**Capítulo 37 corregido: El peso de la verdad**

1046 Words
(Primera persona – Tyler) Salí de esa suite como si el suelo se hubiera abierto debajo de mí. El pasillo del hotel olía a limpio industrial y a mi propia culpa que no recordaba haber cometido. Bajé las escaleras de emergencia, el eco de mis pasos resonando en mi cabeza como disparos lejanos. Afuera, el McLaren n***o seguía estacionado en la calle trasera, como si nada hubiera pasado. Me subí, arranqué el motor con las manos temblando y conduje sin rumbo por Los Ángeles, las luces de la ciudad borrosas en el parabrisas. “Embarazada. De mí. Hace un mes. Fotos. Besos. Sexo. Todo lo que no recuerdo.” Las imágenes que Alice me mostró se repetían en loop: mi cuerpo desnudo debajo del suyo, sus manos en mi pecho, la cama deshecha. Parecía real. Demasiado real. Pero yo no recordaba una mierda. Ni un trago extra, ni una risa compartida, ni el momento en que supuestamente la besé como si aún la quisiera. Solo oscuridad después del primer whisky en la barra. Llegué al departamento pasadas las nueve. April estaba en la cocina, terminando de preparar la cena que yo había prometido traer. El olor a pasta con salsa de tomate y albahaca me golpeó como un reproche silencioso. Ella levantó la vista cuando entré, y vi en sus ojos que ya estaba molesta por mi tardanza otra vez. —Llegas tarde —dijo, voz neutra pero afilada—. Otra vez. Dejé las llaves en la mesita de entrada con un tintineo que sonó demasiado fuerte. —Lo siento. Tuve que… resolver algo. April apagó la estufa y se cruzó de brazos. —¿Resolver algo? ¿Otra “reunión” que se extendió? ¿O es que ya ni siquiera te molestas en mentir bien? Me acerqué, queriendo abrazarla, pero ella retrocedió un paso. Eso dolió más que cualquier cosa. —April, por favor. No es lo que piensas. —¿Y qué pienso, Tyler? Dime. Porque yo pienso que me estás mintiendo. Otra vez. Primero desapareces seis horas, llegas oliendo a alcohol y a algo raro, duermes en el sofá. Ahora vuelves con cara de muerto y sin explicación. ¿Qué pasa? ¿Otra entrega que salió mal? ¿O es otra mujer? Las palabras me atravesaron como cuchillos. Quería contarle todo. Quería gritar que Alice me había tendido una trampa, que no recordaba nada, que esas fotos eran falsas o manipuladas. Pero ¿cómo explicarlo sin sonar como un cobarde? ¿Sin que ella viera las fotos y pensara lo peor? No podía. Aún no. No hasta tener pruebas de que era una mentira. —No es otra mujer —dije, voz ronca—. Es… complicado. Tuve que atender algo del pasado. Nada que importe ahora. Le dije que se acabaron. Que estoy contigo. Solo contigo. Ella me miró fijamente, buscando la verdad en mis ojos. Yo desvié la mirada un segundo. Ese segundo fue suficiente. —No te creo —susurró—. Algo pasa, Tyler. Y no me lo estás contando. Se dio la vuelta y entró al dormitorio. Cerró la puerta con calma, pero el clic sonó como un portazo en mi pecho. Me quedé solo en la sala, el teléfono vibrando en mi bolsillo. Un mensaje de Alice: “Piensa en el bebé, Tyler. Es nuestro. No puedes ignorarlo. Llámame cuando estés listo para hablar de nuestro futuro.” Borré el mensaje. Pero no borré las imágenes que se habían grabado en mi mente. Pasaron dos días en una niebla espesa. April y yo seguíamos viviendo juntos, pero el aire estaba cargado de silencio. Ella dormía dándome la espalda, yo me quedaba despierto hasta tarde revisando cámaras de seguridad del bar Eclipse (nada útil, solo yo pidiendo un trago y luego saliendo “borracho” con dos tipos que no reconocí). Intenté hablar con Marco, el bartender, pero juró que no vio nada raro. Mentía. Lo sabía. Esa tarde, mientras April estaba en el supermercado comprando cosas para la cena, mi teléfono vibró con un mensaje de w******p de Alice. Abrí el chat y sentí cómo se me helaba la sangre. Primero llegó una foto: la misma que me había mostrado en la suite, yo desnudo debajo de ella, su cuerpo encima del mío, la cama deshecha, ángulos que gritaban sexo reciente. Luego llegaron dos notas de voz. Toqué la primera, voz baja y temblorosa fingida: “Tyler… sé que no quieres creerlo, pero pasó. Mírala bien. Esa noche en el hotel… tú me besabas como si aún me quisieras. No fue solo un error. Y ahora hay un bebé. Nuestro bebé. No puedes borrarlo. Llámame. Por favor.” La segunda nota, más larga, más insistente: “Ya se nota un poco, aunque disimulo. Mis padres no saben nada todavía. Pero pronto tendrán que enterarse. Y April… cuando se entere, se irá. Tú lo sabes. No puedes seguir fingiendo que no pasó nada. Ven a verme. Hablemos de cómo vamos a criar a este niño. Es tu responsabilidad. Te mando la dirección de la clínica donde me hicieron el ultrasonido. Ven mañana. No me ignores.” El audio terminó y el silencio me aplastó. Miré la foto otra vez, el estómago revuelto. No recordaba nada, pero ahí estaba la “prueba”. Guardé el teléfono rápido cuando escuché la llave en la puerta. April entró cargada de bolsas, sonriendo como si nada, ajena a todo. —Traje tus filetes favoritos —dijo, dejando las bolsas en la encimera—. ¿Quieres cocinar conmigo? La miré, intentando que mi voz no temblara. —Claro, amor. Vamos. Pero mientras cortaba verduras a su lado, el teléfono quemaba en mi bolsillo. No le dije nada. Aún no. No podía. No hasta saber cómo probar que era una trampa. Que alguien me drogó. Que esas fotos eran el resultado de una violación a mi voluntad. Esa noche, en la cama, April se acurrucó contra mí por primera vez en días. Yo la abracé fuerte, como si pudiera protegerla de lo que se venía. Pero en mi cabeza solo había una pregunta: ¿cómo carajos le digo la verdad sin perderla para siempre? Mañana hablaría con Mauricio. Con Thiago. Encontraría la verdad. O perdería todo. Pero no sin pelear.
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