeó a una mujer embarazada. Que lo procesen por intento de homicidio o lo que sea. Que se pudra en la cárcel.
Lo cargaron inconsciente y lo dejaron en la entrada de una comisaría con una nota anónima: “Abusador de mujeres embarazadas. Revisen cámaras del parque”.
Horas después, la noticia llegó a la casa de la abuela.
El teléfono de la abuela sonó. Era una amiga de la familia que trabajaba en la fiscalía.
—Mónica… es sobre Ricardo. Lo encontraron golpeado y lo arrestaron. Lo acusan de agredir a Alice Lombardi. Está en el hospital bajo custodia. Dicen que intentó matar a una mujer embarazada.
La abuela se quedó helada, el teléfono temblando en su mano.
—¿Qué?
Colgó y se giró hacia mí, que estaba en la sala viendo televisión sin verla realmente.
—April… mija… Ricardo… lo arrestaron.
Me levanté de golpe.
—¿Qué? ¿Por qué?
La abuela se sentó, pálida.
—Dicen que golpeó a Alice. La dejó inconsciente. Que fue intencional. Está en el hospital… y luego a la cárcel por abuso.
Me quedé sin aliento. Corrí a la cocina, me apoyé en la encimera para no caer.
—No… no puede ser. Ricardo no es así. Él… él estaba furioso por lo que Alice me hizo, pero… ¿golpearla? ¿Dejarla inconsciente?
La abuela me abrazó por detrás.
—Los hombres pierden la cabeza cuando ven a su familia lastimada. Pero esto… esto es grave. Si el bebé… si algo le pasa al bebé por su culpa…
Lloré contra su hombro.
—Todo se está desmoronando, abuela. Tyler, Alice, Ricardo… ¿qué queda?
La abuela me apretó más fuerte.
—Quedas tú, mija. Y yo. Y vamos a salir de esto. Pero Ricardo… Dios lo ayude.
En la mansión Lombardi, Armando estaba en el despacho, mirando por la ventana. Alicia entró, ojos rojos.
—¿Lo hiciste? ¿Mandaste golpear a Ricardo?
Armando no se giró.
—Le di su merecido. Nadie toca a Alice. Nadie.
Alicia se acercó, voz temblorosa.
—Y ahora está en la cárcel. ¿Y si habla? ¿Y si dice que Alice lo provocó?
Armando finalmente la miró.
—Que hable. Nadie le creerá a un abusador sobre mi hija. Y si el bebé es de verdad de Tyler… lo obligaré a responder. Si no… Alice pagará sus mentiras. Pero primero, protejo a mi sangre.
Alicia salió sin decir más, dejando a Armando solo con su furia.
En la casa de la abuela, yo me senté en el sofá, teléfono en la mano. Tyler había dejado de llamar. Solo mensajes:
“April, por favor contesta. Necesito explicarte. No es lo que parece. Te amo.”
No respondí.
Solo lloré en silencio, preguntándome si alguna vez volvería a confiar en alguien.