(Primera persona – April)
Las dos horas se convirtieron en cuatro. Luego en seis. El reloj de la cocina marcaba las 11:47 p.m. y yo ya había pasado de la preocupación al enojo puro. El departamento estaba en silencio, solo el zumbido del refrigerador y el tic-tac del reloj de pared que parecía burlarse de mí. Había llamado tres veces, mandado mensajes: “¿Dónde estás?”, “Tyler, contesta”, “Me dijiste dos horas”. Nada. Ni un visto, ni una llamada perdida. Me senté en el sofá con las piernas cruzadas, el teléfono en la mano apretado hasta que los nudillos se pusieron blancos, y sentí cómo la rabia me subía por la garganta.
“Se supone que volvía para cenar. Sushi. O follarme. Lo que fuera. Pero no esto.”
Me levanté, caminé por la sala como leona enjaulada, abrí la nevera solo para cerrarla de golpe. Preparé un té que no tomé. Miré por la ventana la ciudad iluminada, preguntándome si estaría en una reunión de negocios que se complicó, o peor: si algo había salido mal con la droga, con Mauricio, con algún enemigo que aún quedaba vivo. Pero no. Tyler siempre avisaba cuando las cosas se ponían feas. Siempre.
A la 1:23 a.m. escuché la llave en la puerta. Entró despacio, como si intentara no hacer ruido, pero el olor a alcohol y a algo químico raro llegó antes que él. Estaba despeinado, la camisa arrugada, los ojos vidriosos y rojos. Me miró y trató de sonreír, pero salió torcido.
—Amor… perdón. Se me fue el tiempo.
Me crucé de brazos, sintiendo cómo la furia me quemaba el pecho.
—¿Se te fue el tiempo? ¿Seis horas, Tyler? Dijiste dos. Dos horas. ¿Dónde estabas?
Se pasó la mano por la cara, tambaleándose un poco al quitarse la chaqueta.
—Estaba con Mauricio. En el bar del centro. Hablamos de unas entregas, tomamos unos tragos… perdí la noción. Cuando vi la hora, arranqué.
Mentira. Lo olía. Olía a algo más que whisky. Olía a mentira.
—¿Y por qué no contestabas el teléfono? ¿Por qué no me avisaste?
—Se me descargó la batería. Lo siento, pelirroja. De verdad.
Me acerqué, lo miré fijo a los ojos. Estaban dilatados, confusos. No era solo alcohol.
—¿Dónde estabas realmente? Porque no pareces alguien que solo tomó unos tragos con Mauricio. Pareces… drogado. O algo peor.
Tyler tragó saliva, intentando mantener la compostura.
—April, confía en mí. Fue una noche larga. Mauricio llegó tarde, hablamos, bebimos. Me distraje con unos amigos que aparecieron. Cuando me di cuenta, ya era tarde. Vine directo.
No le creí ni un segundo. Pero estaba tan cansada, tan furiosa, que solo dije:
—Duerme en el sofá. No quiero tocarte esta noche.
Me fui al dormitorio y cerré la puerta. Lloré en silencio, preguntándome qué carajos había pasado.
Mientras tanto, esa misma noche, Mauricio había llegado al bar Eclipse puntual. Buscó a Tyler por todas las mesas, preguntó al bartender. Nada. El lugar estaba lleno, pero Tyler no estaba. Llamó una, dos, diez veces. Buzón de voz. “Jefe, ¿dónde estás? Estoy aquí como dijiste.” Nada. Se quedó media hora más, luego se fue frustrado, pensando que Tyler lo había dejado plantado sin aviso. No sabía que Alice ya lo había interceptado.
Tyler despertó a la madrugada en la suite 407 del hotel arriba del bar. Desnudo bajo las sábanas revueltas, cabeza latiéndole como tambor, boca seca, cuerpo pesado como si lo hubieran golpeado con un bate. Miró alrededor: condones abiertos, botellas vacías, olor a sexo y perfume barato. Se sentó de golpe, el mundo girando.
—¿Qué mierda…?
Se levantó tambaleante, buscó su ropa tirada por el suelo. Se vistió rápido, confundido, con flashes borrosos: un trago, risas, luego oscuridad. Nada más. Salió del hotel por la escalera de emergencia, encontró su McLaren n***o estacionado en la calle trasera —alguien lo había dejado ahí—, y arrancó rumbo al departamento. Llegó a las 4:17 a.m., mintiendo como pudo.
Un mes después…
Yo había salido temprano a hacer unas compras para la cena. Tyler estaba en su oficina privada del hotel Grand Luxe, revisando balances de la agencia de autos y el lavado de dinero, cuando Vanessa entró sin avisar. Vestida de n***o ajustado, sonrisa falsa, tacones resonando en el piso de mármol.
—Tyler. Alice quiere verte. Urgente. En privado.
Tyler alzó una ceja, cerrando la laptop.
—¿Alice? ¿Qué quiere ahora?
Vanessa se acercó a la mesa, voz baja.
—No me dijo detalles. Solo que es importante. Que no puede esperar. Y que April no debe saber. Te cita esta tarde en el bar Eclipse, a las 6. Suite arriba. Dice que es algo que cambia todo entre ustedes.
Tyler frunció el ceño.
—¿Por qué tanto misterio?
Vanessa se encogió de hombros.
—No sé. Pero parecía… nerviosa. Emocionada. Ve. No tardes.
Se fue sin más.
A las 6:03 p.m., Tyler entró al bar Eclipse. Pidió un whisky seco en la barra —el mismo de siempre—. Marco, el bartender, sonrió discreto y sirvió el trago. Esta vez, sin sustancia; era solo para la cita. Tyler subió a la suite 407. Alice lo esperaba sentada en la cama, vestido holgado n***o, manos en el regazo.
—Tyler… gracias por venir.
Él se quedó de pie, brazos cruzados.
—Habla. ¿Qué es tan urgente?
Alice respiró hondo, fingiendo vulnerabilidad.
—Hace un mes… estabas en este bar. Yo entré a tomar un par de tragos. Te vi con unos amigos. Me invitaste uno. Ya estabas borracho, pero no dije que no… porque aún me gustas. Siempre me has gustado. Tomamos, hablamos… luego te pusiste raro, como drogado. No podías conducir. Te ayudé a subir aquí. Amanecimos juntos. Hicimos el amor. Tú me besabas, me tocabas… todo. Fue intenso. Pasional.
Tyler palideció.
—¿Qué?
Alice siguió, voz temblorosa fingida.
—Hace varios días empecé a sentirme mal. Náuseas, mareos. Fui al médico. Estoy embarazada, Tyler. Es tuyo. De esa noche. Mis padres no saben nada. No saben de la locura que hice… contigo.
Le mostró el ultrasonido impreso, una foto borrosa de un feto de unas semanas. Luego sacó su teléfono y le mostró las fotos: ella encima de él, desnudos, poses que gritaban sexo.
Tyler se quedó helado, mirando las imágenes como si fueran veneno.
—Esto no puede ser… yo no recuerdo nada. Nada.
Alice se levantó, acercándose.
—Estabas borracho. Drogado quizás. Pero pasó. Y ahora… hay un bebé. Nuestro bebé. ¿Qué vamos a hacer?
Tyler retrocedió un paso, la mente en caos.
—No… esto no es real. April…
Alice sonrió por dentro, pero mantuvo la máscara de lágrimas.
—April no tiene que saber… aún. Pero tú y yo… tenemos que hablar de esto. Es tu responsabilidad.
Tyler salió de la suite sin decir más, el mundo cayéndole encima.
En el departamento, yo seguía ajena. Preparando la cena. Esperando que volviera.
No sabía que el infierno acababa de empezar.